Siete #4
—No hay motivo... No pasa nada. ¿La tienes bien agarrada?
—Sí.
—Bien. Mírame bien. Fíjate en mi brazo.
Ella lo observó con atención.
Alex echó hacia atrás el brazo antes de describir rápidamente con él un arco horizontal.
Soltó el guijarro, que rebotó sobre la superficie del lago.
Nate contó los rebotes, como no podía ser de otra manera.
Era de rigor contar cuando alguien hacía cabrillas.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seissieteocho...
Con un chapoteo final, la piedra se hundió en el agua.
—Huala —dijo Art, mostrándose debidamente impresionada—. Eso ha estado bien.
Y era verdad. Nate se recordaba jugando a eso mismo, casi exactamente en el mismo lugar, con su hermano.
Tiraban guijarros hasta que les dolían los brazos, compitiendo entre sí, pugnando durante horas por superar la marca del otro.
Su hermano siempre le ganaba. Siempre. Nate conseguía algunos lanzamientos decentes, claro, pero a Ricky se le daba mejor.
No se burlaba de él, pero sí que se regodeaba con su victoria.
Eran unos críos, al fin y al cabo. Eso era lo que hacían los críos.
Después, cuando sus padres llegaron a la cabaña y pillaron a Nate y a su novio infraganti , él había regresado a su casa en Washington con el rabo entre las piernas, dolido por las palabras de su padre y con el corazón traspasado por el silencio de su madre.
Había percibido la rabia en la bronca de su padre, y la expresión de estupor y espanto en el rostro de su madre.
Se había planteado contárselo antes. En serio.
Muy en serio. Pero, como vivía en la otra punta del país, había ido dando largas al asunto.
Pero cuando de verdad pensaba en ello, se sentía incómodo.
Un poco nervioso. No sabía cómo se lo tomarían.
No eran religiosos. Para nada. Solo habían ido una vez a la iglesia, a una misa del gallo, y no habían vuelto a asistir a otra porque empezaba demasiado tarde y les había parecido un rollo. Hasta su padre lo había dicho.
Además, bien mirado, ¿los había oído hablar mal de los gais alguna vez? Que él recordara, no. Claro que eso no significaba nada, a largo plazo.
El caso es que lo habían pillado, y encima en el peor momento posible.
Experimentó un vuelco nauseabundo en el estómago en el momento en que cruzaron la puerta, y luego se quedaron mirándose en silencio durante un minuto largo.
Él fue el primero en recuperar la voz, así que les dijo que no era lo que parecía (lo era) y que si le dejaban explicarse (no le dejaron), todo iría bien.
Su padre rompió a gritar.
Su madre no dijo una palabra.
Él salió por pies.
Tres días después de que tomara un vuelo de regreso a Washington, su hermano lo llamó.
—¿Es verdad? —le preguntó.
—Sí —respondió Nate, porque habría sido inútil negarlo. Además, estaba cansado, hecho una mierda, y no se le ocurrió una sola razón para mentir.
—¿Por qué?
—¿Por qué no te lo había contado?
—No —espetó su hermano—. ¿Por qué eres así?
Nate cerró los ojos.
Unos minutos después, le colgó el teléfono a Rick, cortándolo a medio grito.
Nate se comunicó dos veces más con él. La primera fue para informarle de que sus padres habían fallecido y de que existía un «servicio» de limpieza de escenas del crimen. Mientras hablaba, luchaba por no hiperventilar. La segunda vez, por supuesto, fue un par de meses después.
—La cabaña —dijo su hermano, el mismo que se había reído y lo había felicitado cuando logró hacer rebotar un guijarro seis veces—. Y la camioneta. Es lo que te ha tocado. Nada más.
—Ah —dijo él—. Ah.
—Es todo lo que vas a conseguir. Ni se te ocurra ponerme un pleito.
—Descuida.
Después de facilitarle los datos del abogado, Rick colgó sin despedirse.
No le reprochó que no asistiera al funeral. Eso pilló a Nate por sorpresa. Había estado esperando que lo riñera, que diera alguna señal de que las cosas podían ser distintas ahora que ellos no estaban, de que era capaz de pensar por sí mismo, de que...
Pero al final lo había dejado con el tono de línea en el oído.
Observó como Alex le ajustaba la posición del brazo a Art, bajándole ligeramente el codo. Ella asintió y entrecerró los ojos en un gesto de concentración. Escuchaba con atención cada una de sus palabras. Nate no podía despegar los ojos de ellos.
—Listo —dijo Alex—. Cuando quieras.
Retrocedió unos pasos.
Y ella lanzó la piedra.
Uno. Dos. Trescuatrocinco...
—Ahí va —jadeó cuando el guijarro desapareció en las profundidades—. Qué pasada. —Levantó los brazos en alto y se puso a brincar, haciendo rebotar las trenzas—. ¿Lo has visto? ¿Has...? ¡Nate! ¿Has visto lo que acabo de hacer? —Sonriente, alzó la vista hacia él, que seguía de pie en la terraza.
Alex también lo miró. Aunque no sonreía, tampoco tenía el ceño fruncido. Su expresión era... distinta. Solo por unos instantes.
—Sí —respondió Nate con voz ronca—. Sí, lo he visto. Has... Te ha salido muy bien.
De inmediato, ella insistió en repetirlo.
Y así lo hicieron. Durante dos horas más.
Nate no dejó de observarlos en ningún momento.