Bajo mi piel Nueve #4
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Nueve #4

Alex arrojó las bolsas de lona a la caja de la camioneta y le indicó por señas a Nate que hiciera lo mismo con la suya.

Ya había unas bolsas de basura blancas allí.

Parecían estar llenas de las latas que Alex había sacado de la despensa.

Al lado estaban las botellas de agua y unas mantas.

Nate dejó caer su equipaje junto al de ellos y se volvió justo en el momento en que Alex aupaba a Art al vehículo.

Empezó a rodear la camioneta hacia la puerta del pasajero cuando...

Se detuvo.

Un poco más adelante, en el camino de tierra, había un hombre.

—Esto... —dijo Nate—. ¿Alex?

—¿Qué?

—Creo que el del agua ha vuelto.

—¿Qué demonios estás...?

Alex empujó a Nate tras su espalda, con la pistola ya desenfundada apuntando a Randy.

Art gimoteaba en la cabina de la camioneta.

—Sargento Weir —dijo Randy alegremente—. Qué alegría verle de nuevo.

—¿Quién cojones eres? —preguntó Alex con voz grave y amenazadora.

Con una mano asía del brazo a Nate, manteniéndolo tras de sí.

Este tardó un segundo en comprender que lo estaba protegiendo.

Al echar un vistazo por encima del hombro de Alex, comprobó que Randy no se había movido.

Estaba a unos veinte metros de distancia. No parecía ir armado.

—No tiene importancia quién soy yo —repuso—. Tú tienes algo que no te pertenece y quiero que me lo devuelvas ahora mismo. Creo que este pequeño experimento ya ha durado bastante.

—¿Qué experimento?

Randy sonrió.

—¿De verdad te pensabas que no sabíamos dónde estabais?

Podríamos haber venido en cualquier momento, Weir.

De hecho, ese era el plan original. Sin embargo, los mandamases decidieron que estaría bien hacer un experimento de campo, para ver cómo reaccionaría Séptimac a...

estímulos externos. Sin embargo, algunos no estábamos de acuerdo.

Ya sabes cómo funciona esto. Donde manda capitán...

Cumplimos las órdenes que nos dan. —Su sonrisa se ensanchó—.

Por lo menos la mayoría de nosotros. La has liado parda, ¿sabes?

Ellos no se lo esperaban. Aunque, en honor a la verdad, debo decir que gracias a tu intervención hemos descubierto los fallos en nuestro sistema de seguridad.

Estoy seguro de que los de arriba tendrán eso en cuenta cuando decidan qué va a ser de ti. Después de todo, nos has ayudado.

—Ella no se irá contigo.

Randy se rio.

—¿«Ella»? ¡¿«Ella»?! Weir, nunca ha habido una «ella». Lo sabes tan bien como yo. Y no te corresponde a ti determinar lo que se hará al respecto. No te pertenece, te diga lo que te diga tu confundido instinto paternal. Es trágico, ¿no crees?

Alex se puso tenso.

Randy se dio cuenta casi de inmediato.

—Pues sí. Lo sé todo sobre ti, Alex Weir.

Conozco tu historia. Sé de dónde vienes.

Tu expediente es bastante... detallado. ¿Alguna vez te has preguntado por qué te eligieron a ti, habiendo tantos otros?

Eras un soldado. Una máquina. Pura fuerza bruta, sin cerebro.

Eras un arma, e ibas adonde te mandaban.

Pero nunca te has parado a preguntar por qué.

Por qué te escogieron. Por qué te dieron acceso a ello.

—Basta —atronó Alex.

Randy entrecerró los ojos.

—Te escogieron porque estabas roto por dentro, porque querían comprobar si se pegaría a ti, como a un organismo huésped, en simbiosis.

Querían ver qué era capaz de hacer ante el dolor humano.

Creo que incluso les sorprendió lo lejos que llegaba la cosa.

Te considerabas poco más que un canguro.

No sabías que formabas parte del experimento.

—Lo que tú digas, pero no dejaré que te la lleves. No te pertenece.

—¿Y crees que a ti sí? —preguntó Randy, aparentando incredulidad—.

Ay, Alex, Alex. No es real. Nada de lo que sientes es real.

Te está utilizando. Te ha manipulado. No es una niña.

Es un monstruo. Le importas un carajo. Nunca le has importado.

Pero estabas tan afligido que simplemente no notabas la diferencia. Y eso es algo que lamento.

—¿Para quién trabajas? —inquirió Alex.

Randy se encogió de hombros.

—¿Qué más da? Seguramente nunca has oído hablar de mi división. Baste decir que soy la persona a la que llaman cuando alguien se ha llevado algo y hay que recuperarlo.

—Eres un Sometedor.

Randy arqueó una ceja.

—Ah, veo que sí has oído hablar de nosotros.

Qué interesante. Y yo que pensaba que no eras más que un soldadito que había tenido un golpe de suerte.

No volveré a cometer ese error. Te lo habría quitado antes, pero...

ya ves. Los últimos días han sido esclarecedores, y tenía que cumplir órdenes.

—Miró por encima del hombro de Alex—. Señor Cart­wright.

¿La mafia, en serio? Eso es lo que usted creía. Hasta ahí llegó su imaginación.

—¿Cómo lo...?

—Nos pusiste micrófonos cuando viniste —gruñó Alex.

—Así es. Pero no cerca del contador del agua.

Aun así, estuvo bien que lo comprobaras.

Toda precaución es poca, desde luego, sobre todo en esta época en que la paranoia puede salvarte la vida.

Pero me temo que ya es tarde para todo eso.

No esperaba que ese vecino acabara involucrado.

Pero es lo que pasa en las poblaciones pequeñas, ¿no, señor Cartwright?

—Big Eddie —jadeó Nate—. Déjelo en paz. Tiene familia...

Randy agitó la mano para restar importancia a su objeción.

—Él me da igual. Para cuando vuelva a acordarse de usted, ya hará mucho tiempo que no estaremos aquí.

Señor Cartwright, es hora de que me escuche.

El hombre tras el que se guarece está buscado por traición contra Estados Unidos de América.

No solo es un desertor, sino que se ha llevado algo que no es suyo.

Si no se entrega de inmediato, será considerado un cómplice, y no le gustará lo que ocurrirá después.

Si, por el contrario, se rinde, me encargaré en persona de que reciba un trato justo.

Tiene treinta segundos para tomar una decisión, a partir de ya.

Nate no sabía qué hacer. No entendía de qué estaban hablando.

Aquello no tenía nada que ver con él. Había acudido ahí para guardar duelo por una vida perdida, por los errores que había cometido, para lamerse las heridas y decidir qué hacer a continuación.

Aquello no entraba en sus planes. De hecho, nada de lo que estaba sucediendo entraba en sus planes.

—Si lo haces... —dijo Alex en voz baja, con la vista al frente—. Si te... No te lo reprocharé. Pero a mí no podrás detenerme. No dejaré que se apoderen de ella otra vez. Tengo que llevarla a casa. Por favor, Nate.

—Tic, tac, señor Cartwright —dijo Randy—. Veinte segundos.

Nate apretó la frente contra la espalda de Alex.

—¿Le harán daño?

—Sí.

—Y nos matarán de todos modos.

—Tal vez. Aunque no muramos aquí, no volveremos a ver la luz del día.

—No está solo, ¿verdad?

Alex soltó una carcajada.

—Eres más listo de lo que pareces.

—No seas gilipollas. ¿Puedes sacarnos de aquí?

—No lo sé. Pero haré todo lo posible.

—Cinco segundos, señor Cartwright.

Dirigió la mirada al interior de la camioneta.

La muchacha lo observaba, con la cabeza apoyada en las manos, contra el asiento.

Nate no sabía qué estaba pasando. No sabía quién era Art o qué se suponía que era, pero le repateaba que el hombre que tenían delante se refiriese a ella como si no fuera una persona, sino una cosa.

Así que dijo lo único que podía decir.

—Estoy con vosotros. Con los dos.

Ella sonrió.

—Señor Cartwright, se le ha acabado el tiempo. ¿Tiene una respuesta?

—Sí —dijo Nate, alzando la voz—. De hecho, sí. Mi respuesta es: váyase a la mierda.

A Randy se le borró la sonrisa de la cara.

—No es una buena decisión, señor Cartwright.

—Vaya. Qué pena tan grande. No sé cómo podré seguir adelante.

—Ya vale —siseó Alex mientras Art se tapaba la boca para disimular la risa.

—Recuerde que le he dado una oportunidad —dijo Randy con voz gélida.

Giró sobre los talones, levantó una nube de polvo a su alerdedor y se alejó en dirección a los árboles.

—¿Adónde diablos va? —preguntó Nate.

—Sube a la camioneta —dijo Alex—. Deprisa. Tenemos que...

A lo lejos se oyó un tableteo sordo.

—Mierda —masculló Alex—. Venga. Tenemos que irnos ya.

—Otra vez no —murmuró Art—. ¿Es que no aprendieron la lección la última vez?

—¿Qué es eso? —preguntó Nate al tiempo que Alex se daba la vuelta y lo empujaba hacia el vehículo—.

¿Qué es ese ruido? Parece... —Con un quejido, cayó despatarrado en el interior de la cabina.

Notó que Alex le agarraba las piernas para empujarlo más hacia dentro.

Art se apresuró a levantarse y pasar por encima de la espalda de Nate mientras este se enderezaba.

Sentado contra la puerta del pasajero, se volvió para fulminar a Alex con la mirada—.

No necesitaba ayuda para entrar, gracias.

El tableteo subió de volumen. Se giró despacio y miró por el parabrisas trasero. Art estaba de rodillas, con la barbilla descansando sobre el respaldo del asiento corrido.

En la lejanía, por encima de los árboles, se apreciaban dos manchas negras recortadas contra el azul del cielo.

—¿Son...?

—Helicópteros —dijo Art en tono siniestro mientras Alex subía a la camioneta y cerraba de un portazo—. Black Hawks.

—Ah —consiguió decir Nate—. Eso... no suena bien.

—Pues no. Son mogollón de grandes. Y rápidos.

—No me estás haciendo sentir mejor.

—Agarraos bien —gruñó Alex.