Bajo mi piel Ocho
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Ocho

Tres días después, nada había cambiado.

Bueno...

Eso no era del todo cierto.

Los tres coexistían en su cabaña.

Nate se despertaba temprano y ya no era capaz de conciliar el sueño, por más que se esforzara.

Aunque no tenía razones de peso para levantarse antes que el sol, ahí estaba, parpadeando despacio en la oscuridad, sin más luz que la del radiodespertador que tenía encima de la mesita de noche, cuyos números emitían un tenue brillo verde.

Mientras los miraba, las 5:01 cedieron el paso a las 5:02.

Y permanecía allí tumbado, contemplando el techo, oyendo los ruidos de la casa al asentarse.

Se arremolinaban en su cabeza los pensamientos confusos de quien aún está medio dormido: «¿Qué tengo que hacer hoy?

»; «¿Dónde estoy?», y «Ah, sí, ya lo recuerdo: todo es muy raro y distinto.

Estoy en Oregón, en una cabaña en el bosque con unos desconocidos que huyen de algo que no me quieren explicar... ».

Y entonces lo veía todo con claridad cristalina.

Alex siempre estaba levantado y en la cocina antes que él.

La segunda mañana después de la llegada de Nate, Alex no le había dicho nada cuando entró en la cocina.

Estaba tomando café frente a la ventana, contemplando la claridad naciente del cielo.

Nate se había servido él mismo café en una taza que había sacado del armario y había añadido dos cucharadas de azúcar.

Permanecieron los dos de pie, sin hablar, hasta que Art apareció una hora después, pestañeando con los ojos soñolientos.

La tercera mañana, Alex había soltado un gruñido que bien podría haber sido un «hola», pero como Nate estaba en pleno bostezo, no lo oyó bien. Tras murmurar una respuesta ininteligible, se fue derecho hacia la cafetera.

Su taza ya estaba en la encimera, junto al azucarero.

Se quedó pensando unos instantes. Luego, sacudiendo la cabeza, procedió a servirse el café.

La cuarta mañana, la taza estaba lista, esperándolo, aún humeante y con el azúcar.

—Gracias —dijo.

Alex respondió con un gruñido.

Art devoró los libros más deprisa de lo que Nate esperaba.

No parecía muy exigente, ni examinaba cuidadosamente las diferentes opciones hasta que alguna captaba su atención.

Por el contrario, cuando terminaba una novela, la devolvía a la estantería canturreando entre dientes antes de elegir la próxima.

Los volúmenes no estaban ordenados de una forma específica; su madre había manifestado su intención de organizarlas algún día, tal vez por autor, tema o cualquier cosa que diera una impresión de orden.

No había llegado a hacerlo. Los libros de L’Amour estaban juntos, eso sí.

Eran de Nate; su madre nunca había entendido del todo por qué le fascinaban tanto.

A él le sorprendía que no se hubieran deshecho de ellos tras encontrarlo inesperadamente en la cabaña.

No era más que otra duda que nunca podría despejar.

Art y Alex volvían a estar fuera, haciendo cabrillas en el lago, cuando Nate tomó una decisión.

Sus voces le llegaban a través de la ventana abierta. Art se reía, y Alex se mostraba tan parco en palabras como de costumbre.

Nate se dirigió a la habitación de ellos.

«Mi habitación», se recordó a sí mismo, porque la cabaña era suya.

Sintió una levísima punzada de culpa, pero la dejó de lado.

La puerta estaba cerrada. Por un momento, Nate se preguntó si habrían echado llave, lo que sería absurdo, claro, porque las puertas de los dormitorios no tenían cerradura. Su padre decía que no la necesitaban, que nada bueno sucedía detrás de una puerta cerrada con llave.

Y Nate, como el fisgón impenitente que era, no podía sino estar de acuerdo, muy a su pesar.

Se detuvo frente a la puerta y ladeó la cabeza, escuchando.

Alcanzaba a oír a Art.

Seguían fuera, a la orilla del lago.

Abrió la puerta.

Había pocos muebles en la habitación, entre ellos dos camas gemelas separadas por un pequeño arcón de madera.

Las camas estaban impecablemente hechas, con los edredones verdes a juego bien estirados y remetidos bajo el colchón.

Nate y Rick compartían ese dormitorio cuando iban a la cabaña en verano.

Nate siempre dormía en la cama más próxima a la ventana.

Art cabría de sobra en cualquiera de ellas.

Por otro lado, ambas eran demasiado pequeñas para Alex.

Nate intentó no pensar demasiado en eso.

Era peligroso.

Había una vieja cómoda contra la pared del fondo, al lado del pequeño armario. Ya estaba ahí cuando Nate era niño. La fotografía enmarcada que colgaba en la pared era nueva; la imagen en blanco y negro de un faro. La lámpara que descansaba sobre el arcón entre las camas también era nueva.

Y eso era todo lo que había en la habitación.

Aparte de dos bolsas de lona, una a los pies de cada cama.

Eran iguales, de un color verde bosque intenso con una cremallera plateada en el medio. Parecían de uso militar, lo que no sorprendió a Nate.

Se dirigió primero hacia la que estaba a los pies de la cama más próxima a la puerta.

La abrió.

Era la de Alex.

Dentro había tres pares de vaqueros bien doblados, varias camisas, camisetas, calcetines y calzoncillos tipo bóxer.

Y nada más.

Nate casi se sintió culpable.

Casi.

Cerró de nuevo la cremallera.

El contenido de la segunda bolsa era más... colorido.

Constaba, sobre todo, de ropa de niña.

Había también una bolsa llena de gomas para el pelo.

Un bolsillo lateral repleto de guijarros de formas y tamaños distintos.

Y nada más.

A Nate casi le dolió verlo. No sabía qué otra cosa esperaba encontrar. Algo. Tal vez algo que le diera una pista sobre a qué se enfrentaba, de dónde venían y de qué o de quién huían. Lo que fuera.

En vez de eso, solo había encontrado las pertenencias más esenciales.

En el baño que daba al pasillo había dos cepillos de dientes, uno al lado de otro, junto a un tubo medio vacío de pasta de dientes de marca blanca.

En la ducha se encontró una botella de champú de color rosa subido con flores en la etiqueta. En la jabonera había una pastilla de jabón verde.

Era como si apenas existieran.

—¿Y el colegio?

Alex se quedó mirándolo.

—¿El colegio?

—Ella... ¿iba...? ¿No debería ir al colegio?

—Se estaba quedando sin saber qué decir, pero no debía flaquear.

Tenía que seguir adelante. La clave estaba en el champú rosa.

Saltaba a la vista que Alex lo había conseguido para Art.

Era el tipo de champú que un padre le compra a su hija cuando ella lo visita después del divorcio.

Como si no supiera bien qué comprar y solo lo hubiera elegido porque parecía algo para niñas.

Pero no había otro champú en la ducha, lo que significaba que él también lo usaba.

Tenía que preguntárselo.

—Intentas llevarla con sus padres —dijo al ver que Alex no respondía.

Alex siguió callado.

—¿Dónde están?

—Ya te lo he dicho —murmuró Alex, muy tenso—. No puedo... Deja de interrogarme. No vas a obtener las respuestas que buscas.

Nate tiró la toalla.

Por el momento.

Hacían todas las comidas juntos.

Art se empeñaba en ello.

—Las personas deben comer en compañía —le dijo a Nate la segunda noche, cuando él pretendía llevarse la cena a su habitación—. No hace falta estar solo cuando tienes cerca a otras personas.

Él había estado a punto de protestar.

Pero ella tenía unos ojos muy muy grandes, y sabía cómo utilizarlos.

Era de lo más injusto.

Aun así, Nate había depositado de nuevo el plato en la mesa y retirado la silla para sentarse.

Alex no dijo nada.

Sin embargo, Nate advirtió que no probaba la comida hasta que él se llevaba el primer bocado a la boca.

Ruth no le devolvió la llamada.

Nate lo comprobó.

Pensó en coger la camioneta y bajar de la montaña para asegurarse.

No lo hizo.

El tiempo se mantenía estable. Los días se iban sucediendo, luminosos y soleados, pero todavía fríos.

A veces, Art se iba al embarcadero con una novela y se tumbaba boca arriba.

Sujetando el libro por encima de la cara y protegida del sol por sus gafas de sol extragrandes, pasaba una página tras otra.

Alex siempre salía tras ella.

Se quedaba de pie al principio del embarcadero, escrutando la línea de árboles con la mirada.

Nate alcanzaba a ver la silueta de la pistola metida en la parte de atrás de sus vaqueros.

—Déjame ver —oyó decir a Art cuando él salía de su dormitorio en su quinto día en la cabaña. Se había despertado de una siesta involuntaria con ganas de mimarse un poco. Se recordó que estaba de vacaciones o algo parecido, aunque no estuvieran resultando como esperaba.

—No hace falta —dijo Alex.

El hombre estaba sentado a la mesa de la cocina. Art, de pie junto a él, lo miraba indignada, con los brazos en jarras. La barba de Alex estaba más poblada, incluso algo enmarañada. Como no se la recortara pronto, le crecería sin control.

—Ya sé que no hace falta —repuso Art—, pero quiero echarle un vistazo para asegurarme.

—Ya le he echado un vistazo yo.

—No te creo.

Él la miró arqueando una ceja.

Ella le sonrió con dulzura.

—Nate, ¿serías tan amable de pedirle a Alex que se quite la camiseta? —dijo a continuación.

Nate dio un traspié.

Los dos se volvieron hacia él.

Se hizo el sueco, consciente de que se había puesto como un tomate.

—¿Lo ves? —dijo Art—. Hasta Nate cree que deberías hacerlo.

—A mí no me metas en esa historia —consiguió pronunciar Nate—. No sé de qué va ni quiero saberlo.

—Quiero comprobar que esté mejor del costado —dijo Art—, pero no me deja echarle un vistazo.

—Si dice que está bien, será porque está bien.

—Vaya —dijo Art, dirigiendo su mirada de indignación a Nate—. No me imaginaba que serías tú quien me traicionaría. Ahora entiendo lo que debió de sentir el viejo Brannagan cuando su sobrino lo entregó al sheriff . Duele, compadre. Duele como un demonio.

—Tienes que dejar de leer esos libros.

Ella se encogió de hombros.

—Me gustan. En ellos todo tiene sentido. Los buenos son buenos, los villanos son villanos y los buenos siempre ganan.

—Así es —dijo Alex por lo bajo, una de esas frases con un significado más profundo de lo que parecía.