Bajo mi piel Diez #3
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Diez #3

—Un poco sí. No paras de retorcerte.

—No me estoy... Estoy bien.

—Me gustan los moteles.

—Genial. Estupendo.

—¿Crees que alguien se ha suicidado aquí alguna vez?

Nate cerró los ojos y se preguntó si había vuelta atrás.

La habitación era... en fin. Lo mejor que Nate podría decir de ella era que tenía cuatro paredes y un techo.

Contenía dos camas gemelas, una de ellas con una ranura metálica para monedas junto a un letrero que prometía DEDOS MÁGICOS por veinticinco centavos.

Había un cuadro insulso de un cuenco de fruta en la pared, un televisor con una capa de polvo en la pantalla y una moqueta de color azul chillón con una mancha grande en el rincón del fondo a la que Nate decidió no prestar atención durante su estancia.

Art eligió la cama de los Dedos Mágicos y le pidió una moneda a Alex, que dijo que no tenía una de veinticinco centavos. Art puso la mano abierta sobre la ranura y, al cabo de un momento, la cama comenzó a vibrar.

—Hualaaa —dijo ella—. Esto no me lo esperaba.

Nate estaba de pie frente a la puerta, aferrando su bolsa de lona contra el pecho como para protegerse.

—Puedes dormir en la otra cama —dijo Alex con aspereza—. Tienes que descansar.

—Ya —dijo Nate—. ¿Sabes qué? De repente se me ha pasado el cansancio. De hecho, no tengo idea de cómo estoy ahora mismo, pero cansado seguro que no.

—Siéntate en la cama conmigo —sugirió Art—. Estos dedos son mágicos. A lo mejor te hacen sentir... ¡Ahí va, una tele! Me encanta la tele.

—Sé que tienes muchas preguntas —dijo Alex, empujando a Art hacia el borde de la cama mientras él se sentaba pesadamente.

Ella agarró el mando a distancia, que estaba en la mesita de noche que había entre las camas, y se puso a apretar botones—.

Pero tendrán que esperar. Necesito dormir unas horas antes de que salgamos de nuevo a la carretera.

—Faltaría más —dijo Nate, preso de una ligera histeria—. Estupendo. Chachi. De hecho, no tengo ninguna pregunta.

Alex dejó escapar un bufido.

—Sí, claro.

Después de quitarse las botas empujándolas con los pies, se llevó la mano a la espalda y sacó su pistola.

Levantó la almohada para colocar el arma debajo.

Se acostó y se frotó el rostro con la mano.

Era demasiado alto para esa cama. Los pies le quedaban colgando.

Art, sentada entre sus piernas, estaba absorta en la pantalla del televisor.

Alex cerró los ojos, respirando por la nariz.

Unos momentos después, estaba dormido.

Nate lo contemplaba con incredulidad.

—Es algo que sabe hacer —dijo Art sin mirarlo—. Forma parte de su entrenamiento. Puede quedarse roque en cualquier parte. Tarda solo unos segundos. La verdad es que mola bastante.

Nate se limitó a asentir con la cabeza.

—Pero tiene razón —añadió la muchacha, volviéndose hacia él—. Deberías dormir.

Ella estaba en lo cierto. Necesitaba descansar. Sin embargo, en vez de eso, le preguntó:

—¿Qué eres?

La niña sonrió.

—Soy tu amiga. —Dirigió de nuevo la vista a la televisión—.

¿De qué va este programa? Nunca lo había visto.

¿Por qué está esa señora chupándole el pene a ese mecánico?

No es así como se pagan las reparaciones en el taller, ¿verdad?

Desde luego, me parece una transacción de lo más extraña.

¿Por qué simplemente no le da dinero? ¿No es ese el propósito de la moneda corriente?

En efecto, una mujer de grandes senos se atragantaba con la polla de un hombre vestido con un mono grasiento.

La imagen rompió la determinación de Nate de quedarse justo donde estaba.

Retrocedió tres pasos y dejó caer su bolsa antes de arrebatarle el mando a distancia a Art.

Ella soltó un graznido de indignación, pero él la ignoró mientras buscaba desesperadamente el botón apropiado.

Justo cuando el mecánico abría la boca para derramar nuevos horrores, la pantalla se apagó.

Nate exhaló un suspiro de alivio.

Art lo fulminó con la mirada.

—Oye, que estaba viendo eso.

—No es para... niñas pequeñas. O lo que seas. Tienes que... esperar. A que seas mayor.

Ella miró al techo con cara de exasperación.

—Soy mayor que tú —dijo entre dientes.

Nate creyó que los ojos se le iban a salir de las órbitas.

—¿Qué has dicho?

La chiquilla le dedicó una tierna sonrisa.

—Nada. Vaya, qué cansada estoy. Me voy a dormir también. ¡Buenas noches!

Nate la vio acurrucarse entre las piernas de Alex, con la cabeza apoyada en su muslo. Cerró los ojos y, unos instantes después, se quedó dormida también.

—Hay que joderse —susurró Nate.

No pensaba dormir. En su cabeza se arremolinaban demasiados pensamientos como para que se lo planteara siquiera.

Por eso se sorprendió cuando una mano en el hombro lo arrancó de un sueño profundo. Se incorporó como un resorte con un jadeo y se apartó bruscamente de la mano. Se cayó de la cama y acabó de bruces sobre la moqueta azul.

Despedía un olor medicinal.

Con un gruñido, se volvió bocarriba.

Alex lo miraba desde arriba. Tenía el cabello mojado y llevaba los mismos vaqueros de antes, esta vez con una ajustada camiseta negra.

Nate no estaba preparado para semejante visión tan temprano por la mañana.

Cerró los ojos.

—Qué pasa.

—Te has caído de la cama.

—Ya me he dado cuenta. ¿Qué hora es?

—Las dos.

—¿Del mediodía?

—Sí —dijo Alex, al parecer divertido por la situación—. Del mediodía. Tenemos que ponernos en marcha. Deberías ducharte antes de que nos vayamos. A saber cuándo volverás a tener la oportunidad.

—Genial —farfulló Nate—. Fantástico. Artemisa estaba viendo porno hace rato.

—Me lo ha contado. Me ha preguntado por qué el mecánico no cobraba en dinero.

—La he obligado a quitarlo.

—También me lo ha dicho. No estaba muy contenta al respecto.

—Solo tiene diez años.

Alex no respondió.

Nate abrió mucho los ojos. Alex seguía mirándolo, pero una expresión recelosa le había asomado al rostro.

Nate suspiró.

—No tiene diez años.

Alex continuó callado.

—¿Cabe la posibilidad de que lo haya soñado todo? Me refiero a los helicópteros, los fusiles y las explosiones.

—No fue un sueño.

—Me cago en la mar.

—Tenemos que hablar.

—La última vez que me dijiste eso, fue para contarme que eras un fugitivo que intentaba devolver a una niña a sus padres.

Alex cambió su peso de un pie a otro, incómodo.

—No era... del todo mentira.

—Ah, estupendo. Si no era mentira «del todo», me quedo más tranquilo.

—No me... no nos habrías creído en ese momento.

—Esto no me va a gustar, ¿verdad?

—No lo sé. Es mucho que asimilar, de entrada.

—¿Dónde está Art?

—En el baño, terminando de asearse.

Nate asintió. Pensaba quedarse tumbado, pero de alguna manera logró incorporarse.

Le sorprendió que Alex se agachara para ayudarlo a ponerse de pie.

Se quedó mirándole la mano unos momentos antes de asirla.

Alex tenía la piel cálida y un agarre firme.

Tiró de él hacia arriba con un movimiento rápido.

Al enderezarse tan de golpe, Nate perdió el equilibrio y se tambaleó sobre Alex.

Un brazo le rodeó la espalda mientras él apoyaba las manos en su pecho.

Tragando en seco, levantó la mirada hacia él y...

—¿Os estáis abrazando? —preguntó Art—. Qué bonito. A mí también me gustan los abrazos. Pero no sé si lo estáis haciendo bien.

Alex frunció el ceño y se apartó.

La muchacha estaba en el vano de la puerta, con las trenzas húmedas y la piel un poco enrojecida. Llevaba una camiseta roja que le quedaba grande con unas letras blancas que decían: L A VIDA SERÍA UNA TRAGEDIA SI NO HICIERA TANTA GRACIA .

—Creo que deberíamos comer tortitas —dijo—. Eso es lo que comen los fugitivos. Lo leí una vez.

Nate recogió su bolsa y pasó junto a ella sin decir nada. La ducha debería haber sido su espacio seguro. Allí era donde daba vueltas a las cosas y se le ocurrían soluciones.

Por desgracia, había indicios de moho entre los azulejos de un rincón, el agua salía tibia, en el mejor de los casos, y el único pensamiento que se le pasó por la puta cabeza estaba formado por palabras que jamás había esperado oír.

«Y cuando digo “por aquí”, me refiero a este planeta».

Fue, sin lugar a duda, una de las duchas más frustrantes de su vida.

—Caray —dijo Art, con la mirada fija en la camarera. Estaba sentada en el asiento corrido, cerca de la ventana. Alex se encontraba junto a ella, y Nate, al otro lado de la mesa—. Eres una camarera, ¿verdad?

La mujer le sonrío. Joven y guapa, subió la mano para colocarse un mechón rubio tras la oreja. En su placa identificativa figuraba el nombre Peggy, y su sonrisa iluminaba todo el establecimiento.

—Pues sí —contestó ella. Estaba de pie, un poco demasiado arrimada a Alex para el gusto de Nate. Aunque en el fondo daba igual, claro. Eso carecía de importancia en comparación con muchas otras cosas, como el hecho de que la niña que tenía sentada enfrente albergara superpoderes.

Art se inclinó hacia delante.

—¿Eres la típica chica de provincias que sirve mesas pero sueña con triunfar en la gran ciudad y conseguir un contrato con una discográfica o bailar por dinero?

A Peggy le flaqueó la sonrisa.

Nate se atragantó.

Alex sonrió con los labios tensos.

—Ve demasiada televisión. Art, ¿qué habíamos dicho sobre las camareras?

—Que no les haga preguntas —dijo la cría, suspirando mientras jugueteaba con una servilleta de papel—. Que si quieren bailar por dinero no es asunto mío.

A Nate le costaba respirar.

La sonrisa de Peggy recuperó todo su esplendor. Posó una mano en el hombro de Alex.

—No pasa nada. Qué cosita tan curiosa, ¿no?

Art arrugó el entrecejo.

—No soy una cosita. Soy una persona.

—Claro —dijo Peggy—. ¿Queréis café?

—Dos cafés —dijo Nate—. Y un zumo de naranja.

Se quedaron mirándolo.

Se percató de que había empleado un tono demasiado autoritario.

—Por favor —añadió.

Peggy asintió.

—Enseguida os lo traigo. Avisadme si necesitáis algo más. Lo que sea. —Se alejó contoneándose, balanceando las caderas de un lado a otro.

—¿Qué le pasa? —preguntó Art mientras la seguía con la vista, frunciendo el ceño.