Bajo mi piel Nueve #6
39%

Nueve #6

Creyó que Alex frenaría, que se detendría, que ejecutaría un puto giro de ciento ochenta grados y tomaría la dirección contraria para alejarse de esos helicópteros que estaban doblando una curva, unos metros más adelante.

Pero no lo hizo.

En todo caso, aumentó la velocidad.

—Los dos estáis como putas cabras —consiguió decir.

—Menos mal que no eres médico, porque estar como una cabra no es un diagnóstico válido —dijo Art—. Deberías ceñirte a lo que sabes.

Doblaron la curva.

Unos cuatrocientos metros más adelante había un control.

La vía no era muy amplia. Constaba de solo un carril en cada dirección.

En invierno, por lo general, las carreteras permanecían cerradas salvo para residentes.

El condado enviaba quitanieves cuando podía.

En ocasiones, las poblaciones situadas a mayor altitud quedaban aisladas durante un par de semanas hasta que las carreteras volvían a ser transitables.

Pero los vecinos estaban acostumbrados. Eran conscientes de los riesgos que traía consigo vivir en lo más profundo de la cordillera de las Cascadas.

Ambos lados de la calzada estaban bloqueados.

Había cuatro vehículos militares —uno en cada arcén— aparcados de frente, con los faros encendidos.

Otra hilera de soldados se alzaba ante ellos, con los fusiles preparados.

A la izquierda no había nada, salvo una caída de por lo menos ciento cincuenta metros hasta el bosque.

A la derecha, una escarpada pared de roca por la que no había manera de subir para eludir la barrera.

Los helicópteros describieron un amplio arco para acercarse de nuevo y se quedaron suspendidos una decena de metros por encima de los vehículos militares. Unos arbustos raquíticos que crecían en la roca se agitaban con violencia por la fuerza del viento generado por las aspas del rotor.

Era imposible pasar.

—Vamos a morir —dijo Nate—. Ahora sí que vamos a morir.

—No vamos a morir —replicó Alex.

No disminuyó la velocidad.

Aceleró.

Nate se horrorizó al ver que el cuentarrevoluciones subía de cuarenta.

—Art —dijo Alex—. Solo tenemos una oportunidad para salir de esta.

—Lo sé —dijo ella con voz suave y soñadora. Se puso de rodillas, se inclinó hacia delante y apoyó las manos sobre el salpicadero.

—Agárrate. —Alex lanzó una mirada fugaz a Nate, con una fina capa de sudor brillándole en la frente.

—¿A qué? —quiso saber Nate—. ¿Qué vais a...?

La camioneta comenzó a vibrar.

Nate lo sentía en los huesos. Se le erizó la piel.

La niña que tenía a su lado empezó a emitir una especie de pulsación.

El aire de delante de la camioneta se onduló y se proyectó a toda velocidad hacia la barrera.

Estaban tan cerca de los soldados que Nate alcanzaba a ver el blanco de sus ojos e intentó desviar la mirada, prepararse para el impacto y...

La ondulación del aire golpeó a los soldados que estaban delante de los vehículos militares.

Salieron despedidos, girando, y los fusiles se les cayeron de las manos.

Parecían estar flotando cuando aquella cosa ondulante, fuera lo que fuese, alcanzó dos de los vehículos que tenían detrás.

Los capós se arrugaron con un crujido metálico que llegó a oírse en el interior de la cabina de la camioneta.

Los parabrisas se agrietaron y saltaron en pedazos.

Los cristales rotos se alejaron dando vueltas en el aire, lanzando destellos bajo el sol.

Estaban tan jodidamente cerca y...

Los dos vehículos militares se elevaron de golpe e impactaron contra la panza de los helicópteros, lo que ocasionó que se escorasen peligrosamente el uno hacia el otro. Las hélices empezaron a rozarse, provocando una lluvia de chispas.

Una fracción de segundo después, chocaron con la barrera.

Nate miró por la ventana.

Era una tormenta de acero y fuego. El retrovisor del lado del pasajero se desprendió al golpearse con uno de los vehículos militares que quedaban. Se oyó el chirrido del metal contra el metal. Nate apartó la cabeza de la puerta, convencido de que la ventana del pasajero se rompería.

Eso no ocurrió.

En un momento estaban en medio de la barrera, rodeados de llamas y hombres que giraban por el aire, y al momento siguiente, la habían dejado atrás.

Volvió a mirar por el retrovisor trasero a tiempo para ver cómo los vehículos que se habían estrellado contra los helicópteros se precipitaban hacia el suelo y explotaban con un estampido apagado, lanzando metralla en todas direcciones en medio de volutas de humo negro.

Los helicópteros, que daban vueltas sin control, parecían a punto de colisionar en cualquier momento.

Y entonces la camioneta tomó otra curva y la escena de destrucción a sus espaldas desapareció.

Nate se volvió lentamente.

Rotando los hombros con suavidad, Art se apartó del salpicadero.

Alex le dijo algo, y ella le respondió, pero Nate no se fijó en una sola palabra de lo que decían.

Toda su atención estaba puesta en las dos abolladuras con forma de mano que habían quedado en el salpicadero.

Siguieron adelante.