Trece #8
Unas grietas se extienden como telarañas bajo su palma.
Alex retrocede un paso.
La pared de vidrio salta hecha añicos.
Sin embargo, los pedazos no caen al suelo.
Ella baja la mano y atraviesa el cristal despacio, apartando de su camino las esquirlas afiladas.
Se detiene frente a él, con una sonrisita.
—¿Nos vamos de aventura?
—Es hora de ensillar los jacos y salir al polvo del camino —dice él.
(Llegado a este punto, Nate estaba totalmente fuera de combate).
La toma de la manita, que desaparece por completo bajo sus grandes dedos.
Huyen de la habitación.
Cuando pasan por encima de los dos hombres, ella no hace comentarios al respecto.
Él avanza por el corredor, con la ruta hacia la salida clara en la mente. Baja la vista hacia su reloj. Faltan diez minutos para el cambio de turno. Los pasillos están a oscuras, pues los generadores aún no han arrancado.
Evitan las vías principales. Resulta más fácil desplazarse por los caminos estrechos. Están menos concurridos. Pero llegará un momento en que no podrán elegir. En todas las salidas de la Montaña hay por lo menos dos guardias apostados, con dos más a punto de llegar.
De hecho, él cuenta con ello.
Llegan a la salida más cercana en menos de cinco minutos.
Él se asoma a la esquina.
Hay dos hombres delante.
Tiene que ser rápido.
Suelta la mano de Art y piensa «quédate aquí».
Dobla la esquina.
El hombre de la derecha es el primero en verlo. Se dispone a alzar el fusil, pero entonces reconoce a Alex.
—Mi sargento —dice.
—¿Qué hacéis aquí como pasmarotes? —gruñe Alex—. Los generadores aún no se han encendido. Hay que respetar el protocolo. ¿Por qué no habéis dado parte todavía?
Derecho mira a Izquierdo.
—Aún no ha llegado el relevo. Pensábamos esperar a que...
—Pensabais mal —espeta Alex—. Moved el culo y...
De pronto, oye una voz a su espalda.
—Hostia, ¿qué hace eso fuera de su...?
Se da la vuelta. El relevo ha llegado antes de hora. Dos hombres apuntan con sus armas a Art, que ha salido al pasillo.
Mierda.
Detrás de él, Izquierdo y Derecho sueltan un gemido.
—Hola —dice Artemisa Darth Vader—. Qué gusto veros.
Ladea la cabeza hacia la derecha.
Los cuatro hombres se ven arrojados contra las paredes, y los fusiles se les resbalan de las manos y caen al suelo.
—Vaya —dice Art—. No pesan tanto como creía. A lo mejor me he pasado. Pobrecillos. Les va a doler cuando despierten.
Alex le quita una tarjeta-llave a uno de los hombres que yacen cerca de la puerta y se queda esperando.
Nada. Sigue sin haber corriente.
El pánico empieza a apoderarse de él.
—Vamos, vamos...
Las luces del techo se encienden. No sabe si es porque ha vuelto la corriente o por los generadores, pero tanto da.
Desliza la tarjeta-llave por la ranura negra de la pared.
Se oye un pitido.
La puerta se abre.
—Vamos —dice—. Tenemos que darnos prisa.
Corren por un pasillo largo. Están cerca. Muy cerca.
Llegan frente a la última puerta, que no tiene una cerradura electrónica.
Tira de ella para abrirla.
La lluvia le azota el rostro. Toma una gran bocanada de aire frío.
Su piel queda empapada al instante. Art jadea ante la oleada de humedad que la envuelve, y más tarde Alex caerá en la cuenta de que es la primera vez en tres décadas que ella sale de la Montaña.
Tomar conciencia de ello lo dejará tocado, muy tocado.
Un relámpago centellea en el cielo.
Un trueno retumba.
Alex agarra a Artemisa de la mano otra vez y sale con ella a la tormenta.
La gravilla del camino cruje bajo sus pies.
Alex parpadea para sacudirse las gotas de lluvia que le entorpecen la vista.
Más adelante, divisa los haces de los focos de la entrada a la base, que barren la zona, y los centinelas que van y vienen en lo alto de sus torres.
Alex guía a Art en la dirección contraria. Se desvían del camino principal, procurando mantenerse al abrigo de los árboles y las sombras. Se quedan inmóviles unos instantes cuando dos soldados pasan corriendo. Esperan a que desaparezcan tras una esquina antes de reanudar la marcha.
Como es muy temprano, el parque de vehículos está vacío. Aún faltan unas horas para que empiece el turno de los mecánicos. Aunque la nave que alberga los coches y camiones propiedad del Gobierno de Estados Unidos de América es grande, Alex sabe exactamente adónde dirigirse.
Entran por una puerta lateral y la cierran tras su espalda.
La lluvia repiquetea en el techo. Art está tiritando, pero él no puede hacer nada al respecto en ese momento.
Recuerda el día que descubrió que ella podía tener frío, aquello lo impresionó más de lo que habría imaginado.
Y luego se enteró de que podía tener hambre, estar contenta y sufrir dolor, por lo que aún se pregunta si esto vale la pena para ella.
A juzgar por los retazos de información que ha ido obteniendo de Artemisa, esto no le pasa cuando está...
en su forma normal. No experimenta emociones ni sensaciones en la misma medida que los seres humanos. Al menos antes no las experimentaba.
Hay días en que él desearía alcanzar un estado así, ser inmune a todo eso.
No sabe si ella quiere lo mismo.
Tampoco sabe cómo preguntárselo.
Avanzan entre hileras de todoterrenos, vehículos multipropósito y blindados con ametralladoras en la parte de arriba.
Por un momento, se ha planteado la posibilidad de llevarse uno de los últimos, pero ha decidido que no sería demasiado sutil.
Si circulara por una carretera con eso, sería imposible que no lo parara la policía, dado el tamaño del arma montada en el techo.
El todoterreno es gris. Se trata de un modelo nuevo (como casi todos los vehículos que hay en la nave; no se escatima el dinero de los contribuyentes en aquellas instalaciones secretas del Gobierno que llevan a cabo experimentos con una forma de vida alienígena) y tiene el depósito lleno.
Lo ha aprovisionado lo mejor que ha podido sin llamar la atención.
Su bolsa de lona ya está dentro, llena de comida y dinero, y lleva otra parecida para ella.
Ha cargado algo de comida y agua en el coche, pero no mucha.
Si hubiera cogido más, habría despertado sospechas.
Y, ahora que están aquí, y él le abre la puerta para que suba, cobra conciencia de la locura que está cometiendo, de la idea tan estrepitosamente mala que ha tenido.
Es cierto que antes ya le parecía un despropósito, pero en abstracto.
Tenía otras cosas en qué concentrarse, al margen de las ínfimas probabilidades de que su plan tenga éxito, de que consigan escapar.
No le queda más remedio que intentarlo.
Le abrocha el cinturón.
Ella le toca la mano.
—Todo saldrá bien.
Él asiente con un movimiento tenso.
Da un paso atrás y cierra la puerta del pasajero. Está rodeando el todoterreno por delante cuando oye una voz.
—Me había dicho a mí misma que usted no sería tan idiota como para hacer algo así. Detesto equivocarme.
Laura está a unas hileras de distancia, flanqueada por dos hombres. Aunque Alex no los reconoce, ya se imagina quiénes son, o, más bien, a qué grupo pertenecen.
Sometedores.
Una fuerza de élite de la Montaña cuyo principal cometido es hacer justo lo que están haciendo en este momento.
Son rastreadores. Cazadores.
Si se produce una brecha de seguridad, los envían a ellos a encontrar y neutralizar al culpable.
Alex ya había visto algunos por la Montaña. Corrían rumores sobre para quién trabajaban exactamente. Por lo que él ha oído, han sido contratados a título privado por el Gobierno federal, que así podrá negar cualquier relación con ellos en caso necesario.
Van armados, y Laura también. Tiene una pistola en la mano y una expresión impasible en la cara.
—Usted sabe que esto no acabará bien —le dice sin acritud.
Alex se queda callado. Ya está urdiendo un plan en su cabeza.
Laura asiente, como si ya se esperara su silencio.
—No sé de qué es capaz, señor Weir. Sospecho que ni siquiera usted lo sabe. Esa cosa lo ha infectado.
Las gigantescas puertas delanteras de la nave siguen cerradas. El todoterreno tiene el chasis reforzado, así que no todo está perdido. Esto no tiene por qué ser el fin.
Salvo porque Laura levanta la pistola y le dispara.
(Nate creía estar gritando, pero no emitía sonido alguno).
Ocurre tan de repente que a él no le da tiempo de reaccionar. Ya le habían disparado antes, en la gobernación de Al Asimah, en Kuwait, en 1982. Fue en una ciudad portuaria, y la bala entró y salió de su brazo derecho. Le dolió, pero apretó los dientes y siguió luchando.
Lo de ahora es distinto.
Al principio, ni siquiera tiene claro qué ha pasado.
En un momento está de pie delante del todoterreno, con los puños cerrados al costado, y al momento siguiente se tambalea contra él, con fuego en las entrañas.
Mientras oye los gritos de Art a su espalda, toma aire con una inspiración entrecortada.
Le duele, joder si le duele. Se le empieza a reducir el campo visual, por más que se esfuerza en evitarlo.
Uno de los Sometedores le entrega a Laura una gruesa anilla de metal.
Alex sabe qué es.
El ser que habita en el interior de la niña situada tras él se había apoderado del cuerpo de un joven soldado llamado Oren Schraeder.
Al cabo de un tiempo, decidieron averiguar si podían hacerle daño a esa cosa.
A ella. A él. Probaron de todo: sustancias químicas, gases, inyecciones...
, pero solo al pegarle un buen calambrazo a Oren alcanzaron a descubrir que como mínimo podían contenerla.
El Sometedor le ha dado a Laura un collar capaz de administrar a quien lo lleva una descarga de miles de voltios.
Hasta ahora, nunca se lo han puesto a Art.
Pero la amenaza siempre ha estado ahí.
Ahora, Alex no cree que se trate solo de una amenaza.
Y, al parecer, ella tampoco.
Porque Alex nota que empieza a formarse algo como una tormenta en su cerebro.
Artemisa está cabreada.
«Sube al coche —dice una voz en su cabeza—. Ya». Nunca la había oído emplear un tono tan frío.
Los vehículos que lo rodean empiezan a vibrar.