Doce #2
No consiguió reunir las fuerzas para formular la pregunta. No estaba seguro de querer saber la respuesta.
En ocasiones casi podía forzarse a creer que se encontraba de viaje con un hombre y su hija.
Que se habían colado en su cabaña y luego lo habían obligado a embarcarse en dicho viaje tras aparecer unos soldados y unos helicópteros.
Estaba a punto de rayarse cuando vio el letrero.
Havre, Montana.
—Pararemos aquí —dijo Alex—. Será solo un momento. Llegamos, repostamos y nos vamos. Buscaremos un lugar en la carretera donde pasar la noche.
Nate se quedó callado.
Hacía más frío ahí que en el lago Herschel. Todavía quedaban en el suelo restos de una nieve sucia y gris. Havre en sí no era nada del otro mundo. Se parecía a todos los pueblos por los que habían pasado en la última semana. El sol brillaba débilmente en el cielo, entre nubes finas y ligeras.
Se detuvieron en la primera gasolinera que encontraron. Art estaba en el suelo de la camioneta, con la cabeza apoyada en la rodilla de Nate, aún embebida en la lectura. Nate le pasó la mano por el pelo. Con un leve murmullo, ella se inclinó contra sus dedos.
Había cuatro surtidores en la gasolinera.
La sin plomo estaba a un dólar veinte, lo que hizo refunfuñar a Alex.
Cuanto más al norte iban, más cara salía.
Unos días antes, Nate había abordado el tema del dinero y preguntado con qué estaban pagando aquel improvisado viaje.
Alex se había quedado mirándolo largo rato antes de mostrarle el contenido de un bolsillo secreto en su bolsa de lona.
Dentro había rollos de billetes sujetos con gomas elásticas.
Solo le había dejado echar un vistazo muy breve antes de cerrar la bolsa de nuevo, pero con eso había bastado.
—Lo tenías planeado —le había dicho Nate, intentando mantener un tono tranquilo—. Lo de huir con ella. Lo habías planeado.
Alex negó con la cabeza.
—No de manera deliberada, al principio. Pero cuando lo decidí, tuve que extremar precauciones. Ellos empezaban a sospechar. Al final me llevó un año.
Nate no había dicho gran cosa tras eso, pues lo de «ellos empezaban a sospechar» lo había dejado pensativo.
Ese omnipotente «ellos». Los de la Montaña.
Los que habían tenido prisionera a Art. «Ellos» eran quienes los perseguían, seguramente encarnados en la figura del tío del agua. Querían recuperarla.
Nate entendía por qué.
Se detuvieron junto al surtidor. La tapa del depósito estaba del lado del pasajero.
Alex apagó el motor.
—Vuelvo enseguida.
Nate le dedicó una sonrisa tensa. Esas paradas siempre le producían acidez estomacal. Le alteraban un poco los nervios. Aunque nunca había pasado nada, se ponía paranoico. Tenía derecho, después de todo lo que había aguantado.
Alex abrió la puerta y bajó de la camioneta. Se detuvo un momento y extendió los brazos por encima de la cabeza para estirarse. Nate definitivamente no se fijó en los centímetros de piel de su espalda que quedaron al descubierto cuando la camisa de franela se le levantó por encima de los vaqueros.
Alex cerró la puerta tras de sí.
Nate observó cómo miraba alrededor, inspeccionando la gasolinera. Había un coche aparcado frente a la pequeña tienda multiservicio. En la zona de surtidores solo estaba su camioneta.
Fácil y rápido.
Alex rodeó el vehículo por delante y se alejó hacia la tienda.
El motor iba emitiendo chasquidos a medida que se enfriaba.
El ambiente dentro de la cabina estaba un poco cargado. Nate abrió ligeramente la ventana y se llenó los pulmones de aire fresco.
Art pasó otra página.
—Alex te aprecia —dijo de pronto.
—Ya me lo has dicho —repuso Nate, con la mano aún sobre la cabeza de la muchacha.
—Lo sé. Solo quería recordártelo por si lo habías olvidado.
—No lo he olvidado.
—Está bien. Lo que pasa es que a veces se comporta como si no fuera así.
—Ya me he dado cuenta.
—No sabe cómo expresar sus emociones.
Nate soltó un resoplido.
—Es una forma suave de decirlo.
Ella alzó los ojos entrecerrados hacia él.
—No le des la espalda.
—Yo no... ¿A qué viene eso?
—Va a necesitar a alguien... después.
A Nate no le gustó cómo sonaba eso.
—¿Después de qué?
Art se mordió el labio inferior.
—De que me vaya a casa. Cree... cree que puede estar solo. Pero no le hace bien. Él... necesita a alguien. Como tú.
Nate no había pensado tan a largo plazo, salvo aquella noche, en el motel.
Se preguntó si era porque no acababa de creérselo del todo.
Por supuesto, no dudaba que algo de cierto tenía que haber.
Después de todo, había visto vehículos militares arrojados contra helicópteros.
Pero la idea de un «después» se le antojaba muy vaga, en el mejor de los casos.
Habían estado viajando casi sin rumbo, aunque Alex le preguntaba a Art de vez en cuando si «percibía» algo.
Ella negaba con un gesto y decía algo así como que aún no había llegado el momento, pero que, cuando llegara, sabría el cuándo y el dónde.
En cuanto a lo que quería decir con esto...
, Nate no sabía si estaba preparado para averiguarlo aún.
Así que no. No había pensado en el después. A duras penas pensaba en el mañana. Habría pensado que sufría una fuga disociativa de no ser por la asombrosa nitidez de cuanto lo rodeaba, como si viera en color por primera vez.
—Dudo que vaya a necesitar nada —dijo Nate con lentitud.
Ella sacudió la cabeza.
—Te equivocas. No es el mismo de antes. Las cosas han cambiado. Necesitará a alguien como tú. No. ¿Sabes qué? A alguien como tú, no: a ti.
Nate dirigió la mirada hacia la tienda a través de la ventana.
Se alcanzaba a ver el interior. Alex estaba frente a los frigoríficos para bebidas, seguramente con el fin de sacar un zumo para Art y un Gatorade para Nate.
Este le había pedido uno la primera vez que se detuvieron a repostar, y desde entonces Alex no había dejado de comprarle una botella en cada parada.
Eso no... no significaba nada. Seguramente Alex lo hacía solo para cerrarle la boca y no tener que oírlo lloriquear por la sed que tenía. No había problema. Ningún problema.
—No sé si eso es verdad —dijo por fin—. Se apañará bien solo.
Esta respuesta no le gustó a Art.
—¿Por qué no me crees?
—No es que no te crea, sino que... Hostia.
—¿Qué?
No le hizo caso, pues estaba concentrado en el coche marrón que acababa de parar delante de la tienda.
Llevaba unas palabras escritas en el costado.
SHERIFF DE HILL COUNTY.
—Agáchate —le susurró a Art—. Y no te muevas.
—¿Es él? ¿El del agua?
El hecho de que la cría se hubiera quedado con el mote que Nate le había puesto al Sometedor habría sido para troncharse si él no se hubiera sentido de pronto como si le hubiesen tirado un cubo de agua helada en la cabeza.
—No. Es un poli.
—¿Y Alex?
—Sigue dentro. —Y no había reparado en el recién llegado. Se aproximaba al mostrador con las botellas de plástico en la mano. Nate gritó para sus adentros, como queriendo indicarle telepáticamente que volviera la mirada, que girara la puta cabeza para que...
Y eso fue justo lo que Alex hizo. En un instante, estaba hablando con el dependiente de la tienda, y, al instante siguiente, dirigió de golpe los ojos entornados hacia el escaparate, justo a tiempo para ver al ayudante del sheriff bajarse del coche.
Era un hombre achaparrado, rubio y con entradas.
Tenía las mejillas sonrosadas, y unas gafas de espejo le ocultaban los ojos.
No estaba mirando al interior de la tienda.
No, su atención estaba puesta en la camioneta.
La contempló unos momentos con la cabeza ladeada.
Saludó a Nate con una inclinación de la cabeza cuando lo vio a través del cristal, y dio la impresión de que se disponía a acercarse.
En vez de eso, se volvió hacia el establecimiento y cerró tras de sí la puerta del coche.
Nate notó que una mano le apretaba la rodilla.
Bajó la vista.
Art tenía la frente apoyada en su muslo y los dedos clavados en sus vaqueros. Su respiración era superficial y agitada, como si estuviera al borde de un ataque de pánico.
—Art —musitó él—. Art.
Ella no contestó.
—Mierda —farfulló Nate, dirigiendo de nuevo la mirada a la tienda.
El ayudante del sheriff estaba dentro. Alex se encontraba frente al mostrador.
El dependiente estaba cobrándole. El ayudante se acercó a los frigoríficos, pero se paró en seco, con una ligera rigidez en los hombros.
Echó un vistazo por encima del hombro a Alex.
Acto seguido, miró a la camioneta a través del escaparate.
—Venga —dijo Nate—. Vamos, date prisa, date prisa.
Art siguió respirando agitadamente.
Nate le apretó la cabeza con la mano.
Los pensamientos se agolparon en su cabeza: cosas como «larguémonos», «por qué tarda tanto» y «no pasa nada, todo va bien».
Y entonces irrumpió una voz que no era la suya, una voz invasiva, desgarradora y aguda que decía «Alex, Alex, Alex, por favor, no me dejes, por favor, no te pongas en peligro».
Nate conocía esa voz.
Bajó despacio la mirada hacia la pequeñaja, que estaba sentada en el suelo de la camioneta.
Tenía los ojos cerrados. Su pecho subía y bajaba.
Y entonces Nate oyó en su mente una tercera voz, ronca y profunda, que le decía «prepárate por si tenemos que ponernos en marcha. Si hace falta, te vas con él. Él te mantendrá a salvo. Nate es...».