Trece #7
Si es gaseosa, susurran, pueden descomponerla en sus moléculas más pequeñas.
En vez de intentar averiguar todo lo posible a través del huésped, ¿por qué no acudir directamente a la fuente?
Seguro que hay secretos ocultos en... eso, sea lo que sea.
No están descubriendo nada nuevo. No quieren que los releven de su puesto, como a Greer.
Algunos llevan décadas ahí. Tiene que haber un desenlace.
Y es inminente.
Ella lo mira con curiosidad.
—¿Qué pasa?
—¿Confías en mí? —le pregunta él.
Y la imagen que ella transmite a su mente está tan llena de cariño y luz que lo deja sin aliento. Sí que confía en él. Mucho.
«Muy bien —responde él con el pensamiento—. Muy bien».
En realidad, es una estupidez. No dará resultado. No debería dar resultado. Alex nunca ha tenido suerte en eso. Sabe demasiado bien que incluso un plan trazado con todo detalle puede irse a la mierda en cualquier momento. Su vida entera es un excelente ejemplo de ello.
Aun así, lo intentará.
Además, quizá lleva más tiempo maquinándolo de manera inconsciente. Al fin y al cabo, si había estado guardando dinero bajo el colchón cada semana era por algo, ¿no? ¿Por qué si no iba a hacer una cosa así?
La decisión consciente la tomó unas semanas antes.
Pero cree que tal vez su mente lleva urdiéndola cerca de un año.
Y, de pronto, todas las circunstancias se alinean a su favor.
Espera a cerciorarse de que Laura no está en la Montaña.
Prácticamente cada mes, se marcha y regresa al cabo de una semana.
Él no sabe adónde va. A veces se pregunta si tendrá una familia que la espera, y, en tal caso, a qué creen que se dedica cuando pasa tanto tiempo fuera de casa por trabajo.
Piensa que los sorprendería saber que aquella persona a la que quieren ha ordenado la aniquilación del ser que vive dentro de la niña.
Casualmente, durante una de sus ausencias, llega el aviso de una fuerte tormenta de primavera.
«Ahora es el momento —piensa él—. Ahora, ahora, ahora».
Esa noche no pega ojo.
Sabe que debería dormir.
Pero no puede.
En vez de eso, contempla cómo se suceden los segundos en el reloj digital.
A las tres y media, se pone en marcha.
Los truenos retumban en lo alto y resuenan ligeramente en el interior de la Montaña.
No se lleva nada consigo, aunque tampoco deja mucho atrás. Ya cargó hace unos días un todoterreno del parque de vehículos que se extiende detrás de la base. Nadie se fijó siquiera en él mientras sacaba ropa de la jaula de Art. Ya se había encargado de su colada otras veces.
Aunque se cruza con algunas personas, es tarde (o temprano, según el punto de vista de cada cual), y todas van con cara de zombi.
Lo saludan con una inclinación de la cabeza, pero no dicen nada.
Él se dirige hacia la sala de seguridad contigua al espacio donde está encerrada Art.
Dentro hay un hombre de ojos soñolientos al que Alex apenas conoce, rodeado de monitores.
Tiene un pequeño radiocasete en el que suena música rock .
—Buenas —dice Alex al tiempo que se oye el ruido sordo de otro trueno y las pantallas parpadean.
—Buenas —dice el hombre, echándole un vistazo por encima del hombro—. Sí que has madrugado.
Alex se encoge de hombros.
—No podía dormir. ¿Cómo está nuestra chica?
—Hace horas que no se mueve —dice el hombre, señalando uno de los monitores con la cabeza. Una delgada línea causada por las interferencias asciende por la pantalla. Se vislumbra la forma de la cama. Ella yace de costado, tapada hasta el cuello con la colcha.
El hombre da un gran bostezo y le cruje la mandíbula.
—Si quieres irte, ya me quedo yo —se ofrece Alex—. De todos modos, solo faltan quince minutos para el cambio de turno.
El hombre lo mira, esperanzado. Alex ya le ha tomado el relevo un puñado de veces en el último año, en previsión de ese preciso momento.
—¿En serio? Tío, te lo agradecería un montón. Mañana tengo una cita con una del pueblo. —Arrugó el entrecejo—. O, mejor dicho, hoy, dentro de unas horas. Me imagino que ya hemos cambiado de día. Pues la tía es camarera. No veas cómo está de buena. Tiene una delantera impresionante.
Alex agita la mano como para ahuyentarlo.
—Anda, lárgate. Descansa. No querrás quedarte dormido con la chica de tus sueños.
—¿O sí? —pregunta el hombre, subiendo y bajando las cejas. Se pone de pie y levanta el brazo para estirar la espalda. Antes de salir de la reducida sala, le da unas palmaditas en el hombro a Alex—. Gracias, tío. Es todo un detalle.
—No hay de qué. Oye, ¿quiénes están de guardia? ¿Reyes y Jones? —Aunque ya sabe la respuesta, nunca está de más confirmar.
—Sip. Han colocado la mesa fuera de la jaula. Están haciendo trampa a las cartas otra vez.
Alex suelta una risita forzada.
—Qué capullos.
—Ya te digo. Gracias otra vez, Weir. Nos vemos mañana.
Sale por la puerta sin mirar atrás.
Alex oye cómo sus pisadas se alejan hasta apagarse.
Los monitores parpadean de nuevo mientras arrecia la tormenta.
Dirige de nuevo la vista a la pantalla de la cámara instalada junto a la cama de Art.
No está dormida.
Por el contrario, está bien despierta, de pie bajo la cámara, mirando directamente al objetivo.
Sin perder un segundo, él se pone manos a la obra con el equipo de grabación, arrancando cables y derramando café sobre los componentes electrónicos.
Una por una, las pantallas se llenan de nieve.
Acto seguido, sale por la puerta y enfila el pasillo. Se detiene al llegar a una intersección en T, y la rejilla metálica chirría ligeramente bajo sus pies. Respira hondo. Está haciendo lo correcto. Lo hace por ella.
Dobla a la derecha. Reyes y Jones están reclinados en sus desvencijadas sillas cerca de la entrada a la habitación de Art, con una pequeña mesa plegable entre ellos y los fusiles a un lado.
De los labios de Jones cuelga un cigarrillo encendido, y el humo que desprende se arremolina en torno a su cabeza.
Cerca de su mano derecha tiene un cenicero repleto de colillas. Hay cartas esparcidas sobre la mesa.
Alzan la vista cuando lo oyen acercarse.
—Weir —dice Reyes—. ¿Qué haces levantado?
—No podía dormir.
Jones se ríe.
—Nos estamos haciendo mayores, ¿no?
—Será eso —dice Alex, que ya ha decidido cómo se va a encargar de ellos haciendo el menor ruido posible—. Tengo que entrar.
La sonrisa de Jones se desvanece un poco.
—Imposible, grandullón. Ya conoces las normas: prohibida la entrada hasta las seis. Es por seguridad, ¿sabes? No queremos que esa cosa le haga daño a nadie.
Alex suelta un resoplido.
—¿De verdad crees que ella va a hacerme daño?
Jones y Reyes intercambian una mirada inquieta.
Ah, él sabe muy bien qué significa. Como casi todos los soldados de rango inferior al suyo (y quizá también algunos de sus superiores), no saben qué pensar de él, creen que tal vez ya no es del todo humano.
Los ha oído murmurar que tiene lavado el cerebro, que esa cosa se le ha metido en la cabeza también, lo ha infectado y lo fuerza a hacer su voluntad.
Recelan de él, sí, pero también le tienen miedo.
Temen lo que no son capaces de entender.
Y hacen bien.
—No —responde Reyes pausadamente—. No creemos que «ella» vaya a hacerte daño, pero las órdenes son órdenes, ¿sabes?
—Soy vuestro superior.
Ninguno de los dos ha hecho aún amago de coger su fusil. Craso error.
—Eso es cierto —dice Jones—. Pero hasta tú tienes que cumplir las normas. Y lo sabes.
—Así es —dice Alex, sonriendo—. Solo estoy haciendo el tonto, chicos. Me estoy quedando con vosotros.
Ambos se relajan.
Acomete primero a Jones, el más rápido de los dos. Alex tiene dos décadas de experiencia a sus espaldas. Aunque ya hace diez años que lo asignaron a este proyecto, se ha esforzado por mantenerse en forma. Está más fuerte que nunca y aún es más ágil que muchos hombres a los que les dobla la edad.
Le agarra la cara a Jones y le golpea la nuca contra la pared de roca que tiene detrás. Con un gemido, Jones se desploma en su silla.
Reyes se mueve más deprisa de lo que Alex esperaba.
Ya ha empuñado el fusil cuando este se gira hacia él.
Alex lo agarra por el cañón, y la mira delantera se le clava en la piel de la palma.
Lo tuerce con brusquedad hacia un lado, con lo que le rompe a Reyes el dedo del gatillo.
El arma no se dispara. Reyes abre la boca para proferir un grito de dolor, pero solo consigue emitir un graznido ronco, pues Alex le pega en el cuello con la base de la palma.
Se le desorbitan los ojos cuando este lo aferra por la parte de atrás de la cabeza y le estampa la cara contra la mesa, que se pliega por la fuerza del impacto.
Reyes cae al suelo con un gruñido débil.
Le aletean los párpados mientras se tiende de costado, con riachuelos de sangre brotándole de la nariz y corriéndole por las mejillas.
Aturdido, alza la mirada hacia Alex y abre la boca, pero este lo deja fuera de combate de un pisotón en la cara.
Ha pasado menos de un minuto desde que lo han saludado.
Arrastra a Reyes, inconsciente, hasta el tablero de control situado junto a la puerta de la habitación de Art y le coloca la mano contra la superficie negra de un sensor.
Por unos instantes, no ocurre nada. De pronto, una delgada línea de luz azul le recorre la palma de arriba abajo, y la puerta se abre.
Alex suelta a Reyes, que queda tumbado en el suelo.
Art lo observa cuando entra en la jaula. Las mortecinas luces del techo parpadean. Él se mueve a toda prisa, pues debe llegar al ordenador antes de que la corriente...
Se quedan a oscuras.
Tras unos instantes de silencio, las luces de emergencia empiezan a lanzar destellos blancos a lo largo del suelo.
—No —susurra Alex, porque eso significa que las putas puertas han quedado bloqueadas y que...
Ella está de pie frente a la pared de cristal más próxima a él.
Pone la mano abierta contra ella.
Alex lo percibe en su cabeza; los susurros, las imágenes... Ella está pensando en estrellas imposibles.