Doce #4
—No, no —se apresuró a decir—. Claro que no. Para mí tu papi es un héroe. Dejaré que se vaya con una advertencia. No me voy a llevar preso a nadie. Ni siquiera lo voy a multar.
Una lágrima solitaria le rodó por la mejilla a Art.
—Ay, muchas gracias, señor. Estamos de viaje, y sé que mi papi se pondría muy triste si se lo llevara de mi lado.
—No hay por qué ponerse triste —le aseguró el policía, y Nate no podía hacer otra cosa que contemplar la escena, asombrado por la habilidad con que la chiquilla estaba manipulando al hombre.
Habían tenido suerte de que no llevara a cabo una comprobación de la matrícula.
Ni siquiera coincidía con la de la camioneta que habían robado—.
Solo quería avisarles para que cambien la bombilla en cuanto puedan.
No querrán que los vuelva a parar la policía, ¿verdad?
—No, señor —dijo Art, sorbiéndose los mocos—. Me aseguraré de que él se ocupe de ello enseguida. Y aquí el amigo especial de papi también.
Al ayudante del sheriff le flaqueó la sonrisa ligeramente.
—Ya. Eso está... está muy bien. Bueno, que pasen una buena tarde.
Las lágrimas de Art se esfumaron tan rápidamente como habían aparecido.
—¡Gracias, agente! —gorjeó.
El policía asintió antes de girar en redondo y encaminarse hacia su coche, que estaba detrás de ellos. Arrancó, dio una vuelta en U y se alejó en dirección a la gasolinera.
—Uf, qué poco ha faltado —dijo Art, desplomándose en el asiento—. Menos mal que una de las primeras cosas que aprendí fue a controlar los conductos lacrimales, ¿verdad?
Nate no supo qué decir. Tal vez fue lo mejor.
No se quedaron en Havre. De hecho, Alex se propuso llegar lo más lejos posible de allí. En el siguiente pueblo, pararon a comprar una bombilla barata en un taller. Sin decir una palabra, Alex la cambió, y reanudaron la marcha de inmediato.
Bien entrada la noche, seguían en la carretera. Nate no preguntó adónde se dirigían, porque sospechaba que ni siquiera Alex lo sabía.
Art se había quedado dormida entre los dos, con la cabeza apoyada en el hombro de Nate y roncándole con suavidad en el oído. Aunque él estaba casi seguro de que a la muchacha se le caía la baba, le pareció cruel quitársela de encima, a pesar de que ella se había colado de algún modo en su cabeza.
Alex volvía a estar taciturno, y su cara dejaba ver a las claras que no estaba de humor para conversaciones de ningún tipo.
Nate lo dejó rumiar en silencio durante un par de horas.
Hasta que no fue capaz de soportarlo más.
No sabía cómo había aguantado tanto tiempo. Casi estaba decepcionado de sí mismo.
—Te he oído —dijo, y dio un respingo por lo fuerte que sonaba su voz dentro de la cabina después del silencio prolongado—. En mi mente. Y a ella también.
Alex soltó un gruñido.
—Esa respuesta no me vale, después de eso. No es momento para que te me pongas estoico, con todo lo que ha pasado. Te he oído, Alex.
Las manos de Alex se aferraron al volante.
—Ya lo sé.
—He visto cosas, Alex. Solo... imágenes. No he...
—Es un... Según ella, la palabra más apropiada para describirlo es «vínculo». Se trata de algo... familiar.
—Familiar.
—Así lo define ella... No tienen las mismas estructuras que nosotros. No nacen como nosotros. Pero tienen... familias, o al menos algo parecido. Ella... Antes me tenía solo a mí. Ahora estás tú también. Ha forjado un vínculo contigo, como el que había establecido conmigo.
—Y ahora me puede leer el pensamiento —dijo Nate en un tono que rayaba la histeria—.
Y tú también. —Intentó bloquear todos sus recuerdos de haber visto a Alex desnudo, porque eso era algo que no estaba dispuesto a compartir.
Sin embargo, cuanto más se esforzaba por no pensar en ello, más nitidez cobraban en su cerebro las imágenes de Alex con la piel brillante de sudor y el pecho agitado mientras se agachaba para...
—. Ay, la leche. No. Hasta aquí podíamos llegar. No te metas en mi...
—No puedo leerte la mente —dijo Alex con un suspiro—.
Y ella tampoco. Se trata de una conexión, como de radio o de teléfono, pero...
sin una radio ni un teléfono. No puedo ver ni oír nada que no quieras mostrarme.
Y lo mismo pasa contigo y con ella. Además, la conexión no está activa todo el rato.
Ella la hace posible. Ahora mismo no puedo. Tú tampoco.
Eso... no sirvió de consuelo a Nate.
—Antes de hoy, ¿habíais hablado de mí a través de vuestra magia vudú mental?
Alex soltó un resoplido. Nate supuso que debía de ser su versión de una carcajada.
—¿Esa es la pregunta que se te ocurre? ¿En serio?
—Pues sí. Y quiero que la respondas.
—Sí.
—¡Ajá! Lo sabía. ¿Cuándo? ¿Y qué dijisteis sobre mí?
Alex miró de reojo a Nate.
—La noche que apareciste, Art tenía curiosidad sobre ti. Yo quería pegarte un tiro en la cabeza y enterrarte en el bosque.
—Caray —dijo Nate—. Me pinchan y no sangro. Jamás me hubiera esperado eso de ti.
—Pero no lo hice.
—Gracias. Gracias por no volarme la tapa de los sesos. Te lo agradezco de corazón.
—No hay de qué.
—Estaba siendo sarcástico.
—Lo sé.
Nate no pudo alargar el brazo para arrearle una colleja, porque tenía a un alienígena encarnado en el cuerpo de una niña durmiendo contra su hombro.
—Me pones malo.
—Y tú eres un incordio.
—No te pases.
—Como un mosquito en la oreja.
—Sigue sin tener gracia.
Y, maravilla de maravillas, Alex soltó una risita. El sonido le gustó a Nate más de lo conveniente. Resultaba peligroso, como todo en aquella situación.
—La he oído —dijo despacio—. Y a ti.
—Ya hemos zanjado ese tema. Te estás repitiendo.
—Y tú has dicho que se trataba de un vínculo, de algo familiar.
—Así es.
—Así que ella me considera... ¿qué?
—No lo sé bien —reconoció Alex—. Hay... Es complicado.
En la Montaña, nadie lo entendía en realidad.
No había... Creían que era algo metafísico.
No había pruebas cuantificables del fenómeno.
Nunca había ocurrido... antes de que me asignaran su custodia.
Eso fue otra cosa que escapó a su comprensión.
Nada había cambiado, al menos desde el punto de vista físico.
Ella se vinculó a mí, y ellos creyeron que eso se reflejaría en los escáneres de mi cerebro, que se habrían producido cambios fisiológicos. Pero ahí no aparecía nada.
—Qué sorpresa, que no tengas nada entre las orejas.
—Ja, ja.
Nate se quedó pensativo.
—¿O sea que ahora me ve como parte de... esto?
A Alex no pareció ilusionarle mucho esta posibilidad.
—Eso parece.
Nate no supo cómo interpretar su comentario.
—Esto es una estupidez. Es la cosa más estúpida que me ha pasado jamás. No tengo palabras para expresar lo estúpido que es todo. Seguro que te das cuenta de lo ridículo que parece, ¿no?
—Ya lo superarás —dijo Alex—. Yo pasé por esa misma fase. Pensaba exactamente las mismas cosas que estás pensando ahora. O quizá incluso peores.
—Vale, de acuerdo. Pero tú has tenido diez años para asimilarlo. Yo solo dos semanas.
—Cierto —admitió Alex, aunque su voz destilaba resentimiento—. Ella es... complicada.
—Pues anda que tú...
—No creas.
Nate se planteó la posibilidad de dar por concluida la conversación y dejar tranquilo a Alex, al menos por el momento.
—¿Y tú qué? —dijo en cambio.
—¿Yo qué de qué?
—No ha sido solo Art.
El lenguaje corporal de Alex prácticamente pedía a gritos a Nate que retirara esta afirmación cagando leches.
—No sé de qué me hablas.