Quince #3
A menos que Peter hubiera entrado en el granero y le hubiese hecho algo. Pero eso... eso era un disparate.
Y, claro, ahora no podía quitarse de la cabeza a Peter y lo que era capaz de hacer.
Bajó la mirada. Art seguía durmiendo y volvía a roncar como una descosida.
Se dirigió hacia la escalera y, agarrándose con fuerza a la barandilla, empezó a bajar con cuidado, un peldaño tras otro.
La madera emitía crujidos inquietantes bajo sus pies, pero pronto pisó tierra firme y exhaló un suspiro de alivio.
Las puertas delanteras del granero estaban cerradas. Alex no había salido por ahí, a no ser que las hubiera vuelto a cerrar una vez fuera. Debía de...
—¿Qué haces?
A oscuras en una granja de Pensilvania, lejos de todo lo que conocía, Nate soltó un chillido ligeramente estrangulado antes de taparse rápidamente la boca con la mano.
Oyó un sonido ahogado y, al volverse, vio a Alex delante de otra ventana del granero, pugnando por aguantarse la risa.
—Pero ¿serás capullo? —le siseó Nate—. ¿Qué coño te pasa?
—No sé si te había oído hacer ese ruido antes —consiguió decir Alex—. La leche...
—Pues ni de coña me vas a oír hacer otros ruidos, pedazo de cabrón. —Palideció casi de inmediato—. A ver... No quería decir... Ay, madre.
Alex fue el primero en recuperar la compostura.
—Lo tendré en cuenta —dijo. Era una promesa oscura que Nate no sabía cómo interpretar.
Así que cambió de tema.
—¿Qué haces?
—Lo mismo podría preguntarte yo.
—Me he despertado y no estabas.
—No me he ido lejos. No os haría eso a ninguno de los dos. Y menos aún en este lugar.
Nate le creyó.
Tras un momento de vacilación, se obligó a avanzar hasta situarse junto a Alex. Por la ventana abierta entraba una corriente casi fría. Se estremeció ligeramente, y su codo topó con el de Alex.
—Estás temblando —comentó este en voz baja.
—Estoy bien.
Alex suspiró.
—Ven aquí, anda.
Nate no entendió qué le estaba pidiendo. No sabía qué podía darle. Pero Alex levantó el brazo, rodeó los hombros de Nate y tiró de él con suavidad hasta estrecharlo contra sí. Era una sensación cálida y agradable que de inmediato puso a Nate de los nervios.
—Tranquilízate —le dijo Alex, casi al oído.
—Para ti es fácil decirlo —masculló Nate.
—Puede.
Hubo un momento de silencio.
—¿Qué hacías aquí abajo? —preguntó Nate entonces.
—No podía dormir.
Nate soltó un resoplido.
—¿En serio? Creía que podías dormir en cualquier parte.
—Casi siempre. Lo que pasa es que... Tengo mucho que pensar.
Nate aguardó. No sabía si Alex pensaba darle más detalles, pero sentía que no era quién para pedírselos.
No tuvo que esperar mucho.
—Este lugar... da mala espina.
Nate experimentó cierto alivio al oír eso.
—Sí, ¿verdad? A ver, son muy amables y tal, pero todo parece demasiado utópico. Me recuerda esas reuniones de creyentes fervorosos que se hacen en carpas. Peter es como un viajante disfrazado de predicador de esos que amenazan con los tormentos del infierno. Les vende lo que quieren oír.
—¿Y qué es lo que quieren oír?
—No lo sé. Pero... a lo mejor solo buscaban un poco de esperanza. Es fácil perder el rumbo, y es aún más fácil aferrarte a alguien que crees que puede mostrarte el camino.
Alex soltó un gruñido.
—Tal vez. Algo me mosquea, pero no sé bien qué.
—Art no parece sospechar nada malo.
—Lo sé. Y eso es lo que me preocupa.
Nate apoyó la cabeza en el hombro de Alex con cautela. Este se puso tenso, pero se le pasó enseguida. Hundió los dedos en la piel de Nate, dándole una bienvenida silenciosa.
—Sigue habiendo algo.
—¿A qué te refieres?
—Entre ella y Peter. O entre ella y Oren.
Vivió dentro de él durante... ¿cuántos años?
¿Veinte? Y la manera en que ha entablado un vínculo contigo y...
conmigo, es... La arrancaron de él. Los dos coinciden en eso.
¿Y si quedaron restos? ¿Cómo si no se las ha arreglado ella para encontrar este sitio?
Alex sacudió la cabeza.
—No lo sé. Después de todo este tiempo, sigo sin entender algunas de las cosas que es capaz de hacer.
—¿Crees que te oculta algo?
—No, por lo menos no de forma intencionada. Ella... no me haría eso.
Nate no estaba tan seguro, pero se guardó su opinión.
—¿Cuánto tiempo nos quedaremos aquí?
—No lo sé. Todo el que ella considere necesario. O hasta que yo decida haceros subir a la camioneta y llevaros lejos de aquí. Lo que ocurra primero.
Nate contempló el cielo nocturno a través de la ventana.
Localizó Casiopea casi de inmediato. Desplazó la mirada hacia Markham-Tripp, que brillaba más que nunca.
Daba la impresión de estar surcando la bóveda celeste, y su cola parecía más larga que la noche anterior.
Entonces hizo la pregunta más ridícula que había formulado en la vida.
—¿Cuáles son las probabilidades de que realmente haya un ovni en esa cosa?
Alex se rio entre dientes.
—No me parece muy realista.
—Te recuerdo que arriba hay una pequeñaja que es extraterrestre y puede mover cosas con la mente.
—Cierto. No, no creo que haya un ovni en la cola del cometa. Eso son cosas de conspiranoicos chiflados.
—¿Los mismos que afirman que nos han visitado antes y tienen razón?
—Pero no... no como ellos creen.
Nate se apartó de él, preso de una frustración repentina. El brazo de Alex quedó colgando a su costado.
—Hasta donde sabemos. ¿Cuántas otras Montañas hay?
—No lo... ¿Adónde quieres llegar?
—Alex —dijo Nate, exasperado—. No me digas que crees que se trata de algo aislado. ¿Y si hay otros? ¿Y si...?
—No me importan los otros —dijo Alex, al tiempo que su habitual expresión ceñuda volvía a su semblante—. Esto no tiene que ver con los otros, sino con ella.
—Ya lo sé. Pero ¿y si...? ¿Y si hubiera otros? ¿Y si hubiera otras niñitas que...?
—Basta.
Nate sacudió la cabeza.
—No intento manipularte. Solo digo que...
—Ya entiendo lo que intentas decirme. Eso no es un artículo, Nate. No es una puta pista que puedas seguir para recobrar lo que sea que hayas perdido. No puedes aprovecharte de esto... de ella para recuperar tu vida.
—Eso no es justo.
—Te ha pasado por la cabeza.
—Yo no... —Pero era cierto, ¿no? Claro que se le había pasado por la cabeza—.
Es posible, pero hace tiempo que no lo pienso.
Además, no me lo puedes echar en cara. Esto...
¿Qué queda, Alex, después de esto? ¿Qué va a ser de nosotros?
¿Qué vamos a hacer? No creerás que todo va a volver sin más a la...
—Yo la odiaba.
Nate dejó de hablar.
Alex se resistía a mirarlo. Se pasó la mano por la cabeza y por la parte trasera del cuello.
—Al principio, la odiaba, cuando me llevaron a conocerla.
Yo... sabía lo que estaban haciendo. O, por lo menos, tenía una idea aproximada.
Sí, me dejó conmocionado. Me sobrecogía que algo como ella pudiera existir, saber que no estaba...
que no estábamos solos. Era un secreto, el más grande en la historia de la humanidad, y me lo estaban revelando a mí.
Se volvió hacia la ventana y, acodado sobre el alféizar, contempló el paisaje nocturno.
El granero estaba a oscuras, y la única luz procedía de la bombilla parpadeante del porche.
Nate se colocó a su lado, asegurándose de guardar una distancia prudente.
La actitud de Alex dejaba claro que no deseaba que lo tocaran, y Nate necesitaba escuchar su relato.
—Y ella sentía curiosidad respecto a mí.
Me hablaba. Mucho. Me preguntaba cosas, como si me gustaban los caballos, si alguna vez había saltado desde lo alto de una cascada o si había montado en trineo.
Me hablaba de las historias que había leído, libros sobre vaqueros y forajidos y dragones que raptaban princesas y caballeros que acudían al rescate.
Me pedía que jugara a juegos de mesa con ella, que cantáramos a dúo.
Me preguntaba por qué no sonreía, por qué siempre parecía enfadado, por qué era antipático con ella, qué significaba estar triste.
«¿Por qué estás triste, Alex? ¿Qué te pasó para que acabaras siendo así?
». —Soltó una risita amarga—. Y yo la odiaba, porque no pasaba de puntillas sobre mis sentimientos.
Ella no... Dudo que tenga esa capacidad.
Hay... matices que no entiende, señales verbales y físicas que no sabe leer.
Dice lo primero que le viene a la cabeza, y lo hacía incluso cuando le gritaba y le exigía que cerrara la puta boca, que me dejara en paz. Pero no callaba.
Nate no había visto nada de eso cuando Alex le había mostrado imágenes de aquella época. Pero había visto a la mujer y al niño, lo que significaba que... No sabía qué significaba.
—El dolor —dijo pausadamente—. El del agua dijo que formabas parte de eso, del experimento, para comprobar cómo reaccionaría ella ante el dolor humano.
—Ya —dijo Alex con voz ronca—. Eso dijo, ¿verdad?
Y tal vez yo no comprendía la complejidad de sus razonamientos, pero sabía...
algo. Creo que no imaginaron que las cosas llegarían tan lejos.
Creo que daban por sentado que yo no dejaría que ocurriera, que le pararía los pies a ella, en mi cabeza, en...
mi corazón. Yo no lo busqué. Fue algo que sucedió sin más.
—Pero tampoco ofreciste resistencia.
—No, no ofrecí resistencia, porque descubrí que ella no era solo...
aquella cosa que me habían hecho creer que era.
No era solo el objeto de un experimento, un ser al que había que estudiar, una prisionera.
Estaba viva, respiraba y tenía pensamientos propios, unos pensamientos ridículos y maravillosos que la hacían más humana que cualquier otra persona que yo hubiera conocido.
Nate no se contuvo. Tenía que preguntárselo.
—¿Quiénes eran?
Alex se puso rígido, y Nate supo que había cruzado una línea que no debería haber cruzado. Sin embargo, para su sorpresa, Alex le respondió.