Bajo mi piel Once #3
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Once #3

Nate soltó una carcajada, pero más bien le sonó como un sollozo.

—Y luego estaban las pruebas. —Art levantó las manos en un ademán de desesperación—.

Un montón de pruebas. Me pinchaban y hurgaban e introducían cosas.

Me mostraban imágenes de agua, fuego y tierra, de personas ayudándose entre sí, de mujeres con vestidos bonitos y hombres con sombrero de copa, caminando del brazo por la calle, sonrientes.

De átomos dividiéndose y provocando muerte y destrucción.

De armas, enfermedades y hombres marchando con el brazo en alto.

De gente bailando. Creo... creo que esa mi favorita.

Me gustaba ver a la gente bailar. Me ponía contenta.

—Desvió la mirada—. Creo que antes de eso no sabía lo que era estar contenta.

—Ellos no sienten... emociones —explicó Alex—. No como nosotros, de una manera que ella pudiera definir en términos comprensibles para ellos. Empezó a sentirlas gracias a Oren. Él era el huésped, y ella el parásito, pero en vez de convertirlo en ella, ella empezó a convertirse en él.

—¿Qué fue de él? —preguntó Nate, aturdido—. Ese hombre, Oren... ¿Estaba... ahí dentro? ¿Contigo?

—Yo no era... muy hábil —dijo ella, con un gesto apesadumbrado—. Tardé mucho en aprender. Durante un tiempo, podía oírlo. Pero no sufría. Ni siquiera estaba despierto. Era más bien como si... ¿Tú sueñas, Nate?

Él asintió lentamente.

—Como todo el mundo.

—Los sueños están relacionados con la manera en que se crean los recuerdos —dijo ella—.

Se componen de... lo que aprendes, las cosas que te pasan, las personas que has conocido y las experiencias que has tenido.

Se te quedan grabadas en la cabeza, y a veces sueñas con ellas.

Unas veces, sueñas con cosas fantásticas; otras, tienes pesadillas.

Pero entonces te despiertas, respiras y todo vuelve a estar bien.

Con Oren sucedía algo parecido. Estaba...

soñando. En ocasiones percibía sus sueños.

Soñaba con pescar, con una mujer hermosa que le susurraba al oído, con un monstruo que lo perseguía por el bosque.

—Se aclaró la garganta—. Esto último era culpa mía.

Pero... hablábamos. Él estaba consciente.

Al cabo de un tiempo, comprendió lo que ocurría.

Fue extraño, en realidad. Lo... aceptó. Empezó a sentir curiosidad respecto a mí.

—¿Qué fue de él? —preguntó Nate de nuevo, con un escalofrío bajándole por el espinazo.

—Permaneció años así —dijo Alex—. No envejecía. Siguió teniendo veinticuatro años durante casi dos décadas.

Fue como si todas las sinapsis se dispararan a la vez en la cabeza de Nate. Sintió que la mente se le ponía en blanco. Era incapaz de formular un solo pensamiento coherente.

—Era otro experimento —dijo ella, y, por primera vez, a Nate le pareció que estaba enfadada.

De todas las cosas que se habían dicho, de todo lo que él había visto y oído, la ira en la voz de Art era lo que más lo asustaba.

Estaba teñida de amargura, y hablaba recalcando cada sílaba, con palabras más duras—.

Yo no lo sabía. Creía que podía confiar en ellos.

Fue un error, pero confiaba. El tiempo transcurría de manera distinta en la Montaña.

Aquí el tiempo transcurre de manera distinta en todas partes.

Nosotros no... celebramos el paso del tiempo.

No como vosotros, con aniversarios, fiestas, globos o tartas.

Para nosotros tiene un significado diferente.

Es... fluido, se puede doblar. No es la línea recta y rígida que vosotros creéis que es.

Ni el tiempo ni el espacio son así. Yo... —Sacudió la cabeza y desvió la mirada.

Nate vio que Alex extendía el brazo y le posaba la mano en la nuca. Ella echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Él la estaba consolando, como si ya lo hubiera hecho antes. Como si supiera lo que ella necesitaba.

A Nate le ardían los ojos.

El aire olía a lluvia.

—Fue antes de que apareciera yo —dijo Alex—.

Un año antes. La... Ellos lo denominaron transferencia.

Había una niña que se llamaba Emily. Con nueve años, desarrolló encefalitis.

No había manera de curarla. Cayó en coma y llevaba tres meses así.

Sus padres... Les dijeron que ya no despertaría, pero, aun así, perseveraron.

No se rendían nunca. Seguían adelante. Hacían lo posible para que ella siguiera adelante.

Hasta que un día, un camión embistió lateralmente su coche en un cruce, a cuatro manzanas del hospital.

—Murieron al instante —dijo Art con voz apagada—. No sufrieron.

Alex asintió.

—No había nadie más. Emily no tenía más familia, nadie que se preocupara por ella, o a quien le preocupara lo que...

—Alex tosió—. La encontraron. Creo que buscaban a alguien como ella, a quien nadie echaría de menos.

Todo se hizo... conforme a los procedimientos oficiales, según me dijeron.

Se llevaron a Emily de Pasadena a la Montaña.

—Me dijeron que querían comprobar si yo podía ayudarla —musitó Art.

Una gota de lluvia le cayó en la lente izquierda de las gafas de sol—.

Porque yo poseía el don de... sanar. A veces, podía engañar al cuerpo para que creyera que se estaba recuperando más deprisa de lo que lo estaba haciendo en realidad.

—Se encogió de hombros—. Es también por lo del tiempo. Avanza de manera distinta.

«Le pegaron un tiro. Fue una basura que se negaba a dejarnos pasar».

—Madre mía —dijo Nate con voz ronca. Se volvió hacia Alex—. O sea que sí que te pegaron un tiro, pedazo de cabrón. Una bala de goma, los cojones.

Alex lo miró con mala cara.

—No te conocía. Si te hubiera dicho en ese momento que una niña me había curado, ¿me habrías creído?

—No sé si os creo ahora.

—Sí que nos crees —dijo Art, observándolo—. Soy consciente de que os cuesta asumir lo que sabéis que es verdad. Estáis programados así. Unos más que otros. Pero tú nos crees, Nate. Sabes que todo lo que te hemos contado es cierto.

Nate sacudió la cabeza con furia.

—No. No os...

—Intenté curarla —dijo Art en un tono carente de emoción—.

Intenté hacer lo que me pedían, pero me mintieron.

No tenían el menor interés en ayudar a la niña.

A Emily. Les importaba una mierda. Les daba igual que no tuviera a nadie y no sentían ningún remordimiento por haberla raptado.

Solo querían ver lo que eran capaces de conseguir, ver si podían lograr que yo... si yo podía... —Su pecho se estremeció.

—Impulsos eléctricos —dijo Alex—. En las neuronas.

A través de las sinapsis. Descubrieron que, si las sobrecargaban o, en otras palabras, si freían el cerebro, eso la obligaría a salir.

Y eso hicieron. Era una prueba. Un experimento.

Una forma de contraatacar si sus compañeros regresaban a buscarla y... poseían a otras personas.

—No pensaban en nada que no fuese contraatacar —dijo Art con el entrecejo fruncido—. Como si hubiera algo que temer. No sabían que ya era demasiado tarde para mí. Habían cambiado demasiadas cosas.

—Se integró a Emily —dijo Alex, y Nate pensó que, si las piernas le respondieran, estaría huyendo a toda pastilla—.

No tenía adónde ir. No habría sobrevivido mucho tiempo fuera.

Una parte de ella estaba demasiado entrelazada con nuestra composición genética.

No era... la misma de antes. Así que no le quedó otro remedio.

—Fue distinto que con Oren —murmuró Art—.

Emily no soñaba. Pasé mucho tiempo en un vacío oscuro y frío.

Estuve a punto de no poder... hacerlo. Pero quedaban algunos impulsos eléctricos, un asomo de chispa, lo que me permitió tomar el control de ella.

A diferencia de Oren, que soñaba, Emily ya no estaba ahí.

Tardé casi un año en conseguir abrir los ojos por mí misma.

Pero lo logré. Lo logré. Ellos no creían que pudiera.

No creían que quisiera. Pero lo hice, y demostré que se equivocaban por completo.

Y entonces me cogieron miedo, más del que ya tenían.

Y eso me gustó. Me gustó más de la cuenta y me animé.

Quería ver más expresiones aterradas. Quería que todos me tuvieran miedo. Y entonces llegó él.

—Alex —dijo Nate—. Llegó Alex.

Ella asintió.

—Después de eso, las cosas cambiaron. Era un experimento, claro. Siempre lo era, pero ya lo sabía. Y cuando lo sabes, tienes poder sobre ello. Puedes alterar el resultado. Hacer que sea el que tú quieres. Pero Alex... era diferente de todos los demás.

—Al principio no te caí bien —dijo él, y Nate habría jurado que casi estaba sonriendo.

—Yo no te caí bien a ti —replicó Art—. Eras antipático y borde conmigo, y decías que no querías saber nada de mí. A pesar de todo, volvías.

—Así es.

—¿Por qué? —preguntó Nate.

Alex lo miró, parpadeando.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué volvías?

Alex meneó la cabeza y, antes incluso de que volviera a abrir la boca, Nate notó que el muro volvía a elevarse en torno a él.

—Da igual —dijo con hosquedad—. No estamos hablando de mí, sino de ella. De que debemos llevarla de vuelta a casa.

—Pero ¿cómo? —preguntó Nate, sintiéndose de pronto más pequeño que nunca.

Si era cierto, si todo aquello era real, nada volvería a ser igual.

Quería pensar que estaban locos, que eran unos embusteros, pero ya había visto a Artemisa Darth Vader hacer cosas que no podía explicarse.

Y, por más que se esforzaba por ahuyentarla, esta certeza lo inundaba, lo sumergía y lo arrastraba hacia el fondo.

—Aún no lo sé muy bien —reconoció Art—, pero regresarán a por mí. Lo intuyo. —Su voz adquirió un tono soñador—. Es como... una canción en mi cabeza. Los oigo cantar, y sé que volverán. Solo tengo que esperar.

Se quedó callada. Nate notó que le caían gotas en la cabeza y los hombros. Pronto la tormenta se abatiría sobre ellos. Estaban esperando su respuesta, pero no sabía qué decir.

Al final, dijo lo único que se le ocurrió:

—¿Por qué?