Catorce #5
En el piso de arriba del granero había más heno, suelto y en pacas.
A la derecha, alguien había despejado una zona de suelo.
Sobre las tablas de madera descansaba un par de colchones inflables junto a una pila de mantas de lana y una linterna.
Encima, una ventana con listones giratorios daba a una larga extensión de campos solitarios.
—No es gran cosa —dijo Peter—, pero las habitaciones de la casa están todas ocupadas.
Aun así, estaréis cómodos aquí. Yo mismo he pasado más de una noche en el granero, contemplando las estrellas a través de la ventana.
Hará fresco, pero con las mantas estaréis bien.
Obviamente, Artemisa dispondrá de una habitación propia en la casa para...
O sea que sí, Nate no podía por menos de admirar el valor de Peter de decirle eso a la cara nada menos que a Alex Weir.
—Art se queda con nosotros —gruñó este.
Peter no pareció percatarse del terreno peligroso que estaba pisando.
—No lo dirás en serio, ¿verdad? Dentro hay una cama para ella. Si hay alguien que no tiene por qué dormir en un granero, es Artemisa.
—Creía que habías dicho que se estaba cómodo aquí —repuso Nate—. Que habías pasado más de una noche en el granero.
Peter esbozó una sonrisa tan serena que a Nate le entraron ganas de borrársela de un puñetazo.
—Desde luego, pero yo no soy ella. Ella es diferente.
—No tanto —dijo Art, nerviosa.
—Olvídate —dijo Alex—. Se queda con nosotros. No pienso perderla de vista ni un instante.
—A menos que tenga que ir al baño —terció Art—. O darme una ducha.
—Eso no ayuda —le informó Nate.
—¿De qué vas? No voy a dejarlo entrar en el baño cuando tenga que hacer caca, Nate. ¡Qué asco!
—¿Qué crees que podría pasarle? —le preguntó Peter a Alex—.
Aquí está más a salvo que en ningún otro sitio.
Mi gente sabe quién es. Y de dónde viene.
Saben lo especial que es este momento para todos nosotros.
Nos encontramos ante una ocasión única, extraordinaria, y tengo la clara impresión de que no te fías de mí.
Curiosamente, a Nate casi le supo mal por Peter, un tipo serio y carismático, y notaba que empezaba a reconcomerle el sentimiento de culpa.
Consiguió ahuyentarlo, pero Peter era un fenómeno.
O estaba siendo sincero, o era un sociópata de la hostia.
Si algo había aprendido Nate en su corta vida, era a esperar siempre lo peor.
De ese modo, si la cosa salía bien, uno se llevaba una grata sorpresa.
—No te conozco —dijo Alex—. Ni tampoco a tu gente. Pero conozco a Art y a Nate. O nos quedamos juntos o no nos quedamos.
Nate creyó que Peter se pondría a discutir, que seguiría insistiendo, pero lo sorprendió de nuevo.
—Faltaría más —dijo con una ligera inclinación de la cabeza—. Sois nuestros invitados. Solo quería tener una cortesía con Séptimac... con Artemisa. Después de todo, la conozco desde hace mucho más tiempo que a vosotros. Ella formó parte de mí.
—Si a alguien le interesa saber qué quiero, se lo diré con mucho gusto.
Todos bajaron la mirada hacia Art.
—Sí —convino Peter—. Perdona. No debería hablar como si no fueras capaz de pensar por ti misma. A veces... a veces se me olvida que estamos separados. No ocurre con tanta frecuencia como antes, pero al tenerte cerca de nuevo... En fin. Simplemente me alegro de verte sana y salva.
Ella alargó el brazo y le tocó la mano, aunque la retiró enseguida.
—Te entiendo, pero Alex se pone nervioso cuando no estoy a su lado. Y aunque aquí no corramos peligro, a veces se mete en líos y necesita que yo lo rescate. Tengo que mantenerlo vigilado. Así me siento más tranquila.
—Tiene razón —dijo Nate mientras Alex la miraba con desaprobación.
—Qué va.
—Qué curioso —dijo Peter, contemplándolos a los tres.
—¿El qué? —preguntó Art.
—Las personas de las que hemos elegido rodearnos; yo, aquí, y tú... Quizá veamos las cosas de manera distinta. A lo mejor me llevo una sorpresa.
A Nate le dio la sensación de que los estaba insultando, pero no consiguió dilucidar exactamente por qué.
—Da igual —dijo Peter, retrocediendo un paso—.
Si quieres quedarte con... estos hombres, respetaré tu decisión.
No dudes en hacer uso de las instalaciones de la casa principal si lo necesitas.
Puedes entrar y salir a tu antojo. La cena se servirá a las siete delante de la casa.
Os invito a que nos acompañéis. —Dirigió la mirada a la escalera que descendía hacia la parte delantera del granero—.
Ah, al parecer han traído vuestro equipaje.
En efecto, sus bolsas de lona estaban amontonadas junto a la segadora-trilladora. Nate no había advertido cuándo las habían dejado ahí.
—Es todo un honor, como siempre —le dijo Peter a Art—. Quizá no entienda tu decisión de establecer vínculos con ciertas personas, pero confío en que me ayudarás a encontrarle un sentido a todo. Ya me abriste los ojos una vez, y creo que podrás hacerlo de nuevo.
Dio media vuelta y bajó la escalera.
Ellos lo siguieron con la vista hasta que salió del granero.
—Todavía tengo el sabor de los garbanzos en la boca —refunfuñó Art—. Ser vegano es lo peor.