Bajo mi piel Nueve #3
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Nueve #3

Se oían crepitaciones al otro lado de la línea.

—¿Hola?

—...ate, ¿me oyes?

—¿Big Eddie? Sí, aquí estoy. La conexión no es buena. Ya casi llego...

—...immy ... necesitan al tío. Ellos... quién es.

—¿Qué? Eddie. Se te oye muy entrecortado. No te entiendo...

—Jimmy. Nate, Jimmy está muerto. —Por un momento, la voz suena con claridad.

—¿Quién coño es...? ¿El del agua?

—Sí. Le han disparado. Lleva días así. He llamado... y ellos no...

—¡No te oigo! ¿Qué has dicho?

—Randy. No hay ningún Randy entre los empleados de obras públicas.

A Nate se le revolvió el estómago.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó con voz lánguida.

—Los he llamado. He hablado con el jefe. Nate, ¿quién es? ¿De dónde salió? ¿Te dijo su apellido? Querrán saberlo. La policía. Es...

—No —dijo Nate, y su propia voz le sonó muy lejana—. No. No me dijo... Eddie, tengo que colgar. Tengo que...

—Nate, no lo hagas, ¿vale? Quédate... lo encontraremos... no te muevas.

Nate tiró el móvil en el asiento y aceleró.

Un minuto después, avistó la señal que indicaba el lago Herschel.

Ascendió por la montaña lo más rápido que pudo, levantando una gran polvareda tras de sí.

La vieja camioneta traqueteaba y gemía cuando los neumáticos rebotaban en los baches.

Se golpeó la cabeza contra el techo de la cabina.

El móvil se cayó del asiento. Las cosas que había comprado saltaban de un lado a otro en el suelo del lado del pasajero.

Rechinando los dientes, apretó más el acelerador. La aguja del velocímetro se acercó al sesenta y cinco.

Exhaló con brusquedad cuando por fin divisó la cabaña. Se puso a dar bocinazos, desesperado, pero el sonido era bajo y débil.

Aun así, Alex debió de oírlo, porque la puerta principal se abrió y él salió al porche empuñando la pistola. Art se asomó por detrás, con los ojos como platos.

Nate pisó el freno con fuerza, y el vehículo coleó un poco antes de detenerse.

—¿Qué pasa? —preguntó Alex con voz apagada.

—Séptimac —dijo Nate, casi sin aliento—. Es por Sép­timac.

La expresión de Alex se endureció casi de inmediato. Una vez más, apuntó a Nate con el arma.

—¡Eh, tranquilo! —exclamó este, levantando las manos y reculando un paso—. Joder, Alex, yo no...

—¿De qué conoces ese nombre? —preguntó Alex con frialdad.

—Tengo un contacto, ¿vale? En Washington. El primer día que estuve fuera, cuando me preguntaste si había llamado a alguien, te mentí, ¿vale? Llamé a mi contacto. Le hice unas preguntas. Le pedí que averiguara lo que pudiera sobre Alex Delgado.

—Ay, madre —jadeó Art.

La pistola no se movió.

Sin bajar las manos, Nate dio un paso hacia el porche.

—No he venido a perjudicaros. Lo juro. Yo jamás te haría eso, ni tampoco a ella. Los dos sois mis...

—No sigas —espetó Alex—. Cierra la puta boca.

—Sois mis amigos —dijo Nate, desoyendo la advertencia—. El tipo del agua...

Alex entornó los párpados.

—¿El que estuvo aquí? ¿Qué pasa con él?

—Creo que no es quien decía ser. Estuvo en el pueblo, y... Da igual. El caso es que ha muerto un hombre, y no sé qué está pasando.

—¿A quién llamaste? —exigió saber Alex—. ¿Qué narices has hecho?

—Indagar. Lo siento. No era mi... Tenía que hacerlo. No es...

—Alex —dijo Art, tironeándole de la pernera.

—Te lo advertí —gruñó Alex—. Te dije que no debías indagar nada. Que tenías que aceptar la situación sin preguntar. Que podías buscarte problemas. Que podías buscárselos a ella.

—Lo sé —dijo Nate con voz débil, dando otro paso—. No quería... Lo hice sin pensar. No imaginaba que las cosas irían así. No lo sabía.

—Alex —dijo Art de nuevo.

—Tengo mis motivos para hacer lo que hago —dijo Alex—. ¿Por qué si no crees que estaba...?

—¡Alex!

—¿Qué quieres, Art? Estoy intentando...

—Tenemos que irnos.

La pistola le tembló en la mano.

—¿Estás segura?

Ella asintió.

—No hay mucho tiempo.

—Ve a tu cuarto. Mete todo lo que puedas en las bolsas. Corre.

La chiquilla lanzó una mirada a Nate antes de entrar a toda prisa en la cabaña.

Alex lo miró con mala cara otra vez antes de cruzar la puerta tras ella.

Nate se quedó inmóvil un momento. El corazón le retumbaba en el pecho. Notaba un nudo en la garganta. Apenas podía respirar.

Subió los escalones de la entrada prácticamente sin darse cuenta.

Alex estaba en la cocina, sacando latas de comida de la despensa y disponiéndolas sobre la encimera. Sin prestar atención a Nate, se agachó para recoger el paquete de botellas de agua.

Art estaba en el dormitorio, con su bolsa de lona y la de Alex abiertas sobre la cama, agarrando montones de ropa y embutiéndolos en ellas.

Nate se dirigió a su habitación. No sabía qué hacer.

¿Preparar el equipaje también? ¿Intentar hablar con Alex?

¿O simplemente meterse en la cama y taparse hasta arriba con el edredón hasta que todos los ruidos que lo rodeaban cesaran y él pudiera imaginarse que nada de lo sucedido en los últimos días había ocurrido en realidad?

En vez de eso, cogió su propia bolsa y empezó a llenarla.

No siguió ningún orden específico. Iba agarrando lo que encontraba: unos vaqueros, ropa interior, sus botas, su cepillo de dientes...

Le temblaban las manos y la opresión que sentía en el pecho le dificultaba respirar.

Sus movimientos eran entrecortados, casi mecánicos.

No oía más que la voz de Ruth en su cabeza, diciéndole que huyera, que tenía que largarse.

Le llegó un gruñido de Art procedente del pasillo. Tras cerrar la cremallera de la bolsa y echársela al hombro, salió del dormitorio.

La muchacha estaba intentando arrastrar las dos bolsas. Nate le dio un palmetazo en la mano para que soltara una de ellas y la levantó del suelo. Aunque con una sonrisa un poco vacilante, Art consiguió tirar de la bolsa que quedaba con mucha más facilidad.

La cocina estaba vacía.

La puerta principal seguía abierta de par en par.

Por un breve instante, Nate se preguntó si Alex se habría marchado sin ellos.

El hombre cruzó el umbral en ese momento, con una mirada sombría. Había vuelto a guardarse la pistola.

—¿Lo tienes todo? —preguntó al ver a Art.

—Sí —dijo ella—. Creo.

—Con eso me vale. Las llaves.

Nate parpadeó, sin acabar de entender lo que estaba pasando.

—Nate —espetó Alex, tendiendo la mano—. Dame las putas llaves.

Nate se hurgó en el bolsillo. Aunque las llaves se apretaban contra su piel de manera dolorosa, consiguió sacarlas. Alex se las arrebató antes de agarrar la bolsa de lona que Nate llevaba en los brazos. Se agachó para recoger también la de Art.

—Tenemos que irnos —le dijo—. Mantente detrás de mí. Agárrate a la parte de atrás de mi camisa y no te sueltes. Esto será como en la Montaña, ¿entendido? Vamos a movernos deprisa, en silencio y sin mirar atrás.

—Vale —dijo ella con un hilillo de voz.

—Bien. En marcha.

—Venga, Nate —dijo ella, volviendo la vista hacia él.

Alex se paró en seco.

—¿Qué?

—Nate viene con nosotros.

—No —dijo Alex—. De eso, nada. Esto es...

—No vamos a dejarlo aquí —insistió Art—. Lo necesitamos, Alex. Está metido en esto.

—No puedes saber si...

—¿Confías en mí?

—No es justo —replicó él y, por primera vez desde que Nate lo conocía, en su rostro se dibujó una descorazonadora expresión de miedo . De desesperación. Era algo descarnado, intenso, y Nate apenas soportaba mirarlo—. Sabes que me fío de ti más que de nadie en el mundo.

—Y me hiciste una promesa.

—Ya lo sé.

—Entonces confía en mí ahora —dijo ella—. Lo necesitamos. Tú lo necesitas.

A Nate le pareció que Alex iba a ponerse a discutir.

Alzó la vista hacia él, con el ceño fruncido, como siempre, pero esta vez estaba entrando en pánico.

Nate había pensado que jamás abandonaba su actitud estoica, pero ahí estaba, con los ojos desorbitados, escudriñándole el rostro en busca de...

algo . Era una disonancia para la que Nate no estaba preparado.

Había visto a Alex lanzar amenazas y trenzar el cabello como si fuera lo más sencillo del mundo.

Pero nunca pensó que lo vería asustado.

Ni a ella tampoco.

—Está bien —dijo Alex, sacudiendo la cabeza—. Nate, harás lo que yo te diga cuando te lo diga. Si por un segundo me da la impresión de que no lo haces, te pegaré un tiro en la cabeza y dejaré tu cadáver donde caiga. ¿Te ha quedado claro?

—Sí. —Nate apenas podía respirar.

—No te va a pegar un tiro —aseguró Art, dándole unas palmaditas en la mano—. Te aprecia demasiado para...

—Art —bramó Alex.

Ella puso los ojos en blanco.

—Que sí, que vale, que no es el momento. Ya lo sé. Nunca es el momento.

—Art, tú irás detrás de mí, y tú, Nate, detrás de ella. Hay que avanzar rápido y sin detenernos hasta llegar a la camioneta. Conduzco yo.

—Es muy buen conductor —dijo Art, levantando la mirada hacia Nate—. Sobre todo cuando hay gente disparándonos.

—Eso no resulta tan tranquilizador como tú crees —dijo Nate con una voz apenas audible.

—Lo sé. Pero alguien tenía que decirlo.

En la puerta, Alex oteaba la línea de árboles. Mantenía una postura rígida, con una bolsa colgada de cada hombro. Art se le acercó y agarró el faldón de su camisa de franela antes de volverse hacia Nate.

—Mantente pegado a nosotros —le dijo—. Va a suceder muy deprisa.

—¿Qué va a suceder muy depri...?

—Ya —dijo Alex—. Andando. Rápido.

Nate hizo lo único que podía.

Los siguió.

Salieron al porche, y la madera del suelo crujió bajo su peso.

Alex se detuvo un momento en el peldaño superior para echar otro vistazo alrededor.

De inmediato, bajó los escalones hasta la grava, que crujió bajo sus pies.

Art lo seguía como una sombra, aferrada a su camisa.

Nate se sentía como si anduviera bajo el agua.