Catorce
Cinco días después, Nate estaba mirando por la ventana cuando adelantaron una carreta negra tirada por un solo caballo.
En ella viajaban dos hombres de traje oscuro y sombrero de ala ancha.
Ambos lucían barbas pobladas. Saludaron con la mano cuando la camioneta pasó por su lado. Art devolvió el saludo alegremente.
—¿Es una broma? —dijo Nate cuando pasaron una señal que les daba la bienvenida a Bird-in-Hand, Pensilvania.
Alex soltó un resoplido.
—Me temo que no.
—¿Se ha vuelto amish o qué?
—No, pero una porción considerable de la población de aquí lo es. Y también menonita. Esto le viene como anillo al dedo..., después de lo que pasó. Por su tendencia a prescindir de cualquier tipo de tecnología. Si lo piensas, verás que tiene lógica.
—Nada de esto tiene lógica. Literalmente nada.
—Trata de no comerte demasiado la cabeza.
Nate se volvió lentamente hacia él, boquiabierto.
—Ya, ya, ya —dijo Alex con una sonrisita, que aparecía más a menudo en su rostro desde aquella noche en las Badlands. Nate no se quejaba. Le gustaban las pequeñas arrugas que se formaban en las comisuras de los ojos de Alex cuando sonreía.
—¿Creéis que podré montar a caballo? —preguntó Art por centésima vez—. Si es que él tiene caballos, claro. Pero bueno, vive en una granja, ¿no? Seguro que los tiene. Es obligatorio por ley, vamos.
—Me parece que eso no es del todo cierto —repuso Nate.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Qué sabrás tú? Además... —Soltó un grito ahogado—. Ahí va, ¿y si tiene cerdos? ¿Y si hay beicon?
—Pero si ayer mismo comiste beicon, ¿ya no te acuerdas? Le dijiste a la camarera del restaurante, y cito palabras textuales: «Venga, nena, que no decaiga».
—Después de eso me miraba raro.
—Seguramente porque la llamaste «nena».
—Lo oí una vez en una peli. Solo quería ver cómo salía la cosa. En retrospectiva, pienso que me falta morro para ir así por la vida. —Suspiró con aire soñador—. Morros de cerdo.
—Mira que eres rarita —dijo Nate, y nunca había hablado más en serio. A veces la forma de comportarse de Art era tan humana...
—Por favor, si tú hubieras subsistido durante siglos únicamente a base de la energía que te rodea y luego de repente tuvieras papilas gustativas, dirías lo mismo.
Y luego estaban los momentos en que decía cosas como esta.
—Dios santo —farfulló Nate.
—Eso es otra cosa que no entiendo —dijo Art arrugando el entrecejo—. ¿Por qué los humanos tomáis su nombre en vano mientras que otros se aferran a la idea de Dios para creerse mejores que los demás?
—Me niego a mantener esta conversación contigo —dijo Nate—. No llegaríamos a ninguna parte.
—Pero, Nate...
—No. Ni loco.
—Más tarde —dijo Alex—. Ya casi llegamos.
Nate lo miró.
—¿Estás seguro de que es buena idea? O sea, él ni siquiera está avisado de nuestra visita. Dices que no tiene teléfono.
—Pues no, pero...
—Lo sabe —dijo Art—. Sabe que tarde o temprano iré a buscarlo.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Nate, no muy seguro de querer conocer la respuesta.
Art le guiñó un ojo.
—Eso no me aclara nada.
—Lo sé. Estoy practicando lo de ponerme misteriosa. ¿Funciona?
—Eres una alienígena de otro planeta. No te hace falta ponerte más misteriosa.
—Anda. Nunca lo había visto así. Vaya. Tengo que replantearme algunas cosas.
Con un suspiro, Nate dirigió de nuevo la mirada a la ventana.
Por su tamaño, Bird-in-Hand no era ni siquiera un pueblo, sino más bien un villorrio.
Se tardaba solo un par de minutos en cruzarlo de punta a punta.
Alex tenía un plano desplegado ante él encima del volante y le echaba un vistazo de vez en cuando con expresión ceñuda.
Art, que iba sentada entre los dos, con las manos en el regazo, tarareaba en voz baja para sí.
—No sé dónde está —dijo Alex diez minutos después de que dejaran atrás el villorrio—. A lo mejor nos hemos pasado. Deberíamos dar la vuelta y...
—No nos hemos pasado —dijo Art—. Está un poco más adelante, a la derecha.
Suspirando, Alex arrugó el mapa y lo tiró a un lado.
—Me lo podrías haber dicho antes de que abriera el plano.
—Parecía que lo tenías todo controlado. No es culpa mía que se te dé tan mal seguir indicaciones. Hombre tenías que ser.
Él la fulminó con la mirada.
—No sé si atreverme a preguntarte de dónde has sacado eso.
—Mejor no. Mira, es ahí.
Nate miró en la dirección que señalaba. Más adelante, a la derecha, había un buzón en forma de granero junto a un camino de tierra que discurría entre campos desiertos. A lo lejos, Nate divisó una arboleda bastante extensa sobre la que se elevaba una delgada columna negra. Humo.
Alex redujo la velocidad hasta detenerse justo delante del arranque del camino. No habían visto un solo coche desde su paso por Bird-in-Hand.
—¿Estás segura? —le preguntó a Art, inclinándose sobre el volante para estudiar el camino. Crispó las facciones en un leve gesto de dolor, y Nate supuso que sentía molestias en la espalda por haber conducido casi sin parar desde las Badlands.
—Creo que sí —dijo Art, arrugando el rostro en una mueca dubitativa—. La intuición me dice que estamos haciendo lo correcto.
—¿Y nada más?
Ella negó despacio con la cabeza.
«Y nada más» era una forma enigmática de preguntarle si su... gente... estaba ahí. O si venían de camino. O le estaban enviando señales de alguna manera.
—Todavía no —dijo ella—. Creo que tengo que hacer otras cosas antes. Y venir aquí es una de ellas.
No parecía tenerlas todas consigo, lo que dio mala espina a Nate.
—Está bien —dijo Alex—. Pero no te apartes de mí en ningún momento, ¿entendido? No quiero perderte de vista. —Se volvió hacia Nate—. Y a ti tampoco.
Art se rio.
—¿Qué es lo peor que podría pasar?
Tanto Alex como Nate dejaron escapar un quejido.
—¿Qué pasa? ¿Por qué habéis hecho eso? ¿Qué he dicho?
Alex enfiló el camino de tierra.
En medio de los árboles había una casa de labranza grande y de trazado irregular, bien cuidada y con un tejado inclinado cubierto de lo que parecían ser paneles solares. A cada lado se erguía una chimenea. Era blanca, con postigos azules en todas las ventanas.
Junto a ella se alzaba un granero de dimensiones considerables. El buzón que habían visto parecía una reproducción exacta, pero en miniatura. Era de un rojo amarronado con molduras blancas, y las grandes puertas correderas estaban abiertas.
Después de todo lo que habían pasado, aquello casi parecía un oasis.
Estaban a finales de abril, y hacía demasiado calor para esa época del año.
Sin embargo, a la sombra de los árboles, la casa ofrecía un aspecto acogedor.
La hierba estaba verde, y los campos circundantes parecían recién labrados.
Nate se preguntó qué cultivaban ahí. Dado lo poco que sabía sobre la zona, supuso que maíz.
Al lado del granero había un huerto de flores, tomateras y otras plantas que no supo identificar del todo.
Era un chico de ciudad, o al menos lo había sido durante los últimos años.
Nunca había tenido un huerto propio. En cierta ocasión le regalaron una planta para su piso, pero se le murió al cabo de un mes, lo cual no le sorprendió demasiado. La había regado dos veces, como mucho.
Había varias camionetas aparcadas cerca del granero, y dos sedanes bastante antiguos.
Y gente.
Vislumbró a unas cuantas personas en los campos, y a un puñado de ellas en el huerto. Otras sacaban heno del granero.
Dos estaban sentadas en el porche, en viejas mecedoras.
Vestían vaqueros y botas de trabajo. Los hombres llevaban camisa blanca. Una de las mujeres iba en camiseta de tirantes. Algunos llevaban gorra.
Todos alzaron la vista a la vez para contemplar la camioneta que se acercaba.
Un escalofrío bajó por la espalda de Nate.
Una de las mujeres del porche se levantó y entró en el granero, dejando que la puerta mosquitera se cerrara de golpe tras ella.
—¿Quién es esta gente? —preguntó Nate—. ¿No habías dicho que estaría él solo?
Alex frunció el ceño.
—Eso creía yo.
—Están aquí por él —dijo Art, y ambos bajaron la mirada hacia ella al tiempo que la camioneta se detenía no muy lejos de la casa—. Me parece que lo saben. Y le creen.
A Nate le entraron ganas de pedirle a Alex que diera la vuelta y acelerara, que se los llevara cagando leches de ahí.
Tenía un mal presentimiento, y si algo había aprendido a lo largo de los años, era a fiarse de su instinto.
Quizá en alguna ocasión lo había inducido a error (o más bien él lo había desoído y había optado por ponerse de rodillas y meterse en la boca la gruesa polla del senador júnior, que le tiraba del pelo mientras él se atragantaba), pero por lo general daba en el blanco.
Más valía que se marcharan.
En el momento en que abrió la boca para decir justo eso, la mujer que acababa de entrar volvió a salir.
La seguía otro hombre.
Al instante, Nate supo que se trataba de la persona a la que habían ido a ver.
No era como se lo esperaba. Tenía solo veinticuatro años cuando se había puesto a deambular en la oscuridad en Cisco Grove, California, en 1964. Después de eso, lo habían retenido en la Montaña durante dos décadas.
Si todo lo que le habían contado Alex y Art era cierto, Oren Schraeder había nacido en 1940.
Lo que significaba que tenía cincuenta y cinco años.
Parecía más joven que Alex.
Oren tenía la tez bronceada, como si se pasara el día entero al sol.
Su cabello, casi blanco, estaba recogido en una cola de caballo que descansaba sobre su hombro izquierdo.
Esbelto y en forma, tenía los vaqueros cubiertos de polvo y la camisa blanca, similar a la que llevaban los otros hombres, manchada de tierra.
Lucía una sonrisa ancha y dentuda. Los saludó alzando la mano y agitando los dedos.
«Permaneció años así —había dicho Alex—. No envejecía. Siguió teniendo veinticuatro años durante casi dos décadas».
Era como si el tiempo se hubiera detenido para él.
Como si hubiera estado en animación suspendida.
Y solo continuó envejeciendo cuando expulsaron a Art de su interior a calambrazos.