Nueve #5
El motor se encendió con un rugido y, casi en el acto, el vehículo arrancó marcha atrás con una sacudida.
La gravilla saltó a su alrededor mientras las ruedas patinaban unos instantes antes de agarrarse al terreno sólido.
Con un chirrido, la camioneta salió disparada hacia atrás.
Alex giró el volante con mano experta, y el vehículo viró en redondo hasta quedar orientado hacia el camino de tierra que bajaba hasta la carretera.
Puso la palanca de cambios en la posición de conducción normal y, en cuanto dejaron de retroceder, se abalanzaron hacia delante.
—Cuidado —protestó Nate cuando Art se golpeó contra él soltando un graznido. Le dio la vuelta y la sujetó con fuerza a su lado—. Este cacharro no viene equipado precisamente con barras antivuelco.
—Sé lo que hago —aseveró Alex, aferrando el volante.
—Eso lo dice incluso cuando no lo piensa —señaló Art—. Se supone que es para tranquilizarnos respecto a nuestras posibilidades de sobrevivir. ¿Tú estás más tranquilo? No lo parece. Se te ha puesto la cara un poco verde.
—Ha sido un día de lo más extraño —farfulló Nate, mientras los árboles pasaban volando al otro lado de la ventana.
—Nos encontraremos con un control de carretera —anunció Alex.
Art alzó la vista hacia él.
—Lo sé.
—Tomemos la dirección que tomemos.
—Lo sé, Alex.
—¿Hacia dónde?
Ella se quedó pensativa.
—Art... —dijo Alex con visible frustración—. Si te pedí que estudiaras esos mapas, fue por algo. Planeamos este momento. Necesito que me digas hacia dónde debo ir.
—Hacia el este. Creo... creo que se supone que debemos ir hacia el este.
—¿Estás segura?
—No.
—Joder —rezongó él.
—No me gusta que digas palabrotas.
—No es momento, Artemisa.
—Suelta muchas palabrotas cuando se pone nervioso —le informó Art a Nate, a quien le temblaban las manos.
—Pues no lo culpo en absoluto.
Se internaron en el bosque, bajo las densas copas de los árboles. Incluso desde la cabina se alcanzaba a oír el tableteo de las hélices que giraban en algún sitio por encima de sus cabezas. Alex se inclinó hacia delante, casi hasta tocar el volante con la cara, y dirigió los ojos hacia arriba.
—El follaje no nos cubrirá durante mucho tiempo.
—¿Tienes un plan? —preguntó Nate.
Alex lo miró de reojo.
—Algo así.
—¿Cómo que «algo así»? ¿Qué narices se supone que...? ¡Hostia puta, cuidado!
Delante de ellos, en el camino de tierra, una hilera de hombres en uniforme militar completo les apuntaba con sus fusiles.
Lejos de reducir la velocidad, Alex pisó más el acelerador.
La cabina traqueteaba en torno a ellos.
—Pero ¿qué haces? —le gritó Nate—. Van armados. Por Dios santo, llevan...
Identificó el momento exacto en que los soldados apostados ante ellos comprendieron que no iban a detenerse.
Todo se ralentizó a su alrededor cuando un hombre situado en un extremo levantó el brazo y lo bajó con contundencia, como cortando algo con una espada.
De la boca de los fusiles brotaron fogonazos.
Estaban perdidos.
Con el rabillo del ojo, vio que Art se echaba hacia delante, con la mano alzada hacia el parabrisas y los dedos extendidos.
Una fuerza de succión vació de aire la cabina.
Nate creyó estar sufriendo alucinaciones. Vio las lenguas de fuego que salían de la punta de las armas automáticas. La luna del parabrisas debería haberse reventado hecha añicos. La camioneta debería haber quedado como un colador. Ellos deberían estar muertos.
Sin embargo, oyó unos impactos secos por delante del vehículo, y advirtió que saltaban unas chispas al otro lado del parabrisas, como si las balas rebotaran contra un muro invisible.
Se encogió ante los ruidos, convencido de que lo que veía no era real, de que en cualquier momento el cristal saltaría en pedazos en torno a ellos y las balas les perforarían la cabeza hasta salpicar el parabrisas trasero con trocitos de cráneo y cerebro.
Eso no ocurrió.
Los hombres que tenían delante rompieron a gritar, bajando sus armas.
Alex pisó más fuerte el acelerador.
Los soldados empezaron a moverse, empujándose unos a otros hacia los lados.
Los últimos que quedaban consiguieron apartarse de un salto justo antes de que la camioneta los embistiera.
Alex seguía sujetando con fuerza el volante cuando tomaron una curva suave a una velocidad que habría podido hacer volcar el vehículo.
Suspirando, Art se recostó en el asiento, bajando la mano.
—¿Qué...? —balbució Nate—. No entiendo... ¿Qué es...? No puedo...
—¿Estás bien? —preguntó Alex.
—No lo sé —dijo Nate con voz aguda y agitada.
—No te lo decía a ti. ¿Art?
—Estoy bien —respondió ella, sacudiendo la cabeza—. Pero esos no eran todos.
—Bueno, ya contaba con ello —dijo Alex.
Nate se quedó mirándolos.
Art le dio unas palmaditas en la rodilla.
—Bueno, más tarde, cuando hayamos escapado de los malos con sus armas y sus helicópteros, seguramente deberíamos explicarte que no soy de por aquí. Y cuando digo «por aquí», me refiero a este planeta. —Se quedó callada, reflexionando—. O incluso a esta galaxia, para ser más específicos.
—Art... —refunfuñó Alex.
Ella torció el gesto.
—Huy. En mi cabeza sonaba mejor. Fallo mío. El don de la oportunidad no es mi fuerte. Tendré que trabajar en ello.
—Princesa espacial —jadeó Nate.
Ella le sonrió de oreja a oreja.
—¡Te has acordado de eso! Qué divertido.
Él consiguió bajar la ventanilla antes de vomitar.
Apenas hablaron hasta alcanzar las inmediaciones de la carretera. El ruido de los helicópteros no cesaba, aunque parecían guardar cierta distancia.
—Si giras a la izquierda, entraremos en la ciudad —dijo Art, echándole una mirada recelosa a Nate como si temiera que fuese a devolver de nuevo. A juzgar por su expresión, no le había gustado mucho eso—. Probablemente podríamos dar un rodeo para evitarla.
—¿Y a la derecha? —preguntó Alex.
—Nos adentraríamos más en las montañas, en dirección norte, pero al cabo de un rato podríamos tomar rumbo este. No hay gran cosa por ahí.
—Menos gente.
Ella emitió un murmullo.
—Menos testigos.
—Nos estarán esperando.
—Lo sé.
—¿Podrás lidiar con ello?
—He descansado un poco. Estaré bien.
—Lo de las flores...
Ella suspiró.
—No era mi intención. Solo quería ver sonreír a Nate.
Los dos clavaron la vista en él.
Se encontraba lo más lejos de ellos que podía estar sin salir de la camioneta, apretujado contra la puerta del pasajero, con los ojos desorbitados.
Le había quedado un regusto asqueroso en la boca y estaba casi seguro de que le colgaba del mentón un hilillo de bilis que se estaba secando.
Pero esa era la menor de sus preocupaciones.
Todo lo demás había pasado a un segundo plano.
Su atención se centraba en las dos personas que viajaban con él en el vehículo.
—¿Todo bien? —le preguntó Art.
Él asintió con la cabeza.
—No pareces estar bien.
Y eso era quedarse corto.
—Me parece que lo he roto —dijo la muchacha, frunciendo el ceño.
—Lo has hecho a propósito —dijo Alex con los dientes apretados.
—Solo he impedido que acribillaran la camioneta. Algo tenía que contarle.
—La madre que me parió —masculló Alex—. Oye, vamos a...
El bosque quedó atrás.
Estaban a punto de llegar a la carretera.
—¿A la derecha? —preguntó Alex.
—A la derecha —dijo Art.
Enfilaron la vía a la misma velocidad con la que habían estado circulando.
Nate intentó protestar, hacer cualquier tipo de ruido que les recordara que la carretera no era tan ancha y que al otro lado solo había un quitamiedos metálico que los separaba de una caída al vacío, pero de su boca solo salió un débil chorro de aire.
Alex dio un volantazo, con una mano encima de la otra, y pareció que la camioneta se inclinaba hacia la izquierda.
Nate estaba convencido de que, por unos instantes, dos de las ruedas se despegaron del asfalto.
De alguna manera Alex consiguió mantener el control del vehículo y enderezar el rumbo con un ligero coleteo antes de cruzar la mediana para volver al carril derecho.
Nate era consciente de que montaña arriba no había más que algunas poblaciones dispersas, y estaban más o menos a una hora de distancia.
Creía recordar que una de ellas se llamaba Green Creek y era poco más que un villorrio.
Había estado ahí en una ocasión, cuando a sus padres les entró el gusanillo por explorar lo más recóndito de la sierra.
La carretera que subía por esa zona estaba llena de curvas y miradores para los turistas.
Y, en aquel momento, estaba desierta.
No había controles, al menos hasta donde él alcanzaba a ver.
—No dudes que por ahí andan —dijo Art, como si le hubiera leído el pensamiento—. Puedes contar con ello, forastero. Somos como unos colonos fronterizos que intentan proteger sus tierras de la temible banda de cuatreros que pretende arrebatárnoslas.
Él se quedó mirándola, boquiabierto.
Ella le guiñó un ojo.
—Eso no ayuda —dijo Alex.
—Intento tranquilizarlo.
Un estruendo invadió la cabina cuando dos helicópteros Black Hawk empezaron a sobrevolarlos a tan baja altura que a Nate le pareció que casi estaban rozando el techo del vehículo.
En cuanto los vio, pegó un grito y, al echar la cabeza hacia atrás, se golpeó contra la ventana.
Una punzada intensa le recorrió el cráneo mientras observaba con los ojos entornados los helicópteros que volaban por delante de ellos.