Dieciséis
A la mañana siguiente, Nate se dirigió hacia la casa de labranza.
Alex y Art estaban en los campos con algunos seguidores de Peter, pues la pequeñaja había exigido que la llevaran a ver los caballos en cuanto se enteró de que en la granja había.
Fue una distracción bienvenida, porque al despertarse entre los dos, de inmediato los había mirado con expresión suspicaz.
—¿Por qué tienes la barbilla toda roja? —le había preguntado a Nate, observándolo con los ojos entornados.
Era por el roce de la barba de Alex, pero no estaba muy seguro de querer explicarle eso a una alienígena cotilla.
—Habré dormido en una postura rara. —Fulminó con la mirada a Alex, a quien se le estaba dando fatal aguantarse la risa.
—Has dormido con la barbilla en una postura rara —repitió Art con escepticismo.
Nate se encogió de hombros.
—Supongo.
—Hmm —dijo Art.
Así que sí, se sintió agradecido cuando, durante el desayuno, Peter mencionó que había caballos, aunque era consciente de que sería solo una distracción temporal.
Tarde o temprano, Art acabaría descubriendo la verdad.
Aunque en realidad no podía leerles la mente, estaban...
unidos por una especie de vínculo. Y ella era muy perspicaz.
Nate se imaginaba cómo reaccionaría, y no sabía hasta qué punto estaba preparado para lidiar con ello.
A Alex no le había hecho mucha gracia que Nate no los acompañara, pero este le había quitado hierro al asunto.
—No te preocupes. Veré si me dejan poner una lavadora. Nos hace falta. A los tres se nos está acabando la ropa limpia.
Alex asintió despacio y echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que nadie los estaba escuchando.
—La pistola está bajo mi saco de dormir —dijo en voz baja.
Nate puso los ojos en blanco.
—No pienso dispararle a Dolores.
—Nate...
—Alex...
—No seas cabezota.
—Yo no...
Alex lo había arrastrado hasta el granero, y, una vez ocultos de cualquier mirada, lo había besado con furia. Nate aún estaba algo aturullado al caer en la cuenta de que ahora podían hacer eso, y apenas le había dado tiempo de corresponder al beso cuando Alex se apartó.
—Solo por si acaso.
—Sí —dijo Nate, ligeramente aturdido—. Por si acaso.
Cuando salieron del granero, Art, que había estado mirando a la gente que trabajaba en el huerto, alzó la vista hacia ellos.
—Vaya —dijo—. Debes de haber dormido con la barbilla en posición rara durante los últimos tres minutos. Hay que ver qué cosas.
Menos mal que había salido el tema de los putos caballos. Fue la distracción perfecta.
Nate había vuelto a subir al pajar, donde estaba su equipaje, y rebuscó en él para sacar toda la ropa sucia que necesitara lavarse. Tras meterla en una bolsa que se echó al hombro, salió del granero y se encaminó hacia la casa.
Había gente en el huerto, arrancando malas hierbas y removiendo la tierra.
A su paso, cada uno de ellos iba interrumpiendo su trabajo para saludarlo cordialmente con una gran sonrisa.
Daba la impresión de que estaban... más contentos que el día anterior.
Tal vez era por la presencia de Art, o tal vez era por otra cosa, pero estaban de lo más sonrientes y amables.
Aunque esto incomodaba a Nate, él respondía con buen talante.
Dolores estaba en la cocina, recogiendo los restos del desayuno que había servido, consistente en grandes boles de avena con fruta y azúcar. A Art no le había entusiasmado la falta de carne.
Y, por supuesto, al fondo sonaba la radio.
Su viejo amigo Steven Cooper volvía a estar en el aire. Nate se preguntó si alguna vez descansaba.
—Mañana, amigos oyentes —decía Steven—. Mañana es el día.
Ya desde ahora se alcanza a ver el Markham-Tripp a plena luz.
Y vaya si los hemos asustado. ¿Han visto el comunicado que han hecho público?
«No hay por qué preocuparse», dicen. «No hagan caso de los bulos alarmistas», dicen.
«Será un evento divertido para toda la familia», dicen.
Como si no lo supieran. Como si no llevaran años preparándose para este preciso momento.
¿De verdad pretenden hacernos creer que el cometa no se había descubierto hasta el año pasado y quedarse tan panchos?
¿Que uno de los eventos astrológicos más importantes y llamativos que veremos en nuestra vida es algo que se predijo hace solo un año?
Chorradas, amigos oyentes. Eso no hay quien se lo trague.
Hace años que lo saben. Años. Es más, según algunas fuentes, la existencia de esa cosa se conoce desde hace una década.
El cometa no es más que una tapadera. No crean a quien les diga lo contrario.
Una tapadera como una casa. Ya lo verán.
Mañana a esta hora, todos seremos testigos del mayor acontecimiento en la historia de la humanidad, como que me llamo Steven Cooper.
Tenemos la llamada de un oyente. ¿Qué opina sobre lo que nos traerá el día de mañana?
El oyente era un hombre de voz chillona que hablaba con citas de la Biblia, y Nate se aclaró la garganta, mientras Dolores asentía, pensativa, mirando la radio.
Ella dio un ligero respingo y se volvió, llevándose el paño húmedo al regazo.
—Perdón —dijo Nate, crispando un poco el rostro—. No era mi intención asustarla.
Dolores soltó una carcajada extraña, que sonó como un rebuzno.
—Ay, no te preocupes, Nate. Lo que pasa es que... pensaba que estaba sola.
—Ya. —Él señaló la radio con la cabeza—. No me habrá oído llegar.
Asintiendo enérgicamente, la mujer extendió el brazo para bajar el volumen de Steven Cooper.
—Bueno, es que... se avecinan días históricos, ¿sabes? Quería oír la opinión del señor Cooper.
—¿Días históricos?
Ella se sonrojó.
—Por el cometa y todo eso. Es... uno de esos acontecimientos que solo se producen una vez en la vida.
—Así parece. Al menos da la impresión de que eso es lo que cree Cooper.
Dolores estrujó el paño de cocina, nerviosa.
—Ya sé que piensas que todo eso son paparruchas y cuentos para espantar viejas, y que soy una boba por escuchar su programa.
Nate se encogió de hombros.
—Yo no la juzgo por eso. A fin de cuentas, después de todo lo que he visto últimamente, ¿quién soy yo para descartar que pueda haber algo de cierto en lo que dice?
Ella abrió mucho los ojos.
—Eso mismo pienso yo —dijo, sin aliento—. No me atrevo ni a imaginar... —Lanzó una mirada rápida por encima del hombro de Nate antes de dar un paso hacia él—. ¿Puedo... puedo preguntarte algo?
—Claro —respondió él lentamente—. Aunque me reservo el derecho a no responder si no puedo.
—Sí. Eso es... Lo entiendo. Yo al principio no... no creía. No como debía, como él quería. Tardé mucho tiempo en convencerme.
—¿Como quería quién? ¿Peter?
Ella hizo un gesto afirmativo.
—Es que... Tienes que entenderlo. Las cosas que decía... parecían de lo más descabelladas. O sea, una cosa es oírlo por la radio, pero que te lo diga en persona alguien que lo ha vivido en carne propia..., bueno, eso es algo totalmente distinto.
Una alarma se disparó en la cabeza de Nate.
—¿Fue así como conoció a Peter?
La mujer se llevó el pulgar a la boca y comenzó a mordisquearse la uña.
—Sí. Decía cosas, y yo quería creerlas. Pero no era fácil. Mi hija no... Ella creía que todo eso era una sarta de chorradas. Decía que me estaba comportando como una chiflada. —Dejó escapar una risotada un poco demencial—. Yo le decía que cada uno tiene sus creencias.
—Ayer mencionó usted que tenía nietos. Que le gustaba cocinar para ellos.
A Dolores le tembló la sonrisa.
—Sí, ya lo creo. Y se me daba muy bien. Les preparaba tartas de manzana y cerezas, y pastel de carne, ese que va relleno de kétchup. Era lo que más les gustaba. Se lo comían en un pispás.
—Así que no siempre ha sido vegana, ¿no?
—Huy, qué va, para nada. Me volví vegana cuando vinimos aquí, a la granja.
Según Peter, es mejor, más sano para el organismo.
Más puro. Teníamos que liberarnos de todas las ataduras con las que vivíamos antes.
—Se puso pálida—. Pero me estoy enrollando como una persiana, contándote cosas que no te interesan.
Peter dice que no callo ni debajo del agua, y que, si nadie me interrumpe, un día acabaré por ahogarme de tanto hablar.
—No pasa nada —dijo Nate—. Seguramente yo soy igual.
Ella le escudriñó el rostro con ansia.
—Sí, ¿verdad? Somos iguales. Es lo que dice Peter. Que tú crees.
—Bueno, a ver. He... visto cosas que hacen imposible que no crea, si se refiere a eso.
—Milagros —musitó ella con fervor—. Has visto el milagro que ellos representan.
Nate frunció el ceño.
—Bueno, tanto como milagros no diría yo, pero... las últimas semanas han sido muy raras.
Dolores tenía los ojos muy abiertos y llorosos.
—¿Ella cumplió con todas tus expectativas?
—Yo no... nunca había pensado en ella antes de conocerla. Ni siquiera sabía que existía hasta que la vi por primera vez. —Soltó un resoplido—. Al principio me dijeron que la habían secuestrado y que iban a devolverla.
Dolores asintió.
—Sí. Eso. A devolverla. A llevarla lejos, para dejar que regrese. —Sus ojos se fijaron en la bolsa que él llevaba al hombro—. ¿Te vas a...? ¿Va todo bien?
—¿Qué? Ah, ¿esto? No, todo bien. Solo quería usar su lavadora. Nos estamos quedando sin ropa limpia, y no sé cuándo se nos volverá a presentar la oportunidad de lavarla, una vez que nos marchemos.
—No entiendo —dijo ella—. ¿Una vez que os marchéis?
—Cuando llegue el momento de la partida de Art —dijo Nate—, tendremos que llevarla a donde tenga que ir.
—Ya —dijo Dolores—. Claro. Qué... tonta soy. —Dio otro paso hacia él—. Yo puedo lavaros la ropa. Es una de mis tareas aquí, en la granja, mantener la casa limpia.
Nate forzó una sonrisa.
—No, no se moleste. Ya ha hecho demasiado por nosotros. Yo me ocupo. Si me indica dónde está el cuarto de la lavadora, se lo agradeceré. Además, casi toda la ropa sucia es de Alex, que suda los gayumbos a base de bien.
—Cielo santo —dijo Dolores—. No me extraña, con lo corpulento que es.
—En efecto. Bueno, ¿el cuarto de la lavadora...?