Once
Procuraban circular solo por carreteras secundarias en su trayecto hacia el norte.
Alex decía que no quería arriesgarse a ir por las principales, aunque quizá esto habría acortado el tiempo de viaje.
Antes de marcharse de la cafetería, había cambiado la matrícula de la C/K por la de otra camioneta que estaba en el aparcamiento mientras Art montaba guardia silbando una melodía alegre, y Nate esperaba sentado dentro del vehículo, intentando no vomitar el desayuno.
Aún le quedaban preguntas pendientes, como adónde se dirigían, cuál era el plan, por qué tenían que ir hacia el este, de qué planeta procedía Artemisa Darth Vader y cómo era posible que tuviera ese aspecto, si la habían capturado treinta años atrás. Y esas eran las preguntas fáciles.
Se preguntó si la cabaña seguiría en pie o si la habría echado abajo el del agua, que en realidad no era el del agua.
Una hora después de dejar la cafetería, Alex había encendido la radio y girado el dial hasta encontrar una emisora de noticias.
Los locutores hablaban de béisbol, del tiempo, del cometa Markham-Tripp, que se aproximaba cada vez más, y de lo bien que iban a poder verlo los que vivían en las montañas, lejos de la contaminación lumínica de las grandes ciudades.
Alcanzará su mayor brillo en tres semanas, ¿qué os parece?
Y ahora, una canción que ya tiene cinco años, nada menos: Garth Brooks, con sus truenos y relámpagos.
No dijeron nada sobre la presencia militar a las afueras de Roseland, el derribo de unos helicópteros Black Hawk, o de dos hombres y una niña que huían de las autoridades. Ni una palabra.
Era como si nada de eso hubiera sucedido.
Como si ellos no existieran.
Nate miraba pasar los árboles desde la ventanilla.
De vez en cuando, Art canturreaba la canción que sonaba por la radio mientras leía un libro.
Esta vez se trataba de Silver Canyon . En este, un pistolero llamado Matt Brennan se enamora de la hija de un hacendado.
No era la novela favorita de Nate. Art, que llevaba puestas las gafas de sol, se las subía sobre la nariz cada pocas páginas.
Una de las lentes tenía un arañazo. Seguramente se había rayado durante su huida.
A primera hora de la tarde, se internaron en el bosque nacional de Willamette. El cielo estaba más nublado. Si seguían avanzando, encontrarían lluvia más pronto que tarde.
La camioneta redujo la velocidad, lo que sacó a Nate de su letargo. Pestañeando, miró a Alex. Tenía una arruga entre las cejas, lo que no era algo insólito. Sin embargo, Nate nunca se la había visto tan marcada como en ese momento.
—¿Qué ocurre? —preguntó, abriendo la boca por primera vez desde que dejaron atrás la cafetería.
Alex sacudió la cabeza.
Tarareando, Art dobló la esquina de la página por donde iba y cerró el libro.
—Se está preparando mentalmente.
A Nate no le gustó cómo sonaba eso.
—¿Para qué?
La muchacha levantó la mirada hacia él. Apenas se le vislumbraban los ojos tras las gafas oscuras.
—Para la conversación que estamos a punto de entablar. Le preocupa que no nos vayas a creer. O que intentes hacerme daño. O que te vayas.
—Art... —le advirtió Alex con los dientes apretados.
—¿Qué pasa? Es la verdad.
—Tal vez simplemente deberíamos seguir adelante —dijo Nate, revolviéndose en su asiento—. No hace falta que hablemos. Podemos fingir que no ha sucedido nada.
Alex soltó un gruñido. A Nate eso no le pareció una respuesta.
Divisaron un apartadero más adelante, a la derecha. Sobre la hierba había tres mesas de madera para pícnic junto a un cubo de basura de metal negro. Los pinos se mecían con la brisa. La hierba era del verde más intenso que Nate había visto jamás.
Alex detuvo la camioneta junto a las mesas. Sobre una de ellas había un vaso de papel vacío, con el nombre «Coca-Cola» impreso en un lado en rojo y blanco.
—Bájate.
Nate negó con un gesto enérgico.
—No, gracias. Estoy bien aquí.
—Nate, que te bajes de la camioneta. Ahora mismo.
—¿Y si no quiero? ¿Me pegarás un tiro y...? Ay, madre, por favor, no me pegues un tiro.
Alex puso los ojos en blanco.
—No te voy a pegar un tiro.
—No te va a pegar un tiro —aseguró Art, dándole unas palmaditas en la rodilla—. Te apreciamos demasiado para hacerte sangrar. Además, dispararte nos retrasaría.
—Y podría haberte disparado un montón de veces ya —dijo Alex—. No había ningún motivo para que me esperase hasta este momento.
—Eso no me tranquiliza tanto como crees —masculló Nate—. Bueno, suponiendo que me baje de la camioneta, ¿prometéis no abandonarme aquí?
—Solo si tú quieres —dijo Alex, que no parecía muy contento.
—Vale. Pues... de acuerdo. Voy a bajar. —Abrió la puerta. El aire le pareció opresivo. Respiró hondo.
—Caray —dijo Art—. ¿Más lento no podrías ir?
Hostia santa.
Se apeó. Notó la firmeza del suelo bajo los pies. Vio ardillas que trepaban por los árboles. Los pájaros cantaban. Casi podía convencerse de que todo era normal, de que todo iba bien.
Art lo tomó de la mano.
Nate bajó la vista hacia ella.
—No tienes por qué preocuparte —le aseguró la chiquilla—. Ya lo verás. Solo tienes que escuchar. Si lo haces, te prometo que todo saldrá bien. No te haré daño. No quiero hacerte ningún daño. Y sé que tú a mí tampoco.
Nate no supo cómo interpretar esto.
Dejó que Art lo condujera hasta una de las mesas de pícnic. La cría le indicó que se sentara antes de rodear la mesa, encaramarse a ella y sentarse frente a Nate con las piernas cruzadas, los codos apoyados en las rodillas y el mentón en las manos.
—Hola —dijo, mirándolo de hito en hito.
—Hola —consiguió responder Nate a su vez. Intentó apartar la vista, pero le resultaba prácticamente imposible.
—Bueno. Han sido un par de semanas de locos, ¿verdad?
—Eso es quedarse corto.
Art le sonrió.
—Lo sé. Solo intento quitarle hierro al asunto para que te tranquilices.
—Pues no funciona.
—Ya. No se me da muy bien. Hay... matices que aún no domino. Sois muy complejos.
Nate soltó una risita débil.
—Yo no, para nada.
—Bueno, no me refería a ti concretamente, sino a los humanos en general.
Nate sintió como si le hubieran pegado un puñetazo en el estómago.
—Eso es... Yo...
Ella se subió las gafas de sol a la frente.
—Pero tú también lo eres, Nate, más de lo que crees. —Sus ojos eran de un verde tan intenso como el de la hierba.
—¿Puedes leerme el pensamiento? —barbotó Nate.
—No —dijo con voz ronca Alex, que se había acercado hasta quedarse de pie junto a la mesa, oteando todavía la línea de árboles—. No puede.
—Pero soy telequinética —dijo Art en tono alegre.
Nate resolló.
Alex suspiró.
—Ella es...
—Séptimac —declaró Art—. ¿Recuerdas que lo dijiste en la cabaña?
Nate no pudo hacer otra cosa que asentir.
—¿Sabes lo que significa?
—No.
—Es un nombre en clave —explicó Alex—. La letra ce del final es de «contacto».
En los años setenta, un hombre llamado Hynek publicó un libro en el que describía una escala de contacto entre nosotros y...
otros. Al principio, postuló tres fases.
—Tenía los hombros rígidos, como si hubiera preferido estar haciendo cualquier otra cosa que no fuese hablar.
Aunque Nate ya lo había visto así muchas veces, esto no le sirvió de consuelo—.
La primera es el avistamiento de un objeto no identificado a menos de ciento cincuenta metros, una distancia lo bastante reducida para distinguir detalles.
—Qué divertido —dijo Art—. Lo estoy pasando pipa.
—En la segunda se registran efectos físicos —prosiguió Alex sin hacerle caso—: Animales que reaccionan, coches que no funcionan bien, radios que se averían, o cuando se descubren pruebas, quemaduras o restos de sustancias químicas.
—Posó los ojos en Nate—. A veces, en el segundo nivel, las personas experimentan parálisis o molestias de diversos tipos.
Art meneó los deditos, mirando a Nate.
—¿Experimentas molestias ahora mismo?
—Sí —dijo Nate.
Art se estudió los dedos con el ceño fruncido.
—Vaya, no sabía que tuviera ese poder. ¿Quieres que comprobemos si soy capaz de paralizarte?
Alex seguía sin prestarle la menor atención.
—El contacto en la tercera fase se produce cuando hay... seres presentes. Los que parecen pilotar los objetos avistados en la primera fase. También se conoce como primer contacto.
Art suspiró.
—El contacto en la primera fase consiste en el avistamiento de objetos, mientras que el de la tercera consiste en ver seres vivos, y a eso lo llaman primer contacto. Es bastante lioso.
—La leche —dijo Nate con la voz entrecortada—. Estás hablando en serio.
—Sí —dijo Alex con rotundidad—. Totalmente en serio. Después de Hynek, otros ampliaron la teoría, la clarificaron y la llevaron más lejos. La cuarta fase es la abducción. La quinta, la comunicación. La sexta fase es la muerte de un humano o animal como consecuencia del contacto.
Nate cerró los ojos.
—¿Y la séptima? —Porque ¿qué podía ser peor que la abducción y la muerte?
—La séptima soy yo —respondió Art en voz baja—. Aunque no encajo del todo.
—El contacto en la séptima fase es el nacimiento de un híbrido —dijo Alex—, ya sea por vía sexual o por métodos artificiales. Ella... no es un híbrido. Las cosas funcionan de otra manera en su caso. Se trata de algo más... simbiótico.
—Nate —dijo Art.