Bajo mi piel Diez #2
41%

Diez #2

—No vamos a entrar —dijo Alex.

Ella cruzó los brazos con un mohín.

—Nunca me dejas hacer nada divertido.

—Esa de ahí —señaló él, haciendo caso omiso de la chiquilla—. Hacia el fondo. La Chevy C/K.

—¿Y esa por qué? —preguntó Nate, estudiando el vehículo en la oscuridad.

La camioneta parecía una antigualla. Su pintura negra había conocido mejores días.

El capó estaba oxidado. Los neumáticos parecían un poco bajos de presión.

El parabrisas trasero lucía una bandera sudista.

Reunía todas las cualidades que Nate habría esperado encontrar en un bar situado en el quinto pino, en medio de las montañas.

—El parabrisas está cubierto de polvo.

—¿Y qué?

—Señal de que lleva días ahí aparcada.

—A lo mejor porque no arranca.

—Ahora lo averiguaremos.

—Ni siquiera tenemos las llaves.

—¿Nunca has robado un coche? —preguntó Art, mirándolo con los ojos entornados.

—No —dijo Nate—. Nunca se había presentado la oportunidad.

—Ah. Pues no necesitamos las llaves. Puedo hacerle un puente. Alex me enseñó.

Nate no sabía qué pensar al respecto. Así que no pensó nada.

Alex entró en el aparcamiento de grava y apagó los faros. No había nadie fuera del bar. Avanzaron hacia la parte trasera y se detuvieron al lado de la C/K. Alex puso el freno de mano.

—Art y yo nos llevaremos la Chevy. Nate, tú conducirás esta camioneta. Sal del aparcamiento detrás de nosotros y, más adelante, en la carretera, trasladaremos todo el equipaje de un vehículo a otro.

—Ni se te ocurra darte a la fuga —dijo Art, mirando a Nate con los ojos muy abiertos—. Si lo haces, te encontraré, vayas a donde vayas.

Nate la contempló boquiabierto.

—Ya vale —dijo Alex, propinándole una colleja.

—¡Estaba de guasa!

—¿A ti te parece que se lo ha tomado a guasa?

—No es culpa mía que la mente de Nate se esté expandiendo de formas que nunca habría imaginado. A ti te pasó lo mismo cuando...

—Vámonos.

Refunfuñando, Art se deslizó sobre el asiento hacia la puerta. Alex, que ya se había apeado, la ayudó a bajar, y la cría echó a andar hacia la C/K. Antes de cerrar la puerta, Alex se volvió hacia Nate.

—Lo ha dicho en broma.

Nate asintió en silencio.

—Pero como te des a la fuga, te encontraré.

Nate asintió de nuevo.

Alex cerró la puerta.

Nate se desplazó hasta el asiento del conductor y agarró el volante.

Estuvo a punto de darse a la fuga.

En vez de ello, miró a Alex y Art a través del parabrisas.

Estaban junto a la C/K, del lado del conductor.

Alex levantó la manilla de la puerta. Estaba cerrada con llave.

Le dijo algo a Art que Nate no alcanzó a oír.

La aupó, y ella posó la mano en la palanca.

Se quedó inmóvil un momento antes de tirar de ella.

La puerta se abrió.

La chiquilla alzó la vista hacia Alex con una gran sonrisa.

Nate estuvo a punto otra vez de darse a la fuga.

La cría subió a la camioneta por la puerta del conductor y, arrastrando las piernas con torpeza, pasó de un asiento al otro.

Alex la siguió y cerró la portezuela. Daba la impresión de que el hombretón apenas cabía en aquella cabina.

Él y la niña se inclinaron sobre el salpicadero, moviendo los brazos.

Al cabo de unos instantes, el motor se encendió con un rugido.

Art se enderezó y, mirando a Nate a través de la ventana, extendió el pulgar hacia arriba.

Nate no le devolvió el gesto. No sabía cómo comportarse ante una chiquilla capaz de hacer rebotar las balas en el aire.

A pesar de todo, cuando salieron del aparcamiento de grava, Nate siguió las luces traseras que brillaban ante él.

Notaba una comezón tremenda en la piel.

—¿Deberíamos decir algo? —preguntó Art.

Se encontraba de pie junto a Nate, que contemplaba la camioneta de su padre.

Alex estaba llevando todas las cosas a la C/K.

El bar había quedado kilómetros atrás. Se habían detenido a las afueras de un pueblo llamado Mason’s Corner, junto a un puente que cruzaba un río.

Los terraplenes de los márgenes eran empinados.

Art le tiró de la mano.

Él bajó la mirada hacia ella.

—¿Deberíamos decir algo? —repitió la muchacha.

—¿Sobre qué?

—Tu camioneta.

—¿Por qué?

Ella frunció el ceño.

—Porque vamos a abandonarla, igual que hicimos con la cabaña.

—No te entiendo.

—Estas cosas eran tuyas. Alguien te las dio, y ahora te vas a quedar sin ellas.

Él batalló por encontrar las palabras adecuadas. Ni siquiera tenía claro que fuese buena idea hablar con ella.

—No... Eso no es lo que... —Suspiró—. No es tan grave.

—¿Por qué?

—Son solo... cosas. No sé si iba a quedarme con ellas de todos modos.

—Las fotografías de las paredes... ¿No las echarás en falta?

Él negó con un gesto.

—Son... de una vida anterior, que ya no es la mía. Es más, no sé si alguna vez lo fue. No era real.

—Porque son solo... cosas.

—Sí.

Ella asintió despacio.

—Creo que lo entiendo. —Dirigió la mirada a Alex—. Él no es solo una cosa. No es una fotografía. Es real. Es mío. Por eso me lo he traído conmigo. —Le tiró de nuevo de la mano con unos dedos diminutos en comparación con los suyos—. Y por eso te hemos traído con nosotros. ¿Te cuento un secreto?

Nate ignoraba si soportaría oír otro secreto. Bastante le estaba costando digerir el anterior.

—Pues...

—He cogido algunos de tus libros.

—Ah..., vale.

—Los he metido en mi bolsa.

—No pasa nada.

—Me sentía culpable por ello.

—¿Tú... puedes sentirte culpable?

Ella sonrió de oreja a oreja.

—Pues claro. Puedo sentir un montón de cosas.

Ahora mismo me siento fatal. Pero es que me gustan mucho los libros, y sabía que, si teníamos que marcharnos deprisa y corriendo, no me daría tiempo de leerlos, así que metí un montón de libros en la bolsa que me consiguió Alex. Perdona. Ya me siento mejor. Gracias.

—Em..., de nada.

Alex terminó de trasladarlo todo a la C/K. Les indicó que subieran al vehículo, pero Art meneó la cabeza.

—Tenemos que pronunciar unas palabras.

—¿Sobre qué? —Volvía a tener el entrecejo arrugado.

—Sobre la camioneta. Nate está triste porque tenemos que abandonarla, y ya no le queda nada aparte nosotros.

Alex la miró con cara rara.

—No estoy triste —repuso Nate, zafándose de la mano de Art.

—Un poco sí —dijo Art—. Si tú no quieres, ya hablaré yo. Querida camioneta, gracias por ayudarnos a escapar de los cuatreros que querían apoderarse de nuestro valle...

—Con eso basta —dijo Alex—. Tenemos que irnos. Nate, pon la camioneta en punto muerto.

—¿Por qué? —preguntó Nate—. ¿No vamos a abandonarla sin más?

—Vamos a despeñarla —dijo Art, rebosante de ilusión.

Y eso fue exactamente lo que hicieron. A pesar de lo que le dictaba el sentido común, Nate puso la camioneta en punto muerto, se apeó y comenzó a hacer fuerza contra la jamba de la puerta abierta. Alex empujaba el vehículo desde atrás. Art ayudaba ejerciendo presión contra sus piernas.

La camioneta empezó a rodar hacia delante.

Fue más fácil de lo que Nate había imaginado. Al cabo de un momento, el vehículo se precipitó por el borde. Observaron cómo rebotaba cuesta abajo, derribando árboles jóvenes. Por algún motivo, no dio vueltas de campana. Acabó en el río con el morro hacia abajo.

—Esperaba una explosión —dijo Art, entristecida—. Tenía mis expectativas demasiado altas.

—¿Estás bien? —le preguntó Alex a Nate.

—No tengo ni idea —respondió él, con la mirada fija en la camioneta de su padre.

No se detuvieron hasta el alba, cuando el cielo empezó a clarear, y solo porque Art le dijo a Alex que si se quedaba dormido al volante y los mataba a todos, no habría servido de mucho escapar de los soldados y los helicópteros.

Parecía que Alex iba a ponerse a discutir, pero en vez de eso se le escapó un bostezo.

—¿Lo ves? —dijo Art—. Nate tampoco quiere morir. ¿A que tengo razón, Nate?

—La tienes —dijo Nate.

—Está bien —farfulló Alex—. Ya encontraré algún sitio.

Llegaron frente a un viejo motel que había conocido tiempos mejores, pero con el letrero de «Habitaciones disponibles» encendido, y a Nate se le cerraban los ojos.

No creía que fuera capaz de conciliar el sueño, pero necesitaba bajar un rato de la camioneta antes de que el cuerpo se le partiera en dos.

Alex les indicó que lo esperaran dentro de la cabina.

—¿Por lo menos tienes dinero? —barbotó Nate—. Si quieres, te paso mi tarjeta y...

Alex resopló.

—No puedes usar tus tarjetas. Ni por casualidad. De hecho, más vale que te deshagas de ellas. A partir de ahora, todo se paga en efectivo.

Nate lo miró, pestañeando.

—¿Por qué?

—Porque una tarjeta de crédito se puede rastrear —dijo Alex pausadamente, como si creyera que Nate era idiota—. Y la idea es que no nos rastreen. Llevo dinero. Nos bastará, al menos por el momento.

Cerró la puerta tras de sí, dejando a Art y Nate en penumbra.

¿Qué sucedería cuando todo aquello hubiera acabado?

Podría volver a... la vida que llevaba antes, ¿no?

Sí, había vivido a medias durante el último par de meses.

Pero si había hecho el puto viaje hasta Oregón había sido para encontrar de nuevo su camino.

Cuando, poco antes de marcharse de Washington, no conseguía dormir por las noches, imaginaba cómo podían ser las cosas.

Se mudaría a la cabaña junto al lago Herschel y encontraría la manera de pasar el duelo, por él, por sus padres, por los restos de lo que había sido una carrera prometedora.

Y, cuando terminara, quizá bajaría a Roseland y conseguiría empleo en una de las tiendas.

Se convertiría en un lugareño. O quizá se iría a dos pueblos de distancia para trabajar en el periódico local, un semanario cuyos artículos más importantes iban sobre el nuevo semáforo instalado en Roseland o una cabra criada por un miembro del club de jóvenes ganaderos a la que le habían otorgado la cinta azul en la feria del condado de Douglas.

Eran sueños poco ambiciosos, los sueños de un hombre que no podía pegar ojo y pensaba en el mejor futuro para él tras todo lo ocurrido.

—Esto se le da muy bien —le aseguró Art al cabo de unos minutos de silencio—. No tienes por qué preocuparte.

—No estoy preocupado.