Trece #4
—Menos mal. De lo contrario, tendría que preguntarte si te han introducido una sonda anal, lo que sería un poco violento. Seguramente conocería al tío que te lo hizo.
Alex los sorprendió a los dos con un ataque de risa.
Se quedaron mirándolo mientras se doblaba en dos, apretándose la barriga con los brazos mientras se reía.
Las carcajadas sonaban como si nacieran en lo más profundo de su pecho y se abrían paso hasta la boca como si hubieran estado esperando el momento ideal para liberarse.
Eran roncas y bajas, pero reales. Una sensación cálida se apoderó de Nate al ver a aquel hombre extraño y deliciosamente aterrador reírse por algo tan infantil como una sonda anal.
No pudo evitar reírse también.
Art se unió a ellos.
Y ahí, bajo una inmensidad de estrellas lejanas y un cometa que se volvía más brillante por momentos, se entregaron a la risa.
Ella durmió entre ellos y se quedó frita casi en el instante en que apoyó la cabeza en la chaqueta enrollada de Alex que Nate le había dado para que la usara como almohada.
Se le cerraron los ojos y de inmediato comenzó a soltar unos ronquidos demasiado estentóreos para provenir de una niña tan pequeña. Nate no pudo evitar quedarse a cuadros.
Se lavó los dientes antes de coger una botella de agua, enjuagarse la boca y escupir sobre los restos de la hoguera, arrancando siseos y chisporroteos de las brasas.
Pensó en hacer una visita a la letrina, pero no consiguió reunir el valor suficiente para trastabillar hasta el cobertizo a oscuras.
Lo había meditado a fondo: si no aguantaba más, se alejaría un poco y mearía al aire libre, algo que no había hecho desde que era un chaval.
Alex ya estaba en la caja de la camioneta, con el saco de dormir subido hasta el pecho y las manos detrás de la cabeza. Nate tragó en seco al ver cómo sus bíceps le tensaban las mangas de la camiseta y desvió la mirada. Subió a la camioneta con el mayor cuidado posible para no despertar a Art.
El saco de dormir abrigaba más de lo que había imaginado.
Los había encontrado en la cabaña. Seguramente sus padres los habían comprado antes de...
en fin. Antes. Se preguntó si habrían llegado a usarlos, si los habrían sacado para dormir a la orilla del lago, bajo las estrellas, arrullados por el rumor de las olas. Solo de pensarlo, sintió un escalofrío.
Tras taparse hasta la barbilla, posó la cabeza sobre su bolsa de lona. Cerró los ojos e intentó dormir.
No podía.
Se tendió de costado, de cara a los otros dos.
Alex, que había adoptado la misma posición, lo observaba por encima de la cabeza de Art, con los ojos brillando en la oscuridad.
—Hola —susurró Nate.
—Hola —susurró Alex a su vez.
Nate abrió la boca para preguntarle cuál era el plan, qué iban a hacer al día siguiente, o al siguiente, o al otro.
—Mi padre mató a mi madre —dijo en cambio.
Alex inspiró con brusquedad, pero no dijo nada.
Nate pensó que más valía que callara, que Alex no tenía por qué conocer más detalles. No era el momento, el lugar ni la persona adecuada para hablar de ello.
—Le disparó. Hacía años que no los veía. Yo no era... como ellos esperaban.
Alex asintió despacio.
—Yo no... ni siquiera fui al funeral. No sabía cómo sentirme. ¿Triste, porque eran mis padres? ¿Enfadado, porque me habían abandonado como si yo no les importara? Me decía a mí mismo que no les debía nada. Que era un cobarde.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué te...? ¿Cómo esperaban que fueras?
—Hetero —respondió Nate, lo que resultó liberador y terrorífico a la vez.
Sabía que existía la posibilidad (aunque seguramente menor que antes) de que Alex lo mirara con asco, pero decirlo en voz alta representó todo un alivio.
Había otras personas a las que se lo había revelado, pero no eran...
importantes. Con la excepción de Ruth, tal vez.
Ella lo sabía. Pero la situación era distinta. Ella no era Alex.
—Ah —se limitó a decir este.
—Ya —dijo Nate con una risita, esperando no haber metido la pata—. Creo que eso los pilló por sorpresa. O, mejor dicho, lo sé. Se presentaron sin avisar cuando estaba con mi novio.
Alex tosió.
—Te referías a eso. Algo mencionaste en la cabaña.
—Sí.
—Joder.
—Ya.
—Qué... fuerte.
—Siempre sabes qué decir, ¿verdad?
—Lo intento.
Nate torció el gesto.
—Lo sé. No era... mi intención. No lo decía en ese sentido.
—No me importa.
Y sí, eso le dolió, más de lo que esperaba.
—Perdona, no quería...
—No —se apresuró a decir Alex—. Quiero decir... Me refiero a que no me importa que seas... no hetero —aseveró, aturullado.
—Ah —dijo Nate—. Eso... ¿es bueno? Sí, es bueno. Gracias. Y no sé por qué te estoy dando las gracias. Es un poco raro. Es solo que... Gracias, supongo. Mira, lo he vuelto a decir, manda narices...
—Nate.
Nate cerró la boca de golpe.
—No pasa nada. No me... No tiene mayor importancia.
—Bien, eso está bien.
Alex parecía estar armándose de valor para algo. Desvió la mirada y la posó de nuevo en Nate antes de volver a apartarla.
—Yo... soy un poco así también. O sea... Los dos. Me gustan... los dos.
Nate parpadeó.
—Eres bisexual. Pues... guay. Sí. Guay, guay.
—¿Te he roto?
—Cállate, anda.
A Alex se le arrugaron de nuevo las comisuras de los ojos, como si le divirtiera la situación.
—Yo creo que te he roto.
—No me has roto. Solo estoy... sorprendido.
—¿Por qué?
Nate se encogió de hombros.
—No sé. Eres... ya sabes... tan tú...
—Eso lo aclara todo.
—¡No sé qué otra cosa decir!
—Chsss. La vas a despertar.
—Dudo que con esos ronquidos oiga algo.
Alex rio entre dientes.
—Siempre ha sido así. Parece una motosierra cuando duerme.
—Sería entrañable si no fuera tan taladro.
—Te acostumbras.
Si lo decía Alex, sería verdad. Al fin y al cabo, ya tenía unos años de experiencia en eso.
—Se la ve... contenta.
La sonrisa de Alex se desvaneció ligeramente.
—¿Sí?
—Sí. ¿Alguna vez estuvo contenta en la Montaña?
La expresión de Alex se endureció un poco, pero a Nate le pareció que no era por él.
—A veces, cuando yo estaba con ella. Ellos...
Había ocasiones en que nos separaban. Eran experimentos para poner a prueba la fuerza y el alcance del vínculo entre nosotros.
Lo máximo que nos mantuvieron incomunicados el uno del otro fueron siete meses.
Ella... Hacia el final, ninguno de los dos estaba muy allá.
A Nate le entraron ganas de preguntarle qué ocurriría cuando ella se fuera a casa, si ese vínculo se rompería. No se atrevió.
—Ella no les importaba, ¿verdad? —dijo en cambio—. A la gente de la Montaña.
Alex negó con la cabeza.
—No mucho. No como a mí. Había algunos que... no la trataban mal. Pero incluso ellos no la consideraban más que un parásito que había infectado el cuerpo de una niña. Un animal enjaulado. No la veían como lo que era en realidad, como... como yo la veía.
—¿Qué pensaste cuando te hablaron de ella por primera vez? Si yo tuviera que explicarle a alguien qué es, no sabría ni por dónde empezar.
Sin despertarse, Art se sorbió la nariz y volvió el rostro hacia Alex. Las manos se le crispaban. Nate se preguntó si soñaba y, en caso afirmativo, de qué estaban hechos sus sueños.
—Me... destinaron a la Montaña. Me dijeron que me concederían acceso a un proyecto especial, que iba a formar parte de algo extraordinario y que, si aceptaba la misión a ciegas, sin pedir explicaciones, no podría volver a mi vida anterior. Como no me quedaba nada, dije que sí.
Mientras Alex hablaba y Art dormía entre ellos, a Nate se le vidriaron los ojos, y los astros se fundieron en lo alto y se precipitaron hacia la tierra, dejando tras sí estelas brillantes, como estrellas fugaces.
Veía las imágenes en su mente, destellos que cobraban nitidez a través de la bruma, y él...
Bueno, piensa, por qué no. Una misión clasificada.
Ya lo ha oído antes, tiene bastante idea de cómo funciona.
Ellos saben que él sabe mantener la boca cerrada.
Es un militar de carrera. Un profesional.
Se alistó a los dieciocho años y nunca ha mirado atrás.
Su madre era una borracha, y su padre cumplía una pena de entre veinticinco años y cadena perpetua por un robo a mano armada en el que se había disparado una pistola.
Por eso habían condenado a su querido viejo, por la detonación de un arma de fuego durante la comisión de un delito.
Y ya entonces Alex Weir, el canijo de Alex Weir, supo que, si no salía de ese ambiente, si no rompía el ciclo, acabaría como ellos.
Así que, cuando entró en la oficina de reclutamiento, con su flamante título de bachillerato bajo el brazo, supo que estaba tomando la decisión correcta.
Once años después, le dicen que va a participar en algo diferente de todo lo que ha visto hasta ahora.
Está aturdido, con los pedazos de su corazón roto atascados en la boca del estómago, pero presta atención.
Nunca ha sido una persona muy curiosa, sino un buen marine al que solo le interesa saber lo imprescindible para cumplir con su deber.
Sabe obedecer órdenes, y por eso responde de forma casi titubeante cuando le formulan preguntas en vez de decirle lo que debe hacer.
Hay un hombre sentado al otro lado del escritorio, y Alex no tiene la menor idea de quién es.
No lleva uniforme, sino un pantalón caqui arrugado y un polo.
Dice llamarse Greer. Sobre la mesa hay una carpeta abultada que ha hojeado por unos instantes en los que Alex ha visto fugazmente una foto suya.
Le gustaría preguntarle de qué va esto, saber qué dicen los papeles que contiene la carpeta.
Por un momento piensa que van a licenciarlo, y eso lo aterra, hasta que Greer dice: «Esto es algo muy gordo, chaval...
Lo más gordo que te has encontrado en la vida.
Tienes que estar muy convencido, porque no habrá vuelta atrás».
Él nunca ha sido curioso, pero madre mía, en estos momentos está muerto de curiosidad. A pesar del dolor que lo ha calado hasta los huesos, quiere desentrañar ese misterio.