Bajo mi piel Once #2
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Once #2

Él abrió los ojos. Frente a él estaba sentada una niña.

Había un hombre de pie cerca de ella. Hablaban de cosas que habrían debido ser imposibles.

Cosas que no deberían existir. Nate... nunca se había detenido a pensar en esas cosas.

Bueno, sabía lo de Roswell y los rumores que corrían sobre ello, claro.

Incluso había visto un par de episodios de esa nueva serie, Expediente X .

Joder, había vivido años en Washington, y sabía bastante sobre secretos oficiales.

Pero de aquello no tenía ni idea. ¿Cómo podía ser?

Pues porque no era más que una sarta de gilipolleces.

Si alguien le hubiera pedido su opinión al respecto, habría dicho que los humanos estaban solos.

Que si existieran esas cosas y hubiera vida fuera de la Tierra, se trataría de organismos unicelulares que habitaban en planetas muy muy lejanos, en océanos ácidos o bajo capas de roca ígnea.

Nada de seres inteligentes. Y, en el caso sumamente improbable de que hubiera vida inteligente en algún rincón del espacio exterior, él dudaba mucho que viajaran hasta aquí. ¿Qué sentido tendría?

No creía en las organizaciones gubernamentales en la sombra, en los hombres de negro o en el Área 51.

El mundo ya era bastante oscuro de por sí sin necesidad de nada de eso.

Además, no había pruebas. Nunca había habido pruebas sólidas, solo habladurías.

Eso eran: simples habladurías. Sí, había misterios que resolver y preguntas que plantear, pero sobre asuntos mundanos, con explicaciones lógicas.

Hasta ese momento.

Si lo que le estaban contando era creíble, claro.

Art inclinó la cabeza hacia un lado.

—Te estás comiendo demasiado el coco.

—No puedes leerme el pensamiento.

—No, pero no es tan difícil de ver. Estás arrugando la frente. Es lo que haces cuando te quiebras la cabeza.

—No me... ¿De verdad esperáis que acepte toda esta historia? ¿Que confíe en vuestra palabra? ¿Que... os crea, sin más? ¿Que crea en vosotros? ¿En esto?

—¿Te suena Cisco Grove? —preguntó Art, y Alex agachó la cabeza.

—No —dijo Nate.

—Está en el norte de California.

—No me...

—Es un campamento. Había un hombre...

—Oren Schraeder —dijo Alex.

—Sí —dijo Art—. Oren Schraeder. Qué nombre tan bonito. Al pronunciarlo, se desliza sobre la lengua, ¿verdad? Oren Schraeder . En fin, el caso es que era cazador y, estando de viaje de acampada, se topó con algo inesperado. —Se apuntó con el dedo al pecho—. Yo.

—Tú —dijo Nate, estúpidamente—. Con... ese aspecto. El que tienes ahora mismo.

Ella se rio.

—No, claro que no. Eso habría sido ridículo. ¿Cómo iba a tener el mismo aspecto que ahora si nunca había estado aquí antes? De verdad, Nate, qué burradas dices.

Nate no sabía qué contestar, así que se quedó callado.

—Se asustó, claro. Estaba oscuro, y se había alejado del campamento, con la intención de hacer una excursión de caza nocturna.

Llevaba un arco, flechas y una lámpara frontal en la cabeza.

De pronto, se tropezó conmigo. No pensaba hacerle daño.

Ni siquiera iba a intentar comunicarme con él.

Pero me entró curiosidad. Nunca había visto uno de cerca —dijo, sin apenas pestañear—. Un ser humano.

—Ay, la virgen —dijo Nate, clavando las uñas en la madera de la mesa—. Ay, la virgen.

Art se rio.

—Él dijo lo mismo. Nuestra forma no... es como la vuestra. De hecho, no tenemos. Somos... fluidos. La descripción más ajustada que podrías entender es que somos gaseosos. Casi como humo líquido.

—No era algo que hubiera planeado hacer —dijo Alex en voz baja—. Estaba ahí en misión de reconocimiento, nada más. Había otros con ella, pero acabó quedándose sola.

—Se marcharon sin mí —dijo Art de forma lacónica—.

Es culpa mía, así que no se lo reprocho.

Me había perdido en un lugar donde supuestamente no debía estar.

Era joven, más de lo que te imaginas. No debería haberme aventurado tan lejos sola.

Pero... tenía que verlo por mí misma. Descubrir quiénes erais, de qué estabais hechos, qué podíais llegar a ser.

—Esto no está pasando. —Nate se restregó la cara con la mano—. Nada de esto es real.

—Intentó huir —prosiguió Art como si él no hubiera dicho nada—. Y, aunque sabía que no estaba bien, salí tras él. Era muy rápido, pero yo lo era más. Por el... instinto, supongo, o algún concepto similar que no existe en vuestro idioma. Sentí la necesidad de perseguirlo.

—Es una relación simbiótica —dijo Alex desde el otro lado de la mesa—. Como la de un parásito. Ella... —Miró a Art de soslayo.

—No pasa nada —aseguró ella, alargando el brazo para tocarle el dorso de la mano—. Sé cómo suena. Da miedo.

Alex asintió despacio.

—Ella lo infectó. Se apoderó de él. ¿Has oído hablar de los Cordyceps?

—No. —Nate sentía como si estuviera flotando.

—Son un tipo de hongos que se dan en la naturaleza. Hay una especie llamada Ophiocordyceps unilateralis . Es un entomopatógeno. Infecta a los insectos y altera su comportamiento.

—Hace que a los bichos se les vaya la olla —convino Art, haciendo girar un dedo cerca de su sien y poniendo los ojos bizcos. La imagen resultaba tan extrañamente entrañable que a Nate le vinieron ganas de gritar.

—Art es algo parecido. Era. Aunque ella, a diferencia de los hongos, no produce efectos perjudiciales en el organismo huésped. No ha venido para perjudicar ni para herir a nadie.

—No me gusta lastimar a los demás —declaró ella—. No me hace sentir bien. Simplemente tenía curiosidad. Como tú.

—Ah —dijo Nate, con los ojos desorbitados—. Eso es... genial. Absolutamente... maravilloso.

—Esa noche se habían avistado luces por encima de Cisco Grove —continuó Alex—. A solo un par de horas de la Montaña.

Art hizo una mueca.

—Habría sido difícil elegir un sitio peor.

—La Montaña ya estaba en funcionamiento.

La habían establecido a finales de los años cuarenta, tras la Segunda Guerra Mundial.

La intención original era estudiar y perfeccionar armas biológicas.

Los japoneses planeaban usar las bacterias de la peste contra civiles en San Diego, en septiembre de 1945, pero se rindieron antes de que pudiera llevarse a cabo la operación.

Los mandamases querían estar al frente del proyecto para que nunca los pillaran desprevenidos.

Tenían la esperanza de que perfeccionar dichas armas les ayudara también a desarrollar antídotos.

En 1943, se estableció una base en Maryland llamada Laboratorios de Guerra Biológica del Ejército de Estados Unidos, que no era más que una tapadera.

—Alex se miró las manos—. La Montaña se mantuvo en secreto.

En ella se realizaban las mismas actividades que en la base de Maryland, pero sin supervisión: convertir en armas el ántrax, la tularemia, la brucelosis, la fiebre Q.

Pero todo cambió el 5 de septiembre de 1964.

—Por la llegada de Art —dijo Nate, con la cabeza como un bombo.

—Es curioso, ¿verdad? —dijo Art, toqueteando las astillas de la madera de la mesa—. Bastó con que yo viniera para que todo se volviera del revés. Casi me siento halagada. O sea, viéndolo desde esa perspectiva.

—Oren Schraeder estaba destinado en la Montaña —dijo Alex en tono inexpresivo—. De todas las personas que habría podido infectar, eligió la que menos le convenía.

Art puso los ojos en blanco.

—¿Y cómo demonios iba a saberlo? El hombre no llevaba uniforme ni nada, sino un gorro con orejas afelpadas. Eso no es algo que proclame a gritos «por favor, no me poseas».

Nate la miró con la boca abierta de par en par.

Ella le guiñó el ojo.

—La Montaña envió un convoy —dijo Alex—. Encontraron a Oren. No se comportaba de manera... normal.

—Yo no sabía cómo funcionaban sus piernas —dijo Art, torciendo el gesto—.

Ni sus brazos. Ni su boca. Ni nada, para ser sincera.

Bueno, nada excepto las tripas, lo que resultaba de lo más incómodo.

Ni siquiera sabía cómo salir. En ese entonces, no.

Cuando nos encontraron, estábamos tumbados en el suelo.

Oren babeaba y hacía ruidos raros, y yo no encontraba el modo de hacer que parara.

Creyeron que alguien lo había atacado. O que se había infectado en la base.

Lo pusieron en cuarentena y nos llevaron a los dos a la Montaña.

—No la descubrieron hasta que le hicieron una tomografía por emisión de positrones —dijo Alex—.

Parecía un fantasma atrapado en el interior de Oren.

Incrustado en su cerebro, con zarcillos encajados en la materia gris.

No sabían qué pensar sobre la situación, sobre él, sobre lo que veían.

Creyeron que era cáncer o una infección.

Pero nada de lo que había en la Montaña podía causar un efecto así.

—Tardé dos años en aprender a hacerlo funcionar —dijo Art—. Y entonces comencé a hablar y...

—¿Te creyeron? —preguntó Nate con incredulidad.

—¿Qué? No, claro que no. Eso sería absurdo.

Creyeron que le había pasado algo a su cerebro.

No empezaron a tomarme en serio hasta que achicharré las máquinas de la sala de al lado.

—Se rio—. Deberías haberles visto la cara.

Fue bastante cómico, visto así, a toro pasado. Sobre todo cuando me puse a hablar.

—¿Qué les dijiste? —susurró Nate.

Ella alzó la mirada al cielo.

—Que venía de un lugar muy lejano. Que no estaban solos. Que el universo era mucho más grande de lo que podían imaginar. —Suspiró—. Y que estaba lista para volver a casa. Si tenían la amabilidad de soltarme, me marcharía y todos tan amigos.

—No la soltaron —dijo Alex, cerrando los puños a los costados—. La creyeron, después de un tiempo, pero no la dejaron libre.

—Preguntas —dijo Art—. Tantas preguntas...

Cómo, por qué, dónde y qué significa todo.

Me preguntaron cuántos éramos, de dónde venía, qué planes teníamos, si éramos hostiles, si pretendíamos apoderarnos de vuestro planeta y esclavizar a la raza humana.

—Hinchó los carrillos—. «Llevadme con vuestro líder».