Once #4
Ella lo miró, enarcando una ceja.
—Es una pregunta muy vaga. ¿Por qué qué?
Él se sentía vacío por dentro.
—¿Por qué aquí? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué vinisteis aquí? —Se enjugó una lágrima que le resbalaba por la mejilla.
Y cuando ella se inclinó hacia delante y le sujetó el rostro con las manitas, él no dio un respingo.
—Creéis que estáis solos. Creéis que estáis perdidos. Queríamos demostraros que existe mucho más que este lugar. No vinimos a haceros daño, ni tampoco a salvaros. Solo vosotros podéis hacer eso. Vinimos para ser vuestros amigos. Para haceros comprender que, a fin de cuentas, nunca estáis solos.
Después de esto, Nate se dejó llevar por el sueño.
Otro motel sin nombre en medio de la nada. Habían cruzado la frontera del estado de Washington a última hora de la tarde. Nate dudaba que supieran exactamente adónde se dirigían, pero no se lo preguntó. No encontraba las palabras.
Fueron a buscar algo de comer y lo dejaron solo en la habitación.
Nate, sentado en el borde de una de las camas, se contemplaba las manos.
Bajo la pálida piel de sus palmas, veía la forma tortuosa de las venas.
Giró las manos para mirar el dorso, y entrevió los huesos bajo la piel al mover los dedos arriba y abajo.
Le estaban dejando tiempo y espacio para ver cómo reaccionaba.
Incluso para comprobar si, cuando regresaran, él seguía ahí.
Sería muy fácil, ¿no? Solo tenía que levantarse, recoger su bolsa, dirigirse hacia la recepción y pedir que le dejaran usar el teléfono.
Podía llamar a la policía. Al principio no le creerían.
Lógico. Quizá ni siquiera haría falta que lo explicara todo.
Les diría que lo habían tomado prisionero en su casa.
Seguro que los estaban buscando. Tal vez tenían a Alex fichado como secuestrador, un hombre que se había llevado a una niña de su hogar.
Sin duda agradecerían mucho que un buen samaritano los ayudara a localizar a esa pobre criatura.
Podía hacer eso. Resultaría de lo más sencillo.
Y luego, con un poco de suerte, si la cabaña seguía en pie, podía regresar ahí, cerrar la puerta tras su espalda y no volver a pensar jamás en Artemisa Darth Vader o Alex Weir.
En cierto momento, notó tensión en las piernas, como si estuviera a punto de incorporarse.
No lo hizo.
Cuando llegaron, traían consigo pollo frito, puré de patatas, maíz y panecillos.
El coronel Sanders sonreía como un anciano sabio desde un lado del cubo blanco y rojo.
Art pareció aliviada al ver que Nate seguía en el mismo sitio donde lo habían dejado.
En cuanto a Alex..., estaba como siempre, aunque por unos instantes se le agrandaron los ojos.
Art le informó de que le llevaba comida porque era la encargada de su sustento.
Había salido, había cazado ella misma al pájaro, forastero, lo había limpiado y destripado, y lo había asado en una hoguera bajo el manto de estrellas del cielo nocturno.
Había oído el aullido de un coyote solitario mientras tocaba la armónica, y esperaba que el mozalbete tuviera buen apetito.
Él la contempló, parpadeando despacio.
La muchacha dejó escapar un fuerte gemido cuando le dio el primer mordisco al pollo frito, poniendo los ojos en blanco.
Entusiasmada, afirmó que era equiparable al beicon.
Cuando terminó de comer, tenía puré de patatas en la mejilla, y los labios relucientes de grasa.
Se le cerraban los párpados, y se recostó en la cama, dándose unas palmaditas en la barriga, satisfecha.
—Esto es vida —dijo—. Al margen de todo el follón que tenéis montado aquí, lo de la comida lo bordáis.
Nate no comió mucho. Iba picoteando, pero le costaba tragar.
Alex cenó de forma mecánica y rápida. Iba lanzando miradas a Nate, pero no decía una palabra.
Este pensó en hacerse un ovillo en la cama, con la espalda hacia ellos, e intentar dormir. No estaba muy seguro de poder lograrlo.
Art fue la primera en conciliar el sueño.
Se había lavado los dientes y le había pedido a Alex que le deshiciera las trenzas.
Tras sacudirse el cabello, le quedó encrespado y retorcido.
Se había puesto el mismo pijama que llevaba todas las noches desde que Nate la conocía.
Ya estaba dormida cuando su cabeza se posó en la almohada.
Nate nunca se había sentido más despierto.
Alex iba por toda la habitación, recogiendo los restos de la cena en silencio.
Nate no tenía nada que decirle. Creía no tener ganas de volver a oír hablar a ninguno de los dos en toda la noche.
Por eso se sorprendió al oír su propia voz.
—Te la llevaste.
Alex se puso tenso, con las manos paralizadas sobre el recipiente de poliestireno en el que venía el puré de patatas antes de que Artemisa se lo zampara. Crispó los dedos.
—Te la llevaste de la Montaña.
—Sí.
—¿Por qué?
Alex le clavó la mirada, con aspecto de estar preparándose para una pelea.
—Lo volvería a hacer —dijo con aire desafiante.
Nate le creyó.
—Le estaban haciendo daño —dijo el otro, metiendo los envases vacíos en bolsas de plástico—. Ellos no... No era... Ella, como persona, no les importaba en absoluto.
—En cambio a ti sí —dijo Nate por lo bajo.
Alex no respondió. En vez de eso, tiró las bolsas en el cubo de basura de plástico que había en un rincón. La habitación olía a fritanga rancia y a productos de limpieza agresivos. A Nate le empezaba a doler la cabeza.
—Oye, que lo entiendo, ¿vale? Me...
—No —dijo Alex con frialdad—. No lo entiendes. No entiendes nada de ella ni de mí.
—Lo intento.
—¿Por qué sigues aquí? —inquirió Alex, dándose la vuelta para lanzarle una mirada hostil—. Podrías haberte marchado cuando no estábamos. Habrías podido darnos la espalda y largarte.
—Pero no lo he hecho.
—Ya lo sé —le espetó Alex, mirando de reojo a Art, que roncaba con suavidad. Continuó hablando en voz más baja pero cargada de indignación—. Sé que no te has ido. Lo que no entiendo es por qué.
—¿Por qué me lo has contado todo sobre ella? —contraatacó Nate.
Con cara de frustración, Alex se pasó la mano por el cabello corto. Su fachada de hombre fuerte, de soldado, empezaba a resquebrajarse de nuevo, revelando más que nunca lo que había detrás. Nate se preguntó si Alex era consciente de ello.
—Porque... tú... tú... te habrías puesto a hacer preguntas, y no habrías parado hasta que te lo contara.
—Pero entonces podrías haberte inventado otra historia —dijo Nate—. Como la primera vez.
Alex negó con un gesto.
—No me habrías creído.
—¿Y qué te hace pensar que te creo ahora?
—Me crees.
—¿Cómo lo sabes?
—Por tu cara. Esa cara pálida, con los ojos muy abiertos. La conozco bien. Ya la he visto antes. En el espejo, después de que me revelaran quién era ella y me explicaran qué estaba viendo. Tenía la misma cara que tú. Eso significa que me crees.
Nate tragó en seco.
—No sé qué creer.
Alex se sentó en el borde de la cama con delicadeza para no despertar a Art. Se agachó para desatarse los cordones de las botas.
—He estado dándole vueltas.
Alex vaciló unos momentos antes de levantar el pie derecho y dejar que la bota cayera al suelo.
—Ya me lo imagino.
—He pensado en salir por esa puerta.
—Lo sé.
—Buscar un teléfono y llamar a la pasma.
Alex se quitó la bota izquierda.
—Pero no lo he hecho —prosiguió Nate—, porque no conseguía que mis músculos me obedecieran, por más que lo intentaba.
—Primera persona del plural —dijo Alex.
Nate se volvió lentamente hacia él. La habitación estaba a oscuras. La silueta de Alex se recortaba contra el resplandor rojo del letrero de «habitaciones disponibles» que se colaba por la ventana.
—¿Qué?
—Ahí, en la cabaña —dijo Alex, agachando la cabeza—. Cuando se presentó por primera vez. El Sometedor.
—El del agua.
Alex soltó un bufido.
—Sí. Ese. Tendría que haberlo visto venir. Yo... —Se pasó la mano por el rostro—. Cuando vi su camioneta, me preguntaste algo. Dijiste «¿qué hacemos?».
Nate esperó a que continuara.
—No dijiste «¿qué vais a hacer?» ni «¿y ahora qué hago?
», sino «¿qué hacemos?». Usaste la primera persona del plural.
No sabías quiénes éramos. Habíamos allanado tu cabaña.
Yo llevaba un arma. No podías saber si yo era...
un degenerado de algún tipo, que se había llevado a una niña a ese lugar en el quinto pino.
—La posibilidad me pasó por la cabeza —dijo Nate, y torció el gesto—. O sea, es decir...
Alex suspiró.
—Lo sé. No te lo reprocho. Eso no. Yo... Da igual. El caso es que dijiste «¿qué hacemos?».
—No me acuerdo.
—Me lo imagino. Pero... te has quedado.
—Así es.
—A pesar de todo. Aunque todo esto parece una locura.
—Ya.
—¿Por qué?
—No lo sé.
La respuesta no pareció satisfacer a Alex.
—¿Cómo lo sabías? Cuando regresaste a la cabaña, mencionaste a Séptimac. ¿Cómo es que conocías ese nombre?
Esto inquietó a Nate.
—Por Ruth.
Alex le lanzó una mirada severa.
—¿Quién?
—Ruth. Es una... vieja amiga. —Nate notó que se le encendía el rostro—. Es posible que le haya pedido que te investigue.
Alex se quedó mirándolo en silencio.
—Para ser justos, esa historia de que eras guardaespaldas olía a trola desde un kilómetro de distancia, así que...
—Fue idea de Art —farfulló Alex—. La segunda que se le ocurrió. Al principio quería contarte que la habían raptado unos cuatreros y que yo había llegado en un caballo blanco y la había rescatado.
Nate reprimió una carcajada.
—Esa cría es...
—Sí —convino Alex, visiblemente cansado—. Lo es. ¿Qué te dijo Ruth?
—Algo sobre Séptimac. Sobre... ti. Dijo que habías desaparecido hace diez años. Que te habías convertido en un fantasma. Unos hombres fueron a verla. Decían ser de Seguridad Nacional.
—No eran de Seguridad Nacional.
—Lo sé. Ella también lo sabía. Borró sus huellas. No estoy preocupado por ella. Ha tenido que lidiar con cosas mucho peores que unos zánganos del Gobierno.
—Ya estaban informados sobre nosotros. Sobre ti.
—Eso dijo el del agua. Había estado espiándonos, ¿no? Desde el principio.
—Creo que sí.
—¿Por qué?