Bajo mi piel Catorce #3
69%

Catorce #3

—Sí —dijo Peter—. Te creo. —Alzó las manos y meneó las lisas puntas de los dedos—.

Tal vez al principio, no. Cuando te arrancaron de mí, te llevaste contigo una parte de mi ser.

Me quedé... desnudo. En blanco. Era Oren, pero al mismo tiempo no lo era.

Conservaba su memoria. Recordaba cosas que habían ocurrido...

antes. Pero al apartarte de mí me arrebataron todo lo que era mío, así que tuve que descubrir quién era.

En ese sentido, volví a nacer. Podía convertirme en algo distinto de lo que había sido antes, en algo más grande.

Creo que era necesario, a fin de cuentas.

Ella lo miró con la cabeza ladeada.

—¿Eres feliz?

Una expresión vacilante asomó al rostro de Peter, pero se desvaneció enseguida sin que Nate supiera interpretarla. Lo que quedó fue una sonrisa y unos ojos húmedos.

—Creo que sí. —Respiró hondo y exhaló por la nariz—. He estado esperando que llegara este día.

—Lo sé —dijo Art—. Ya era hora de que volviese a verte.

Él se postró de rodillas ante la muchacha.

Ella extendió los brazos y le tomó el rostro entre sus manitas. Él cerró los párpados y descansó la cabeza sobre ellas con un suave gemido.

—No era mi intención despojarte de tu vida —aseguró ella en voz baja—. Estaba asustada, en un lugar donde se suponía que no debía estar. Te congelé en el tiempo. Perdiste años por mi culpa.

Él sacudió la cabeza, que ella aún le sujetaba.

—Y me diste algo más. Ahora soy la persona que debía ser. Me dedico a aquello para lo que estaba destinado. Aquí. Ahora. En este momento. Y esto es así gracias a ti. Corren tiempos prometedores. Y ahora que estás aquí, estoy convencido de que no pueden sino mejorar.

Ella se inclinó hacia delante y le dio un beso en la frente.

Él suspiró.

Art bajó las manos y dio varios pasos hacia atrás hasta que topó con Alex, que le puso la mano en el hombro y le dio un suave apretón.

Peter Williams se enderezó despacio. Tenía los ojos secos. La sonrisa había vuelto a dibujarse en su rostro.

Sus seguidores lo imitaron.

La escena daba una grima tremenda.

—¿Cómo te haces llamar ahora? —preguntó él.

—Artemisa Darth Vader —respondió Art sonriendo de oreja a oreja.

La gente de la granja prorrumpió en carcajadas.

Hasta a Peter se le escapó una risita.

—Aquí estaréis a salvo —reiteró—. No os encontrarán. Podéis reposar vuestros fatigados cuerpos sin preocuparos por nada. Venid, os enseñaré lo que he hecho a raíz del terremoto que provocaste en mi vida.

La mujer que había entrado a buscar a Peter se llamaba Dolores.

Era una sesentona de sonrisa afable y ojos oscuros, bajita y esbelta con cabello negro entrecano.

Nate advirtió que tenía las uñas mordisqueadas hasta la carne viva.

Los guio hacia la cocina, muy pendiente de los recién llegados, pero sobre todo de Artemisa.

Los demás habían reanudado su trabajo, pero sin quitarles ojo mientras seguían a Peter y Dolores al interior de la casa.

Nate, que iba en la retaguardia, volvió la vista atrás a tiempo para ver a través de la puerta mosquitera cómo todos desviaban la mirada.

La casa en sí era ancha y espaciosa, con viejos suelos de madera que crujían bajo sus pasos.

A la izquierda de la puerta había una amplia estancia con dos grandes sofás sepultados bajo montones de cojines decorativos.

Unas estanterías repletas de libros cubrían la pared del fondo, desde el suelo hasta el techo.

Artemisa soltó un chillido de júbilo en cuanto las vio y quiso abalanzarse hacia ellas, pero Alex la retuvo.

Ella le lanzó una mirada asesina, y Nate casi se atragantó al advertir lo mucho que se parecía a Alex en ese instante. Intentó no pensar en el futuro.

Más adelante había una escalera que subía a la planta superior, y, a un lado, un pasillo.

A la derecha de la puerta principal se encontraba un comedor con una mesa larga en la que parecían caber todas las personas de la granja que los habían recibido.

La mesa era antigua y daba la impresión de ser de roble macizo.

Dolores se aseguró de que la siguieran hasta la cocina. Peter había desaparecido en alguna zona interior de la casa tras asegurarles que se tenía que ocupar de unos asuntos y que los dejaba en buenas manos. Nate no vio por dónde se marchaba.

En la cocina, había una radio de pilas encendida a bajo volumen donde sonaba una voz que Nate reconoció.

—... y está cada vez más cerca, amigos oyentes —decía Steven Cooper—.

¿No lo ven? ¿No lo notan en lo más profundo de sus huesos?

Está cada vez más cerca, y establecerá contacto.

Por fin podremos contemplar las maravillas del universo, y nuestra mente se expandirá de formas que ni siquiera llegan a concebir.

Vienen a por nosotros, amigos. Fíjense bien en lo que les digo.

Pronto, todo saldrá a la luz. Todo se pondrá de manifiesto.

Y el panorama que llevan ocultándonos tanto tiempo se revelará ante nuestros ojos con claridad meridiana.

Veremos cosas que hasta ahora solo habíamos imaginado.

Puede que intenten encubrirlo, que traten de convencernos de que no es real, pero nosotros disponemos de testimonios gráficos.

Tenemos pruebas. Y no me hagan hablar de lo que nuestro Gobierno es capaz de hacer.

Colaboran con los rusos, con los saudíes.

Propagan el sida con el fin de propiciar una eliminación selectiva de la población.

Para controlarnos, nos dicen que necesitamos las vacunas, que tenemos que bebernos el agua.

Pero nosotros sabemos la verdad. Dentro de dos días, ese cometa estará más cerca que nunca, y sabemos qué se cuece.

Tenemos una llamada de un oyente. ¿Qué opina usted de... ?

Dolores apagó la radio.

—Podría pasarme todo el día escuchándolo —dijo en un tono casi de disculpa—. Sé que es un poco... bicho raro, pero... —Bajó la vista hacia Art antes de posarla de nuevo en Alex—. Muy desencaminado no debe andar, ¿no?

Nate no supo qué responder a eso. Dolores no le había parecido el tipo de persona proclive a creerse esas gilipolleces. En realidad no sabía nada de ella, claro, pero aun así... Tenía pinta de ser la abuela de alguien.

—Ni idea —dijo Nate, a falta de una respuesta mejor.

Ella apenas lo miró. Su atención estaba puesta en Artemisa, que paseaba la mirada por la soleada cocina con ojos como platos. La ventana sobre el fregadero estaba abierta, y había macetas con flores en el alféizar. Nate oía voces procedentes del patio que conversaban y reían.

—Seguro que estás muerta de hambre —dijo Dolores—. Debes de haber venido de muy lejos.

—Sí, señora —dijo Art—. Ahora mismo podría zamparme un cerdo entero.

La mujer se rio entre dientes.

—Me temo que aquí cerdos no tenemos. Ni carne de ningún tipo, en realidad. Peter cree que comerla debilita la mente. Todos nos hemos convertido al veganismo. En esta casa no entra ningún producto de origen animal.

—Uf —dijo Art, ladeando la cabeza—. Eso suena fatal.

—Artemisa... —la reprendió Alex.

Ella torció el gesto.

—Perdón. No me he expresado bien. Solo quería decir que, mientras estemos con ustedes, respetaremos las tradiciones de su hogar y luego, cuando nos vayamos, buscaré a una camarera que me proporcione todo el beicon que le solicite.

Alex lanzó un suspiro.

Dolores no se inmutó.

—No me cabe duda. La cena se sirve a las siete. Habrá calabaza de invierno y potaje de lentejas. Pero, para ahora mismo, tengo unos buñuelos de garbanzos recién hechos que seguro que te van a encantar.

Art se quedó dubitativa.

—Vale. Deben de estar... deliciosos.

En ese momento, Nate sintió adoración por ella.

Dolores sonrió.

—Lo están. Si lo sabré yo: los he hecho con mis propias manos. Por favor, siéntate. —Levantó la mirada hacia Alex y Nate, y su sonrisa flaqueó un poco—. Ustedes también, caballeros. Peter vendrá en breve para mostrarles dónde se van a alojar.

En un rincón de la cocina había una mesa redonda más pequeña, para el desayuno, con cuatro sillas alrededor.

Art retiró una, se encaramó a ella y se puso de rodillas, con las manos sobre la mesa.

En medio había un jarrón con flores silvestres.

Ella alargó el brazo y acarició los aterciopelados pétalos con el dedo.

—Me gustan las flores —dijo—. Son muy coloridas. En el lugar de donde vengo no tenemos.

A Dolores se le cayó un plato sobre la encimera. Aunque no se rompió, repiqueteó de forma bastante ruidosa.

—Disculpen —se apresuró a decir, algo sonrojada—. Qué patosa soy. Se me ha resbalado de la mano. —Se volvió hacia el horno, encendió la luz y se agachó para echar un vistazo al interior.

Nate tenía la vista fija en su espalda.

—No pasa nada —dijo Alex en voz baja.

Nate no las tenía todas consigo.

Y tal vez Alex tampoco, porque arrimó su silla a la de Art.

Agarró una tercera y la colocó junto a la suya antes de sentarse.

La señaló con un movimiento de la cabeza, y Nate tomó asiento.

Estaban demasiado cerca; sus codos se tocaban, y sus piernas se rozaban.

Había espacio suficiente para que estuvieran anchos, pero en cierto modo aquello era... mejor. Más confortable.

Dolores seguía un poco ruborizada cuando se acercó con una bandeja llena de buñuelos en las manos.

La depositó con cuidado sobre la mesa, apartando el jarrón ligeramente con el codo.

Los buñuelos eran marrones y crujientes, alargados y planos, aunque Nate no supiera bien qué aspecto tenía un garbanzo.

En medio de los buñuelos había un plato con una pasta blanca.

La presentación era impecable.

—Es una salsa de ajo y eneldo —explicó Dolores—. Totalmente casera.

—Qué buena pinta —dijo Nate para intentar tranquilizarla. Parecía más nerviosa que cuando llegaron. Se preguntó si estaba así por el comentario de Art sobre las flores. No tenía claro si eso era algo bueno o no.

Pero no pareció oírlo. Volvía a estar concentrada en Art.