Diez #4
—Es como la señora que estaba con el mecánico —dijo Nate. Acto seguido, agregó—: O sea, a ver, ¿de qué va?
Alex le lanzó una mirada hostil.
—No le pasa nada. Solo está siendo amable.
—No sé yo —dijo Art—. La otra camarera era amable, pero esta se pasa. Creía que todas las camareras soñaban con irse a la gran ciudad. ¿Es que quiere chuparte el...?
—¿Y qué pasa con las camareras que ya viven en la gran ciudad? —preguntó Nate, intentando llevar la conversación por otros derroteros.
Art lo miró con los ojos entrecerrados.
—No sé. Nunca he estado en una gran ciudad. No sabía que ahí también había camareras. Voy a tener que replantearme todo lo que he aprendido. Nate, es posible que hayas condenado tu planeta a la destrucción.
Nate se sintió palidecer casi en el acto.
—Lo dice en broma —gruñó Alex.
—¿Y esa cara? —preguntó Art—. ¿Eso es el terror en su máxima expresión? Lo digo porque ayer parecías asustado por las armas y los helicópteros, pero esto es otra cosa. Creo que nunca había visto a nadie ponerse tan blanco.
—Respuestas —dijo Nate—. Ya. Ahora mismo. Todas las respuestas. De inmediato.
—Aquí lo tenéis —dijo Peggy, apareciendo de la nada.
En una mano llevaba un vaso pequeño de zumo, y en la otra, una cafetera.
A Nate le entraron ganas de preguntarle si era consciente de que había elegido el peor momento posible, pero consiguió mantener la boca cerrada.
Ella depositó el zumo delante de Art, que se quedó mirándolo con suspicacia.
Le sirvió café a Alex primero, inclinándose ligeramente sobre la mesa.
Alex no mordió el anzuelo. Tenía la vista clavada en Nate.
Esto no desalentó a Peggy.
Le puso café a Nate sin mostrar tanto canalillo.
—¿Ya sabéis lo que vais a tomar?
—Tortitas —dijo Art, metiendo el dedo en el zumo—. Y beicon. Es más, que las tortitas estén cubiertas de beicon. Que ni siquiera se alcancen a ver las tortitas por todo el beicon que llevan encima.
—Huevos —gruñó Alex—. Revueltos. Con tostadas, salchichas y croquetas de patatas.
La mano de Peggy volvió a descender hasta su hombro. Nate agradeció en su fuero interno que Alex se hubiera puesto una camisa de cuadros encima de la camiseta. Si la mujer le hubiera posado los dedos sobre la piel desnuda, seguramente él habría alargado el brazo para agarrárselos y rompérselos.
Peggy se volvió hacia él y arqueó una ceja.
—Solo café —dijo él con toda la amabilidad de que fue capaz.
—Tomará lo mismo que yo —le informó Alex.
Nate lo fulminó con la mirada.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer —dijo Alex con las mandíbulas apretadas.
—Solo café —repitió Nate.
—Lo mismo que yo —insistió Alex.
La mano de Nate se cerró con fuerza sobre su taza.
Peggy desplazó la vista de uno a otro.
—De acuerdo. Tomo nota. Avisadme si necesitáis algo más.
Esta vez nadie la siguió con la mirada mientras se alejaba.
—¿Creéis que el zumo está bien? —preguntó Art, observando las gotas que le caían del dedo—. Ahora no sé si fiarme de las camareras o no.
—Al zumo no le pasa nada —dijo Alex, extendiendo la mano para coger el pequeño cuenco de cerámica que contenía paquetitos individuales de azúcar y cápsulas de leche—. Bébetelo.
—A sus órdenes, mi sargento —murmuró Art, pero se limitó a contemplar otra gota de zumo que le goteaba del dedo sobre el vaso.
Nate dio un respingo cuando Alex le arrancó la taza de entre las manos. Abrió dos sobres de azúcar y los vació en el café. Cogió una cucharilla y removió el líquido antes de empujar la taza de nuevo hacia a Nate.
—Vas a comer.
Nate no sabía cómo reaccionar.
—No me digas lo que tengo que hacer.
—Es un sargento primero —le informó Art—. Manda más que tú y que yo. Si no lo obedecemos, nos echarán al calabozo. —Juntó las cejas—. O nos matarán. No sé muy bien qué es peor.
—¿Qué coño está pasando? —inquirió Nate con un susurro áspero, y se inclinó hacia delante. Seguramente parecía un poco desquiciado, pero estaba en su derecho, después de todo lo que le habían hecho pasar—. ¿A qué viene todo esto? Hostia santa, ¿tienes idea de lo demencial que es la situación?
—Lo sé —dijo Alex despacio—, pero no...
—Yo solo quería pasar unos días en mi puta cabaña, y ahora soy un rehén. Me han secuestrado unos okupas. ¿Por qué me hacéis esto?
Alex entornó los párpados.
—No te he secuestrado. Habrías podido quedarte si hubieras querido.
—¡Claro, para que me arrestara el del agua!
—No era el del agua —repuso Art—. Te mintió. ¿No te diste cuenta? —Miró a Alex—. ¿Por qué Nate sigue pensando que era el del agua?
—Te di la posibilidad de elegir —dijo Alex por lo bajo—. No te... Tú dejaste que nos quedáramos. Nos diste permiso.
—Ya estamos —dijo Nate, y se le erizó el vello—. Vamos a culpar a la víctima, claro que sí. Maravilloso. De todas las cabañas que hay en el puto mundo, teníais que escoger la mía. Claro, así funciona todo en mi vida.
—No cree en el destino —le dijo Art a Alex—. Me parece que no cree en casi nada.
Alex parecía no saber si enfadarse o no.
—Me... No es que... Lo siento, ¿vale? No es que tú...
—¿Lo sientes? ¿Y en qué mejora eso exactamente la situación?
—Soy lo que vosotros llamáis una extraterrestre —declaró Art.
Había encontrado una pajita en algún sitio, pero en vez de darle golpecitos sobre la mesa para extraerla del envoltorio, lo estaba rasgando lentamente por el lado—.
O sea, que no soy de este planeta. Y he estado treinta años prisionera en la Montaña hasta que Alexis me sacó de ahí una semana antes de que te conociéramos —concluyó, extendiendo las palmas a los lados como una artista al final de su número.
Nate había oído las palabras. Conocía el significado de cada una de ellas. Entendía las frases. Sabía dónde empezaban y dónde terminaban. Pero, por más que se esforzaba, no era capaz de procesarlas, de encajarlas entre sí para darles una forma que le resultara comprensible.
Abrió la boca una vez, y luego otra, pero ningún sonido salió de ella.
—¿Qué habíamos dicho? —le preguntó Alex a Art.
—Hemos dicho muchas cosas, Alex.
—Art...
Ella suspiró.
—Me advertiste que no dijera cosas así porque podía romper a Nate.
—¿Y qué acabas de hacer?
—Romperlo. Pero, para ser justos, ¡yo nunca prometí hacer caso a tu advertencia!
—Art...
—Es por la ciencia, Alex. Piensa en lo que estamos descubriendo. Si, por ejemplo, el experimento fuera para saber cuánto es capaz de aguantar Nate, ya tendríamos nuestra respuesta. Y la respuesta es que no mucho. Qué bajón.
Nate tomó un largo trago de café. Estaba casi hirviendo. Crispó el gesto, con la lengua quemada.
—Pero... no es el momento —dijo Alex—. Todavía no. Espera a que volvamos a la carretera.
—¿De verdad te parece buena idea que mantengamos esta conversación en un espacio reducido como el de la camioneta? —le preguntó Art. Ladeó la cabeza—. Aunque es verdad que ha vomitado por la ventana en una ocasión. Si tuviera que hacerlo otra vez, ya tendría experiencia.
Nate intentó meter baza de nuevo. Fracasó estrepitosamente.
Art por fin terminó de retirar el envoltorio de la pajita. La sumergió en el zumo y la miró por un momento antes de inclinarse hacia delante con lentitud. Cerró los labios en torno a ella y, hundiendo las mejillas, bebió. Se reclinó en el asiento mientras tragaba.
—Vale, no me duele nada. No está envenenado.
Peggy eligió ese preciso instante para reaparecer.
Parecía haberse retocado el maquillaje. Nate no sabía cómo explicarle que su visión del mundo se había visto alterada de forma radical durante los pocos minutos que ella había estado ausente.
La chica puso en la mesa el plato de Art primero y luego el de Nate.
Dejó el de Alex para el final, como no podía ser de otra manera.
—Aquí tenéis —dijo—. Qué buena pinta tiene, aunque me esté mal decirlo.
—Beicon —jadeó Art—. Cuánto beicon.
—Gracias —dijo Alex con hosquedad—. Si necesitamos algo, ya te avisaremos.
—No lo olvides, cariño —dijo Peggy, guiñándole un ojo—. Estoy a tu entera disposición.
—Te gusta mucho el pintalabios, ¿verdad? —le preguntó Art.
—¿Perdona?
—El pintalabios. Te debe de gustar mucho, porque te has embadurnado pero bien. ¿Has probado también a comértelo? Porque tienes todos los dientes manchados. Yo nunca me he puesto pintalabios, pero creo que no es para comer.
Peggy palideció.
—No... me lo como. Buen provecho. —Se alejó a toda prisa.
—Te has pasado —le dijo Alex, pero hasta Nate notó que estaba pugnando por contener una sonrisa.
—Solo le he señalado que tenía pintalabios en los dientes —alegó Art—. Es lo que manda la buena educación. Que tú no sepas portarte educadamente no significa que yo no sea capaz. ¿Me gustan las salchichas? —preguntó, examinando el plato de Alex.
—Tienes tu beicon —le recordó Alex—. Cómete eso.
—Pero creo que me gustaría comer salchichas.
—Pues te daré un poco a cambio de un trozo de beicon.
—¿Estás loco? Eso no es... Forastero, tienes suerte de que estemos metidos juntos en esto. De lo contrario, no dudes que te retaría a un duelo al amanecer, sí, señor.
Nate intentó hablar. No le salían las palabras.
Alex lo observó con recelo.
—Cómete lo tuyo. Lo vas a necesitar.
Art le dedicó una gran sonrisa con la boca atiborrada de beicon.
Sin saber cómo, Nate consiguió comerse lo suyo.
Huelga decir que no saboreó un solo bocado.