Bajo mi piel Ocho #2
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Ocho #2

Art se ablandó un poco.

—Lo sé. Pero eso no te salva de que te eche un vistazo. Vamos, camarada. Fuera esa camiseta.

—¿Por qué has esperado justo hasta este momento para pedírmelo? —preguntó Alex, lanzándole una mirada fugaz a Nate por alguna razón.

—No sé de qué me hablas —dijo la chiquilla con ternura—. ¿Te la vas a quitar, o tendremos que hacer esto por las malas?

Nate no quería saber a qué se refería con eso.

Alex suspiró.

—De acuerdo. Pero que sea la última vez.

Y se levantó la camiseta hasta pasársela por encima de la cabeza.

Nate debería haber desviado la vista. Eso estaba claro. Habría sido lo más conveniente.

Y él lo sabía.

Pero...

Miró.

Por motivos estrictamente profesionales y nada más. Solo quería evaluar el progreso de la herida de Alex. Su interés no guardaba relación alguna con los kilómetros cuadrados de piel, músculos y vello que tenía en el pecho y el abdomen.

En absoluto.

La cosa no iba por ahí.

Para nada.

El moretón había desaparecido casi por completo. Había una zona apenas visible en la piel con una coloración distinta, pero eso era todo.

Tampoco quedaba el menor rastro de la cicatriz, marca o lo que fuera.

Art se mostró satisfecha.

—Tiene buena pinta, ¿no, Nate? ¿Tú qué opinas?

—Sí —dijo Nate—. Así es.

Alex les respondió a los dos con un gruñido, antes de volver a ponerse la camiseta.

—Te estás dejando —comentó ella, alzando las manos para hundir la punta de los dedos en la barba del hombre—. Ya casi ni se te ve la cara. Y es una lástima, porque es una cara que está bien.

Alex parecía casi avergonzado.

—Yo no... No es verdad. —Suspiró—. No tengo maquinilla.

Esto le tocó la fibra a Nate por razones que no habría sabido explicar.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

Alex no lo miró. Mantuvo los ojos clavados en la mesa.

—No importa.

—No le gusta llevar barba —le explicó Art a Nate—. Le gusta ir bien afeitado.

Nate respondió lo único que se le ocurría.

—Yo tengo... maquinilla. Una de recambio. Y espuma de afeitar. Si... si quieres, te las dejo.

Alex apoyó las manos en la mesa y dobló los dedos contra la madera. Tenía el entrecejo arrugado. Parecía ofendido.

Era insoportable.

Art emitió un sonoro carraspeo.

—Vale —dijo Alex.

Art tosió con fuerza.

Alex apretó los puños.

—Gracias.

Por la noche, cuando la puerta del segundo dormitorio se cerró, Nate se dirigió al baño del pasillo y dejó la maquinilla y la espuma de afeitar junto al lavabo.

Por la mañana, Alex estaba en la cocina, como siempre a esa hora, café en mano.

Al lado de la cafetera había una segunda taza.

Se había afeitado.

Su mandíbula tenía una forma casi cuadrada, prominente y firme. La línea del mentón era angulosa, el cuello grueso. Tenía un pequeño hoyuelo en la barbilla.

Nate se quedó mirándolo.

Alex soltó un resoplido.

—¿Estás más a gusto? —le preguntó Nate por fin.

Alex se encogió de hombros y señaló con la cabeza el café que le había preparado.

Bebieron en silencio.

Cuando lo vio, Art pegó un chillido y le exigió que bajara a su altura.

Él así lo hizo.

Ella le deslizó los dedos por la cara.

—Estás ahí —dijo—. Te veo.

Una de las primeras cosas que había aprendido Nate cuando entró a trabajar como becario en el Post fue que un buen periodista sabía qué preguntas hacer, pero también cuándo convenía mantener la boca cerrada y observar.

«Tienes que ver cosas que quizá habrías pasado por alto si hubieras perdido el tiempo hablando —le había dicho Ruth con aspereza—.

No es necesario que hables todo el rato.

Deja que los demás hagan lo suyo y actúa en función de eso».

Artemisa Darth Vader no iba a ninguna parte sin que Alex Delgado la siguiera.

Según la niña, él era su protector.

Su guardaespaldas, había dicho él.

¿Que a Art le apetecía salir?

Ningún problema.

Alex salía tras ella.

¿Que prefería tumbarse a leer en el sofá?

Ningún problema. Alex se quedaba apostado en el salón, cerca de la ventana.

¿Art estaba en el baño?

Alex permanecía en la cocina.

¿Art estaba durmiendo en la habitación?

Alex abría la puerta sin hacer ruido y asomaba la cabeza para comprobar que ella no se hubiera desvanecido en los últimos quince minutos.

Él se aseguraba de que la muchacha comiera. Unas veces la comida la preparaba Nate, y otras Alex. Cuando se encargaba este, siempre recurría a productos enlatados. Le ponía el bol delante a Art y esperaba al menos a que tomara el primer bocado antes de regresar a la cocina.

Siempre se servía el último.

Su atención estaba centrada en ella en todo momento.

—Pregúntaselo —susurraba Art—. Le caemos bien. No te dirá que no.

Alex musitó una respuesta, pero Nate no alcanzó a distinguir las palabras.

—Vale —suspiró Art—. Ya se lo pregunto yo. Mira que eres raro. Nate. ¡Eh, Nate!

Nate levantó la vista de su ordenador portátil, en el que estaba repasando las notas para artículos que no escribiría jamás. Había estado a punto de borrarlas, pero no se decidió a hacerlo.

—Dime.

—¿Podemos usar tu lavadora y tu secadora? No tenemos mucha ropa, así que necesitamos lavarla.

Alex se resistía a mirarlo.

—Claro —dijo Nate—. Joder, lo siento. Ni se me había pasado por la cabeza. Por supuesto que las podéis usar. El cuarto de la lavadora está abajo...

—Ya sé dónde está —dijo Art—. Cuando llegamos aquí, exploré todas las habitaciones de la casa.

Alex me dijo que estaba siendo cotilla, pero solo quería cerciorarme de que no se hubiera colado algún oso.

No había ninguno, por suerte. Nunca he visto un oso en persona, pero me imagino que serán bastante grandes.

Nate se limitó a asentir, lo que se estaba convirtiendo en su reacción por defecto cada vez que Art decía algo que lo descolocaba.

Ella le dedicó una sonrisa radiante.

—¡Gracias! Alex. ¡Alex! Nos ha dado permiso. Vamos, levántate. ¡Jolín, menudo gandul estás hecho! ¡Venga, arriba! ¡Me prometiste que me enseñarías a hacer la colada!

Alex se levantó.

Art corrió por el pasillo hacia su dormitorio.

Alex la siguió, aunque a un paso mucho más lento.

Se detuvo junto a la mesa.

Nate alzó los ojos hacia él.

—Gracias —dijo.

—Caray —dijo Nate—. Le estás pillando el tranquillo a esto. Estoy orgulloso de ti.

Alex lo miró con mala cara antes de alejarse en pos de Art.

Llovía.

La superficie del lago estaba oscura.

Art, que miraba por la ventana, suspiró, con su libro olvidado en el sofá.

—¿Tienes una baraja? —preguntó Alex.

Hacía casi una hora que nadie decía una palabra. Nate levantó la vista del libro que estaba leyendo a su vez y miró a Alex, que se encontraba de pie junto a la mesa de la cocina.

—¿Qué?

—Una baraja —repitió—. ¿Tienes una?

—Pues... sí. Debería haber una en... Espera un momento.

—No hace falta que...

Sin hacerle caso, Nate se puso de pie. Sintió que Alex lo observaba mientras caminaba por el pasillo hasta el armario situado frente al baño. Abrió la puerta y tiró del cordón metálico de la lámpara que colgaba del techo.

Dentro había cuatro estantes. En el de abajo se guardaban toallas viejas.

En el siguiente, ropa de cama de repuesto.

En el tercer estante había bombillas, pilas y un par de linternas.

Sobre el estante superior se apilaban cajas de juegos de mesa.

Entre ellos estaban Sorry!, Monopoly, Trivial Pursuit y ¿Quién es quién?, que había sido su favorito, aunque a los demás no los entusiasmaba tanto. Detestaba el Trivial Pursuit, pues era una edición de los setenta y, cada vez que jugaban, ganaba su padre.

Cuando conseguía convencer a Rick de que jugaran al ¿Quién es quién?, por lo general su hermano solo aguantaba unos minutos antes de aburrirse y empezar a hacer trampas.

Al lado de los juegos de mesa había un par de barajas de cartas.

Agarró la de arriba y cerró la puerta del armario.

Alex seguía apostado en el sitio donde lo había dejado.

Art seguía mirando por la ventana. Las gotas de lluvia se escurrían por el cristal.

—Ten —dijo Nate.

Alex bajó la vista hacia la mano tendida de Nate.

—Gracias —dijo—. Es... Ya sé que es...

Nate se encogió de hombros.

—Tranquilo. No hay de qué.

Alex asintió.

—Artemisa —dijo a continuación.

Ella lo miró.

Él levantó la baraja y la agitó con suavidad.

A la muchacha se le iluminaron los ojos.

—¿De dónde las has sacado?

—Las tenía Nate.

—¡Echemos una partida!

Alex señaló la mesa de la cocina con una inclinación de la cabeza.

Mientras un trueno retumbaba en lo alto, la cría apartó una silla de la mesa y se encaramó a ella. Alex se sentó enfrente.

—¿Te apuntas? —preguntó Art, levantando la vista hacia Nate.

Él negó con un gesto, sin saber qué estaba pasando.

Alex sacó los naipes de la caja.

No retiró el comodín.

Barajó el mazo como un experto, produciendo un susurro parecido al de la lluvia sobre el tejado.

Repartió dos manos hasta quedarse sin cartas.

Esperó a que Art cogiera las suyas. La chiquilla frunció el ceño con cara de concentración. Le costaba sujetar tantos naipes con sus manitas.

—Tápate los ojos —le dijo a Alex.

Y, oh, maravilla, él obedeció. Levantó una mano y se la puso encima de los ojos.

Art se colocó de rodillas sobre la silla, extendió el brazo por encima de la mesa y agitó la mano frente a la cara de Alex.

Nate habría jurado que los labios del hombre se curvaban ligeramente.

Cuando Art pareció convencerse de que Alex no podía ver, desplegó sus cartas sobre la mesa y fue dejando a un lado las parejas que encontraba.

Nate conocía ese juego. No recordaba cómo se llamaba, pero lo conocía.

Art tenía el comodín.

Levantó los ojos hacia Nate.

—No te chives —le advirtió.

Nate no pudo hacer otra cosa que negar con la cabeza.

Ella reunió las cartas que quedaban y las sostuvo frente a su rostro, con los ojos asomando por encima.

—Vale —dijo—. Ya puedes mirar.

Alex bajó la mano y recogió sus cartas.

—Empieza tú —dijo Art—. La última vez me tocó a mí.

—Qué generosa —comentó Alex, más seco que el desierto. Alargó la mano y le quitó un naipe, el que sobresalía por encima de los demás y que Art obviamente quería que cogiera.

Era el comodín.

Ella soltó una risita perversa.