Bajo mi piel Once #5
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Once #5

—Era otra prueba —gruñó Alex—. Lo fue desde el primer momento. Para ver cómo nos comportábamos, qué hacíamos contigo, ahí fuera, en el mundo real.

—Te la llevaste —dijo de nuevo Nate—. De ese lugar, de la Montaña.

—Tuve que hacerlo.

—Renunciaste a todo, a tu vida, a tu trabajo, para sacarla de ahí.

—Sí.

—¿Por qué?

—Eso no importa. Deberíamos dormir.

Aquello no le sentó bien a Nate.

—No me parece justo.

—Me la suda —dijo Alex, empujándose hacia el cabecero de la cama.

—Ni se te ocurra seguir ocultándome cosas, joder.

—Haré lo que me salga de los cojones.

—Obviamente —dijo Nate con amargura.

—¿Qué coño quieres decir con eso?

—¿Qué pasará después?

—¿Después de qué?

—De esto. Cuando hayas conseguido llevarla adonde la tienes que llevar.

¿Qué pasará entonces? ¿Qué se supone que haré yo?

¿Volver a mi vida de antes? ¿Volver a...

? —¿A qué? Nate no tenía nada, en realidad.

Absolutamente nada. La cabaña era lo único que le quedaba.

También la camioneta, pero había acabado en el fondo de un barranco—. ¿Y mi hermano?

—¿Qué pasa con él?

—Tiene familia. Si saben quién soy, también saben quién es él.

Alex no contestó.

—Piensas en ella —dijo Nate en voz baja—. Lo entiendo. De verdad que sí. Pero ¿alguna vez te paras a pensar en lo que me has hecho a mí?

Silencio.

—No, ¿verdad? Porque haces lo que te sale de los cojones. Da igual quién se interponga en tu camino. Tú me metiste en esto. Todo lo que suceda de ahora en adelante será culpa tuya. Y a lo mejor a ti te pasó lo mismo. Tal vez tú no pediste nada de esto. Fue por ella. Pero tienes que recordar...

De pronto, algo le vino a la memoria: ese pequeño detalle que había olvidado en medio de todo el follón. Randy, el del agua, que en realidad no era el del agua, sabía más cosas sobre Alex. ¿Qué había dicho? Algo sobre su expediente. El expediente de Alex. Que era muy detallado y que...

«¿Alguna vez te has preguntado por qué te eligieron a ti, habiendo tantos otros? Te escogieron porque estabas roto por dentro, porque querían comprobar si se pegaría a ti, como a un organismo huésped, en simbiosis.

»Querían ver qué era capaz de hacer ante el dolor humano. Creo que incluso los sorprendió lo lejos que llegó la cosa. Te considerabas poco más que un canguro. No sabías que formabas parte del experimento».

—¿Quién era? —susurró Nate—. ¿Por qué estabas de duelo? ¿A quién habías perdido...?

—Basta. —Era una sola palabra. Dos sílabas. Pero Nate oyó todo lo que Alex no había dicho. Era una advertencia. Una amenaza. Nate podía seguir insistiendo, presionándolo, pero eso no acabaría bien. Para ninguno de los dos.

Se tendió en la cama y se quedó contemplando el techo, con los pies colgando por el borde.

Las sombras se alargaron sobre las paredes.

Aunque transcurrieron varios minutos, sabía que Alex no dormía.

Nate estaba agotado, pero no podía cerrar los ojos.

De pronto, Alex habló.

—Hice lo que tenía que hacer —dijo en una voz apenas más audible que un susurro.

Nate guardó silencio.

—Ella no... Nadie se merece estar en una jaula. Nadie.

Al cabo de unos momentos, Alex se quedó dormido.

Nate permaneció despierto hasta bien entrada la noche.

Poco antes del alba, salió de la habitación con sigilo, dejando a Art y Alex durmiendo en la cama.

El aire de la montaña era frío. Vio el aliento que se arremolinaba en torno a su rostro. Se subió el cuello del abrigo y se frotó los brazos.

Un camión maderero pasó sin reducir la velocidad.

La recepción del motel estaba a oscuras.

No había otros coches en el aparcamiento. La camioneta se encontraba delante de la habitación, inmóvil. Frente a la recepción, cerca de la calzada, había un poste eléctrico de madera.

Y, al lado, había una cabina.

Nate dirigió la vista hacia la puerta de la habitación que había cerrado tras de sí.

Pensó en volver a entrar, en quitarse el abrigo, meterse en la cama y taparse hasta la cabeza con la delgada y rasposa colcha, para esperar a que Alex se levantara y mascullara que debían volver a la carretera.

«Haré lo que me salga de los cojones».

Nate se dirigió hacia la cabina.

La puerta de metal chirrió al abrirla.

Se hurgó en el bolsillo de los vaqueros y sacó el par de monedas de veinticinco centavos que había encontrado en el fondo de su bolsa de lona.

Las introdujo en la ranura.

Descolgó el auricular.

Se lo apretó contra la frente y respiró hondo.

Acto seguido, marcó el número que se sabía de memoria.

Intentó recordar qué día era mientras empezaban a sonar los pitidos de llamada en medio de las crepitaciones de la línea.

Veía perfectamente en su cabeza la casa a la que estaba llamando, aunque solo había estado ahí una vez. Había sido... antes. Antes de que sus padres lo pillaran en la cabaña. Antes de que todo se fuera a la mierda.

El tono sonó siete veces hasta que contestó una voz pastosa de sueño, con una sola palabra.

—¿Sí?

A Nate no le salía la voz.

—¿Hola? —dijo la voz, un poco más despierta y enfadada—. ¿Quién es? ¿Tiene idea de qué hora...?

—Ricky.

Se produjo un momento de silencio.

—¿Nate? ¿En serio? Pero ¿qué...?

—Sí.

—¿Por qué llamas tan temprano? —«Es más, ¿por qué llamas?».

Lo dejó pasar.

—Necesito que me escuches —dijo—. No hables. Solo escúchame.

—Pero ¿por qué...?

—Rick.

—¿Qué?

—Unas personas te van a hacer preguntas sobre mí. Lo siento. Sé que... sé que no te... Lo que te van a decir es mentira. Necesito que lo recuerdes. No te creas nada de lo que te digan... ¿Te acuerdas de cuando me enseñaste a hacer cabrillas en el lago?

—¿Nate? —La voz ahora estaba teñida de alarma—. ¿Qué está pasando? ¿Dónde estás?

—Da igual. A ver... No sé cuándo vamos a poder hablar de nuevo, ¿vale?

Y solo quiero que sepas que... no estoy enfadado.

Por nada de lo que pasó. Quiero que lo sepas.

No estoy enfadado. Están ocurriendo cosas más grandes que tú y que yo.

Cosas que pensaba que no iba a ver en la vida. Cosas que jamás creerías.

—¿Has bebido? Nate, ¿qué coño me estás...?

—Te quiero.

Rick se quedó en silencio. Por un momento, Nate creyó que había colgado.

—Nate —dijo de pronto—. ¿Estás bien?

Nate soltó una carcajada ronca.

—No lo sé. Ya no lo sé. Pero está pasando algo gordo. No te lo puedo explicar. Y solo necesitaba... volver a oír tu voz. ¿Te acuerdas de las cabrillas?

—Me acuerdo —dijo Rick con un suspiro—. No se te daban muy bien.

—Ya. Pero aprendí. Tú me enseñaste. Hay... ¿me crees cuando te digo que hay cosas más grandes que nosotros?

—No entiendo... Nate, ¿qué estás diciendo?

—Nada. Nada. Tengo que dejarte. Solo quería... darte las gracias. Por enseñarme a hacer cabrillas.

—Nate, espera...

Colgó el teléfono.

Le temblaban las manos.

Al cabo de unos momentos, salió de la cabina y regresó al cuarto del motel.

Alex y Art no se habían movido.

Ella roncaba contra el hombro de él.

El pecho de Alex subía y bajaba.

Nate se acostó de nuevo a esperar a que saliera el sol.