Catorce #4
—Sí —dijo Art—. Pintaza. Me muero de ganas de probarlos. ¿Puedo beber algo? ¿Tienen zumo?
—Sí, claro —dijo Dolores—. De manzana. —Se dirigió a paso veloz hacia la nevera.
Art se inclinó hacia Alex.
—¿Qué es la salsa de ajo y eneldo, y por qué suena asqueroso? Además, esas croquetas marrones o lo que sean huelen raro.
A Nate se le escapó la risa, pero la disimuló tosiendo cuando Dolores se volvió para mirarlos por encima del hombro.
Alex cogió un buñuelo, lo partió por la mitad, lo mojó en la salsa y le dio un mordisco, mientras Art observaba cada uno de sus movimientos.
Alex masticó despacio. Nate percibió el momento exacto en que el otro decidió que no le gustaba nada lo que estaba pasando dentro de su boca pero iba a poner buena cara por Art.
—Está rico —gruñó.
—No te creo —dijo la cría.
—Yo tampoco —terció Nate.
Alex frunció el ceño.
—Comed y callad. No queremos ofenderla.
Art lo miró entornando los ojos.
—¿Por qué iba a ofenderse? ¿No crees que lo más educado sería decirle que lo que ha preparado está incomible para que no se lo dé a nadie más?
Alex se volvió hacia Nate como pidiéndole ayuda.
No era justo.
Nate agarró la mitad de buñuelo que había dejado Alex. Se planteó seriamente prescindir de la salsa, pero decidió lanzarse a la experiencia completa de visitar un lugar perdido de Pensilvania en compañía de una alienígena.
Sinceramente, aquello sabía a rayos. Por algo no era vegano. El ajo lo dominaba todo, y estaba bastante seguro de que no quería volver a comer garbanzos en la vida.
—Mmmm —dijo, masticando—. De rechupete.
Art lo observó con suspicacia.
—Mientes mejor que Alex. No tengo claro si lo dices en serio o no.
Aun así, cogió un buñuelo, se lo acercó a la nariz y lo olisqueó. Hizo una mueca, pero se recompuso enseguida cuando Dolores regresó con un solo vaso de zumo. Nate habría deseado que ella fuera mejor anfitriona y les hubiera traído algo de beber a los demás, pero consiguió mantener la boca cerrada.
—La salsa está buena —le dijo Dolores a Art, que estaba a punto de tomar un bocado a palo seco.
La chiquilla se encorvó ligeramente.
—Ya, eso han dicho Alex y Nate.
Dolores se quedó esperando.
Con un suspiro, Art mojó el buñuelo en la salsa. Entrecerró los párpados antes de mordisquear la punta. Masticó. Tragó. Dejó el buñuelo en el plato. Cogió el zumo y se bebió el vaso entero de una sentada. Volvió a dejarlo en la mesa.
—Caray —dijo—. Está de muerte. Y qué llena me he quedado.
Dolores arrugó el entrecejo.
—Pero...
—Es que hemos desayunado fuerte —le explicó Nate—. Y luego pasa lo que pasa.
—Además, tenemos que dejar hueco para la calabaza de invierno y el potaje de lentejas —dijo Art con aire taciturno.
—Pero gracias —dijo Alex—. Ha sido muy amable.
—No hay de qué —dijo Dolores, recogiendo el plato de buñuelos—. Disculpen, debería habérselo preguntado antes. Peter dice que siempre intento cebar a todo el mundo. Cuando tenía a mis nietos, les... —Palideció y reculó un paso, con la sonrisa temblorosa—. En fin, que me gusta cocinar.
A Nate no le gustó su expresión.
—No se preocupe. Guárdelos para luego. Seguro que pronto nos vuelve a dar hambre. ¿Así que tiene nietos? ¿Están...?
—Dolores.
Peter estaba en el vano de la puerta de la cocina.
A la mujer se le desorbitaron los ojos.
—Gracias, Dolores —dijo Peter—. Siempre consigue que las visitas se sientan como en casa. No tengo palabras para expresarle cuánto se lo agradezco. Eso es todo por ahora.
Dolores asintió antes de regresar a toda prisa a su rincón de la cocina. Al cabo de un momento, la radio se encendió de nuevo, y Steven Cooper continuó despotricando. La mujer no volvió la vista hacia ellos.
—Disculpadla, por favor —dijo Peter por lo bajo—. La pobre... ha tenido una vida difícil.
—¿Por qué? —inquirió Art, fijando la mirada en ella.
Peter sacudió la cabeza.
—Las cosas no siempre son como en la Montaña.
Sí, nos tenían encerrados. Sí, nos pinchaban y exploraban.
Pero nos daban ropa y comida. Estábamos resguardados del frío y a salvo de cualquier peligro.
Aunque fuese algo... ilusorio. Como vivir en un globo de nieve.
El mundo exterior puede ser inhóspito y despiadado.
La gente pierde el camino con mucha facilidad.
A veces solo necesitan que una luz en la oscuridad los guíe hasta su hogar.
—Has cambiado —dijo Art.
Peter sonrió.
—Tú le cambias la vida a la gente. Vamos, os llevaré a vuestro alojamiento.
Él lo intentó. De eso no cabía duda. Nate tenía que reconocerle el mérito a Peter. Que hubiera tenido los huevazos de intentar separarlos, considerando la diferencia de tamaño entre Alex y él, era algo que Nate no se esperaba.
Peter los condujo al exterior. Había varias personas trabajando en el huerto, en el jardín y en los campos.
Por lo que Nate alcanzaba a ver, no presentaban la menor semejanza entre ellos.
Algunos parecían más jóvenes que él. Dos debían de tener más o menos los mismos años que Dolores.
Todos los demás estaban en una edad intermedia.
Había blancos y negros. Una persona tenía aspecto medio-oriental.
Una hermosa mujer asiática los saludó con un gesto desde las filas de tomateras.
Siguieron a Peter hasta el granero. Un hombretón calvo y de panza prominente les salió al paso.
—Todo está listo —informó a Peter.
—Gracias, Adam —dijo este, posándole la mano en el hombro—. Hoy has hecho un buen trabajo.
El elogio pareció llenar a Adam de orgullo. Haciendo caso omiso de Alex y Nate, le dirigió a Art una mirada de curiosidad antes despedirse con una inclinación de la cabeza y alejarse hacia los campos.
El granero era aún más grande de lo que parecía por fuera.
Tenía dos niveles. En el de abajo, a un lado, había una segadora-trilladora, y al otro, una larga mesa de trabajo junto a una pared con varios ganchos.
Aunque de algunos de ellos colgaban instrumentos de labranza, había muchos vacíos.
Nate supuso que los aperos que faltaban estaban en manos de las personas que trabajaban en la granja.
Había pacas de heno apiladas a lo largo del perímetro interior del granero.
Hacia el fondo, una empinada escalera de madera ascendía al nivel superior.
Los peldaños crujieron bajo sus pies al subir detrás de Peter.
La barandilla bailaba ligeramente. Alex iba detrás de Peter, y Nate cerraba la marcha.
Art se encontraba entre los dos. Nate supuso que Alex lo había planeado así, y sintió alivio ante esta muestra de prudencia.
Había algo en ese lugar que... le daba mal rollo.
Quizá fuera solo un producto del choque entre su imaginación hiperactiva y todo lo que había vivido en el último mes.
A lo mejor Peter era un tipo raro porque una alienígena se había apoderado de su cuerpo durante más de dos décadas.
Seguramente una experiencia así te cambia la vida.