Bajo mi piel Trece #5
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Trece #5

Como no le queda nada, dice que sí.

Greer le dedica una sonrisa que no le llega a los ojos.

Le hacen pruebas. Lo pinchan y examinan a fondo.

Le realizan electrocardiogramas, electroencefalogramas, resonancias magnéticas.

Le ponen electrodos de la cabeza a los pies diciendo que es para obtener un modelo tridimensional de su cuerpo.

Le toman muestras de sangre, plasma, semen.

Le hacen una punción lumbar. Le miden la visión y los reflejos.

Corre en una cinta, kilómetros y kilómetros, casi hasta caer rendido.

Esto dura seis meses.

Después, reaparece Greer.

«Ha llegado el momento», anuncia.

Trasladan a Alex en avión desde Phoenix y lo llevan a la Montaña por primera vez en la primavera de 1985.

Cree que está ahí para probar armas experimentales, o un blindaje.

Quizá incluso robots. Nunca ha tenido mucha imaginación (según su madre, de niño había sido muy serio y arisco), pero ha visto películas.

Sabe que a veces la ciencia ficción no tiene nada de ficción.

Siempre se desarrollarán nuevos tipos de armamento, y a él se le da bien su trabajo.

Lo han condecorado. Es un buen líder. Tiene calle y buenos reflejos.

Por eso se queda descolocado cuando lo guían hasta una sala situada en lo más profundo de la Montaña y con unas paredes de cristal que van desde el suelo hasta el techo.

Entre esas paredes —que forman una jaula—, hay una niña.

Lleva un pantalón de chándal rosa y una camiseta azul.

Está sentada en medio del suelo con las piernas cruzadas y la cabeza ladeada, mirándolo con ojos brillantes.

Hay una cama, una estantería repleta de libros y, tras una mampara, un inodoro y una ducha.

También hay una planta verde y frondosa que parece estar creciendo sin control.

Y luego, claro, está ella.

Alex piensa: «Hijos de puta, teníais claro lo que estabais haciendo, cómo habéis podido pedirme esto, sabiendo...».

—¿Qué es esto? —pregunta.

—Esto —le responde Greer— es Séptimac.

La niña alza los ojos al techo.

—No lo entiendo.

—Lo sé —dice Greer—. Ahora lo entenderás.

Se lo llevan de la sala, de aquella jaula. Antes de cruzar la puerta, vuelve la vista hacia la niña.

Ella se despide con la mano.

Él no le devuelve el gesto.

—Y una mierda —dice cuando se lo explican todo, qué es, de dónde viene y cuánto tiempo lleva ahí.

Greer se ríe.

—Lo mismo dije yo, chaval. Pero te aseguro que es cierto. Todo es cierto.

(Nate sintió en sus carnes este momento, terrible y único, en el que todo lo que Alex sabía sobre cómo funcionaba el mundo se derrumbó con una facilidad pasmosa. Tumbado en la caja de la camioneta, se estremeció).

Le dan unos días para que... lo procese.

Se reúne con personas que le hablan de biología o composición genética.

Dicen cosas como «ADN no detectable» y « Ophiocordyceps unilateralis ».

Él no se entera de nada. No entiende esos conceptos.

Es un soldado de a pie. Si le dan un arma y un mapa con la posición del enemigo, él encontrará la manera de flanquearlo.

Pero si le dicen que la cría de la sala es un extraterrestre, se queda hecho un lío.

No sabe cómo conciliarlo con todo lo que sabe.

Lo llevan de regreso a la sala.

—Hola de nuevo —dice la niña, y a Alex se le doblan las rodillas.

Nadie se acerca para ayudarlo a levantarse.

—Eso le pasa a mucha gente delante de mí —dice la muchacha—. Es rarísimo, ¿no?

No le dicen su nombre, al menos su nombre de verdad. La llaman «Séptimac» o «esa cosa» o «el ser que vino del espacio».

Alex tarda cuatro meses en armarse de valor para reprimir la ira y hablar con esa cosa, con el ser que vino del espacio.

Con ella.

Es la época en que las hojas empiezan a cambiar de color en el bosque de la Montaña.

—Hola —dice él.

Ella parpadea una vez antes de responder.

—Hola, Alex.

Él la deja entrar. Pese a todos sus recelos, la deja entrar.

No es... como él esperaba. Le gusta leer.

Se ríe cuando él le habla de un perro que tenía cuando era niño, un chucho tontísimo que se tropezaba con sus propias patas.

Le hace preguntas sobre toda clase de cosas: cuál es su color favorito, si ha estado alguna vez en el mar, si ha montado a caballo, si ha acariciado un pingüino (azul, sí, no, ¿qué clase de pregunta es esa?).

(Nate se rio. O al menos, eso le pareció. No estaba seguro).

Al principio, siempre hay alguien en la sala con ellos.

Varios álguienes . Permanecen al fondo, tecleando en sus ordenadores, escribiendo en sus libretas, estudiando con atención las lecturas que los diversos aparatos no paran de registrar.

Hablan en voz baja a sus espaldas, sin interrumpir jamás a Alex y a Séptimac hasta que a él le llega la hora de marcharse.

Está impresionado con ella.

Y resentido.

No sabe qué hacer, porque la situación lo desgarra por dentro.

El primer año es el peor, pues aún está de duelo.

Aún llora su pérdida. Pero ahí está ella, esa cosa que vino del espacio exterior, que le sonríe cada vez que entra en la sala.

Le dice que no le gusta cuando se va. Le pregunta si podrían ver una peli.

Hay un televisor encima de un gran reproductor de vídeo.

Le llevan cintas de comedias, dibujos animados o del Oeste.

Estas son las que más le gustan. Se sienta en el suelo, con la espalda contra la pared que los separa, los codos apoyados en las rodillas y el mentón en la mano, y se queda embelesada viendo a los indios y a los vaqueros, o a los bandidos asaltando un tren.

Él también se sienta durante la sesión de cine. Le ofrecen una silla, y él la acepta y la usa. Pero solo al principio; con el tiempo, acaba acomodándose también en el suelo, separado de ella por quince centímetros de cristal antibalas.

A veces, la tensión baja y se quedan sin corriente, pero los apagones nunca duran mucho.

—La instalación aquí es un desastre —le dice Greer—. Creo que ha sido un error adentrarnos tanto en la Montaña.

En el segundo año, él entra en su jaula.

Ellos le indican que se ponga un traje NBQ.

Él les dice que se vayan a tomar por culo.

Está nervioso, dando saltitos de un pie al otro.

Hay muchos hombres de pie al fondo de la habitación, observando. Esperando.

Para acceder a la jaula hay que atravesar dos puertas.

Cuando Alex se detiene frente a la primera, la luz de la cerradura electrónica pasa del rojo al verde, y la puerta se abre deslizándose lentamente hacia un lado.

Cuando cruza el umbral, se cierra tras él.

Unos ventiladores se ponen en marcha en el techo con un runruneo, y una tenue bruma desciende sobre él, dejándole un ligero regusto medicinal.

Los ventiladores reducen la velocidad hasta detenerse. La segunda puerta se abre.

Alex entra en la jaula.

Cuando se da cuenta, ella lo está abrazando.

Sus bracitos le rodean la cintura, ella apoya la cabeza en su abdomen, y él la detesta, detesta todo lo que representa.

Aun así, le posa la mano en la coronilla y dice «hola».

Es durante el quinto año cuando ella establece el vínculo con él.

Sucede con la mayor naturalidad del mundo.

En un momento, ella le está leyendo en voz alta el libro que Alex le ha traído ( La señora Frisby y las ratas de NIMH ), y al momento siguiente él la oye en su cabeza.

Al principio, no entiende qué está pasando, por qué la sigue oyendo a pesar de que ya no mueve los labios.

Además, no son solo palabras, ¿o sí? Puede ver a la señora Frisby, a Nicodemus, a Justin, a Jeremy y a Dragón, pero no como si fueran reales, no, sino como los ve ella, esa niña a la que llaman Séptimac, que le está contando la historia dentro de su cabeza, lo que le resulta abrumador. Demasiado.

Se desmaya.

No le dejan verla durante una semana.

Le preguntan qué ha ocurrido.

Quieren entenderlo.

Él contempla la posibilidad de mentirles para que el incidente quede entre la muchacha y él.

Pero tiene un deber que cumplir.

Así que se lo cuenta.

Cuando le permiten volver a entrar, un alivio palpable se refleja en la cara de ella.

—Lo siento —le dice compungida—. No era mi intención...

—No pasa nada —dice él con aspereza.

Ella baja la vista hacia sus manos.

—Me quedé... triste. Cuando te fuiste.

(Nate sintió que se le partía el alma. Le entraron ganas de extender el brazo y acariciarle el rostro a Art, que dormía, pero no podía moverse. Ni siquiera estaba seguro de seguir despierto).

Esto los pone furiosos. Durante todos los años que la han mantenido prisionera, ya sea en el cuerpo de Oren o en el que tiene ahora, nunca ha dicho nada sobre sentirse triste.

De hecho, nunca ha hablado de emociones.

Bueno, han visto expresiones en su rostro.

Sonríe, frunce el ceño y se enfada, aunque solo de vez en cuando.

Pero nunca había exteriorizado sus sentimientos en voz alta.

Hasta ahora. Se puso triste cuando apartaron a Alex de su lado.

En su quinto año en la Montaña, Alex piensa por primera vez que quizá ella no debería estar allí.

Es un pensamiento peligroso.

Peligroso de cojones.

Tanto que lo erradica de su mente durante mucho tiempo.

Como mínimo hasta el noveno año.

Durante el noveno año, traen a una mujer que se hace llamar Laura a secas y lo cambia todo.

Informan a Alex que no están obteniendo los resultados que necesitan, que han tocado techo y los mandamases exigen respuestas.

Greer, a quien solo ha visto un puñado de veces desde que lo destinaron a la Montaña, le dedica una sonrisa pesarosa.

«Es una tía dura como ella sola —dice—. Más vale que te prepares, chaval».