Bajo mi piel Quince #4
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Quince #4

—Nos casamos jóvenes. Ella se quedó embarazada antes de que me asignaran a mi segundo destino y, cuando regresé, sus padres insistieron en que nos casáramos, y yo...

yo acepté. Era lo correcto. Estábamos juntos desde los diecisiete años.

Estábamos... bien. Nos queríamos. Mucho.

Tal vez no tanto como deberían quererse dos personas que se casan, pero...

estábamos bien. Casi siempre. —Se enjugó los ojos—.

Y entonces nació el niño, y yo no sabía que fuera posible sentir tanto amor hacia alguien a primera vista.

Fue prematuro, y estábamos asustados. Me concedieron la licencia por enfermedad de un familiar, porque durante unos días no estaba claro si sobreviviría.

Era muy pequeñito, y tuvo que pasar semanas en el hospital.

Nos advirtieron que nos fuésemos haciendo a la idea, por si acaso.

Pero yo me sentaba junto a su incubadora y le susurraba al oído que teníamos que luchar, que él tenía que demostrarles que se equivocaban y salir adelante.

Y eso hizo. De algún modo, lo consiguió.

Dos meses después de que naciera, nos lo llevamos a casa.

»Yo la quería. Y a él también. Durante mi ausencia, ella me escribía y me mandaba fotos de él, y yo se las enseñaba a todo el mundo, tanto si querían verlas como si no.

Me decía a mí mismo que bastaba con eso, que podía hacer que lo nuestro funcionara, que tenía más cosas por las que estar agradecido que la mayoría de la gente y que...

estaba bien. Y lo estaba. Durante siete años, estuve bien.

Nate cerró los ojos.

—Qué tontería, ¿no? He estado atrapado bajo el fuego enemigo en plena noche a miles de kilómetros de casa, convencido de que nunca los volvería a ver.

He visto a amigos míos saltar en pedazos porque les habían puesto una bomba de fabricación casera bajo su vehículo.

He abrazado a esposas y madres mientras enterraban a sus seres queridos.

Me escapé de una base del Gobierno con una extraterrestre, entre disparos y perseguido por helicópteros.

Pero no pude evitar que ella me dejara. —Alex suspiró—.

No era justo para ella, esa... vida a medias que llevaba.

Yo estaba fuera casi siempre, y ella no...

no obtenía de mí lo que necesitaba. No era justo, pero yo no me di cuenta en ese entonces.

Solo pensé en mí, en lo que ella me estaba arrebatando.

Se marchó, llevándose consigo a nuestro hijo.

Durante un tiempo, la cosa se puso muy fea.

Nos gritábamos, nos acusábamos de hacerle la vida imposible el uno al otro.

Pero llegó un día en que no me quedaba nada que decir, así que empecé a escucharla, a prestar atención a lo que decía.

Y, por primera vez en años, la comprendí, la comprendí de verdad.

Nos hicimos amigos. Creo... creo que entonces la quise más que nunca.

»Él tenía nueve años. Y fue algo muy tonto.

Un accidente de tráfico. La calzada estaba resbaladiza por la lluvia.

Ella giró demasiado rápido, y su cochecito se estampó contra un árbol.

Me dijeron que fue instantáneo, pero yo...

no me lo creí. Me los imaginaba atrapados, a medio mundo de distancia, llamándome a gritos, suplicándome que acudiera a salvarlos como salvaba a personas cuyo nombre ni siquiera me molestaba en averiguar.

Pero yo no estaba ahí. No estuve ahí para ayudarlos. Y se murieron.

Nate abrió los ojos. Alex contemplaba el cielo. Nate alargó el brazo y lo tomó de la mano. Alex la agarró con fuerza.

—¿Cuánto tiempo después te destinaron a la Montaña?

—Seis meses. Sabían lo que hacían. Porque un dolor como ese... nunca se pasa, en realidad. Nunca se cura. Se encona. Y creo que ellos lo sabían.

—Por eso la odiabas al principio.

—Sí —dijo Alex—. La odiaba. No se parecían en nada ella y él. Él era... callado. Lo miraba todo en silencio. Ella no callaba nunca. Él tenía una risita silenciosa, una exhalación breve por la nariz. Cuando ella estaba contenta, lo manifestaba de forma ruidosa. No era él. Y él no era ella.

—¿Qué te hizo cambiar? —preguntó Nate.

Alex se encogió de hombros.

—La verdad es que no lo sé. El caso es que...

un día, se me pasó, sin más. Dejé de estar enfadado, de culparla a ella, de culparme a mí mismo.

La herida abierta cicatrizó y ya no me dolía tanto como antes.

Ella se dio cuenta. Mucho tiempo después, me dijo que la primera vez que me hizo reír fue su mayor logro en la vida.

Nate chocó el hombro con el de Alex con suavidad.

—Y no me extraña. Creo que sentí algo parecido la primera vez que te oí reír.

Alex esbozó la más leve de las sonrisas.

—Los dos deberíais subir un poco el listón.

—Huy, qué gracia.

—Un poquito, sí.

—Puede. —Acto seguido, añadió—: Gracias.

Alex arqueó una ceja.

—¿Por qué?

—Por contármelo.

—Ya lo sabías.

—Me lo imaginaba. Los vi... a los dos, cuando estábamos en la gasolinera. A causa del vínculo.

—Lo sé.

—Querías que los viera.

—Yo no... A lo mejor de manera subconsciente. Para serte sincero, sigo sin saber bien cómo funciona. No creo que nadie lo sepa.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Por qué querías que los viera?

Alex suspiró.

—¿En serio, Nate? Para ser un reportero, a veces te veo un poco perdido, ¿sabes?

—Periodista —lo corrigió Nate automáticamente, sin apenas oír su propia voz por encima del golpeteo de su corazón, acelerado como el de un conejo—. A lo mejor es que no quiero dar nada por sentado. Ya sabes lo que dicen, que el que da por sentado es un tarado y...

Alex lo besó.

La tierra no tembló bajo sus pies. No hubo un estallido de fuegos artificiales.

Fue un beso firme y seco, el roce de la barba de pocos días de Alex contra el mentón de Nate.

Por un momento, este ni siquiera supo muy bien qué estaba pasando.

Pero entonces abrió la boca solo un poco y notó la presión de una lengua contra la suya, una pasada rápida que le arrancó un leve gemido gutural.

Alex respiraba por la nariz, y seguían agarrados de las manos en una posición de lo más forzada, pero fue lo más intenso que Nate había sentido en su exigua vida.

Parpadeó despacio cuando Alex interrumpió el beso y se apartó con una expresión recelosa, como esperando a que Nate lo regañase y le preguntara a qué cojones había venido eso.

Como este no soportaba verlo más con esa cara, se inclinó hacia delante y lo besó a su vez. Alex soltó un gruñido de sorpresa.

Fue algo breve y tierno. Cuando juntaron las frentes, estaban jadeando, aspirándose el uno al otro.

—Como que llevaba tiempo esperando que hicieras eso —reconoció Nate por lo bajo.

—¿Ah, sí? —preguntó Alex, y la sonrisa volvía a estar ahí—. Como que ya me había dado cuenta.

—Capullo.

—Como que llevaba tiempo queriendo hacerlo —dijo Alex.

—¿Ah, sí? Como que ya me había dado cuenta.

Alex se rio y le dio un beso en la frente antes de atraerlo de nuevo hacia sí.

Nate le rodeó la cintura con el brazo y volvió la cabeza hasta acurrucar la nariz contra su cuello.

Se quedaron ahí de pie, en un granero bajo un cometa llamado Markham-Tripp que se aproximaba, fundidos en aquel abrazo.

Nate pensó en pedirle explicaciones, en preguntarle qué implicaba eso, adónde podía llevarlos, qué pasaría entre los dos...

después. Pero, por más que lo intentó, no consiguió pronunciar las palabras en voz alta.

En vez de eso, se arrimó más a Alex y se conformó con respirar.

No necesitaba más.