Bajo mi piel Doce #5
55%

Doce #5

—Mientes —dijo Nate, que al parecer carecía de instinto de supervivencia—. Te he oído. He visto... lo que tú ves. —Omitió las palabras «en mí».

Alex volvió a arrugar el entrecejo. Nate se preguntó desde cuándo esto le resultaba reconfortante.

—Yo no...

—¿Significa eso que te gusto? —se preguntó Nate en voz alta, como si Alex no fuera capaz extender el brazo y estrangularlo con una mano—. Porque yo creo que significa que te gusto, al menos un poco.

—Para nada —replicó Alex—. No me gusta nada de ti.

—Eso sí que no es verdad. Al parecer, te gusta mi aspecto por las mañanas, cuando tomo café. He visto esa imagen un par de veces.

—Cállate —dijo Alex con los dientes apretados—. Eso no es... No sabía que habías visto eso. Y no significa nada. Solo estaba diciéndole a Art que, si me pasaba algo, estaría a salvo contigo.

—Vaya —se maravilló Nate—. Pues sí que te debo gustar para que pienses eso.

—Te odio —dijo Alex.

Nate sonrió en la oscuridad.

—Pues no me da esa impresión, tronco. ¿Qué tiene mi yo soñoliento que te pone tan...?

—Te echaré a patadas de la camioneta y te dejaré aquí sin pensarlo dos veces.

—Sí, sí, sí, claro. Ya lo pillo. Ya has tenido suficientes sentimientos por hoy.

Tranquilo. Parece que estés a punto de romper el volante.

Será mejor que no hablemos de cuánto te gusta pensar en mí riéndome o evocar cualquiera de otras imágenes mías que por lo visto has almacenado en tu cabeza.

Oye, que era broma, por Dios. No te atrevas a parar aquí, Alex.

Alex, que había reducido la velocidad y se había desviado al arcén, regresó a la calzada.

—¿Has terminado?

—He terminado. —No era cierto, pero decidió que el resto podía esperar.

Quería preguntarle por la mujer y el niño que había visto entre los demás recuerdos, pero ya había presionado bastante a Alex por un día.

Tenía cierta idea de quiénes podían ser, pero prefería no agobiarlo más de la cuenta—. Es que todo esto... me supera, ¿sabes?

—Normal —dijo Alex, aún en tono receloso—. Yo tuve tiempo para procesarlo, para entenderlo. Tú no. Todo llegará, pero uno no puede esperar que llegue de golpe. Creo que me había olvidado de eso.

—¿Te ha dolido?

—¿Qué cosa?

—Reconocer que estabas equivocado.

—No he reconocido nada.

Nate se rio por lo bajo.

—Claro, Alex. Lo que tú digas. —Bajó la mirada hacia Art. Sí, no cabía duda de que lo estaba dejando perdido de babas—. La quieres, ¿verdad?

Nate creyó que se quedaría sin respuesta.

Art le había dicho que a Alex le costaba expresar emociones, pero él no estaba del todo de acuerdo.

Sí que expresaba emociones, pero la mayoría de la gente no se daba cuenta.

A Nate no le importaba, porque recordaba las manos de Alex trenzándole el cabello a Art con destreza. Le bastaba con eso.

No obstante, Alex lo sorprendió.

—Ella es lo único que me queda —dijo.

Oír esto le dolió a Nate más de lo que esperaba. Había sentido la soledad de Alex, el modo en que lo envolvía como un escudo, su entrelazamiento con Art, como si ella formara parte de él. Nate lo comprendía más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Pero ¿seguro que no había algo más detrás...?

«Las cosas han cambiado. Necesitará a alguien como tú. No. ¿Sabes qué? A alguien como tú, no: a ti».

Nate había visto de cerca cómo le cambiaba la cara a la gente en el momento en que se le rompía el corazón.

Lo había visto en el rostro de su madre cuando se había quedado callada mientras su padre vociferaba que jamás aceptaría a un hijo maricón.

Lo había visto en su propio rostro, en el espejo, cuando había llegado a casa después de que lo despidieran por hacer algo de lo que nunca se habría imaginado capaz.

No quería que le ocurriera eso a Alex, otra vez. La mujer morena, el niño... Quizá tenía algo más que una idea aproximada de quiénes eran, de lo que habían sido para Alex, de a qué se refería el del agua al decir que el experimento consistía en ver cómo reaccionaría Art ante el dolor de él.

Pero ocurriría de todos modos. Si Artemisa Darth Vader se marchaba, si... regresaba al lugar del que procedía, volvería a ocurrir.

Y Nate lo presenciaría de cerca, por más que Alex se empeñara en guardárselo todo dentro. Si las circunstancias los obligaban a seguir juntos, claro.

Y si seguían con vida.

Ahora entendía por qué Art se lo había pedido.

Creía que Alex también lo sabía y estaba preparándose para decir adiós.

—También me tienes a mí —dijo Nate, incapaz de contenerse—. Estoy... ¿Vale? Solo tienes que... También me tienes a mí.

Alex guardó silencio.

Nate no esperaba respuesta. Tendió la mirada hacia el cielo nocturno y las estrellas, que resplandecían con fuerza ahí, en medio de la nada.

Una brillaba más que las otras.

Y parecía dejar una estela tras de sí.

—Anda —dijo—. Fíjate en eso. Es... ¿Cómo se llama? Markham no sé qué. El cometa. Creo que eso de ahí es el cometa.

Por toda respuesta, Alex soltó un gruñido, pero a Nate le pareció bien. Por algún motivo, lo reconfortó.

Contempló el cometa durante largo rato.

Al final, cerró los ojos y se durmió.