Bajo mi piel Quince
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Quince

El cielo estaba teñido de rosa y naranja, y el azul cedía el paso al negro cuando salieron del granero poco antes de las siete. Ya brillaban algunas estrellas, y, al norte, Markham-Tripp resplandecía con fuerza. Según Steven Cooper, en dos días alcanzaría su punto más cercano a la Tierra.

Art caminaba entre ellos, de la mano de Alex. Se detuvieron al cruzar la puerta. Ella soltó un grito ahogado por la escena que se ofrecía a sus ojos.

El jardín delantero estaba irreconocible. Dos largas mesas de pícnic estaban juntas y cubiertas con manteles blancos. Sobre ellas había una hilera de cestas llenas de flores de casi todos los colores imaginables.

Habían clavado en el suelo varias antorchas tiki que ardían con una llama intensa. De los árboles colgaban titilantes farolillos chinos de un fino papel rojo y verde. En torno a los troncos de los árboles había enrolladas guirnaldas de luces blancas.

Era maravilloso.

Y por algún motivo, inquietante.

La gente pululaba entre las mesas, susurrando entre sí.

Algunos sujetaban vasos de limonada. Otros estaban poniendo la mesa, repartiendo platos, cubiertos de plata y servilletas de tela.

El hombre que habían visto en el granero bajaba gruñendo los escalones del porche, cargado con un viejo fonógrafo que dejó en el suelo, cerca de la mesa.

Al parecer, era uno de aquellos que se accionaban con una manivela, algo que Nate nunca había visto en persona.

Dolores le dio unas palmaditas en el brazo antes de agacharse para abrir un compartimento en la parte inferior del aparato.

Dentro había varias fundas de discos. Los examinó un momento hasta que se decidió por una y la sacó.

Extrajo el vinilo del interior y lo colocó en el tocadiscos.

Agarró la manivela y le dio vueltas lentamente.

Al cabo de unos instantes, la voz de Billie Holiday se derramó por el jardín con un sonido crepitante y espectral.

Fue uno de los momentos más surrealistas en la vida de Nathaniel Cartwright.

—Qué bonito —comentó Art, con los ojos brillantes. Le tiró de la mano a Alex—. ¿A que es bonito?

—Es bonito —convino Alex a regañadientes. Nate tomó nota mental de meterse con él más tarde por ello.

Art lo arrastró.

Las conversaciones cesaron casi de inmediato cuando todos se volvieron hacia ellos.

Hacia ella.

—Hola —dijo Art—. Esto es una pasada. Os ha quedado muy bien. Estoy superimpresionada.

Todos suspiraron casi a la vez.

—Gracias —dijo Peter, que había aparecido en el porche—. Queríamos demostrarte cuánto te apreciamos, por todo lo que representas. Por favor, toma asiento. Comenzaremos en breve.

Dolores y el hombre del granero pasaron por su lado antes de entrar en la casa. Un señor mayor negro se les acercó. Le temblaban los dedos y caminaba con rigidez. Desvió la vista de Art a Alex y la posó de nuevo en ella.

Se detuvo frente a ellos y se aclaró la garganta.

—Sería un honor para mí acompañarlos a su asiento.

—Eres como una camarera —le dijo Art con una gran sonrisa—. Me caen bien las camareras.

Nate no se molestó en corregirla.

El hombre tampoco. De hecho, las palabras de Art parecieron relajarlo.

Hizo ademán de alargar el brazo para tocarla, pero una mirada de Alex bastó para disuadirlo.

Dio media vuelta y lo siguieron hacia la cabecera de la mesa.

Retiró una silla de madera antigua sobre la que habían colocado un grueso cojín y la invitó a sentarse.

Riéndose, Art trepó a ella y se agarró a los reposabrazos cuando él la levantó ligeramente para acercarla a la mesa.

Alex se sentó en un banco, a su izquierda, y le indicó a Nate con un gesto de la cabeza que ocupara el lugar en la mesa situado delante de él.

—En realidad, señor, esos asientos son para...

Alex lo fulminó con la mirada.

El hombre reculó despacio.

Art se inclinó hacia Nate.

—¿Crees que en el último par de horas habrán dejado de ser veganos y nos servirán beicon? —susurró.

—Dudo que el veganismo funcione así —respondió Nate, también en voz baja.

Esto pareció decepcionarla.

Él le dio unas palmaditas en la mano.

Alex apretó el pie contra el suyo, debajo de la mesa.

Nate bajó la vista y notó que se le encendía el rostro.

No habían..., es decir, en realidad no había pasado nada entre ellos.

La intención estaba ahí, joder si estaba, pero no era fácil llevarla a cabo cuando estaba huyendo en compañía de una alienígena para salvar el pellejo.

Desde aquella noche en la camioneta en que había visto (¿soñado?) la fuga de la Montaña y luego le había besado la encallecida mano a Alex, había ido con pies de plomo para no presionarlo.

Le resultaba frustrante, sobre todo en momentos como ese, en que notaba la cálida pierna de Alex contra la suya, pero...

había cosas que no sabía. Muchas cosas, como quién era la mujer que había visto la primera vez que el vínculo cobró vida gracias a Art, o el niño pequeño.

Es decir, lo sabía, ¿cómo no iba a saberlo?

Pero también sabía que el dolor por una pérdida podía ser avasallador y no quería forzar a Alex a afrontar algo para lo que no estaba preparado.

Ni siquiera estaba seguro de que él mismo lo estuviera.

Tampoco ayudaba el hecho de que no fuese el mejor momento para pensar en ello.

Su prioridad debía ser Art, y no... lo que estaba pasando entre ellos, fuera lo que fuese.

Pero hostia, qué ganas tenía.

A lo mejor después sería posible... Pero no lo sabía.

No sabía qué vendría después.

Ni siquiera sabía si Alex mantendría una actitud coherente. Ya había perdido a alguien, y pronto volvería a sufrir otra pérdida. Artemisa se marcharía, y Nate tendría que ayudarlo a recoger los pedazos de su corazón.

Pero lo haría. Por supuesto que lo haría. Apoyaría a Alex hasta las últimas consecuencias.

Peter había entrado en la casa en pos de Dolores y el otro hombre.

Todos reaparecieron, en fila india, cargando cada uno con una olla que contenía lo que Nate supuso que sería la calabaza de invierno y la sopa de lentejas.

La mujer asiática del huerto salió detrás de ellos, con dos grandes cestas rebosantes de gruesas rebanadas de pan.

Dolores dejó su olla entre Alex y Nate, delante de Art, sonriendo con timidez. El hombre del granero puso la suya en el centro, en la juntura entre las dos mesas. Peter depositó su olla en la otra punta de la mesa, donde habían dispuesto otra silla.

Billie Holiday cantaba que no quería que su hombre diera explicaciones.

La gente de la granja de Peter acudió a la mesa y se sentó. Un joven con cicatrices de acné se acomodó junto a Nate y lo miró con el rabillo del ojo. Una mujer se acercó a la silla contigua a la de Alex y, sonriendo en silencio, se apoyó en su hombro para sentarse.

Alex le apretó el tobillo a Nate con el pie.

Este captó el mensaje.

Peter dio unos golpecitos en el lado de su vaso con una cuchara. Todos callaron y volvieron los ojos hacia el hombre, que sonrió y fue mirándolos uno a uno de forma pausada. Su mirada se detuvo más tiempo en Art que en los demás.

—He hablado en muchas ocasiones de mis...

experiencias en el lugar conocido como la Montaña —dijo—.

De las cosas que vi, de lo que aprendí. Cuando alguien...

cuando un ser inteligente te elige como me sucedió a mí, es inevitable que te conviertas en una persona distinta.

Cuando esa etapa se acaba, te sientes en carne viva y vacío por dentro, porque todo lo que creías que era real de pronto te parece de lo más trivial.

Las cosas que nos importan, los pequeños detalles que nos preocupan en nuestra rutina diaria, no son nada en comparación con la fuerza cósmica que actúa a nuestro alrededor.

Billie Holiday cantaba que era una tonta por amarte, que, con razón o sin ella, no puede vivir sin ti.

—Me... cambió la vida —prosiguió Peter—.

Me fragmentó y me reconstruyó desde cero.

Y, cuando volví a estar solo, supe sin el menor asomo de duda que tenía que hacer del mundo un lugar mejor.

O por lo menos un rincón del mundo. —Sonrió y paseó la vista por el jardín—. Quiero pensar que lo he conseguido.

Las personas que lo rodeaban prorrumpieron en un murmullo de aprobación, asintiendo con la cabeza.

—Todos tenemos que hacer sacrificios —continuó Peter—.

Todos y cada uno de nosotros. Los que estamos aquí ahora, en este momento, hemos renunciado a algo.

—Miró a Nate, que intentó no dar un respingo—.

Tal vez aún no entendamos del todo nuestro propósito, pero ahora que ella está aquí, ahora que ha venido, sé que pronto se aclarará todo.

—Levantó su copa de la mesa—. Por Artemisa, que me mostró el camino.

Sus seguidores alzaron la copa hacia ella.

—Por Artemisa.

Nate y Alex permanecieron inmóviles.

Artemisa ladeó la cabeza.

Todos bebieron a la vez.

Peter dejó de nuevo su copa en la mesa.

—Y ahora —dijo en tono alegre—, disfrutemos de esta deliciosa cena que Dolores nos ha preparado con tanto cariño.

Se sentó mientras la aludida le sonreía.

Se sirvió el potaje con cucharones y se repartió el pan. Se distribuyeron platitos con algo parecido a la mantequilla para untar en él, pero como en teoría era vegana, Nate pasó de probarla. No quería saber de qué estaba hecha.

Art contemplaba el potaje que tenía delante con aire dubitativo. Cogió su cuchara y jugueteó con el mejunje unos instantes. Esperó a que Alex tomara un bocado antes de seguir su ejemplo.

—Caray —dijo con una alegría desmesurada—. Esto está de vicio. En serio. Qué feliz soy de estar comiendo esto ahora mismo.

Nate no se atrevió a mirarla por miedo a que le diera un ataque de risa.