Bajo mi piel Trece #6
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Trece #6

Laura no está para hostias. Es mayor, de unos cincuenta y pocos años.

Todos los días se pone las mismas blusas sosas, la misma bata blanca y las mismas gafas de concha.

No sonríe la primera vez que ve a Séptimac.

Ni siquiera parece impresionada. Alex se pregunta qué le pasa por la cabeza mientras da vueltas alrededor de la jaula con mirada calculadora.

Por su parte, a la muchacha («Artemisa —le ha dicho mentalmente a Alex en el sexto año—, puedes llamarme Artemisa») esto no parece afectarle.

Sin moverse del sitio, gira despacio sobre sí misma, siguiendo a Laura con la vista.

Cuando esta termina de circunnavegar la jaula, mira a Alex por primera vez.

—Usted es la persona con la que ha establecido el vínculo.

—Sí, señora —responde él.

—Bien. —Dirige la mirada a los guardias que están cerca de la puerta, detrás de él—. Llévenselo de aquí. No quiero volver a verlo por aquí hasta nuevo aviso.

—¿Qué? —exclama la niña (Artemisa, Art) alarmada—. No, espera. ¿Qué estás...?

Alex piensa en plantar cara, en empuñar uno de los fusiles y decirle a esa mujer, la tal Laura, que no va a arrebatarle a Art. Que no los va a separar.

Pero no planta cara.

Y Laura hace justo eso.

Durante siete meses.

Es... desesperante. Hay momentos, aunque breves, en que Alex aún siente su presencia, ráfagas de imágenes que le pasan fugazmente por la cabeza.

No sabe si es la distancia lo que debilita el vínculo o si se trata de algo más macabro, pero el caso es que apenas lo nota.

Y, cuando lo percibe, es en forma de destellos intensos de dolor.

Como si le estuvieran haciendo daño a ella.

Alex no come. Hay días que no se levanta de la cama. Esta situación se prolonga dos meses. Él cae enfermo, con fiebre. Sabe que lo están monitorizando, que él forma parte del experimento tanto como Art, pero nada puede hacer por remediarlo.

Cuando llega el cuarto mes, exige una entrevista con Laura.

Tardan tres semanas en concedérsela.

Lo conducen hasta su despacho, que antes era el de Greer.

—Se ha... jubilado —le dice Laura cuando le pregunta al respecto—. Se dedica a pescar, al golf, a lo que sea que haga una persona cuando ya no la necesitan.

Alex no se lo cree.

—¿Entiende por qué tenemos que romper su resistencia? —le pregunta ella.

Él se mantiene inmutable. No piensa permitir que se le caiga la máscara, y menos aún delante de esa mujer. Es lo que ella quiere. No le dará ese gusto.

—No —dice.

Ella asiente despacio.

—Lo suponía. Dígame, señor Weir, ¿qué cree que sucederá si regresan a buscarla, si es alguien importante en su mundo? ¿Y si deciden que lo que hemos hecho es algo equiparable a realizar el primer disparo?

Alex no contesta.

Con un suspiro, Laura se reclina en la silla de piel tras su escritorio.

—Tenemos que estar preparados para una invasión.

Ellos no se parecen a nada que hayamos visto hasta ahora.

¿Cómo vamos a defendernos si no los entendemos?

Esto... esto no es como en Roswell, señor Weir.

No estamos tratando con seres de carne y hueso.

Poseen el potencial de ser nada menos que armas biológicas.

No atacarán desde arriba, sino desde dentro.

Corremos el riesgo de quedar reducidos a huéspedes de una raza avanzada que ha evolucionado más allá de todo lo que conocemos.

¿De verdad cree que podemos quedarnos de brazos cruzados y dejar que eso ocurra?

¿No es mejor que nos preparemos para cualquier eventualidad?

Razón no le falta. Alex lo sabe. Pero, en el fondo de su corazón, que apenas ha empezado a recomponerse, no lo cree. En absoluto.

—¿Por qué?

Laura arquea una ceja.

—¿Por qué qué, señor Weir?

—¿Por qué habrían de hacer eso? ¿Por qué habrían de venir desde tan lejos solo para atacarnos, para dominarnos? Si fueran tan avanzados como al parecer piensan ustedes, ¿su evolución no los habría hecho superar esas ambiciones?

—No hay sitio para el pragmatismo cuando nos enfrentamos a lo desconocido. Si alguien entra por la puerta de atrás sin haber sido invitado, uno no le da la bienvenida, sino que saca la pistola y le demuestra quién vive en esa casa.

—Disparar primero, preguntar después —dice él con amargura—. Art nunca haría...

—¿Art? —pregunta ella en un tono engañosamente afable.

Él cierra los ojos.

—Ah —dice Laura—. Ya entiendo.

Le impide verla durante tres meses más.

(Nate nunca había odiado tanto a alguien que no conocía como odiaba a Laura en aquel momento).

Nunca logra averiguar exactamente por qué le permiten regresar a la sala de la jaula.

No sabe si es por insistencia de Art, si ella se ha ofrecido a cambio a contarles todo lo que quieran saber.

No lo tiene claro, pero le da igual, porque cuando la vuelve a ver lo invade un alivio inmenso, aunque mantiene una expresión pétrea en la cara.

No pasa nada, porque ella sabe la verdad.

El vínculo entre ellos se reaviva, y lo asaltan imágenes irradiadas por ella, visiones en su cabeza que le producen el mismo efecto que contemplar la salida del sol por primera vez.

Ella está contenta. Sí, también está dolida, enfadada y asustada, entre muchas otras cosas, pero está contenta.

(Nate se percató de que apenas respiraba).

«Hola», dice Artemisa en su mente.

«Hola», responde él.

Y ella sonríe.

En la parte más recóndita de su cerebro, a la que ni siquiera Artemisa es capaz de acceder, Alex empieza a pensar que las cosas deberían ser de otra manera.

Todo vuelve a..., bueno, a la normalidad no, porque en este asunto nada es normal.

Laura parece dar un paso atrás, aunque a Alex no le cabe duda de que nunca está muy lejos.

Siguen realizando sus pruebas, pero no son tan exhaustivas como en los meses en que permanecieron separados.

Art no le cuenta mucho de lo que le han hecho pasar, por más que Alex la interroga. Él no sabe si agradecérselo o no.

En cierto momento, ella le pregunta cuánto tiempo lleva metida en la jaula.

Él le responde que casi treinta años.

Da un respingo cuando ella habla en voz alta.

—Ah. No es mucho.

El tiempo... no significa nada. Al menos para ella.

Intenta explicárselo, pero lo que dice es demasiado abstracto para que él lo entienda.

Para un ser humano, treinta años podría considerarse toda una vida.

En treinta años, una persona puede nacer, aprender a hablar, andar y pensar.

Durante ese lapso, los humanos crecen y maduran hasta alcanzar la edad adulta, su mente se consolida, y se convierten en quienes son.

Para Artemisa, es distinto. El tiempo es fluido. Treinta años no son nada.

En una ocasión, él le pregunta qué edad tiene.

Recibe por respuesta una complicada serie de imágenes que lo llevan a pensar que ella ha vivido siglos, aunque en su lugar de origen aún la consideran una niña. Para referirse a ella emplean un término muy similar a «cría».

Hacia el final del noveno año, ella le transmite una imagen acompañada de un conjunto de palabras.

Alex ve estrellas.

Y oye la frase «creo que vienen en camino a recogerme».

Después de eso, él se despierta todos los días antes del amanecer, sale de la Montaña en dirección a la base situada más abajo.

Camina a lo largo de las vallas. Memoriza el perímetro.

Cuenta a los soldados. Cuenta la distancia en pasos desde la Montaña hasta las verjas de acceso trasera y delantera.

Se dice a sí mismo que su deber es para con su país.

Que tiene que poner fin a esto cuanto antes.

No puede. No puede. No puede.

(«Joder —intentó decir Nate en voz alta—. Joder»).

Tiene la mente bien despierta, como siempre.

Es capaz de retener mucho en muy poco tiempo.

Se aprende todas las rutas de huida de la Montaña, el horario del cambio de guardia, cuántos centinelas hay en cada puesto.

Descubre sus puntos débiles. Hay tres turnos: de cuatro de la mañana a mediodía, de mediodía a ocho de la noche, y de ocho de la noche a cuatro de la mañana.

El cambio de las cuatro es el más vulnerable.

Los hombres que terminan están cansados, y los que empiezan, recién levantados.

La corriente eléctrica sigue fallando, sobre todo cuando hay tormenta.

Cuentan con generadores de respaldo, claro, pero tardan varios minutos en arrancar.

Existen medidas de contingencia para estos casos.

La jaula de Art nunca se abre cuando se va la luz.

Alex cree que ella podría abrirla si quisiera, pero aún no lo ha hecho, y a él le ha faltado valor para preguntarle por qué.

Las cámaras en la sala se apagan. La única iluminación procede de las luces de emergencia montadas en el suelo que conducen a la salida.

Alex no sabe si es capaz de hacerlo.

No sabe si es lo correcto.

La decisión se toma sola cuando oye por casualidad algo que dice Laura una tarde, casi el día exacto en que se cumplen diez años de la llegada de Alex a la Montaña.

Hace meses que no tiene noticias de ella, así que le sorprende encontrarla en la sala con Art.

La mujer no lo ve, pues está de espaldas a la puerta, mirando a la muchacha.

—Pronto —dice—. Creo que será pronto.

Acto seguido da media vuelta y pasa rozando a Alex sin inclinar siquiera la cabeza a modo de saludo.

Él no sabe qué ha querido decir ella con «pronto».

Pero sabe que no le gusta cómo suena.

Durante los días siguientes, oye cuchicheos.

Se ha convertido en una cara tan reconocible en la Montaña que la gente tiende a creer que está ahí cumpliendo alguna orden.

Quizá no son conscientes de que puede oírlos.

Los científicos de la sala hablan de sus planes para realizar un procedimiento que antes solo han llevado a cabo una vez, con Oren Schraeder: extirparla por la fuerza del cuerpo en el que habita.

Sin embargo, esta vez no piensan proporcionarle un nuevo huésped.