Bajo mi piel Doce #3
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Doce #3

Un complicado torbellino de imágenes le inundó la cabeza: la cabaña, el lago, un prado florido, una mujer morena, un chiquillo de brillantes ojos azules, y Nate, Nate, Nate.

Nate en la cocina por la mañana tomando sorbos de café con cara de sueño; Nate de pie a la orilla del lago; Nate durmiendo contra la ventana de la camioneta; Nate enfadado; Nate asustado; Nate riéndose; y él nunca se había visto así.

Parecía audaz, decidido y lleno de vitalidad.

Era demasiado pronto, y Nate se asfixiaba bajo aquella avalancha de imágenes.

Las acompañaba una montaña rusa de emociones, desde la rabia y el dolor hasta una confianza incierta y una angustia que Nate jamás había experimentado antes.

La intensa sensación de soledad que lo envolvía todo lo abrumaba, como si no tuviera a nadie en el mundo desde hacía mucho tiempo.

Parpadeó, sintiendo un nudo apretado en la garganta.

—¿Qué está pasando? —consiguió gemir.

De repente, lo asaltó un pensamiento claro e inequívoco.

«¿Nate?».

«Sí», dijo él.

La puerta de la tienda se abrió.

Alex, cuya voz había oído en su mente, caminaba hacia ellos, con una expresión dura.

A Nate se le erizó el vello.

Art suspiró contra su pierna.

—Lo has notado, ¿verdad? —dijo.

—Eh, usted —dijo de repente una voz antes de que Nate pudiera contestar—. Espere un momento.

El ayudante del sheriff había salido de la tienda para seguir a Alex, que se encontraba a solo medio camino de la camioneta. Este se detuvo, y la bolsa de plástico que le colgaba de la mano le rebotó en el muslo. Irguió la espalda y se dio la vuelta hacia el ayudante.

—¿Sí?

El policía no sonrió, pero tampoco se llevó la mano al arma.

—¿Esa camioneta es suya?

—Sí.

—Está guapa.

—Gracias.

—Estaba pensando en comprarme una igual.

—No me diga.

—Como lo oye. Ahora tengo una Ford, pero mi viejo tenía una Chevy cuando yo era un chaval. Me encantaba.

Alex se encogió de hombros.

—No me ha dado problemas.

—Así que Washington, ¿no?

Alex no respondió.

El ayudante del sheriff se detuvo a unos pocos metros de él.

—La matrícula. Es del estado de Washington.

—Ya.

—¿Está de viaje?

—Sí, con un colega.

—¿Adónde van?

A Dakota del Sur.

El policía asintió.

—Pues están dando un rodeo bastante raro para llegar ahí desde Washington.

—Hemos pasado por Glacier.

—Ah, qué bonito.

—Sí —dijo Alex, y Nate decidió en ese preciso instante que, si salían bien librados de esa y conseguían marcharse sin visitar el interior de un calabozo, obligaría a Alex a trabajar en su don de gentes.

—¿Qué hay en Dakota del Sur?

—Pero bueno... —masculló Art—. ¿Todos los humanos sois así de cotillas?

Nate se moría de ganas de ponerse a gritar.

—Las Badlands —respondió Alex.

—¡Ah, claro! —exclamó el policía—. Un parque nacional muy chulo si no han estado nunca.

—Es la primera vez.

—¿De acampada?

Alex asintió.

—Suena divertido. —El hombre echó una ojeada por encima del hombro de Alex hacia la camioneta. Nate estuvo a punto de saludarlo con un gesto, pero cambió de idea en el último momento—. ¿Usted con un colega, y nadie más?

—Nadie más —dijo Alex en un tono que parecía dar por terminada la conversación. Nate lo conocía bien. Lo había oído un montón de veces en el último par de semanas.

—Bueno, pues que tengan un buen viaje.

—Gracias.

El ayudante del sheriff giró sobre los talones y se dirigió hacia la tienda.

Alex reanudó su camino hacia la camioneta.

A Nate el estómago le dio un vuelco.

—Ah, una cosa —dijo de pronto el policía.

Alex apretó las mandíbulas antes de volverse hacia él.

—¿Está en el ejército? —preguntó el ayudante del sheriff .

Nate se preguntó si aquel hombre tenía impulsos suicidas.

La pistola estaba en la guantera. Le resultaría muy fácil sacarla de ahí.

Bueno, no tenía ni puta de idea de armas, pero usarlas no debía ser tan difícil, ¿verdad?

Quitar el seguro, apoyar el dedo en el gatillo, apuntar y disparar.

No era necesario matar a nadie. Bastaba con una advertencia. Seguro que no haría falta nada más.

—Lo digo porque su postura recuerda mucho la de un soldado —dijo el policía—. Mi viejo luchó en Corea. Llevaba su mismo corte de pelo y todo.

Nate sintió en sus carnes cuánto irritaba este comentario a Alex. De algún modo, percibió las ganas que tenía Alex de corregirlo, de decirle que no era un soldado, sino un marine, y que había una diferencia abismal entre una cosa y otra.

—Lo fui hace tiempo —dijo en cambio—. Cuesta romper con las viejas costumbres.

El ayudante del sheriff movió la cabeza afirmativamente.

—Gracias por su servicio. Yo nunca me alisté, pero sé lo que hay que tener para tomar esa decisión. Eso me lo enseñó mi viejo.

—Se agradece.

—No hay de qué. Bueno, no le entretengo más. Que pase un buen día. —Tras dedicarle un saludo marcial, se dio la vuelta hacia su coche.

Alex echó a andar al mismo tiempo que él. Se acercó al surtidor y empezó a echar gasolina a la camioneta.

El coche de policía no se movió.

El depósito tardó unos dos minutos en llenarse.

Dio la sensación de que tardaba horas.

Al final, Nate oyó el chasquido en el mango de la boquilla que indicaba que el depósito estaba lleno.

Alex enroscó la tapa y devolvió la manguera a su sitio.

Rodeó la camioneta por delante y abrió la puerta del conductor. Tiró la bolsa en el asiento antes de sentarse, sin dirigir la mirada a ninguno de los dos.

Se agachó, agarró los cables pelados y los frotó entre sí.

Nada.

El motor no arrancaba.

Volvió a juntar los cables.

No saltó la chispa.

Con un gruñido, Alex lo intentó por tercera vez.

Nada.

—Ay, la hostia —jadeó Nate.

—Art —dijo Alex con brusquedad—. Déjalo.

Art alzó la mirada. Tenía los ojos muy abiertos.

—Que lo dejes —dijo Alex, y, en el instante en que ella obedeció, Nate lo notó, aunque ni siquiera sabía qué estaba haciendo.

En un momento, tenía la cabeza llena de voces que no debían estar ahí, y, al momento siguiente, solo quedaban sus pensamientos.

Se sentía como si hubiera salido a la superficie después de pasar demasiado tiempo sumergido.

Aspiró una gran bocanada de aire cuando Alex juntó los cables una vez más, se produjo un chispazo y el motor cobró vida con un rugido.

Metió la marcha, y el vehículo salió de la gasolinera para enfilar la carretera.

—¿Qué coño ha pasado? —exigió saber Nate—. Vamos, no me jodas.

—¿Por qué? —gruñó Alex, y a Nate le llevó un instante percatarse de que la pregunta no iba dirigida a él, sino a Art—. ¿Por qué has...?

—Porque encaja —dijo Art—. Como tú. No es exactamente lo mismo, pero lo sabes tan bien como yo.

—Él no quería esto. No quería nada de esto.

—¿Se lo has preguntado?

—No me hace falta. Nos ha dejado bastante claro a los dos que... Mierda.

—¿Qué? —preguntó Nate, no muy seguro de querer saber la respuesta.

—Nos está siguiendo.

Nate se volvió hacia atrás por el parabrisas trasero.

El ayudante del sheriff iba detrás de ellos.

—Está metido en esto —dijo Art, sentada a los pies de Nate—. Y lo sabes. Está aquí, con nosotros. No se ha ido. No nos abandonará. No te abandonará a ti.

—No sigas —dijo Alex, en un claro tono de advertencia—. No sé qué crees que estás haciendo, pero déjalo ya, ¿me has oído?

—Que tú no seas capaz de verlo no significa que...

Las luces de emergencia del coche de policía se encendieron, emitiendo destellos rojos y azules.

—Mierda —espetó Alex, asestando un manotazo al volante—. Art, súbete al asiento. Y estate calladita, ¿me oyes? Nate, saca la pistola. Procura que no se vea.

Art se movió.

Nate no.

—Hazlo, Nate.

Nate se movió y tiró de la manija de la guantera, que se abrió de golpe. La pistola de Alex estaba sobre un montón de documentación.

—Como compruebe la matrícula, estamos...

—Lo sé.

—No puedes matarlo sin más.

Alex se resistía a mirarlo. Detuvo la camioneta en el arcén. Separó los cables pelados y al tiempo que el ruido del motor cesaba, los remetió en el salpicadero y colocó la tapa en su sitio con varios puñetazos.

Nate agarró el arma y se la puso en el regazo. Art le pasó su abrigo para que la tapara con él.

—Todo irá bien —le aseguró—. Ya lo verás.

Él intentó no estremecerse.

—Creía que habías dicho que no podías leer el pensamiento.

—Y no puedo.

—He oído...

—No te estaba leyendo el pensamiento, Nate. Madre mía. Vaya concepto tienes de mí. Aunque pudiera, no lo haría sin tu consentimiento. Solo he establecido una conexión contigo para que pudieras oír la conversación mental entre Alex y yo. Quería tenerte informado para que... ¿Por qué me miras así?

—¿Tú te escuchas cuando hablas? —inquirió Nate, deses­perado—. ¿A qué narices te refieres con «conexión»?

Ella frunció el ceño.

—No sé cómo dejarlo más claro. Lo he simplificado todo lo posible para que tu pequeño pero fascinante cerebro humano pudiera hacerse una idea rudimentaria de...

—Callaos de una puñetera vez los dos —soltó Alex—. Ni una palabra, ¿estamos? Ahí viene.

Alex bajó la ventanilla.

En efecto, el ayudante del sheriff se acercó al lado del conductor.

—¿Qué tal? —dijo, sonriente—. Espero no haberlos asustado. Solo quería... Vaya, vaya, vaya, pero ¿qué tenemos aquí? —Ensanchó la sonrisa al ver a Art—. Hola. No te he visto en la gasolinera.

—Estaba acostada —le dijo Art, con una voz que derrochaba dulzura—. Estaba muy cansada. Pero llevaba puesto el cinturón, como manda la ley.

—Pero qué ricura —dijo el hombre—. Así me gusta. Siempre hay que llevar el cinturón.

—Como quiero ser policía cuando sea mayor, me conozco bien la ley —dijo Art—. Papi dice que hay que ser muy valiente para eso, así que usted debe de serlo también.

—Bueno... —dijo el ayudante del sheriff con un ligero sonrojo—. No sé yo. Pero te agradezco el cumplido. ¿Este muchachote es tu papi?

Ella asintió.

—Es lo más.

—Pues debes decirle a tu papi que tiene fundida una luz trasera.

Ella soltó un grito ahogado.

—¡Papi! ¡Eso va contra la ley! —Los ojos se le arrasaron en lágrimas—. ¿Se lo va a llevar preso?

Esto pareció desconcertar al ayudante del sheriff .