Bajo mi piel Trece
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Trece

Dos días después, en Wahpeton, Dakota del Norte, se llevaron otro susto. Un poli los siguió desde la salida del pueblo a lo largo de un par de kilómetros, en un tramo recto de la carretera. Justo cuando pensaban que los iban a parar de nuevo, el coche patrulla giró en otra dirección.

Nate exhaló un suspiro de alivio y relajó las manos. Le habían quedado marcas de sus uñas en las palmas.

Alex apenas abrió la boca durante el resto del día.

Torcieron hacia el sur, y Nate sabía que viajaban sin rumbo.

Por la información dispersa que había conseguido arrancarle a Alex, el plan no iba más allá de alejar a Art de la Montaña lo más rápidamente posible.

Al principio tenían la intención de llegar más lejos, pero entonces Alex había recibido un disparo en la tripa y no estaban seguros de que fuera a sobrevivir, ni mucho menos de si Art conseguiría sanarlo hasta el punto de que pudiera moverse.

Habían dado con la cabaña por un puro golpe de suerte.

Aunque Nate suponía que el coche en el que se habían desplazado hasta ahí yacía en el fondo del lago Herschel, no hizo preguntas al respecto.

—¿Qué son las Badlands? —preguntó Art cuando cruzaron la frontera con Dakota del Sur.

Alex se volvió hacia ella antes de fijar de nuevo la vista en la serpenteante carretera que tenían delante. Nate se había ofrecido a conducir, pero al parecer Alex no tenía claro que fuera capaz de escapar del peligro si los descubrían. Intentó no sentirse muy insultado por ello.

—¿Qué?

—En la gasolinera le dijiste al ayudante del sheriff que nos dirigíamos a las Badlands.

—Es un parque nacional —le explicó Nate, porque Alex volvía a estar rumiando en silencio y no había manera de saber si respondería o no—. Me parece que descubrieron un montón de huesos de dinosaurio en ese lugar.

—Deberíamos ir —dijo Art.

Esto consiguió captar la atención de Alex.

—¿Es ahí...?

Ella sacudió la cabeza.

—No, para nada. Solo quiero ver los dinosaurios.

—Ya —dijo Nate—. Los dinosaurios se extinguieron hace mucho, ¿sabes?

Ella lo miró con extrañeza.

—Eso lo sabe todo el mundo, Nate.

—Entonces sabrás que en realidad no podremos ver dinosaurios.

Ella puso los ojos en blanco.

—A veces pareces muy listo.

—¿Y otras veces no?

Ella le sonrió.

—Otras veces lo que tienes es suerte de ser guapo. ¿A que sí, Alex?

Nate la miró, boquiabierto.

Alex frunció aún más el ceño.

—Deberíamos ir a las Badlands —decidió ella—. Por favor, no digáis que no. No quiero obligaros a cumplir mis designios con el poder de mi mente, pero lo haré si no me dejáis alternativa.

Nate se atragantó.

—Se está quedando contigo —dijo Alex, con un aire más gruñón que de costumbre—. No tiene ese poder.

—¡Eh, que él no lo sabía! ¿Por qué tienes que estropearlo todo?

Alex alargó el brazo hacia ella y le alborotó el cabello.

—Ya lo tienes lo bastante acojonado sin necesidad de inventarte esas cosas.

—No estoy acojonado —repuso Nate.

Art lo miró con los párpados entornados.

—Un poco, sí. Y no, antes de que me lo preguntes, no te estoy leyendo el pensamiento. Es solo que... te noto un poco inquieto otra vez.

—Qué ganas de que te vuelvas a tu planeta —masculló Nate.

Art se rio.

Pararon en una pequeña tienda rural a las afueras de Onaka para comprar un plano.

Art había exigido que la dejasen bajar de la camioneta para entrar, alegando que había estado prisionera tres décadas y que Alex tenía que llevarla consigo sí o sí.

Alex parecía querer discutir, pero Nate lo atajó, ofreciéndose a entrar en la tienda con Art mientras Alex los esperaba en la camioneta.

—Está bien —dijo Alex, aunque no daba la impresión de estar conforme. Se sacó la cartera y le tendió un par de billetes a Nate—. Pero entráis, compráis el mapa y salís. No os entretengáis.

Con una gran sonrisa, Art se puso de rodillas sobre el asiento y se inclinó para estamparle un sonoro beso en la mejilla. Esa expresión tierna que solo Art sabía arrancarle apareció por unos instantes en el rostro de Alex antes de desvanecerse de nuevo bajo su máscara. La cría se volvió hacia Nate.

—¿A qué esperas? Fuera. ¡Fuera!

Obedeciendo a la princesa espacial, Nate abrió la puerta y bajó de la camioneta.

Ella lo siguió a paso veloz antes de tomarlo de la mano y tirar de él hacia la tienda.

Sabía ponerse enérgica cuando la situación lo requería.

Nate consiguió echar un vistazo hacia atrás.

Alex los observaba a través del parabrisas. Nate le guiñó el ojo.

Alex no desvió la mirada.

Era una tienda pequeña, que vendía comestibles y artículos de baño básicos.

Había frigoríficos con refrescos y cajas con botellas de cerveza barata.

Atendía el mostrador un hombre mayor de rostro arrugado y amable.

Los saludó cuando entraron y la campanilla situada en lo alto de la puerta tintineó.

A su espalda, una radio antigua crepitaba sobre un estante, junto a los cartones de tabaco.

—Hola —dijo el hombre, con un ligero gesto de la mano—. ¿Los ayudo a encontrar lo que necesitan?

—Necesitamos un plano —anunció Art, arrastrando a Nate hacia el mostrador.

—Creo que con eso puedo ayudarlos —respondió él, sonriente—. ¿Algún plano en especial?

—Vamos a las Badlands.

—Ah —dijo él—. Buena elección. Seguramente tengo por aquí algo que puede serles de utilidad a los viajeros. —Alzó la mirada hacia Nate—. Así que de paseo, ¿no?

Nate asintió.

—Así es. —Más valía hablar lo menos posible.

—A ver qué encuentro —dijo el señor, hurgando en un cajón.

De la radio salía una voz casi frenética.

—... y no quieren que lo sepamos. Quieren mantenerlo en secreto.

Creen que no estamos preparados. Pero nosotros sabemos que eso no es así.

Sabemos de qué somos capaces y qué queremos.

Y lo que queremos es la verdad. ¿De verdad piensan que Markham-Tripp es solo un cometa?

¡Claro que no! Ya oyeron lo que dijo Johnny Brown ayer en este programa.

Él es astrónomo, sabe de lo que habla, y si dice que hay algo en la cola del cometa, muy idiota hay que ser para no creerle.

Del tamaño de Saturno, dice. ¿Cómo pueden pensar que no acabaremos por conocer la verdad?

¿Por qué cree el Gobierno de Estados Unidos que no veremos lo que ven ellos?

Yo les diré por qué, amigos oyentes: nos toman por borregos.

Nos ponen flúor en el agua y nos dicen que es por nuestra salud, cuando en realidad es para convertirnos en seres sumisos.

Los peces gordos de Washington, con sus sonrisas de políticos, nos dicen «confíen en nosotros, solo queremos lo mejor para ustedes».

Y luego lo rocían todo con pesticidas y dicen que es por el bien de los cultivos.

¿De verdad esperan que nos traguemos eso?

El hombre llevaba miles de años practicando la agricultura sin utilizar esos venenos.

Nadie hablaba de insectos que perjudicaran nuestro estilo de vida hasta el último siglo.

¿En serio creen que eso es cierto? No, no, no.

Están experimentando con nosotros. Nos están sometiendo a pruebas.

¡Estamos en el laboratorio más grande del mundo, y nadie se da cuenta!

Excepto ustedes, amigos oyentes. Por eso, es mi deber informarles de que en ese cometa hay algo.

Ya nos han visitado antes, de eso pueden estar tan seguros como de que el sol saldrá mañana.

Y están a punto de visitarnos de nuevo. Johnny Brown hizo fotos.

Él se da cuenta. Ya vienen, amigos. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer al respecto?

Nate fijó la vista en la radio. Se sobresaltó cuando el señor dejó caer un par de planos sobre el mostrador.

—Tendrán que disculparme —dijo, extendiendo la mano para apagar el aparato, interrumpiendo al comentarista a medio graznido—.

A veces me gusta escucharlo. Steven Cooper, se llama.

Es un chalado y dice muchas tonterías, pero son tonterías de las buenas, no sé si me entienden.

Teorías sobre conspiraciones y cosas así.

No me creo ni una palabra, pero me entretiene.

—Ya —consiguió balbucir Nate—. No... no lo conocía.

El hombre mayor se rio entre dientes.

—No me extraña. Tiene un programa de radio propio en el que habla de espantos y de que los rusos se cargaron a J.

F. K. y de las pruebas que tiene sobre ello, aunque nunca dice cuáles.

Y ahora que se acerca el cometa ese, está desatado.

Cree que es una señal. Hace un par de días invitó a un tío que decía ser astrónomo.

Según él, hay un ovni volando en la cola del cometa.

Tócate los huevos. —Bajó la vista hacia Art—.

Disculpa mi vocabulario, señorita. No vayas repitiendo eso por ahí, ¿entendido?

Art asintió.

—¿Yo? Jamás. ¿Un ovni, dice? Fascinante. No creerá en ellos, ¿verdad?

El hombre negó con un gesto.

—He visto cosas, desde luego. Pero ¿hombrecitos verdes? Eso son fantasías. A ver, si existieran, ¿por qué iban a venir aquí, habiendo tantos otros sitios?

—Para ayudar —dijo Art, muy seria—. A lo mejor este lugar es como un faro resplandeciente en medio de un inmenso espacio oscuro.

A lo mejor ven nuestro potencial, pero también la facilidad con que perdemos el rumbo.

Hay un equilibrio precario entre una cosa y otra, ¿no cree?

La línea que separa el amor del fuego es muy delgada.

El hombre arrugó el entrecejo.

—Supongo. Pero ¿no eres demasiado joven para pensar en esas cosas? Una chiquilla como tú debería estar jugando con muñecas, no elucubrando sobre platillos volantes.

—Tengo gustos muy particulares y variados —le dijo Art, cogiendo uno de los planos que había dejado sobre el mostrador—. Me pueden gustar las muñecas y el estudio de los ovnis a la vez. Que sea una niña no significa que no pueda decidir qué cosas me interesan.

—Tienes razón —dijo el señor pausadamente—. No era mi intención ofenderte. Aquí tu papá sabe mucho mejor que yo lo que te conviene.