Bajo mi piel Quince #2
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Quince #2

Consiguió tomar unos bocados antes de decidir que mejor se limitaría a picotear un poco de pan, y más tarde acercarse con disimulo a la camioneta para ver si aún quedaba algo de sopa.

Solo de imaginarse comiendo sopa de lata a hurtadillas en el granero con Alex y Art, al amparo de la oscuridad de la noche, se le escapó una leve carcajada.

Notó que la bota de Alex le apretaba el tobillo.

Alzó la vista.

Alex tenía las cejas arqueadas en un gesto inquisitivo.

Nate sacudió la cabeza.

No le pasaba nada.

Todo iba bien.

Bueno, sí, tal vez aquellas personas fueran un poco raras.

Tal vez no las entendía, pero, qué leches, nunca había tenido que pasar por lo mismo que Peter.

No lo conocía, ni tampoco a los demás. No sabía qué los había llevado a estar ahí, en esa granja, ni por qué habían acogido sin pensarlo dos veces a esos desconocidos, a esa niña, y no parecían en absoluto sorprendidos por ninguna de sus peculiaridades.

Al contrario, la trataban casi... con veneración, como si les inspirara un respeto reverencial.

Esto le parecía más comprensible a Nate de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Seguramente no era nada. Era solo que... necesitaban a alguien como Peter. Nate entendía por qué. Era... Había algo en él que no sabría explicar. Apenas parpadeaba. Casi siempre sonreía e irradiaba serenidad. Tanta que daba escalofríos.

No pasaba nada.

Todo iba bien.

Al terminar la cena, la gente de la granja se levantó de la mesa y comenzó a recoger los platos y a colocarlos en una gran cuba de plástico llena de agua jabonosa que habían dejado cerca del porche.

Nadie hizo comentarios sobre lo poco que habían comido los forasteros, que habían dejado sus cuencos casi llenos y pan desmigajado en sus platos.

Nate se ofreció a ayudar, pero le dijeron con suavidad que no era necesario, que era un invitado, un acompañante de ella y que no tenía que mover un dedo.

Billie Holiday gorjeaba que era toda tuya, en cuerpo y alma, y que se pasaba los días añorándote siempre a ti.

Nate se quedó boquiabierto al ver que Peter le tendía la mano a Dolores y ejecutaba una profunda reverencia.

La mujer dejó escapar una risita, como una colegiala, ruborizada y con el pecho agitado.

Aceptó la mano de Peter, quien, riéndose también, la guio hasta una pequeña extensión de hierba que estaba cerca del gramófono.

La atrajo hacia sí y se pusieron a bailar, meciéndose despacio adelante y atrás.

Al cabo de un momento, otros se unieron a ellos: un hombre y una mujer, dos mujeres, un grupo de tres que formaron un círculo, tomados de las manos, y comenzaron a mover los pies con paso perezoso mientras giraban lentamente.

—¿Qué es eso? —jadeó Art—. Alex, ¿qué hacen? ¿Eso es... eso es bailar ?

—Sí —dijo Alex por lo bajo—. Eso es bailar.

—Como en aquella peli —dijo ella con un suspiro soñador y los ojos brillantes por las luces que los rodeaban—. La de la mujer guapa que se ponía aquellos vestidos. ¿Cómo se llamaba?

— Hello, Dolly!

—Sí, esa. —Le lanzó una mirada de reojo a Alex antes de bajarla hacia sus manos. Parecía... nerviosa. Nate nunca la había visto así. Ella miró al hombretón de nuevo, sonrió y se puso a toquetear el mantel.

Nate comprendió lo que ocurría.

Alex también.

—¿Te apetece bailar? —dijo, antes de que Nate pudiera abrir la boca.

Art se encogió de hombros.

—Art...

—A lo mejor un poquito —masculló ella.

—¿Te apetece bailar conmigo?

Volvió a encogerse de hombros.

Pues sí. Nate había visto de cerca a personas a quienes se les acababa de romper el corazón.

Y en ese momento, él mismo notó que se le partía justo por la mitad, dentro del pecho.

Por unos instantes, comprendió a qué se refería Peter con lo de sentirse en carne viva.

Ahí estaba esa muchacha, esa niña perfecta, que en realidad no lo era. Y quería bailar.

Alex se levantó de la mesa.

Le ofreció la mano.

Ella se sonrojó.

Nate se preguntó en qué momento exacto había empezado a quererlos a los dos, cuándo se había permitido el lujo de concebir un sentimiento que creía fuera de su alcance.

Al parecer, no lo estaba.

Lo había concebido.

Lo supo entonces.

De algún modo, ese amor se había colado en su interior.

Art vaciló solo unos instantes antes de tomar la mano de Alex. Billie se puso a cantar sobre el pozo de los deseos, que te verá y siempre te recordará así, como un día de verano.

Alex la guio hasta el centro de la extensión de hierba. Los demás se apartaron para dejarlos pasar. Dolores bailaba con la mejilla contra el pecho de Peter. Tenía los ojos cerrados y daba la impresión de que no planeaba moverse de donde estaba en mucho tiempo.

Peter observaba a Alex y a Art.

A Nate el corazón se le puso en la garganta cuando Alex le indicó a Art que subiera sobre sus pies.

Ella alzó la vista hacia él con una sonrisa deslumbrante que hizo que a Nate le temblaran las manos.

La chiquilla obedeció, pisando la punta de las botas de Alex con sumo cuidado, como si temiera hacerle daño.

Alex la ayudó, tomándola de las dos manos.

Una vez que ella tuvo los pies firmemente apoyados, él empezó a arrastrar los suyos sobre la hierba.

Era una posición incómoda y Alex estaba rígido, pero mientras Billie les decía que te encontraré bajo el sol de la mañana, Art parecía más feliz que nunca.

Le sonreía a Alex, y Nate pensó que Billie tenía razón. Era el sol de la mañana.

«Yo, como el resto de mi especie, era incapaz de entenderlo — le había dicho Art—, hasta que sentí el latido de un corazón en el pecho, hasta que noté los huesos bajo la piel.

No somos iguales, en realidad. Nos separan el tiempo y el espacio.

Y, no obstante, todos estamos hechos de polvo de estrellas».

En el fondo, Nate no había comprendido por completo estas palabras. Hasta ese momento.

Y entonces, quizá por primera vez, fue consciente de cuán profundamente quería Alex Weir a Artemisa Darth Vader.

Se preguntó si quedaría algo de él cuando ella se marchara.

Bailaron.

Y, cuando la canción tocó a su fin, Artemisa se bajó de sus pies y, con un solo dedo, le hizo señas de que se agachara. Cuando él obedeció, ella le plantó un beso en la mejilla y le susurró algo al oído, mirando a Nate con una sonrisa tímida y coqueta.

Alex se puso tenso.

Aquello no podía ser bueno.

Art dio un paso atrás.

Alex se puso derecho.

Como no podía ser de otra manera, Billie escogió ese momento para ponerse a cantar sobre su certeza de que estaba loca, locamente enamorada.

Alex se volvió hacia él mientras Billie decía que caminaría entre las llamas.

Alargó la mano hacia Nate, con la palma hacia arriba, hacia las estrellas y aquel cometa siempre resplandeciente, y los dedos un poco curvados.

Nate se quedó mirándolo unos instantes, inmóvil.

La determinación en el rostro de Alex flaqueó ligeramente.

—Nate —siseó Art—. Te está pidiendo que bailes con él. Tienes que decirle que sí.

Esto puso a Nate en movimiento. Se levantó a toda prisa y acto seguido se tambaleó hacia delante al tropezar con la silla.

Estuvo a punto de caer de bruces, pero, en el último momento, sintió que unos brazos robustos lo rodeaban y lo sujetaban con fuerza.

Apretó la cara contra un cuello áspero por la barba de pocos días.

Aspiró sin querer un aroma a piel limpia, sudor y otra cosa que no acertó a identificar.

—Joder —farfulló.

Más que oír la risita de Alex, la notó.

—Eso ha sido... No tengo idea de qué ha sido.

—Cállate, anda.

—No, en serio. Creo que nunca te había visto moverte tan rápido.

—Huy, qué gracia.

Los brazos lo estrecharon un poco más.

Nate tuvo que acordarse de respirar.

Y entonces comenzaron a seguir el ritmo de la música.

Las manos de Nate estaban atrapadas entre los dos, dobladas contra la camisa de franela de Alex, aferrándose como si le fuera la vida en ello.

No era... Estaban descoordinados, solo un poco.

Sus rodillas entrechocaban más de la cuenta, y Alex le pisó los pies más de una vez.

Si Nate hubiera querido hacerlo bien, seguramente se habría apartado unos centímetros, dejando correr un poco el aire entre ellos.

Pero estaba bien donde estaba, y Alex no parecía dispuesto a soltarlo en un futuro inmediato.

No era el mejor baile del mundo, pero era el de ellos, y con eso bastaba.

Billie cantaba.

Ellos bailaban.

Sí, entendía lo que era tener el corazón roto.

Todo era polvo de estrellas.

Despertó y se quedó parpadeando en la oscuridad, sin saber muy bien dónde estaba.

Casi de inmediato se tranquilizó al oír los sonoros ronquidos de una pequeña alienígena que dormía a su lado.

Volvió la cabeza despacio. Unas horas atrás habían juntado los colchones inflables y Art se había tumbado entre los dos, como en la camioneta.

Nadie se había planteado dormir de otra manera.

Él no había tardado en conciliar el sueño, pues los sucesos del día pesaban sobre sus hombros. Seguía sin saber qué pensar de la granja de Peter, y su mente estaba embriagada con pensamientos de Alex, Alex, Alex.

Hablando del rey de Roma...

Alex no estaba.

Nate pestañeó de nuevo, intentando sacudirse los últimos restos de somnolencia.

Se incorporó.

Cuando se restregó la cara, el colchón inflable se movió debajo. Art refunfuñó entre dientes sin despertarse, se dio la vuelta y quedó de espaldas a él.

Nate paseó la vista por el interior del granero.

La ventana situada por encima de su cabeza seguía abierta, y el aire de la noche era fresco.

Se puso de pie, frotándose las manos. Alex le había prestado una de sus camisas de franela para que durmiese con ella.

Le venía un poco grande, pero no se había quejado.

Por lo que alcanzaba a ver, Alex no estaba en el nivel superior del granero, a menos que se hubiera escondido tras unas pacas de heno.

Seguramente había ido a hacer pis, ¿no? Nada tendría de raro.

Sí, esa era sin duda la explicación.