Trece #3
No tiró de Art hasta el cobertizo. Ella se convulsionaba fingiendo arcadas, aferrándose a su pierna y exigiéndole que la llevara en brazos porque la peste le había inutilizado el cuerpo.
Nate notó un nudo en la garganta cuando Alex hizo lo que le pedía.
Se agachó, le rodeó las piernas con sus fornidos brazos y la levantó.
Ella trepó por él como un mono, apoyando las zapatillas en sus extremidades superiores y su pecho, y le rodeó el tronco hasta encaramarse sobre sus hombros, con las piernecitas colgando por delante. Le tiró con suavidad del cabello corto.
—Tenemos que ir en busca de dinosaurios. —Se volvió hacia Nate—. Y, sí, Nate, sé que no son de verdad. Ya no.
—¿Vienes? —le preguntó Alex, indicándole con un gesto de la cabeza un sendero señalado en el otro extremo de la zona de acampada.
Si eso que sentía Nate era felicidad, la cosa podía acabar mal.
Pero descubrió que no le importaba.
Al atardecer, encendieron una hoguera. Abrieron tres latas de sopa y las vaciaron en la cacerola que Alex había conseguido gorronear y que sostuvo sobre el fuego.
Estaban lo bastante lejos de sus vecinos más próximos para que estos no los oyeran.
Se trataba de una pareja de campistas jóvenes que al verlos habían agitado el brazo a modo de saludo, pero, por lo demás, los habían dejado en paz.
Art estaba en la caja de la camioneta, extendiendo los sacos de dormir, ilusionada por la idea de dormir bajo las estrellas.
Parloteaba sobre las rocas que había visto, las colinas a las que había subido.
Se lamentó de la falta de huesos de dinosaurios y preguntó si podía utilizar sus poderes mentales para desenterrar algunos.
Al decir esto, esbozó una sonrisa traviesa, mirando a Nate con el rabillo del ojo.
Él era consciente de que lo hacía por picarlo, pero no se inmutó.
Aunque esto pareció decepcionarla un poco, siguió con su parloteo, comentando lo calentitos que estarían en los sacos, y más cómodos que en las camas del motel en el que habían pasado la noche anterior, que eran lo peor del mundo.
Alex iba soltando gruñidos en los momentos adecuados.
Como se le había pasado un poco el buen humor de antes, volvía a exhibir el ceño fruncido de siempre, cosa que Nate agradecía para sus adentros.
Este estaba casi... relajado. Aunque tenía los músculos cansados por la caminata, era un cansancio bueno, que casi lo calaba hasta los huesos.
Notaba la musculatura distendida, y su piel aún irradiaba el calor del sol.
Seguramente al día siguiente la tendría un poco enrojecida, pero ya se preocuparía de eso entonces.
Las temperaturas estaban bajando bastante, así que agarró un abrigo que encontró en la camioneta.
Aunque supuso que era de Alex, se lo puso de todos modos.
Este no dijo nada, pero quizá lo miró unos segundos más de la cuenta antes de devolver su atención a la cena.
Cuando la sopa estuvo lista, se sentaron muy juntos sobre la puerta de la caja de la camioneta.
Alex estaba en medio, con la cacerola sobre el regazo.
Cada uno tenía una cuchara de plástico y se turnaban para sumergirla en la sopa.
Alex era una fuente lateral de calor para Nate, pues sus hombros y brazos estaban casi tocándose.
Mientras cenaban, miraban la puesta de sol.
Cuando terminaron, apenas se apartaron después de que Alex dejara la cacerola a su espalda.
—Fijaos en eso —dijo Art con aire soñador mientras los restos del día se iban desvaneciendo.
Nate levantó la mirada.
No había contemplado un espectáculo igual en Oregón, ni en el estado de Washington, ni siquiera en Montana. Y mucho menos en Washington D. C. Le parecía que había abierto los ojos por primera vez y tomaba conciencia de verdad de lo que tenía encima de su cabeza.
Se encontraban bajo un universo de estrellas, que nunca había visto brillar con tal intensidad. Parecían extenderse hasta el infinito, más allá del límite de su comprensión. Nunca en la vida se había sentido tan pequeño.
—Buah —jadeó—. Es que es... Buah.
—Sí, ¿verdad? —dijo Art.
Nate notó que la mano de Alex rozaba la suya, pero no apartó la vista de la bóveda celeste. Puede que fuera sin querer. No había que darle más vueltas.
—No me dejaban ver... nada —dijo Art de pronto.
Nate sintió que Alex se ponía rígido a su lado, pero ambos se quedaron callados—.
Cuando estaba en la Montaña. Nunca me dejaron estar como ahora, por más que les rogaba y suplicaba.
Les prometí enseñarles todo lo que quisieran.
Solo quería salir y mirar al cielo, pero se negaron.
Creían que... No sé qué creían. Tal vez temían que, con los astros a la vista, pudiera utilizarlos para comunicarme o alguna otra tontería por el estilo.
No entendían que lo único que deseaba era mirar arriba y comprobar qué aspecto tenía el firmamento, cómo se veían las estrellas desde esta parte del universo.
A Nate el corazón le martilleaba el pecho.
—Cuando Alex llegó, le pedí que me describiera el cielo. Al principio no... no se le daba muy bien. ¿Qué fue lo que dijiste, Alex, cuando te lo pregunté?
Él soltó un resoplido.
—Que todo me parecía igual.
—Exacto —dijo Art, y los dedos de Alex tocaron los de Nate—.
Todo te parecía igual. Y yo me reí de ti hasta que caí en la cuenta de que hablabas en serio, de que pensabas eso de verdad.
Creo... creo que fue la primera vez que experimenté tristeza, una tristeza auténtica.
Había estado asustada, había estado enfadada, pero nunca había estado triste hasta ese momento, hasta que apareciste tú. ¿Te acuerdas de lo que te contesté?
—Me dijiste que saliera y no volviera a entrar hasta que hubiera mirado el cielo otra vez. Hasta que lo hubiera mirado de verdad.
—Y eso hiciste.
—Eso hice.
—¿Por qué?
—Porque me pareció lo correcto.
—¿Y qué viste?
Alex suspiró.
—Que era mucho más grande de lo que había creído posible. Tenía una inmensidad... Algo que no había visto antes.
—Te sentiste diminuto.
—Sí.
—Comprender eso es una lección de humildad —dijo Art—, incluso cuando se está de duelo.
O sobre todo cuando se está de duelo, creo.
Tú me lo enseñaste. Antes de eso, yo no lo entendía.
Y cuando regresaste, me describiste tan bien el cielo nocturno que pude verlo.
Lo vi a través de tus ojos, y fue como si estuviéramos el uno al lado del otro en medio de la nada, contemplando juntos las estrellas. Estuvo bien. Estuvo muy bien, Alex.
Él se quedó callado. Nate supuso que Art no esperaba que dijese nada.
—Tú me liberaste —susurró ella—. Y ahora puedo ver las estrellas por mí misma. Nate, fíjate. ¿La ves?
Nate siguió con la mirada la dirección en que apuntaba su dedo.
—Es muy tenue —dijo—. La estrella. ¿Sabes cuál es?
—Pues la verdad es que no —reconoció él.
—Vosotros la llamáis VL62 Cass, lo que...
En fin. Sois malísimos para poner nombre a las cosas.
No tenéis ni pizca de imaginación. A vuestros antepasados se les daba mucho mejor, pese a que creían que las estrellas eran deidades.
Porque, a ver, ¿quién va a mirar hacia arriba y decir «oh, mira, esa es mi favorita, la VL62. Qué bonita»?
—Art... —la reconvino Alex.
—Que sí, que ya. VL62 Cass está en Casiopea. Es una de las estrellas más lejanas que el hombre puede divisar a simple vista.
—¿Y qué ocurre con ella?
—Más allá está mi hogar. Mucho más allá.
Nate creía que había perdido la capacidad de sorprenderse, después de todo lo que había visto y oído. Pensaba que ya nada podía impactarlo.
Se equivocaba.
—No te... —balbució—. Eso es...
—Lo sé —dijo ella, y él la creyó—. Todos sois capaces de hacer cosas extraordinarias y terribles, y en muy poco tiempo.
Vivís rodeados de millones de seres como vosotros, y aun así os podéis sentir solos.
Tenéis mucha rabia dentro, sois poderosos y magníficos, pero a la vez muy frágiles.
Podéis veniros abajo y sentiros perdidos.
Antes, yo no lo entendía. Creo que era algo que se nos escapaba a todos.
Sois complejos, pero al mismo tiempo extremadamente simples, una dicotomía que no debería ser posible.
Cuando sonreís, es como si saliera el sol.
Cuando lloráis, es como si estuvierais atrapados en las sombras sin saber encontrar el camino de vuelta hacia la luz.
Podéis apuntar con una pistola a la cabeza de vuestro enemigo y apretar el gatillo en nombre de lo que llamáis vuestro Dios.
Tiráis bombas e incendiáis la tierra que os sostiene.
Os hacéis daño unos a otros. Os amáis. Gritáis palabras que caen en oídos sordos.
Os enfurece que los demás no sean como vosotros.
Os asustan, aunque lo que más desean es convertirse en vosotros.
Construís un hogar a partir de la nada. Os apoyáis los unos en los otros hasta que os fallan las rodillas y os desplomáis.
Resulta casi incomprensible. Yo, como el resto de mi especie, era incapaz de entenderlo, hasta que sentí el latido de un corazón en el pecho, hasta que noté los huesos bajo la piel.
No somos iguales, en realidad. Nos separan el tiempo y el espacio.
Y, no obstante, todos estamos hechos de polvo de estrellas.
Creo que lo habíamos olvidado. De hecho, no sé si vosotros lo habéis sabido alguna vez.
¿Cómo podéis estar solos, cuando todos estamos hechos de lo mismo?
Nate parpadeó para aliviar el ardor en los ojos.
—Además —añadió ella—, tenéis beicon, lo que, si os digo la verdad, tal vez sea motivo suficiente para que recomiende la invasión de vuestro planeta y la aniquilación total de la raza humana.
Nate sintió que se ahogaba.
—Artemisa Darth Vader...
—Ese es mi nombre. No me lo gastes.
—Creo que nunca había conocido a nadie como tú.