Bajo mi piel Trece #2
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Trece #2

—No es mi papá —replicó Art, desplegando el mapa con sus manitas—. Mi papá está en la camioneta. Este es su amigo especi...

—¿Cuánto le debo? —se apresuró a preguntar Nate, esperando distraerlos a los dos.

—¿Sabe qué? No me debe nada —dijo el hombre mayor—. Considérelo un regalo. La pequeñaja es muy lista, más de lo que yo lo seré jamás. No me parece bien cobrarle por una nadería como un mapa cuando es algo que va a guiarles en una aventura.

—Gracias —dijo Nate, acercándose a Art por detrás y extendiendo el brazo para intentar doblar el mapa.

—Nate —lo riñó ella, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo—. Ya me encargo yo.

—Como quieras —suspiró Nate—. Pero tenemos que volver a la camioneta, ¿vale? Tu padre se preocupará si tardamos mucho.

—Es muy protector con ella, ¿no? —preguntó el hombre.

—No se imagina cuánto —dijo Art—. Una vez, un señor intentó llevárseme, y entonces mi papá sacó la pistola y...

—Creo que ya es suficiente —dijo Nate, posando las manos en los hombros de Art para apartarla del mostrador, con el plano hecho un gurruño entre sus dedos—. No hace falta que les cuentes tu vida a los extraños. Ya hemos hablado de eso.

—Pero ¡todo el mundo es un extraño hasta que hablas con él! ¿Cómo esperas que dejen de ser extraños si no...?

—Lee mucho —dijo Nate atropelladamente por encima del hombro—. Un montón de libros que le meten ideas en la cabeza que seguramente no debería ir comentando por ahí.

—¡Nate, estás rompiendo el mapa! ¡Ten cuidado, es un regalo de este señor tan amable que no cree en los extraterrestres pero escucha a los chiflados que hablan de ellos!

La campanilla tintineó por encima de sus cabezas cuando salieron.

Alex se enderezó en su asiento, observándolos por el parabrisas.

—Bueno —dijo Art, plegando el plano con manos expertas—. Eso ha sido toda una aventura, ¿no te parece?

De alguna manera, Art consiguió sintonizar el programa de Steven Cooper en la radio de la camioneta.

Nate se planteó seriamente abrir la puerta y saltar con el vehículo en marcha. Había visto suficientes películas para saber que, si se encogía y rodaba, seguramente solo acabaría con algunos huesos rotos.

—... y esto, amigos oyentes, es lo que no quieren que sepamos: que ya han incorporado tecnología extraterrestre a nuestros acorazados y aviones.

Piensen en ello. En el último siglo, hemos conseguido mayores avances en tecnología que en toda la historia de la humanidad, ¿y se supone que debemos creer que eso es algo natural, que es fruto de la mente humana?

Anda ya. Alguien nos enseñó a volar y a dividir el átomo.

En este preciso momento, hay instalaciones militares que cuentan con rayos láser capaces de alcanzar un blanco a miles de kilómetros.

¿De verdad creen que eso lo hemos conseguido nosotros solos?

Y una mierda. Lo que nos lleva, por supuesto, a una pregunta: por qué.

Amigos oyentes, yo les diré por qué: para prepararnos.

Porque un día la verdad saldrá a la luz, y hará que todo salte por los aires.

Nada podrá detenerla. Sabremos la verdad sobre todas las cosas.

Y la verdad, claro, es que nos han estado preparando.

Hay mensajes ocultos en líneas de código, para convertirnos en seres serviles, para convertirnos en zombis.

—Me encanta —jadeó Art.

—Madre mía —farfulló Alex.

—A ver, está claro que no da una —dijo Art, sin referirse a nadie en especial, con los ávidos ojos clavados en la radio—.

Nadie os enseñó a los humanos a hacer nada.

Todo lo descubristeis vosotros solos. Buen trabajo, por cierto.

Bueno, en general. Parecéis más interesados en volar cosas en pedazos que en curar enfermedades.

En eso estáis un poco atrasados, aunque quién soy yo para juzgar.

Y no hay ninguna nave en la cola del cometa.

¿Sabéis siquiera de qué está hecha? O sea, la idea en sí es absurda.

Y aunque no lo fuera, no haría más eficiente el viaje por el espacio.

En todo caso, lo entorpecería. ¿Os podéis creer a este tío?

A ver, es la repera, pero, hombre, por favor...

Nate no sabía qué comentar al respecto.

—... y ahora, hablemos un poco más de Markham-Tripp.

Pueden ustedes verlo, amigos oyentes. Ahora resulta visible para el ojo desnudo.

Lo llaman «el acontecimiento del siglo».

Afirman que no volveremos a ver algo comparable en toda nuestra vida.

Pero ¿cómo es que no lo descubrieron hasta el año pasado?

¿No debería haberlo detectado la NASA hace mucho tiempo?

Tienen satélites de sobra ahí arriba. Bueno, los que aún no le han vendido al gobierno en la sombra para que espíe a los ciudadanos.

Ya hablamos de eso en la serie de dieciséis capítulos que radiamos en otoño.

Pero el Hubble debería haber previsto esto hace años.

¿Cómo es que un hombre llamado Markham y otro llamado Tripp fueron los únicos que se dieron cuenta?

Bueno, al menos eso es lo que nos dicen, ¿no?

Aclárenme una duda, amigos oyentes: ¿quiénes son Markham y Tripp?

¿Cómo es que no se ha publicado una sola foto suya?

¿Por qué nunca han aparecido en la tele?

Varios periódicos los han entrevistado, pero, por Dios, amigos ¿no ven que podría tratarse perfectamente de un montaje?

Bastaría con que un par de mandados, haciéndose pasar por astrónomos aficionados con sus telescopios de juguete, sus patios traseros con cercas de madera pintadas de blanco y sus dos coma cinco hijos, fingieran haber descubierto algo que ni siquiera los observatorios más potentes del mundo han podido detectar.

¿Saben lo que opino de eso, amigos oyentes?

Que me vienen ganas de pedir unos rollitos primavera, porque me suena a cuento chino.

Art prorrumpió en carcajadas de júbilo, palmoteando.

—Ya vienen, amigos —dijo Steven Cooper—. Ya vienen, y no hay nada que podamos hacer para detenerlos.

En el mapa de las Badlands figuraban varios lugares de acampada.

Se decidieron por Sage Creek, que parecía el más retirado.

Tardaron solo unas horas en alcanzar la entrada, donde le pagaron la tarifa a un chaval de aspecto aburrido con marcas de acné en la cara que estaba en una desvencijada caseta de madera.

Tras darles la bienvenida a Sage Creek con un desdén apenas disimulado, les dijo que no había agua corriente y que los retretes eran letrinas claramente señalizadas y que disfrutaran su estancia.

Art se mostró complacida. Hasta Alex parecía estar conforme.

Nate no oyó nada más después de la palabra «letrinas».

El terreno de acampada en sí era llano y apenas estaba acotado.

A lo lejos, se divisaban unos montes rocosos que se elevaban sobre el horizonte.

Alex se adentró cuanto pudo con la camioneta y la dejó en un sitio apartado del puñado de campistas que ya estaban instalados con sus pequeñas tiendas y sus barbacoas portátiles.

Art prácticamente arrolló a Nate para apearse y le pidió a Alex que le enseñara con urgencia qué era una letrina, porque se estaba orinando encima.

Acto seguido puntualizó diciendo que en realidad no se estaba orinando encima, sino que se estaba forzando a tener ganas de orinar para poder ver la letrina.

Dejaron a Nate sentado solo en la cabina, turulato.

A través del parabrisas, vio cómo se encaminaban hacia un cobertizo hecho con madera y cuerdas con pinta de venirse abajo en cuanto soplara la más ligera brisa.

Alex arrugó la nariz cuando estuvieron cerca, y Nate reprimió una carcajada al ver su expresión de horror.

Alex le dijo algo, y ella le agarró la mano e intentó arrastrarlo de vuelta a la camioneta.

Los perseguían unos hombres con helicópteros y fusiles.

La cría era de otro planeta.

No sabían adónde iban.

Él no sabía cómo iba a acabar todo aquello.

No sabía si tendría una vida a la que regresar.

Y, a pesar de todo, hacía mucho tiempo que no se sentía tan en paz.

Art había clavado los talones en el suelo para intentar impedir que Alex tirase de ella hacia la letrina.

Y Alex se reía . En su rostro se apreciaba una leve sonrisa, y se le habían formado pequeñas arrugas en torno a los ojos.

Se le veían los dientes, y estaba riéndose . Aquella visión dejó a Nate sin aliento.

Sí, eran fugitivos.

No, no sabían qué iba a depararles el día de mañana.

Pero en ese instante y en ese lugar, Nate casi se sentía... feliz.

Bajó de la camioneta.

—¡Alex, Alex! ¡Que he cambiado de idea! No quiero ver la letrina. ¡Suéltame, Alex!

—De eso, nada —repuso Alex, y Nate pudo oír la hilaridad en su voz—. Tú querías verla, y yo te la voy a enseñar. Créeme si te digo que no hay cosas peores en el mundo que estar en el desierto a cuarenta grados y que te obliguen a excavar letrinas para todos los demás.

—¡Pues muy bien, felicidades! ¡A mí no me cuentes tus batallitas, hombre! ¡Nate, Nate! ¡Ayúdame! ¡Sálvame!

—Ya, bueno —dijo Nate, reclinándose contra el capó de la camioneta—. Me parece que me voy a quedar aquí, si no te importa.

—¡Traidor! —jadeó Art, antes de desplomarse, con el cuerpo totalmente laxo. La mano de Alex que le asía el brazo fue lo único que impidió que acabara en el suelo. Pero sus pies se arrastraban sobre la hierba.

—No te preocupes, ya vendrá, tarde o temprano —le prometió Alex, lanzándole una mirada a Nate con ojos chispeantes—. Créeme, en algún momento tendrá que hacer caca.

Nate hizo una mueca.

—Preferiría que no hubieras dicho eso en voz alta.

La sonrisa de Alex se ensanchó.