Bajo mi piel Dieciséis #2
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Dieciséis #2

—Al fondo del pasillo a la derecha. El detergente está encima del estante.

Tras dedicarle una última y tensa sonrisa a la mujer, salió de la cocina. Cuando volvió a encender la radio, Nate oyó de nuevo la voz de Steven Cooper diciéndole a todo aquel que lo escuchara que les esperaba un futuro brillante y glorioso, amigos oyentes.

Se quedó dudando unos momentos a los pies de la escalera, mirando hacia arriba e intentando hacerse una idea de cuántos cuartos había.

La casa era grande, pero no tanto como para que cada una de las personas de la granja pudiera disponer de un dormitorio individual.

Se preguntó si compartían habitación y si Peter tenía una propia.

Más adelante, al otro lado de la escalera, había cuatro puertas.

La primera, situada a la izquierda, estaba abierta. Dentro había un aseo con una ventana entornada. Se oían cantar los pájaros en los árboles. Los azulejos eran de un blanco aséptico. Al borde del lavabo había una pastilla de jabón en un plato. Todo estaba inmaculado.

Quedaban tres puertas más: otra a la izquierda, hacia el final del pasillo, una a la derecha y una al fondo.

Esta última captó la atención de Nate. Era distinta a las demás.

Hasta donde lograba ver, las puertas de la casa eran de madera.

La del fondo del pasillo era de metal, y estaba cerrada con candado.

Oyó una voz al otro lado de la puerta de la izquierda. No alcanzó a distinguir las palabras, pero hablaba con un timbre grave y melodioso. Habría podido proceder de un televisor, o de una radio.

Nate avanzó por el pasillo.

A los lados, en las paredes, había fotografías enmarcadas.

Al principio no entendió qué mostraban.

Casi todas eran en blanco y negro, y estaban borrosas y un poco desenfocadas. Algunas tenían números grabados en la parte inferior del papel fotográfico, con demasiadas cifras para tratarse de fechas. Coordenadas.

En cada una de ellas, en medio de los borrones grises, había unas manchas más claras.

Nate identificó nubes.

Eran fotografías del cielo.

Y de los objetos que aparecían en ellas.

Objetos en el cielo.

Luces, formas.

Ya había visto cosas parecidas. Claro que las había visto, como todo el mundo. Eran imágenes publicadas como prueba de la existencia de objetos voladores no identificados.

Y en las paredes colgaba más de una decena.

En realidad, pensándolo bien, era de esperar.

Se preguntó si Peter —o, mejor dicho, Oren— quería que lo separaran de Art, o hasta qué punto había estado consciente durante aquellas dos décadas. Artemisa había dado a entender que se encontraba sumido en un estado como de ensueño.

Pero Nate sabía que los sueños podían parecer muy reales.

Las tablas del suelo crujían bajo sus pies.

La voz se tornó más clara.

Era la de Peter.

Peter estaba hablando.

—... y está la posibilidad de que renazca.

Es algo que ocurre. El tiempo es circular.

Ya hemos estado antes en este punto, tal vez en circunstancias no exactamente iguales a las de ahora.

Quizá existió una civilización totalmente diferente de las que conocemos en la actualidad.

Es una purificación, y nos encontramos en el umbral.

Nate avanzó otro paso. La puerta estaba casi cerrada.

Apenas se entreveía el interior a través de la pequeña abertura.

Había estanterías con libros y un telescopio.

Nate vislumbró el borde de un escritorio, con una pantalla azul detrás.

Le pareció distinguir el contorno de un brazo, como si Peter estuviera sentado a la mesa, delante de la pantalla.

—Es posible que muchos duden de mis palabras —continuó Peter—.

No puedo obligar a nadie a creer. Vosotros y yo somos personas diferentes.

Yo he... visto cosas, cosas que desafían la imaginación.

No es justo que espere que comprendáis cuando no habéis experimentado la misma iluminación que yo.

Hay momentos en que pierdo la paciencia y me gustaría agarraros por los hombros y zarandearos hasta que abráis los ojos a la realidad que tenéis delante.

No es... Somos mucho más de lo que el mundo quiere hacernos creer.

Hay más al otro lado de las estrellas. Más de lo que jamás podríais imaginar.

Y cuando hablo de esta maravillosa transformación, es solo porque hay seres que pueden salvarnos de nosotros mismos, demostrarnos que hay más.

Ese es el objetivo de la Luz de la Víspera, y...

Peter se quedó callado.

Nate dio un paso hacia atrás.

Oyó el chirrido de una silla al apartarse de un escritorio, como si alguien se levantara.

Nate giró en redondo y lanzó una última mirada a la mesa de metal antes de girar el pomo para entrar en el cuarto de la lavadora. Estaba dentro, buscando a tientas el interruptor de la luz, cuando la puerta del despacho se abrió de golpe a su espalda.

—Nate.

Echó un vistazo por encima del hombro, aparentando sorpresa.

—Ah, hola, Peter. ¿Qué tal?

El otro lo observó con curiosidad.

—Bien. ¿Qué haces?

Señaló la bolsa de lona con un movimiento de la cabeza.

—Quería lavar ropa, si es posible. Le he preguntado a Dolores, que me ha indicado el camino.

Peter cruzó los brazos sobre el pecho.

—No... no hay ningún problema. Mientras estéis con nosotros, todo lo mío es vuestro.

—Muy generoso por tu parte. Te lo agradecemos mucho. Sé que Art también.

—Sí —dijo Peter con la voz llena de desprecio—. «Art». En forma abreviada, porque hoy en día los apodos son imprescindibles.

—Ella quiere que la llamemos así.

—Eso parece. Se ha... adaptado. Más de lo que me esperaba. En los últimos diez años, se ha vuelto más humana de lo que nunca lo fue conmigo.

—Pero aquello... era distinto, ¿no?

Peter ladeó la cabeza.

—¿En qué sentido?

—Ella estaba... —A Nate le costó encontrar la palabra apropiada—. Estaba asociada contigo.

—«Asociada» —repitió Peter pausadamente.

—Estabas ahí, con ella.

—Así es.

—Ahora está sola.

—No sé hasta qué punto eso es cierto —dijo Peter—. Tiene al marine. —Miró a Nate de arriba abajo antes de volver a subir la vista—. Y te tiene a ti.

—Me refería a por dentro. Ella... La niña ya no estaba ahí, cuando la...

—Su conciencia la había abandonado.

—Sí.

Peter asintió.

—El cuerpo no lo es todo, Nate, ¿sabes?

—A mí me parece bastante importante.

—Pero no es más que una cáscara. El alma es lo que nos hace humanos, no la carne.

—No sé si creo en el alma —dijo Nate con sinceridad, no muy seguro de hacia dónde iba la conversación. No le gustaba cómo lo miraba Peter.

—¿Y en qué crees?

Se encogió de hombros.

—Pues... no lo sé.

—¿En un poder superior? ¿Crees que hay algo más?

—Yo diría que, si lo hubiera, nos ha tocado la peor parte.

Peter arrugó el entrecejo.

—¿Y eso?

—Sufrimos. Sufrimos todo el rato.

—A través del dolor el alma aprende lo que necesita saber para alcanzar el estado superior de la conciencia.

—Para serte sincero, solo estoy preocupado por sobrevivir.

—¿Sobrevivir a qué?

Nate soltó un resoplido.

—Me han disparado más veces en las últimas semanas que en toda mi vida. O sea, el tío que me conectó el agua resultó ser un agente de una organización del Gobierno de la que no debería saber nada.

—Sometedores.

—Exacto. Era uno de esos. Me pareció un poco cotilla, pero bueno, supuse que eso era normal para alguien de pueblo. ¿Cómo iba yo a saber que nos estaba vigilando?

Peter apenas parpadeaba, lo que resultaba un poco inquietante.

—Mira que eres raro.

—Y lo dice el tipo que estuvo veinte años poseído por una alienígena y que apenas aparenta más edad que yo. —Nate crispó el gesto—. Joder. Lo siento. Seguramente eso sonaba mejor en mi cabeza.

—Creo que ha sonado exactamente como querías —dijo Peter sin alterarse—. Pero no me ofendo. Entiendo lo que quieres decir. Eres muy... directo.

—Bien —dijo Nate, ignorando el hilillo de sudor que le bajaba por la nuca—. Mi intención no es complicarte las cosas. Has sido muy amable con nosotros desde que llegamos.

—¿Puedo preguntarte algo, Nate?

—Supongo...

—¿A quién has perdido?

Nate lo miró, pestañeando.

—¿Perdona?

—Eres demasiado... cínico para alguien de tu edad. Eso parece indicar que has sufrido la pérdida de algún ser querido pese a tu juventud.

—No soy... ¿A qué viene eso ahora?

Peter se apoyó contra la jamba de la puerta de su despacho.

Por encima de su hombro, Nate vio una cámara de vídeo colocada sobre un trípode en medio de la habitación.

Estaba enfocada hacia el escritorio ante el que estaba sentado un momento atrás.

El artilugio parecía fuera de lugar en una granja que supuestamente estaba desconectada de las redes de servicios.

—Solo intento averiguar con quién se ha alineado Artemisa.

—«Alineado» —dijo Nate, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué significa eso?

—Te tiene cariño.

—Es bastante mutuo.

—Y al marine. El tal... Alex.

Nate se encrespó un poco al oír el deje de burla en la voz de Peter.

—Fue el único que la ayudó en ese momento. Le salvó la vida.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo la salvó?

—Ella está aquí, ¿no? No sigue en la Montaña. Está a salvo.

—Así es. Seguramente más a salvo que en cualquier otro lugar del mundo. Me alegro de que lo veas así.

No se refería a eso en absoluto.

—Y es gracias a Alex.

—¿De veras?

—Sí —gruñó Nate—. Él la rescató. Se jugó la vida por ella. Joder, estuvo a punto de morir por Art. Ella lo es todo para él.

—Pues claro —dijo Peter en tono tranquilizador—. Vendría a ser como un sustituto del niño, ¿no?

Nate abrió la boca, pero la volvió a cerrar enseguida.

Porque eso no se alejaba demasiado de la realidad.

¿No era casi exactamente lo que había pasado?

Era..., ah, mierda. ¿Cómo se llamaba eso en jerga psicológica?

Transferencia. Sí, eso parecía adecuado: el acto de transferir los sentimientos de una persona a otra.

No era... de extrañar. La gente que dirigía la Montaña había sido lista al elegir a Alex, y también bastante cruel.