Bajo mi piel Nueve #2
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Nueve #2

Estaba a medio camino de regreso cuando se acordó del teléfono.

Se lo sacó del bolsillo y lo encendió. Lo tenía apagado porque en la montaña no le servía prácticamente de nada.

Se había propuesto llamar a Ruth cuando bajara al pueblo, pero estaba demasiado absorto en sus preocupaciones.

Había sido una estupidez por su parte. Telefonearla debería haber sido su máxima prioridad.

La pantalla del Nokia se iluminó.

Unos momentos más tarde, apareció el icono del buzón de voz.

Antes de nada, llamó para escucharlos.

—Tiene... seis... mensajes nuevos.

Arrugó el entrecejo.

El primero era de hacía tres días.

—Nate, soy Ruth. Necesito que me llames en cuanto puedas. Es por... Tú llámame. Tengo información para ti.

El segundo mensaje era de hacía dos días. También era de Ruth.

—Nate, cuando te llamo me salta el contestador. Sabes que me repatea que apagues tu teléfono. Más te vale devolverme la llamada. A la voz de ya.

El tercero había quedado grabado un par de horas después.

—Nate, te juro por Dios que como no me llames, te vas a enterar. ¿En qué narices andas metido? He averiguado cosas, ¿vale? Unas fuentes que conozco desde hace tiempo se han ido de la lengua y... Llámame. Te conviene mucho saber esto.

El cuarto mensaje era del día anterior por la mañana.

—Nate, pedazo de... Madre mía. Como me obligues a subirme a un avión, te arreo una patada en los putos huevos, ¿me oyes? Y tendrás que pagarme el billete de vuelta en primera clase porque ni de coña voy a embutir mi culo en un asiento de turista.

El quinto mensaje había llegado el día anterior por la tarde.

—Creo que saben que he estado haciendo pesquisas. Esto no es normal, Nate. Necesito saber de ti. Por favor, dime algo.

El último mensaje lo había dejado esa misma mañana. Seguramente había llamado mientras Nate discutía con Alex sobre la compra de comestibles.

—Nate, no sé qué ha pasado —decía Ruth en un susurro furioso—. Han venido unos hombres del Gobierno. Se creen muy elegantes con sus trajes caros y sus ridículas gafas de sol. Están haciendo preguntas. Creo que no saben que soy yo. No me... Hostia.

No tenía más mensajes.

Nate se apartó lentamente el teléfono de la oreja.

Sentía un martilleo en la cabeza.

Tenía la piel empapada en sudor.

Respiró hondo.

Seleccionó el nombre de Ruth y pulsó el botón de llamada.

Sonó una, dos, tres veces. Cuatro, cinco y...

«Este es el buzón de Ruth Davis, del Post . Si tienes este número, ya sabes quién soy. Si se trata de algo importante, deja un mensaje. Ya decidiré yo si es lo bastante importante para devolverte la llamada».

Nate no dejó un mensaje.

Marcó de nuevo. Sonó un timbrazo, dos, tres...

—Aquí Davis.

—Ruth.

—Nate, ¿por qué coño...? Dame un minuto. Ni se te ocurra colgar, ¿estamos?

—Sí, me...

Ella lo puso en espera. El hilo musical crepitaba por el altavoz del teléfono.

A Nate le dio la impresión de que se prolongaba durante horas y horas.

Justo cuando creía que iba a perder la cabeza, un pitido sonó por encima de la música.

Era una llamada entrante desde un número que no alcanzó a reconocer. La aceptó.

—¿Hola?

—Soy yo.

—¿Ruth? ¿Por qué me llamas desde otro teléfono?

—Me he ido a un despacho vacío con una línea telefónica distinta. No quería correr riesgos. Supongo que esta no estará intervenida.

—¿De qué hablas?

Ella soltó un gruñido.

—Chaval, estás en un buen brete. ¿Tienes idea de dónde te has ido a meter?

—No... ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes eran los hombres que...?

—De la Agencia de Seguridad Nacional —espetó ella—.

Al menos, eso dicen. Yo creo que es trola.

Llevo el tiempo suficiente en esto para reconocer una cortina de humo cuando la veo.

Me llamas aquí para contarme que te has encontrado a un tío en tu casa, un marine con una cría.

Me pongo a investigar, tanteo un poco el terreno para ver si alguien sabe algo del tal Alex Delgado, y de pronto estos se presentan en las oficinas.

—¿Saben que has sido tú?

Ella dejó escapar un resoplido.

—Chaval, yo sé cubrirme las espaldas. Estaban buscando a un hombre llamado Hank Williams.

Nate no pudo reprimir una sonrisa.

—A mi madre le gustaba mucho.

—No me digas. Querían echar un vistazo a los ordenadores y cosas así. Cuando se han acercado a mi mesa, les he señalado la máquina de escribir. No les ha hecho gracia.

—Y luego hablarán de la libertad de prensa.

—Bueno, tú y yo sabemos que, a la que escarbas un poco, descubres que no es más que una ilusión. Y vaya si he escarbado. Nate, Alex Delgado no existe.

Cerró los ojos.

—Ya. Me lo imaginaba.

—Se llama Alex Weir. Hace dos semanas se ausentó sin permiso de una base en el norte de California, el Centro de Entrenamiento de Guerra de Montaña del Cuerpo de Marines.

Nate arrugó el entrecejo al abrir los ojos.

—¿De qué me suena eso?

—¿Oyes las noticias?

—Desde que estoy en la cabaña, no.

—Un helicóptero se estrelló ahí hace un par de semanas, que fue más o menos cuando desapareció tu Alex Weir.

—Sí... Lo escuché por la radio, justo antes de entrar en Roseland. Decían que eran unas maniobras.

—Sí, eso dijeron. Del mismo modo que dijeron que la base no es más que lo que indica su nombre: un centro de entrenamiento.

—Ruth —dijo Nate pausadamente—, ¿qué intentas decirme?

Ella suspiró.

—No he podido investigar a fondo, Nate. Y Dios sabe que lo intenté. Pero cuanto más indagaba, más puertas se me cerraban. Tengo... tenía unos conocidos de confianza. Viejos amigos. Pero ni siquiera ellos llegaron muy lejos. No he vuelto a tener noticias suyas, aunque no he parado de llamarlos.

—¿Qué has averiguado?

—Que no es un centro de entrenamiento. Ahí dentro pasó algo gordo, Nate, algo de lo que se supone que nadie de fuera debe enterarse.

Alex Weir era militar de carrera, excepcional en todos los sentidos.

Participó en varias misiones de alto nivel.

Fue condecorado. Y, de pronto, hace diez años, desapareció sin dejar rastro.

En esa ocasión, no es que se ausentara sin permiso, sino que directamente se esfumó.

El mundo dejó de girar para él. Ya no era una persona.

Reapareció hace dos semanas. Y fue entonces cuando lo declararon ausente sin permiso, pero no por las vías habituales.

Toda esa información permanece oculta. Y ahora lo están buscando.

—No lo entiendo —dijo él con voz ronca.

—Nate, ¿esa cría es...?

—¿Es qué?

—No he conseguido averiguar gran cosa. Lo llamaban «la Montaña». Es el nombre del lugar. Lo del centro de entrenamiento es solo una tapadera.

—Pero eso...

El primer día.

Alex con su pistola.

«¿Vienes de la Montaña?».

A Nate le pareció una pregunta... fuera de lugar. Había subido a la montaña, sí. Pero por lo visto Alex no se refería a eso.

La Montaña. Con eme mayúscula.

Y luego...

Art.

Artemisa Darth Vader.

«Esto no sabe como el concentrado de verduras de la Montaña».

No le había preguntado a qué venía eso. No se le había ocurrido.

—¿Y ella? —preguntó con aspereza—. ¿Qué hay de la niña?

—No aparece ninguna mención a una niña —dijo Ruth—, solo de algo que llaman Séptimac. No sé lo que es, pero lo están buscando, ¿lo entiendes, Nate? Lo están buscando. Sea lo que sea la tal Séptimac, quieren recuperarla.

—No lo entiendo.

Ella profirió una sonora carcajada.

—Pues ya somos dos, chaval. Lo tuyo es: te despiden por mojar el churro, y ahora hete aquí, metido hasta las trancas en una movida en la que seguramente está muriendo gente. ¿Es que no te das cuenta? En cualquier momento los tendrás ahí. Mueve el culo y sal por patas.

Se había desatado una tormenta en su cabeza. Todo se le antojaba tan surrealista...

—Tengo que dejarte.

—Joder, Nate, tienes que mantenerte a salvo. Aléjate todo lo que puedas de ese marine y la mocosa. No sé qué está sucediendo, pero más vale que no te impliques en ello...

—¿Más de lo que ya estoy?

—Nate, por favor. Solo te estoy pidiendo una cosa.

Hazlo por mí. Sube a la camioneta y... márchate.

Lo más rápido posible. Ve hacia el este.

Escóndete hasta que las aguas vuelvan a su cauce.

Paga en efectivo. Nada de tarjeta. No tienes por qué enredarte en este asunto.

No tiene nada que ver contigo. Márchate, Nate. Sin perder un segundo.

Le vino a la mente la imagen de Alex trenzándole el cabello a Art con suavidad y delicadeza, y chasqueando la goma para el pelo cerca de su oreja.

Lo grandes que parecían las gafas de sol en aquella carita.

La vergüenza que le daba a Alex pedirle una maquinilla.

«Es mi protector».

«Tienes que creerme cuando te digo que prefiero morir a que le pase algo. Hago todo lo posible por ayudarla. Todo».

El modo en que ambos lo habían mirado tras la partida de culo sucio al preguntarle si quería salir a pasear con ellos, porque nada olía mejor que el aire después de la lluvia.

La forma en que se habían abierto las flores.

Dios, el puto prado parecía tan lleno de vida...

—No puedo —susurró.

—Ay, Nate. No. No. Por favor. Por favor, no hagas esto.

—Tengo que avisarlos. Tengo que...

—No es verdad. ¡No les debes una mierda!

Ruth no podía entenderlo. No había visto cómo Alex le enseñaba a Art a hacer cabrillas. No se había tomado un café recién hecho por un hombre que no sabía sonreír.

—Yo creo que sí.

—Como te pase algo, te reviento, ¿lo pillas?

Él se rio. La tensión se rompió de repente.

—Sí. Hostia, sí. Lo pillo. Cuídate, ¿vale? No dejes que el Hombre te la juegue.

—Chaval, he lidiado con esa clase de gente desde antes de que nacieras. No saben con quién se meten. Llámame cuando puedas, ¿de acuerdo? No desaparezcas del mapa, ¿estamos?

—Sí. Gracias, Ruth. Te... lo agradezco de verdad.

—Que sí, que ya. Lárgate cagando leches.

Pero él la oyó sonreír.

El tono de línea le pitó en el oído.

Tiró el teléfono en el asiento.

Puso rumbo a la cabaña, forzando al máximo el motor de la camioneta.

Estaba a punto de llegar al desvío cuando su teléfono sonó otra vez.

Se planteó no contestar.

Bajó la vista.

En la pantalla aparecía el nombre EDDIE.

Lo cogió.