Bajo mi piel Nueve
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Nueve

Se quedaron sin beicon.

El mundo se iba a acabar.

—No lo entiendes —se lamentó Art, dejándose caer en el sofá—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Vamos a morir de hambre?

—Hay mucha más comida —le recordó Alex.

Nate guardó silencio. No había hablado mucho desde el incidente de las flores del día anterior.

—Ya lo sé, Alex —dijo Art—. Pero no hay nada tan bueno como el beicon. ¿Por qué te cuesta tanto entenderlo? Es como si te pusieras farruco a propósito.

—No me pongo farruco.

—Un poquito sí.

—Art...

—Alex...

—Si tienes hambre, hay muchas otras cosas que puedes comer.

—Pero es que no quiero comer otras cosas. Quiero beicon.

—Puedo bajar al pueblo a por provisiones —propuso Nate.

Se volvieron despacio hacia él. Seguramente era la primera vez que abría la boca en todo el día, y ya casi era mediodía.

—Ella no necesita nada —murmuró Alex.

—Porque tú lo digas. —Art se levantó del sofá ayudándose con los brazos—. Si Nate quiere huir..., es decir, si se ofrece voluntario, deberíamos dejarlo.

No quería huir. Los prados florecían todo el rato. Ese era un hecho conocido. Así funcionaban.

—Eso —dijo—. Me ofrezco voluntario.

Alex lo miró con suspicacia.

—¿Estás pensando en...?

—Tú también necesitas suministros —le recordó Nate—. Tienes que afeitarte a diario, por ese rollo de hombre salvaje de la montaña que llevas.

—Yo no llevo ningún rollo.

—Te has afeitado esta mañana, y ya tienes esa sombra de barba de la tarde —señaló Nate—. Vas a gastar mis maquinillas.

Alex puso mala cara, pero Nate ya estaba acostumbrado; eso podía aguantarlo.

—Además, así aprovecho para que me dé un poco el aire. A fin y al cabo, no contaba con tener compis de piso.

—Ya —dijo Art—. Eso no te lo esperabas. Seguro que empiezas a estar hasta las narices de nosotros.

—Exacto —convino Nate—. Un momento —se apresuró a rectificar—. No. No lo decía en ese plan.

—Ella no necesita beicon —dijo Alex.

—Trae todo el que puedas —dijo Art, animada—. No tengo dinero, pero ya encontraré la manera de pagártelo.

Nate no quería saber a qué se refería con eso.

Alex se levantó de la mesa de la cocina, y las patas de su silla chirriaron contra el suelo.

Aún llevaba la pistola.

Se alejó por el pasillo.

Nate se preguntó si había metido la pata. Miró a Art, que se limitó a encogerse de hombros.

Alex regresó al cabo de un momento, con la misma mala cara de antes, por supuesto. Extendió la mano hacia Nate con brusquedad.

En ella había dos billetes de veinte dólares.

Nate se quedó mirándolos.

—Cógelos de una vez —dijo Alex con un resoplido.

Art tosió.

—¿Serías tan amable de cogerlos? —dijo Alex.

—¿Y qué máááás?

Él la fulminó con la mirada.

—¿... y comprarnos un par de cosas? Una maquinilla de afeitar me sería útil.

—¿Quieres champú? —barbotó Nate—. Porque sé que usas el rosa.

Alex retrocedió un paso.

—¿Qué?

—El champú que hay en el baño. Es rosa.

—Muy de niña —convino Art.

—Vale —dijo Alex apretando los dientes—. Champú, beicon y una maquinilla.

—Y uvas —añadió Art—. Quiero uvas. Nunca las he probado, y leí en un libro hace mucho tiempo que las verdes son mejores que las rojas.

—Nunca has probado las uvas —dijo Nate con un hilillo de voz.

Ella negó con la cabeza.

—Siempre he querido probarlas.

Si Nate cogía el dinero y salía huyendo de la casa...

Sería cosa suya y de nadie más.

En Roseland había un supermercado pequeño, nada del otro mundo, pero que vendía maquinillas, beicon, champú y uvas.

Se quedó largo rato parado delante de las uvas.

—¿Una decisión difícil?

Nate pestañeó.

Un hombre que le resultaba familiar estaba de pie a su lado, con una cesta de plástico vacía colgada del brazo.

—¿Disculpe?

El hombre señaló la fruta con la cabeza.

—Lleva un par de minutos mirando eso.

—Ah, ya. Perdón. Es que... tengo demasiadas cosas en la cabeza.

El hombre sonrió.

—Sí, lo entiendo. ¿Qué tal aguantan las tuberías?

Nate lo miró, parpadeando.

—¿Las tu...? Ah, sí, perdone. Soy incapaz de recordar su nombre. Ha sido... una semana larga.

El hombre se rio.

—Tranquilo. —Le tendió la mano a Nate, que se la estrechó—. Randy. Del servicio de obras públicas del condado de Douglas.

—Claro —dijo Nate—. Perdone. Soy Nate, Nate Cart­wright.

—Sí, me acuerdo —dijo Randy—. ¿Qué tal su perro?

—¿Perro?

—El que tenía encerrado en la cabaña.

—Yo no... —Tosió—. Ah, sí. El perro. Está... está bien. De fábula.

—¿Cómo dijo que se llamaba?

— Bobby .

—Ah, sí, Bobby . Un nombre curioso para un perro.

—¿En serio? Yo creía que era normal.

Randy se encogió de hombros.

—Nunca había oído hablar de un perro de verdad que se llamara Bobby .

—Supongo.

—Mientras no...

—¡Nate! Has bajado antes de lo que me esperaba.

Al volverse, vio que Big Eddie Green se acercaba con una sonrisa desenfadada. Le asestó una palmada en el hombro a Nate y le dio un suave apretón.

—Sí —dijo Nate—. Em... necesitaba comprar algunas cosas.

—¿Todo bien por la cabaña?

Pues no. Había un hombre con una pistola y una niña que tal vez había hecho que se abrieran las flores.

Pero no podía decirlo en voz alta porque era de locos, ¿verdad?

Si ni siquiera se había permitido pensar en el asunto, menos aún iba a hablar de ello.

Lo de la pistola lo tenía asumido, claro.

Ese era el rollo de Alex. Le parecía bien.

Ya no le preocupaba. Después de todo, hacía días que no le apuntaba con ella.

En cambio, lo de las flores...

Eso era harina de otro costal, ¿no? Así que dijo:

—Bien, bien. Todo bien.

—Me alegro —dijo Big Eddie. Se volvió hacia Randy—. Ah, perdón. No quería interrumpir. Buenas. Soy Eddie Green, pero todo el mundo me llama Big Eddie.

—Soy Randy —dijo, aunque parecía un poco molesto.

Se estrecharon la mano.

—¿Eres amigo de Nate? —preguntó Big Eddie.

—No —dijo Nate—. Es el del agua.

—El del agua —repitió Big Eddie—. ¿En serio?

Creo que no nos habíamos visto antes. ¿Trabajas para el condado?

Y yo que creía conocer a todos los de obras públicas...

Sé que Jimmy ha estado quejándose de que necesita a alguien más que le eche una mano por aquí.

El condado es demasiado grande para una sola persona.

Me imagino que han hecho un hueco en el presupuesto para ti, ¿no?

—Sí —dijo Randy, con la boca reducida a una fina línea—. Llevo poco tiempo aquí.

—¿Cómo le va a Jimmy? Ahora que lo pienso, hace un par de semanas que no veo al viejales.

—Está de vacaciones —dijo Randy—. Se ha ido fuera.

Big Eddie frunció el entrecejo.

—¿De veras? Por lo general cuando se va a ir fuera me pide que le riegue las plantas, y no he sabido nada de él.

—Probablemente se lo habrá pedido a otra persona.

—Probablemente —dijo Big Eddie—. Me pasaré por su casa, solo para asegurarme de que todo esté en orden. Me dio una llave hace años. Más vale prevenir que curar.

—Buena idea —dijo Randy sin inmutarse—. Seguro que te lo agradecerá.

Big Eddie asintió despacio.

—Seguro que sí. Nate, ¿todo bien?

A Nate no le cupo duda de que la pregunta de Big Eddie iba más allá de una mera cortesía, pero no tenía muy clara su intención.

Al fin y al cabo, no podía estar al tanto de que había dos personas esperándolo en la cabaña, ¿no?

A menos que hubieran pasado por Roseland.

Alex había comentado un par de días antes que habían abandonado el coche en el que viajaban, pero no le había dicho dónde ni cómo.

Si alguien lo había encontrado, ¿no era posible que hubiera descubierto un rastro que condujera a Alex?

—Sí —respondió Nate—. Todo bien. —No era cierto, no del todo, pero no sabía qué otra cosa decirle a Big Eddie, y menos delante de Randy, a quien no conocía de nada. No era más que el del agua. Le dedicó una tenue sonrisa—. Disculpa, ¿qué decías?

—Me estaba contando lo de su perro —dijo Randy.

—¿Perro? —preguntó Big Eddie—. No recuerdo...

Nate le dio un golpecito con su cesta de plástico, que contenía cuatro paquetes de beicon, una maquinilla de afeitar y el champú más viril que había encontrado. No sabía cómo había llegado a esa situación.

Big Eddie pareció comprender.

—Ah, sí, el perro. Un pedazo de bicho, ¿no?

—Sip —dijo Nate, encogiéndose de hombros, incómodo—. Ya sabes cómo es.

—Y tanto —dijo Big Eddie. Sacudió la cabeza—.

Vaya, yo aquí de palique, y la parienta en la gasolinera.

Tiene cosas que hacer. Si quiero pasarme por casa de Jimmy, será mejor que espabile antes de que ella mande una partida de búsqueda a por mí.

Seguimos en contacto, ¿vale, Nate? Si necesitas algo, lo que sea, avísame.

Nate asintió.

—Randy, ha sido un placer conocerte. Espero que este lugar te enamore tanto como a nosotros. Hay algo en Roseland que no se encuentra en ningún otro sitio.

—No me cabe la menor duda —dijo Randy, aunque no parecía muy convencido.

Big Eddie le dio otro apretón en el hombro a Nate antes de alejarse.

—Un tío majo —dijo Randy cuando el hombretón ya no podía oírlo.

—El mejor —dijo Nate, más incómodo que antes, aunque no sabía por qué.

La primera idea que se le había pasado por la cabeza era que Randy intentaba ligar con él, por absurdo que pareciera.

Si era así, se sentía halagado, pero no estaba interesado en absoluto.

Tenía preocupaciones más grandes en esos momentos—.

Bueno, me he alegrado de verle otra vez.

—Le entiendo —dijo Randy, dando un paso hacia él—. Debe de ser duro estar en la montaña, lejos de todo, solo.

Nate no sabía cómo reaccionar a eso.

—No pasa nada. Estoy bastante a gusto ahí.

—¿De veras?

—Sí. —Nate ladeó la cabeza—. ¿Por qué?

—Solo estaba pensando en voz alta, lo que debe ser estar en ese sitio tan apartado, donde los móviles no funcionan, aislado de casi todo el mundo..., ¿sabe a qué me refiero?

—Pues... sí, supongo.

—¿Ha visto a alguien más por ahí arriba?

—No.

—¿Está seguro?

—¿Por qué?

Randy desplegó una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Era solo por charlar un poco. Pero tenga cuidado, señor Cartwright. En esos bosques seguramente hay cosas que ni se imagina.

Pasó por su lado con un ligero empujón y lo dejó de pie en medio del supermercado.