Ocho #4
—Estás huyendo con una niña a la que proteges de unas personas de las que no me quieres hablar. Me parece bastante evidente que algo hay.
—No seas...
—No soy.
—Que sí —espetó Alex—. Me estás... presionando.
—O a lo mejor solo lo estoy intentando, tal como Art te pidió a ti que hicieras.
—No es lo mismo.
—Lo que tú digas.
Alex emitió un sonido bajo y gutural, como si gruñera.
—Eres inaguantable.
—Le dijo la sartén al cazo.
—No sabes cuándo cerrar el pico.
—No eres el primero que me lo dice ni serás el último.
—No te entiendo.
—No hay nada que entender —repuso Nate en un tono burlón y un poco hiriente. No se pudo contener. Se sentía acorralado y no sabía cómo habían llegado a eso.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Alex.
—No lo sé —dijo Nate con sinceridad—. Ya no sé nada. Creía... —Sacudió la cabeza—. Creía que me haría bien cambiar de aires. Que, si venía aquí, algo sucedería. Me quedé sin trabajo, y... no sé. Creía que estar aquí me ayudaría a aclararme las ideas.
—Pero al llegar te encontraste con nosotros.
—Sí. Así fue.
—Te dije que, si querías, nos iríamos —le recordó Alex.
—Lo sé.
—Todavía podríamos irnos.
—¿No me digas? —replicó Nate—. ¿Y adónde irías? ¿Tenéis un plan? ¿Dinero? ¿Algún otro lugar donde quedaros?
Sus preguntas parecieron incomodar a Alex.
—Ya encontraría algo.
—Por ella.
—Sí.
—Porque es tu deber protegerla.
—Sí.
—Llevarla de vuelta a casa.
— Sí .
Estaba cerca. La explicación de lo que pasaba a su alrededor, de lo que le estaba pasando a él, estaba casi al alcance de su mano.
Le estaban ocultando información. Eso lo sabía. Era obvio. Pero todo lo que le habían contado parecía verosímil, pese a lo absurdo que sonaba. Aun así, algo no le acababa de cuadrar. Aún no se había formado una imagen completa de la situación, ni creía que estuviera a punto de formársela.
—Sabes que puedes confiar en mí, ¿no?
Alex negó lentamente con la cabeza, lo que le dolió a Nate más de lo que hubiera querido.
—No es... no es por ti, sino por... por ella. Es especial. Más de lo que te imaginas. Y yo... no puedo correr riesgos. Con ella, no. El problema no eres tú.
A Nate se le escapó una risita.
—Ha vuelto a sonar como si rompieras conmigo.
Habría jurado que la más leve de las sonrisas asomaba a los labios de Alex, visto y no visto.
—Ojalá pudiera.
—¿Ojalá pudieras qué?
—Confiar en ti. Pero no puedo.
Después de eso no se dijeron mucho más.
«Ella es especial».
Nate recordaría durante mucho tiempo aquel instante, aquellas palabras.
En su momento no había entendido el alcance que tenían y que podían llegar a tener.
Estaba la niña, y luego estaba su gigantesca sombra.
Llevaba unas gafas de sol que le iban enormes y decía cosas como «Eh, forastero, ¿qué te parece si salimos a estirar las piernas y a ver qué columbramos en el polvo del camino?
» con un ridículo acento sureño que habría dado dentera en boca de cualquier otra persona.
Sin embargo, en el caso de Art resultaba adorable por razones que Nate no acertaba a explicarse.
No lo entendía, no, pero los siguió cuando cruzaron la puerta para hacer lo que ella había pedido. Salieron a estirar las piernas y a ver qué columbraban en el polvo del camino. Nate se preguntó si podría comprar un sombrero de vaquero en Roseland para ella. Seguro que le encantaría.
No la entendía, ni a ella ni a su sombra. No sabía de dónde venían, adónde iban ni qué sucedería a continuación.
Aun así, los siguió.
«Ella es especial», había dicho Alex.
A veces se ponía a dar botes mientras avanzaban por el sendero apenas visible que se alejaba del lago.
También tarareaba para sí canciones casi reconocibles.
De vez en cuando, se agachaba a recoger una piedra e inspeccionarla con detenimiento antes de desecharla o entregársela a Alex, que se la guardaba en el bolsillo sin rechistar.
Nate reparó en el bulto de la pistola que llevaba en la parte de atrás del pantalón.
Aun así, los siguió.
Pensó en su teléfono, apagado desde hacía un par de días.
Ya se ocuparía de eso más adelante.
A kilómetro y medio de la cabaña se abría un claro, o, mejor dicho, un prado que se extendía hasta donde abarcaba la vista y se cubría de flores silvestres de colores vivos a finales de primavera y principios de verano.
En los meses más cálidos, la gente acudía con mantas y cestas de pícnic para comer sándwiches de jamón y ensalada de patata, y beber refrescos y limonadas.
En aquel momento, el prado estaba parcialmente florido. Había tulipanes, sobre todo, de color rojo, amarillo, blanco y un morado tan oscuro que era casi negro.
—Hala —jadeó Art cuando empezaron a caminar sobre la hierba—. Qué bonito.
Nate frunció el ceño.
—Suele haber más flores en esta época. Sé que ha llovido menos de lo normal, pero... O a lo mejor el momento de máxima floración ha pasado y esto es lo que queda.
Pero no estaba muy convencido. Al observarlas más de cerca, le pareció que muchas de las flores no se habían abierto aún.
A lo mejor, si tenían tiempo, podían volver ahí una o dos semanas después para comprobar si algo había cambiado.
Quería que ella... que ellos vieran qué aspecto ofrecía el prado cuando todos los pétalos se abrían y el terreno entero se recubría de casi todos los colores imaginables.
Había estado en ese lugar con su madre. Alguien de Roseland le había hablado de él.
Estaban en verano, por lo que el espectáculo no sería comparable al de la primavera, pero ella había decidido ir de todos modos.
Rick no había querido acompañarlos, alegando que no le apetecía «ver florecitas».
Su padre estaba en el embarcadero, con una caña de pescar en las manos y cerveza metida en el hielo de la nevera portátil, que se derretía poco a poco.
De modo que Nate había ido con ella.
Nunca olvidaría la cara que ella puso al divisar el prado.
Fue como si viese en color por primera vez y no supiera muy bien cómo procesarlo.
Con los ojos muy abiertos, se llevó la mano a la garganta, y se quedó callada un largo rato.
Nate permaneció a su lado, preguntándose qué la había dejado sin habla.
En aquel entonces no lo había comprendido.
No sabía si lo comprendía ahora, pero quería comprenderlo.
Quería que Art lo viera. Quería comprobar si veía lo mismo que su madre. Entonces tal vez ella podría explicárselo.
Avanzó a través del prado.
Alex se quedó en el borde.
Nate oyó que Art lo seguía, tarareando su cancioncilla.
Cuando sucedió, no se enteró. Estaba demasiado concentrado en cada paso, extremando precauciones para no pisar ninguna flor.
—El paisaje cambia más tarde, cuando aparecen todos los colores, y el viento sopla entre las flores, que susurran como huesos al rozarse. Pero huesos alegres, si es que eso tiene algún sentido.
—Art —oyó decir a Alex—. Esto no es...
—Lo es —dijo Art—. Lo es.
Nate no se volvió.
—Es digno de admirar. En Washington no se ven cosas así, la verdad. Todo es piedra y acero, y balcones con plantas en macetas que la gente se olvida de regar. Es una vida a medias, un truco de prestidigitación. Una ilusión.
—Pero esto es real —dijo Art.
Él asintió, cerrando los ojos e inspirando. Seguramente sus alergias le pasarían factura más tarde, pero en ese momento le daba igual.
—Esto es real.
—¿Por eso has venido? —le preguntó Art—. ¿Para sentir algo real?
—No lo sé.
—No pasa nada por no saber.
—¿De veras?
—No lo sé.
Él se rio, y la maraña de nudos que le oprimían el pecho se aflojó por primera vez en mucho tiempo. Se dio la vuelta.
—Es...
Fue la única palabra que salió de su boca.
No pudo decir nada más.
Alex, en el otro extremo del prado, los miraba a los dos.
Art estaba a solo unos metros de Nate, sonriéndole en silencio.
Detrás de él, las flores se habían abierto.
Todas y cada una de ellas.
El puñetero prado en su totalidad.
En cuestión de minutos.
Se le puso la carne de gallina a lo largo de los brazos, en el pecho y el cuello. Tenía frío y calor al mismo tiempo.
—Qué... —dijo.
—Deben de habernos oído —dijo Art, encogiéndose ligeramente de hombros—. Hace sol, y a lo mejor solo necesitaban unas palabras de ánimo. La tierra es así, ¿sabes? Necesita saber que alguien la espera. Las personas también son así, creo.
«Ella es especial», le había dicho Alex.
Él no lo había entendido en aquel momento.
Se permitió el lujo de creer que la muchacha tenía razón.
Que no había más: hacía sol y estaban en primavera.
Era racional, lógico... en su mayor parte.
Así funcionaba su mente. Trataba con hechos, con realidades discernibles.
En ella no cabían fantasías, gilipolleces esotéricas como que la tierra «oía».
Simplemente, habían salido a pasear por aquel prado esa soleada mañana, y resultó que habían elegido el día, la hora y el minuto exactos en que iban a abrirse las flores.
Esa era la explicación.
Alex lo miraba con expresión indescifrable.
Art se subió las gafas de sol por la nariz.
—Tienes razón —dijo—. Es digno de admirar.
Y, no por primera vez en un campo de flores, Nate se preguntó si algo de todo aquello era real.