Bajo mi piel Diez
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Diez

No recuperó el habla hasta el atardecer.

Llevaban horas en la carretera, sin apenas decir palabra. Habían pasado por Green Creek sin detenerse. Había un desvío a otro pueblo llamado Abby, pero se encontraba cincuenta kilómetros más al este. Hacía un buen rato que no se cruzaban con otro coche.

En cierto momento —Nate no habría sabido decir cuándo, porque había perdido por completo la noción del tiempo—, Alex le había exigido que le entregara su teléfono móvil.

Nate se lo había dado sin rechistar. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza abrir la boca.

En cuanto lo tuvo en la mano, Alex había bajado el cristal y tirado el chisme por la ventana.

Nate se planteó protestar y preguntarle por qué narices había hecho eso. Porque Nate necesitaba su móvil, ¿no? ¿Cómo si no iba a saber Ruth que él seguía con vida? ¿Cómo iba a llamarlo Big Eddie cuando se enterara del follón que se había armado en la montaña?

Pero no le quedaban fuerzas ni para eso, porque en ese instante cayó en la cuenta de que esas dos personas eran las únicas en el mundo que sabrían que había desaparecido. No le importaría a nadie más. Esto... no le dolió tanto como debería. Lo atribuyó a su aturdimiento.

A lo mejor también tenía algo que ver el hecho de que Art, sentada entre ellos, lo observara fijamente, casi sin pestañear.

A veces él le devolvía la mirada, intentando captar algún detalle, el que fuera, que revelase que era una trolera de mierda. Que los dos lo eran. Pero no encontraba nada de nada. Aunque, por otro lado, tampoco sabía qué estaba buscando.

Otras veces pasaba de ella por completo, agarrándose las rodillas hasta que se le ponían blancos los nudillos, consciente de que seguramente le saldrían moretones, cosa que le daba totalmente igual. A algo se tenía que agarrar para no desmoronarse.

Intentó formular pensamientos, recuperar cierto sentido del orden, pero solo le venían ideas fragmentarias, piezas de un todo que no era capaz de armar.

Sabía cómo funcionaba el mundo. La realidad le había enseñado sus afilados colmillos, pero se regía por un orden.

Había una razón para todo. Puede que él no siempre conociera esa razón, pero la certeza de que existía lo tranquilizaba.

Para dar con ella bastaba con escarbar, plantear las preguntas necesarias y apretar a quien había que apretar.

Esto, en cambio...

Esto no encajaba en el orden que Nathaniel Cartwright conocía.

Esto lo había arrastrado hacia un reino de caos, y no encontraba la manera de escapar.

Art seguía mirándolo con fijeza.

Nate no sabía si le estaba leyendo la mente.

De hecho, ignoraba si podía.

No sabía qué era capaz de hacer y qué no.

Alex mantenía la vista al frente, con aquella arruga profunda en el entrecejo, como siempre.

Nate descubrió que, en aquel momento, le importaba una mierda.

Por eso se sorprendió cuando al fin recuperó el habla. No se lo esperaba. Seguía perdido en la tormenta desatada en el interior de su cabeza y, sin embargo, abrió la boca y dijo:

—Para aquí.

Esto pareció desconcertar a Alex.

—No tenemos tiempo...

—Párate.

—Nate, no puedo.

—¡Que pares, te digo! —bramó, asestando un manotazo en el salpicadero, rozando con los dedos las huellas que había dejado la niña sentada a su lado—. ¡Para, para, para...!

—Hazlo —dijo Art, mirando a Nate con la cabeza ladeada—. Por favor.

Alex le gruñó, pero hizo caso. Más adelante, a la derecha, había un apartadero, un ensanchamiento de la calzada para que los vehículos lentos pudieran parar y dejar pasar a otros más rápidos.

Nate bajó de la camioneta incluso antes de que se detuviera del todo y se tambaleó un poco cuando sus pies tocaron el asfalto.

Tenía las piernas entumecidas —como el resto del cuerpo, en realidad— y estaba convencido de que se caería de bruces, pero de algún modo consiguió permanecer de pie.

Respiró a grandes bocanadas, intentando llenarse los pulmones al máximo, expandiendo tanto el pecho que casi le dolía.

—Me parece que está hiperventilando —oyó que decía Art dentro de la camioneta, y tuvo que esforzarse por contener una risa histérica. Sabía que, una vez que empezara, seguramente ya no podría parar—. Una vez le pasó eso a alguien delante de mí. Fue antes de conocerte.

Nate no oyó la respuesta de Alex porque estaba rodeando el vehículo por detrás, con los párpados entrecerrados por la intensidad de las luces traseras.

Cruzó la calzada hasta topar con el quitamiedos que estaba al otro lado.

Casi se estremeció al sentir el frío del metal contra la piel, lo que lo ayudó a recuperar el contacto con la realidad.

Inspiró por la nariz y exhaló por la boca.

Tendió la mirada hacia el bosque que se extendía más abajo, con un follaje tan denso que le impedía ver el suelo. El sol se había puesto casi del todo, y el naranja del cielo se fundía en un azul muy oscuro. Empezaban a aparecer estrellas en lo alto y...

«Bueno, más tarde, cuando hayamos escapado de los malos con sus armas y sus helicópteros, seguramente deberíamos explicarte que no soy de por aquí. Y cuando digo “por aquí”, me refiero a este planeta».

Esto lo trastornó de nuevo.

No sabía cuánto rato llevaba agachado, preso de arcadas pero sin arrojar nada, cuando notó una mano en la espalda. Dio un respingo, aunque el tacto era firme y cálido, y la palma se movía en círculos lentos.

No era la mano de una niña.

Abrió los ojos.

Alex estaba a su lado, con expresión cautelosa. Tenía una mano posada en su espalda, y con la otra sujetaba una botella de agua.

—¿Es para mí? —preguntó Nate con voz ronca.

—He pensado que te vendría bien. Para quitarte el mal sabor de boca.

Nate asintió. Cogió la botella, pero, por el momento, no la abrió.

—¿Y Art?

—En la camioneta. Está... No quería empeorar las cosas.

Nate lo agradeció para sus adentros.

—¿Le tienes cariño a esa camioneta?

Nate no entendió la pregunta.

—¿Qué?

—La camioneta. Has dicho que... era de tus padres. Que la heredaste cuando murieron.

—Ya. Sí. Pero no...

—Tenemos que deshacernos de ella.

—No lo pillo. —Volvía a respirar con normalidad, pero los contornos de la realidad seguían desdibujados, como si se encontrara en medio de un sueño.

—Saben lo que tienen que buscar. Las matrículas, la marca y el modelo. Eso hará que les resulte más fácil localizarnos. Enviarán una orden de busca y captura a las policías locales.

Eso no ayudó a Nate a sentirse mejor.

—Me estás diciendo que tenemos que dejarla por ahí tirada.

—Sí.

—Y luego... ¿qué?

—Conseguir otro coche.

—Querrás decir más bien robarlo.

—Sí.

Nate se apartó un paso de él. Las manos de Alex quedaron colgando a sus costados.

—Pero eso es ilegal.

El otro fijó la vista en él.

—Eso no es una prioridad ahora mismo.

—Ya —dijo Nate, sintiendo que el pánico volvía a invadirlo—. Perdona, lo había olvidado. ¿Qué es el robo de un coche en comparación con una cría que levanta vehículos de kilos y los lanza contra helicópteros?

—Exacto. Me alegro de que tengamos la misma visión del asunto. Deberías beberte el agua.

Por una fracción de segundo, Nate pensó en tirarle la botella a la cabeza, solo por plantarle cara. Estuvo a punto de hacerlo.

Pero, en vez de eso, la destapó.

El agua le produjo una sensación agradable al bajarle por la garganta.

Seguía notando un regusto amargo, pero poco podía hacer al respecto en ese instante.

Tenía preguntas, por supuesto. Demasiadas.

No sabía por dónde empezar. Necesitaba respuestas.

Era una persona racional. Le gustaba el orden.

Si había un misterio, podía esclarecerlo, porque todo podía esclarecerse si uno le dedicaba el tiempo y el esfuerzo suficientes.

Él era tenaz. Cuando le entraba comezón en la piel, no paraba de rascarse hasta sangrar, solo para ver dónde estaba el límite.

Pero, en aquel momento, por más que se esforzaba, no encontraba las palabras.

—No. La camioneta no... no significa nada.

—Mejor —dijo Alex.

—¿Y si te hubiera dicho lo contrario? Es decir, que sí le tengo cariño.

Alex se encogió de hombros.

—Te habría contestado que ya lo superarías.

—Eres un capullo.

—Lo sé.

Debía preguntarle algo.

—¿Qué...?

Alex sacudió la cabeza.

—Ahora no. Tenemos que continuar nuestro camino. Más tarde, ¿de acuerdo?

No, no estaba de acuerdo. No estaba de acuerdo con nada de lo que estaba pasando. Aun así, Nate asintió.

Alex regresó a la camioneta. Nate advirtió que Art lo miraba a través del parabrisas.

Podía poner pies en polvorosa en ese mismo instante, huir mientras Alex estaba distraído.

Aunque no se encontraba en plena forma, era capaz de correr a buena velocidad cuando hacía falta.

Podía regresar por donde habían llegado, volver con los soldados.

Porque los soldados eran buenos, ¿no? Eran buenas personas que realizaban actos heroicos y eran dignos de confianza.

Ellos lo acogerían, y todo volvería a tener sentido.

Volvió la vista atrás, hacia la carretera.

Se preguntó qué habría sido de los helicópteros, si se habrían estrellado.

Como aquel helicóptero de California, que se había caído durante unas maniobras que no eran maniobras.

«Ahí dentro pasó algo gordo, Nate —le susurró al oído la voz de Ruth—, algo de lo que se supone que nadie de fuera debe enterarse».

Tenía tantas preguntas...

Un misterio.

Comezón en la piel.

No se alejó corriendo carretera abajo.

Se dirigió hacia la camioneta.

Cuando abrió la puerta del pasajero, Art le sonrió.

—Has tomado la decisión correcta.

No supo qué responder a eso.

Había un bar, un garito de carretera, en medio de la nada. Nate no sabía dónde estaban. El sol se había puesto hacía un buen rato.

Frente al establecimiento estaban aparcadas unas cuantas motocicletas y algunas camionetas. Viejos rótulos de neón colgados de tablas de madera astillada brillaban en la oscuridad con un zumbido. Se oía una música estridente de guitarras y batería procedente del interior.

—Qué pintoresco —comentó Art—. A lo mejor deberíamos entrar. Llevamos cabalgando mucho rato. Seguro que una zarzaparrilla nos sentaría bien.