Bajo mi piel Catorce #2
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Catorce #2

La mujer que había entrado a buscarlo se inclinó para susurrarle algo al oído. Él desechó sus palabras con un gesto mientras los observaba, esperando.

Nate se volvió para decirles a los demás que aquello le daba mal rollo, pero Alex ya se había bajado de la camioneta, y Art se arrastraba a toda prisa por el asiento para seguirlo. Alex intentó ayudarla, pero ella le aseguró que podía sola, así que él se apartó para dejar que se apeara de un salto.

Nate no quería ir con ellos, pero lo hizo de todos modos.

Alex se aseguraba de que Art no se apartase de detrás de él mientras se acercaban lentamente a la casa de labranza. La gente que estaba en el huerto, en los campos y delante del granero permanecía completamente inmóvil, como esperando que pasara algo.

Nate apretó el paso para alcanzar a Alex y Art. Esta lo tomó de la mano y le dio un fuerte apretón.

Se detuvieron a pocos metros de la casa de labranza.

Nate vio el bulto revelador de la pistola que Alex llevaba oculta bajo la cintura de los vaqueros, por detrás. Aquella visión, que antes lo asustaba, esta vez lo reconfortó un poco. Era curioso cómo funcionaba la mente.

La situación lo superaba, aunque una pequeña parte de él aún pensaba que un artículo sobre aquello sería un bombazo.

Cuando todo hubiera terminado, la crónica que podía escribir seguramente le serviría para conseguir trabajo en el periódico que él eligiera, o, mejor incluso, un contrato de publicación de un libro.

Claro, sin duda recibiría críticas, pero ¿acaso no podía aportar pruebas?

Las cosas que había visto, las personas que lo habían perseguido, la Montaña...

No podrían encubrirlo todo. Él lo sacaría a la luz.

A lo mejor, si salían con vida de aquello y Artemisa encontraba el modo de regresar a...

casa, él se plantearía esta posibilidad.

El público merecía conocer la verdad, ¿o no?

Merecía saber qué había ahí fuera y que, si los demás extraterrestres se parecían en algo a Art, eran benévolos, bondadosos y no representaban para nada una amenaza.

Era solo una pequeña parte de él.

Pero estaba ahí, y esta idea se volvía más clara a medida que él iba asimilando más de todo aquello.

—Oren —dijo Alex—. Oren Schraeder.

El hombre del porche asintió.

—Hacía mucho tiempo que no oía ese nombre.

—Su voz era más aguda de lo que Nate había imaginado, y más suave.

No obstante, tenía tal presencia que costaba apartar la mirada.

Había algo en él que captaba la atención.

Irradiaba fuerza y algo muy parecido a la paz.

Pese a su extenso vocabulario, Nate era incapaz de encontrar una palabra que lo describiera mejor.

Estar cerca de aquel hombre lo tranquilizaba—. Y aquí no lo pronunciamos en voz alta.

Esto no le gustó.

—Me llamo Alex Weir.

—Sé quién eres —dijo Oren—. Te he estado esperando.

Alex se puso un poco rígido. Si Nate no hubiera sabido qué señales buscar, no se habría percatado de ello, pero había pasado semanas junto a Alex. Lo había estudiado con detenimiento, seguramente más de lo que estaba dispuesto a reconocer, así que sabía qué señales buscar.

—Mejor —dijo Alex.

Oren lanzó una mirada fugaz a Nate antes de posar de nuevo los ojos en Alex.

—Veo que has venido con un invitado.

—Se llama Nate —dijo Alex—. Él... nos encontró.

A Nate se le escapó un bufido. Era una manera de expresarlo.

—¿Ah, sí? —inquirió Oren—. Pues menudo hallazgo hizo. Dime una cosa: ¿sabe qué es eso que está acurrucado detrás de ti?

—Pues...

—Puedo hablar por mí mismo —dijo Nate—. No hace falta que habléis de mí como si no estuviera.

Alex no parecía muy contento con el comentario cuando se volvió hacia él.

Oren, en cambio, lo encontró divertido.

—En efecto. Te pido disculpas. —Inclinó ligeramente la cabeza—. No era mi intención ofenderte.

—Tranquilo —dijo Nate, soltándole la mano a Art y colocándose hombro con hombro junto a Alex—. Y sí, lo sé.

—Qué interesante —dijo Oren, clavando la vista en Nate, que sintió ganas de encogerse, de desviar la mirada, pero, por alguna razón, no lo hizo—.

Resulta curioso cómo tropezamos con las personas cuando más las necesitamos.

Es como si un poder superior manejara los hilos y las pusiera en nuestro camino para que nos apoyáramos en ellas en los momentos más oscuros.

Las personas que los rodeaban se pusieron a murmurar por lo bajo, como si rezaran. El sonido cesó casi con la misma rapidez con que había comenzado.

—Una pregunta, Alex —dijo Oren—. ¿Os han seguido?

Alex sacudió la cabeza.

—No.

—Estás totalmente seguro.

—Sí.

—¿Ni siquiera ese incordio del Sometedor?

—El del agua —dijo Nate entre dientes.

—¿Cómo sabías eso? —preguntó Alex con dureza.

La sonrisa de Oren se ensanchó aún más.

—Tengo mis métodos. Cuando uno ha pasado por una experiencia que le cambia la vida, como yo, tiende a mantener los oídos abiertos. Cuando yo estaba en la Montaña, ellos no andaban por ahí. No como ahora... Randy. Es muy tenaz. O eso me han dicho.

—¿Y qué impedirá que venga aquí? —barbotó Nate.

No tenía previsto hablar, y torció el gesto, avergonzado, cuando Oren volvió a fijar la vista en él.

Le puso la carne de gallina—. Si eres quien dicen que eres, si has...

formado parte de esto, ¿por qué no han de estar enterados de la existencia de este lugar?

—Era una pregunta que le había planteado a Alex casi de inmediato cuando este había nombrado a Oren, en las Badlands.

Había recibido una respuesta vaga de Alex, que acto seguido le había pedido que simplemente confiara en él.

Eso no había sido justo, pero Nate se había mostrado conforme y no había hecho más preguntas. Porque sí que confiaba en Alex, y también en Art. Si ella creía que debían desplazarse hasta ahí, él no se opondría.

Pero del mismo modo que confiaba en ellos, ellos debían confiar en él. Querían que estuviera a salvo, y él quería lo mismo para ellos.

Oren se rio. Algunos de sus seguidores sonrieron al oírlo y lo contemplaron con lo que a Nate le parecía adoración.

—Oren Schraeder se suicidó en 1991. Se pegó un tiro en la boca con una escopeta en la habitación de un motel a las afueras de Olympia, Washington. Fue una tragedia espantosa. El disparo le voló la cabeza. Lo identificaron por el carné de conducir que llevaba.

Nate se quedó estupefacto.

—¿Y las huellas digitales?

El hombre que había sido Oren Schraeder bajó del porche y se les acercó. Ellos no se movieron. Se detuvo a pocos metros de distancia y les tendió las manos.

A Nate le llamó la atención su aspecto antinatural.

No era por el número de dedos, que era el habitual, ni porque los tuviese largos y delgados.

Lo que no le cuadraba eran los detalles.

En las palmas no había líneas ni pliegues.

Las venas se le traslucían bajo la piel.

Tenía una mancha de tierra y varios callos.

Pero carecía de huellas dactilares.

Las yemas de los dedos eran totalmente lisas.

—¿Sabéis lo difícil que fue encontrar a alguien que padeciera adermatoglifia y tuviera el mismo tipo sanguíneo que yo?

—preguntó—. Casi creí que sería imposible, pero apareció una persona de estas características que pensaba que no valía la pena seguir viviendo.

Estaba solo y triste. Y, al final, se sacrificó por un poder superior.

—Agachó la vista unos instantes antes de volver a posarla en Nate—.

Se sacrificó por mí para que pudiera librarme de las cadenas que me ataban a aquellos que querrían mantenerme prisionero el resto de mi vida.

Fue un regalo para mí. —Sonrió de nuevo—.

Oren Schraeder falleció. Yo me llamo Peter Williams, y este es mi hogar.

Aquí estáis a salvo, Nate. Vivimos de la tierra, como las personas que llevan siglos habitando en esta zona.

Tenemos instalados paneles solares y usamos gas propano en la cocina.

Aquí estaréis desconectados de las redes de servicios.

Nadie os puede rastrear hasta este lugar.

Retrocedió.

A Nate le habría gustado decir que se sentía aliviado tras esta explicación.

No era así.

Oren —es decir, Peter— ladeó la cabeza como para intentar echar un vistazo detrás de la gran mole que era Alex.

—Hola —dijo en voz baja.

Nate creyó que Alex no la soltaría, que la obligaría a quedarse a su espalda, lo cual le parecía estupendo.

Sin embargo, ella se zafó de él, lo rodeó y se plantó frente a Peter. Nate tuvo que contenerse para no ponerle la mano en el hombro.

La muchacha alzó la vista hacia Peter. Nate se preguntó qué estaría pensando.

—Hola —respondió ella finalmente.

Peter agachó la cabeza de nuevo.

—Me alegro de verte tal como eres ahora. La última vez fue... breve.

Ella dio otro paso hacia él.

—Lo fue. ¿Entendías lo que te estaba pasando cuando nos separaron?

—En aquel momento, no —respondió él, con una voz apenas más audible que un susurro—.

Recuerdo que pensé en cuánto me dolía y en el silencio que me envolvió después.

Y entonces te vi. La vi a ella, con el mismo aspecto que tienes ahora, y sentí que tirabas de mí.

Pero no podía dejarme llevar. Por más que me esforzaba, no podía seguirte.

Nate paseó la mirada alrededor y le sorprendió ver que todos los seguidores de Peter tenían la cabeza inclinada hacia abajo. Con los ojos cerrados, movían los labios en silencio.

—Yo no sabía qué estaban haciendo ni qué iba a pasar —dijo Artemisa—. ¿Me crees?