Bajo mi piel Ocho #3
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Ocho #3

Culo sucio. Esas dos personas con las que Nathaniel Cartwright llevaba conviviendo una semana y que huían de algo desconocido estaban sentados en la cocina de su cabaña en medio de la nada jugando al culo sucio.

Art ganó la primera partida.

Y la segunda.

Y la tercera.

Cuando terminaron, la lluvia había cesado, y ella dijo que tenían que salir porque no había nada como el olor del aire después de la lluvia.

Cuando estaba de pie frente a la puerta, de la mano de Alex, se volvió hacia Nate.

—¿Nos acompañas?

Alex se quedó mirándolo también, en espera de su respuesta.

Al cabo, Nate asintió.

Salieron.

Art tenía razón. No había nada como el olor del aire después de la lluvia.

Cuando regresaron, Nate tenía la piel aterida. Les anunció que iba a darse una ducha para entrar en calor.

Permaneció un buen rato bajo el chorro.

Se preguntó cuánto tiempo más iban a quedarse.

La sensación del agua en la piel le resultaba agradable.

Art se había cambiado de ropa y se había puesto un chándal que parecía de una talla más grande. Tenía el bajo de las perneras doblado. Llevaba una camiseta estampada con la palabra DIVA. Estaba ridícula.

De pie en el pasillo, contemplaba las fotografías de las paredes. Se oía el trajín de Alex en la cocina.

Nate se detuvo, indeciso.

Ella era consciente de su presencia.

—¿Cómo se llaman? —preguntó.

—Art... —dijo Alex en tono de advertencia.

—Es solo una pregunta.

—No pasa nada —aseguró Nate, sorprendido al darse cuenta de que lo decía en serio.

Alex soltó un gruñido, como era su costumbre.

—Linda —dijo Nate, situándose al lado de Art—. Mi madre. Y mi padre se llamaba Mitchell.

Ella alzó la mano para enderezar un marco que estaba un poco torcido.

Era el retrato de Nate con catorce años, de pie con sus padres en el embarcadero cercano a la cabaña.

La había tomado Rick. Nate sujetaba una caña de pescar con la punta doblada por la tensión del sedal, que se adentraba en el agua.

Junto a él estaba su padre, con una red en la mano, listo para coger el pez sol enganchado en el anzuelo.

Su madre se reía con la cabeza echada hacia atrás, la boca bien abierta, los dientes brillantes y los ojos cerrados.

—Y han muerto.

—Sí —dijo Nate.

Ella estiró el cuello para mirarlo.

—Sigues sin parecer triste. Solo enfadado. Yo creía que, cuando alguien se moría, uno debía ponerse triste.

—La cosa no funciona así. No siempre.

—Ah. ¿Por qué?

Él no tendría que estar hablando de eso con una niña.

Ni con nadie, en realidad. No entraba en sus planes.

Se había desplazado hasta ahí con el deseo de estar solo, de lidiar con su duelo, que era más rabia que otra cosa.

Debería haberle pedido que dejara de hacerle preguntas, que se ocupara de sus asuntos, lo que, en honor a la verdad, habría sido para partirse el culo, considerando todas las preguntas que él quería hacerles a ellos.

—Porque a veces las personas no merecen que nos pongamos tristes por ellas —dijo en cambio.

—Pero algo sientes.

—Sí.

La cría asintió, como si entendiera, aunque Nate no tenía claro que fuera así.

—¿Y él? —inquirió ella, señalando otra foto.

Era del primer verano de la familia en la cabaña.

Rick abrazaba a Nate por los hombros. Los dos llevaban camiseta y pantalón corto.

Estaban descalzos en el porche. Al pie de los escalones se encontraba la pequeña estatua de un trol que su madre había comprado en Roseland.

Se había roto unos años después, por una fuerte tormenta que asoló las montañas en otoño.

Cuando acudieron el fin de semana para comprobar los daños, una tristeza extraña se apoderó de su madre.

La cabaña estaba bien; solo se habían soltado de las bisagras un par de postigos.

Sin embargo, el dichoso trol se había caído y hecho añicos, y eso la afectó.

—Rick —respondió Nate—. Mi hermano.

—No se te parece demasiado.

No era precisamente la primera vez que se lo decían.

Rick era el guapo, el molón, el hermano que jugaba al fútbol americano en otoño y al baloncesto en primavera.

Era popular, siempre con una chica del brazo y un brillo travieso en los ojos.

Nate, por su parte, tocaba el trombón en la banda de marcha, y no muy bien.

Además, colaboraba con el Grito , boletín informativo quincenal que se publicaba en el instituto Northwest. Era un intrépido reportero que iba tras la pista de noticias tan apasionantes como la renovación del césped del campo de fútbol o la jubilación del señor Harrison, que llevaba treinta y nueve años impartiendo clases de historia («estoy mayor, chaval, no sé qué más quieres que te diga»).

Le encantaba, y se encargaba del proceso de edición casi sin ayuda.

Este dato lucía muy bien en las solicitudes de acceso a la universidad, pero él no era Rick.

Ni de lejos. Cierto, Rick no había triunfado como jugador del equipo de la Universidad Estatal de Arizona.

Se había roto el ligamento cruzado anterior en el segundo año de la carrera.

Se había convertido en agente inmobiliario.

Tenía una esposa, un jardín con cerca de madera y tres hijos.

Nate solo había conocido a uno. A los otros los había visto en una tarjeta navideña que supuso que le habían enviado por error.

—Salió a mi padre —dijo Nate, con voz inexpresiva.

—Ah —dijo Art—. Pues sí que se dan un aire. ¿Él también ha muerto?

—No.

Él sabía qué pregunta venía a continuación. Podía ver como se abría paso por la mente de la chiquilla y descendía hacia sus labios.

—¿Cómo...?

—Art, ya está bien.

Miró por encima del hombro a Alex con expresión irritada.

—Solo le estoy haciendo preguntas.

—Ya lo sé, pero es de mala educación. A veces.

—¿Cómo vamos a averiguar cosas si no podemos hacer preguntas?

—Tienes que respetar los límites de los demás.

Ella se volvió de nuevo hacia Nate.

—¿No estoy respetando tus límites?

Nate... no supo qué responder.

—No es por... Soy yo. Hace mucho que no veo a ninguno de ellos. No me gusta hablar del tema.

Asintiendo, ella le agarró dos dedos y les dio un suave apretón. Por unos instantes, a él le pareció notar unos latidos cálidos a través de la piel, pero la sensación se disipó enseguida.

—Lo siento.

—¿El qué?

Ella se encogió de hombros.

—Esto.

Él no sabía a qué se refería con «esto».

—Tranquila.

—¿Quieres descolgarlas?

Sí. Quería descolgarlas.

—No... No hace falta —dijo.

—Vale. Pero si cambias de idea, me avisas. Puedo ayudarte. Tú tendrás que bajar las que están demasiado altas para mí, pero no nos llevará mucho rato. —Arrugó el entrecejo—. Es como una tirita, ¿verdad? Hay que arrancar a esa hija de perra.

—Eres muy rara.

Para su sorpresa, fue Alex quien se lo preguntó.

Esa noche, Nate estaba en el sofá con un libro en el regazo y una niñita acurrucada contra él, roncando como una descosida, con las piernas dobladas debajo del cuerpo, la cabeza apoyada en su hombro y la boca abierta de par en par.

Habían estado leyendo El rifle Ferguson .

La mujer y el hijo de Ronan Chantry habían muerto en un incendio del que lo habían culpado a él, y se dirigía hacia el oeste para iniciar una nueva vida.

Art estaba fascinada. Había aguantado nada menos que diez minutos antes de que se le cerraran los ojos y le brotara de la garganta un sonido que ninguna muchacha de su edad habría sido capaz de emitir.

También llevaba puestas las gafas de sol, porque lo raro hubiera sido lo contrario. Las tenía en un ángulo extraño sobre la cara. Nate pensó en quitárselas.

—¿Qué ocurrió? —inquirió Alex, que estaba sentado a la mesa de la cocina, con un vaso de agua medio vacío cerca de la mano. Nate supuso que llevaba la pistola escondida en algún sitio. Alex no iba a ninguna parte sin ella.

—¿Qué?

Alex arrugó el entrecejo. Parecía cabreado, receloso y confundido a la vez. Señaló las fotografías de la pared con un movimiento brusco de la cabeza.

—¿No había que respetar los límites?

Alex bajó la mirada a la mesa.

—Tienes razón. No soy quién para preguntártelo.

Nate suspiró.

—Tranquilo. Es... complicado.

—Están muertos.

—Sí.

—¿Qué complicación puede tener eso?

Lo invadió una ira irracional.

—Mi madre fue asesinada.

Alex no se inmutó.

—Vaya palo.

Nate soltó un resoplido.

—Por no decir otra cosa.

—¿Cuándo sucedió?

—Justo después de Navidad.

—Lo siento.

—Gracias. Creo.

—Yo... esto... —balbució Alex, frustrado—. Me cuesta. A veces. Decir... cosas.

—Caray. Tan conciso como de costumbre.

—Nate...

—Vale, vale. Perdona. Eso sobraba.

—Lo estoy intentando.

—¿Ah, sí? —preguntó Nate—. ¿Por qué?

—Art dice que tengo que hacerlo —declaró, con aire avergonzado.

—Vaya, no se muerde la lengua. ¿Sueles hacer lo que ella te dice?

—Solo cuando no supone un riesgo para ella.

Art exhaló con suavidad y chasqueó los labios. Nate y Alex se quedaron esperando, pero ella solo tardó un momento en reanudar sus ronquidos. Era como si una sierra mecánica tamaño infantil ronroneara contra el hombro de Nate.

—Aun así...

—No se equivocaba.

—¿En qué?

—En lo de que debo esforzarme más. No... se me dan bien estas cosas.

—¿Qué cosas?

Alex frunció el ceño.

—Me lo estás poniendo difícil.

—Tal vez un poco —reconoció Nate—, pero es que esto es raro. Todo lo relacionado con este asunto es raro.

—Lo sé.

—¿En serio? No me lo parece.

—No tienes ni idea.

Se quedó mirando unos instantes más de la cuenta a Alex, que no desvió la vista. Nate quería arrancarle una reacción, la que fuera.

—Cuando tenía veintiún años, mis padres me pillaron con alguien a quien no esperaban encontrarse aquí. La cosa no salió bien. Fue la última vez que los vi.

Los hombros de Alex se pusieron un poco rígidos, pero eso fue todo.

—¿Y tu hermano?

—No quiere saber nada de mí.

Alex se removió incómodo en su asiento.

—Por lo de...

—Sí. Por lo de.

—Vale.

—¿Vale?

Alex se encogió de hombros.

—Vale.

—Eso no... Madre mía. Mira que eres...

—¿Soy qué?

—Desesperante.

—No eres el primero que me lo dice.

—No te entiendo.

—No hay nada que entender.

Nate alzó los ojos al techo.