Bajo mi piel Doce
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Doce

Salieron con rumbo este.

Nate preguntó hacia dónde se dirigían.

Art alzó la vista hacia él con una sonrisa de oreja a oreja.

—No tengo ni idea. ¿A que mola?

Nate lo dejó correr.

Circulaban por carreteras secundarias. Alex dijo que las principales quedaban descartadas, aun suponiendo que fuera posible tomar alguna. No podían correr ese riesgo.

No aparecían en las noticias. Nate no encontró ninguna emisora de radio que hablara de ellos, ni una sola mención en los periódicos que compraba cuando paraban a repostar gasolina.

Según Alex, eso no significaba que no hubiera civiles buscándolos.

Había bestias en Montana.

Art exigió que pararan, dando brincos en el asiento y estirándose por encima de Nate para pegar la cara a la ventana.

—¡Alex! —exclamó—. ¿Los has visto, Alex? ¡Alex, para, para, para!

Nate creyó que Alex seguiría adelante, alegando que no tenían tiempo de parar.

Art había dicho que el tiempo era fluido, que podía doblarse.

Alex paró. En un prado llano con un telón de fondo de montañas coronadas de nieve, pastaba una manada de bisontes. Parecía haber decenas de ellos.

Sin esperar siquiera a que Alex apagara el motor, Art pasó gateando por encima de Nate y abrió la puerta para bajar. Hacía fresco. Nate la siguió con la mirada un momento antes de volverse hacia Alex para comentarle que era un detalle que hubiera parado.

Pero Alex no estaba ahí.

Su puerta estaba abierta y él cruzó por delante de la camioneta.

Desde lo alto de un terraplén, Art contemplaba los bisontes de abajo. Agitaba los brazos como loca, y tenía el rostro radiante cuando echó un vistazo por encima del hombro a Alex, que se acercaba por detrás. Él no abrió la boca, pero daba igual; Art hablaba por los dos.

Nate decidió quedarse donde estaba.

Aquello no le incumbía.

No tenía nada que ver con él.

Alex volvió la mirada hacia la camioneta y, arqueando una ceja, inclinó la cabeza en dirección al prado.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, Nate se apeó del vehículo.

—... y son mucho más grandes de lo que creía —se maravillaba Art, con la naricilla un poco roja—. ¡O sea, los he visto en fotos, pero no hay color! ¡Fíjate! Son enormes. ¡Anda la osa, pero si también hay bebés! ¡Alex, Nate! ¡Mirad a los bebés!

Nate se acercó hasta detenerse junto a Alex, rozándole el hombro con el suyo sin querer. El hombre despedía calor. Nate no se apartó.

Pero, de pronto, se quedó sin aliento, porque Art tenía razón. Eran enormes, mucho más grandes de lo que hubiera imaginado. Y estaban cerca. Los oía resoplar y husmear mientras pastaban con la cabeza gacha.

—Caray —jadeó—. Es... uah.

Art se rio.

—¿Verdad que sí? Eso mismo he dicho yo.

—¿Alguna vez los habías visto? —le preguntó Alex.

—Qué va. En Washington D. C. no hay muchos bisontes.

Alex puso los ojos en blanco.

—Me lo imagino.

—¿Y tú?

Alex tendió de nuevo la mirada hacia los animales.

—En una ocasión. Hace mucho tiempo. Fue... Sí.

Nate no le pidió más información. Ya había recibido más de la que esperaba.

Pero entonces, Alex siguió hablando.

—Cuando era un chaval. En un viaje por carretera que hicimos a Glacier Point, en Yosemite. No había vuelto a verlos desde entonces.

Art levantó la mirada hacia ellos, echando la cabeza atrás.

—¿Eran así de grandes?

Alex se encogió de hombros.

—Más grandes todavía.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Saben a beicon? —preguntó entonces—. ¿Podemos comernos uno para averiguarlo?

A Nate se le escapó una tos explosiva.

Él hacía preguntas. Claro que hacía preguntas. Formaba parte de su naturaleza, de su esencia.

El problema de hacer preguntas era que a veces no quería saber la respuesta. No exactamente.

—Los grises —dijo de improviso mientras avanzaban por una carretera llena de baches.

Art emitió un murmullo, pero no despegó la vista de su libro.

—Esos extraterrestres cabezones, con grandes ojos negros —añadió, respirando agitadamente por la nariz.

—¿Qué les pasa? —preguntó ella.

—¿Ellos... existen?

La muchacha alzó la mirada hacia él.

—¿De verdad quieres saberlo?

Él asintió despacio.

—Sí, existen.

—Ah —dijo Nate, sin saber muy bien qué pensar de ese dato que acababa de recibir.

—Ya, pero la verdad es que son unos capullos. En serio. Si alguna vez te topas con uno, rómpele la cara.

Nate tampoco supo qué pensar de eso.

Art crispó las facciones.

—Están obsesionados con las sondas. Sí, vale, ya lo pillamos, queréis saber cómo son por dentro, pero, por Dios, tíos, que para eso están los escáneres.

No hay necesidad de ir metiendo cosas por el ano para averiguarlo.

Yo creo que es que tienen un fetiche con el recto.

¿Sabes lo que son los fetiches? Yo sí. Es lo que...

—Art... —la reconvino Alex.

Con un suspiro, la niña devolvió su atención al libro.

Nate bajó la ventanilla e intentó tomar todas las bocanadas de aire fresco posibles.

No volvió a hacer preguntas durante el resto el día.

Seguían un protocolo cada vez que hacían una parada.

No querían que los vieran juntos. Ver a dos hombres viajando con una niña era algo que se quedaba grabado en la memoria. En los moteles no había problema. Aparcaban lejos de la recepción, y Alex o Nate entraban primero, dejando a los otros dos esperando en la camioneta.

Hacían lo mismo con la comida. Solo uno de ellos entraba a comprarla.

Parar en las gasolineras resultaba más complicado. En algunas había cámaras. Art se escurría en el asiento y se tumbaba junto a las piernas de Nate, mientras Alex iba a pagar. Luego regresaba y llenaba el depósito. Era un proceso rápido y sencillo. Nadie se fijaba en ellos.

Hasta que llegaron a Havre, Montana.

Era una ciudad pequeña, cerca de la frontera con Canadá.

Se habían desviado hacia el sur antes de encaminarse de nuevo hacia el norte.

Estaban gastando rueda, esperando a que sucediera algo, a que Art les indicara el camino.

Según ella, aún no había llegado el momento, pero, cuando llegara, sabría adónde debía ir y cuándo.

Había intentado explicárselo a Nate, decirle que ella notaría un tirón en la mente, porque en el lugar del que procedía no necesitaba hablar.

De hecho, no había tenido boca hasta que poseyó a Oren.

Esto había dejado rayado a Nate durante horas.

Ella se había reído de él.

Alex la había reprendido.

Ella se había disculpado.

Nate no estaba muy seguro de que su disculpa fuera sincera.

—Tenemos que parar —anunció Alex, más o menos una semana después de que Art, sentada sobre una mesa de pícnic, informara a Nate de que era una alienígena de otro planeta—.

Hay que repostar. —Era última hora de la tarde y seguramente pronto tendrían que buscar un sitio donde pasar la noche.

En la caja de la camioneta llevaban unos sacos de dormir de alto rendimiento que habían conseguido sacar de la cabaña antes de huir.

Art propuso de inmediato que durmiesen en ellos.

Nate dijo que prefería una cama, si era posible.

Nunca había visto tanta frustración reflejada en el rostro de una princesa espacial.

Casi se sintió culpable.

Art asintió, sin dejar de leer.

—Avísame cuando tenga que descabalgar, forastero. Estoy con un vaquero a punto de involucrarme en un tiroteo para salvar a la mujer de mis sueños de las garras de su tío, un magnate del petróleo.

Alex se volvió hacia Nate.

—Tú tienes la culpa de que le gusten esos libros.

Nate puso los ojos en blanco.

—Solo porque tú no sabes leer.

—Sí que sabe —repuso Art—. Lo que pasa es que no le gusta, porque no tiene imaginación.

—¿Y tú sí? —inquirió Nate, incapaz de contenerse.

Ella alzó la mirada de la página.

—Claro. Como la mayoría de la gente, ¿no?

En momentos como ese, Art parecía tan humana que a Nate casi se le olvidaba lo que ella le había revelado en aquel apartadero en mitad de la nada; que, en esencia, venía a ser un fantasma que había poseído el cuerpo de una niña en coma que no despertaría jamás.

Y cuando se lo recordaba, hablando de cosas como tener o no imaginación, el pánico amenazaba con invadirlo de nuevo.

Él nunca había pensado mucho en ello, en las implicaciones que podía tener el descubrimiento de que los humanos no estaban solos en el universo.

Era pura ciencia ficción, marcianos que bajaban en sus naves, volaban edificios en pedazos e intentaban esclavizar a la raza humana; hombrecitos verdes con láseres o robots de dedos larguiruchos; monstruos del espacio profundo.

Para Nate no eran más que eso. Nunca había tenido motivos para creer otra cosa.

Y, sin embargo, ahí estaba ella, atrapada en el cuerpo de una niña de diez años.

Le gustaba leer y el beicon. Y, con las gafas de sol en la frente, lo contemplaba con una expresión llena de curiosidad, como si estuviera ansiosa por conocer su opinión.

Esto se alejaba tanto de lo que Nate consideraba posible que no tenía ni puta idea de qué podía significar.

—Sí —dijo, a falta de una respuesta mejor—. Supongo que como la mayoría de la gente.

Ella asintió antes de centrarse de nuevo en su libro.

—Pero Alex no.

—Alex no.

—No tengo tiempo para imaginaciones —rezongó el aludido, lanzando miradas furtivas a Nate como si supiera exactamente en qué estaba pensando.

Art había sido... poco explícita respecto a su lugar de origen.

Decía que estaba mucho más lejos que el sitio más remoto al que habían llegado los humanos, lo cual...

vale, seguramente era cierto, porque el universo era inmenso, y, por lo poco que sabía Nate sobre astronomía y viajes espaciales, dudaba que hubieran llegado mucho más allá de su propio sistema solar, y menos aún que hubieran salido de la galaxia.

Recordaba vagamente haber leído una frase de Carl Sagan en la que decía que había más estrellas en el firmamento que granos de arena en toda la tierra.

En aquel momento, apenas le había dado que pensar.

En cambio, ahora...

Le inspiraba pensamientos maravillosos y terribles a la vez.

Se planteó preguntarle a Art si había otros ahí fuera. Otros... extraterrestres. Aparte de los capullos de los grises.