Trece #9
Los Sometedores reculan.
Laura entorna los ojos.
Levanta el arma de nuevo y...
El suelo se agrieta bajo los pies de Alex cuando se abalanza hacia el lado del conductor del todoterreno.
Suena el grito de advertencia de uno de los Sometedores, seguido de una serie de disparos, y Alex juraría que oye cómo una bala corta el aire al pasar de largo junto a él.
Se aprieta el vientre con una mano, y sabe que está sangrando.
Está malherido, pero Art le ha dicho que mueva el culo, así que eso hace.
Llega frente a la puerta y la abre de un tirón. Con los dientes rechinándole de dolor, sube al asiento. Busca a tientas las llaves que ha escondido tras la visera y cierra la puerta.
Art no lo está mirando.
Mantiene la vista al frente, con los ojos muy abiertos y ausentes.
Él sigue la dirección de su mirada a través de la ventana.
—Joder —jadea.
Decenas de vehículos se elevan en el aire y se quedan suspendidos a unos tres metros del suelo. Los Sometedores apuntan hacia arriba con sus armas como si las balas pudieran evitar lo que está a punto de suceder.
Laura, en cambio, los mira directamente a ellos, con la pistola frente a sí y el collar en la otra mano, colgando a su costado.
—Arranca —le indica Art a Alex en voz baja.
Él enciende el motor del todoterreno.
Identifica el momento exacto en que Laura decide apretar de nuevo el gatillo. Tensa los hombros y exhala un largo suspiro.
Alex mete la marcha del coche.
Pisa el acelerador a fondo.
Comienza la lluvia de vehículos. Caen al suelo entre estridentes chirridos metálicos, los cristales se hacen añicos y los capós se desprenden y salen despedidos por el aire.
Más hacia el interior de la nave y a la derecha, un vehículo multipropósito explota, las llamas resplandecen en la oscuridad, y la metralla se incrusta en las paredes.
Los Sometedores corren, intentando esquivar los objetos que se precipitan sobre ellos. Uno casi consigue llegar a una puerta lateral cuando otro todoterreno le cae encima. Alex no alcanza a ver qué le ocurre al otro.
Laura no corre. Camina con paso lento hacia el vehículo que se aproxima a ella, y dispara su arma con gran precisión. Las balas rebotan en el parabrisas reforzado. Su puntería es admirable; el cristal se resquebraja ante el rostro de Alex.
No reduce la velocidad.
Para su sorpresa, ella no se aparta de un salto.
Cuando el todoterreno la embiste a casi cincuenta kilómetros por hora, mientras sigue lloviendo destrucción, ella rueda sobre el capó y se estrella contra el parabrisas, salpicándolo de un rojo intenso, antes de salir proyectada por encima del techo del todoterreno.
—Las puertas —dice Alex—. ¡Art, las puertas!
Artemisa emite un murmullo entre dientes. Las puertas correderas tiemblan contra sus marcos, y en cierto momento Alex cree que se van a estampar de frente contra ellas. Todo habrá terminado sin que hayan podido salir siquiera de la nave.
Pero una fuerza arranca las puertas de sus bisagras, y la fachada entera se desprende de la nave como golpeada por un tornado devastador.
Están dentro de la nave, y acto seguido están fuera, rodeados de oscuridad y relámpagos, bajo una lluvia que azota el parabrisas.
Alex conduce con una mano mientras se sujeta la herida del costado con la otra.
A partir de ese momento, todo sucede como en un sueño.
Oye los pitidos de las alarmas, sabe que les están disparando, pero al parecer ninguna bala los alcanza. Está flotando, tal vez solo un poco, escuchando susurros en su cabeza que le aseguran que todo saldrá bien. Que no tema. Que no les pasará nada.
Él confía en esos susurros.
En cierto momento, un foco los ilumina desde arriba, y oye el tableteo de las aspas del rotor, pero entonces suena un estrépito ensordecedor seguido de una explosión a lo lejos.
Atraviesan la verja trasera de golpe y salen a un viejo camino maderero. Está cubierto de barro y agua que baja de las montañas que los rodean. Alex se concentra en mantener los ojos abiertos. Transporta una carga muy valiosa. No puede pasarle nada.
Más tarde, Art le dirá que el estruendo que oye es un alud a sus espaldas, una colina rocosa que se derrumba y sepulta el camino. «Hemos tenido suerte —dirá—. La tormenta debe de haber aflojado la tierra».
Él no le creerá, pero no dirá una palabra al respecto.
Ella le indica que quite la mano —Alex procede a quitar la mano—, y, con un quejido, él obedece. Y entonces nota la mano de ella, que está muy caliente y lo abrasa, pero de algún modo él consigue no gritar.
Tres días después, se cruzan con una señal que muestra la dirección hacia Herschel Lake.
—Ahí —dice Art—. Tenemos que ir ahí.
—Hay que seguir avanzando —replica Alex—. Debemos alejarnos todo lo posible.
Artemisa Darth Vader sacude la cabeza.
—No, Alex. Tenemos que ir al lago. Lo sé. Confía en mí.
Sí, él confía. Ella es lo único que le queda.
Así que toma el desvío hacia el lago y...
Nate parpadeó despacio, con la sensación de haber despertado del sueño más real de su vida.
Artemisa roncaba con la cabeza en el hombro de Alex.
Alex lo observaba.
Ambos guardaron silencio durante lo que pareció una eternidad, hasta que Nate habló por fin.
—Ella... ¿Cómo os...?
—No lo sé —dijo Alex—. Es... un poder que tiene. La conexión. El vínculo. Conmigo, contigo.
—Tenemos que devolverla a su hogar —dijo Nate, sin saber si alguna vez había estado más seguro de algo—. Tenemos que encontrar la manera de que vuelva a casa.
No esperaba que Alex levantara el brazo, ni que extendiera la mano hacia su rostro. Los dedos se deslizaron por su mejilla y por la línea de la mandíbula, rozándole los labios con el pulgar.
Nate se inclinó contra su mano porque no podía hacer otra cosa.
Volvió la cabeza despacio hacia Alex y le dio un beso fugaz en la palma.
Este agrandó los ojos, pero no retiró la mano.
Nate la tomó entre las suyas y se arrimó un poco a él para colocársela contra el pecho. Despedía calor.
Alex suspiró como aliviado y cerró los ojos. Nate observó cómo se quedaba dormido al cabo de un momento, con el otro brazo posado sobre Art.
Poco después, a Nate se le cerraron los ojos bajo un mar de estrellas y el intenso resplandor de un cometa.
—Ya sabes adónde tenemos que ir —dijo Art a la mañana siguiente, mientras desayunaban unos huevos en polvo que sabían a rayos.
Alex se frotó la cara con la mano.
—¿Estás segura?
Ella asintió despacio.
—Es... Creo que es lo que hay que hacer. Antes.
Nate desplazó la vista entre uno y otro.
—Esto no va a gustarme, ¿verdad?
—Prepara la silla de montar, forastero —le dijo Art—. Nos esperan jornadas moviditas.