Bajo mi piel Siete #3
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Siete #3

Y cómo le escocía. Un picor desesperante por debajo de la piel lo incitaba a rascarse, a exigir la verdad.

Sí, lo que había dicho Alex mientras le trenzaba el pelo a Art le había parecido creíble.

En su mayor parte. Se le daba bien detectar las trolas, separar el grano de la paja.

Sin embargo, la vaguedad que envolvía todo aquello lo estaba sacando de quicio.

No le cabía duda de que las ideas que se le pasaban por la cabeza eran mucho más disparatadas que la realidad.

Los misterios, cuando se resolvían, a menudo resultaban decepcionantes.

Una vez que se arroja luz y las sombras se disipan, lo que queda a la vista nunca es tan impresionante como uno imaginaba cuando era un enigma.

A Nate le había ocurrido más de una vez.

Siempre se obligaba a mantener una actitud pragmática, incluso cuando era niño.

Aun así, ¿qué pasaría si...?

—¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo qué?

—¿Desde cuándo sois fugitivos? —preguntó Nate como quien no quiere la cosa, sin mirar a Alex.

—¿Por qué?

—Intento conoceros mejor, tío.

—¿Por qué? —inquirió de nuevo, en un tono infinitamente más receloso.

—Os estáis alojando en mi cabaña —dijo Nate, irritado—. Creo que tengo derecho a haceros preguntas.

—¿Hay alguna ocasión en que no hagas preguntas?

—No. Ninguna.

Art se agachó para recoger una piedra que hizo saltar en la mano, mirándola con fijeza.

—Una semana —dijo Alex al fin.

Esto no terminaba de cuadrarle a Nate.

—¿Y cuánto hace que estáis aquí?

—¿Aquí?

—Sí. Aquí. En el lago. En mi cabaña.

—Putos reporteros —farfulló Alex.

—Te he oído.

—Quería que me oyeras.

—¡Sé amable! —dijo Art sin mirarlo. Se agachó a recoger otra piedra. Las olas lamían la orilla. El sol resplandecía. Apenas había nubes en el cielo. El día era perfectamente normal.

—Cinco días —dijo Alex.

Nate por fin se rindió y alzó la vista hacia él.

Estaba observando a Art, con los brazos cruzados sobre el pecho, de modo que los bíceps se le marcaban bajo las mangas de la camisa.

Tenía el entrecejo arrugado, cómo no, porque seguramente era su expresión por defecto.

La sombra en las mejillas y el cuello era un poco más densa que el día anterior.

No parecía el tipo de hombre que se dejaba la barba.

Nate suponía que se afeitaba a diario como parte de una rutina estricta y reglamentada.

Sin duda, se levantaba incluso más temprano que él, hacía dieciséis mil flexiones, se comía treinta huevos duros, se tomaba un café más cargado que una mula y contemplaba el amanecer con mirada asesina mientras rumiaba sobre lo que fuera que rumiasen los hombres de su calibre.

Luego se duchaba, seguramente con un champú que olía a medicina.

Y, cuando terminaba, se lavaba los dientes y se pasaba el hilo dental.

Por último, se afeitaba. Todo rastro de vello facial desaparecía antes de las seis de la mañana.

Y, sin embargo, ahí estaba, con esa sombra que iba camino de convertirse en algo más.

Nate nunca había conseguido dejarse barba.

Le crecía irregular y rala. En la universidad llevaba perilla, algo de lo que se enorgullecía por entonces.

En retrospectiva, no entendía cómo había conseguido ligar con eso en la cara.

Pero daba igual. No conocía a ese hombre ni a esa niña.

Y ellos no se fiaban de él. En realidad, no les había dado ningún motivo para fiarse, pero eso era lo de menos.

Art no era... normal. Al menos no se parecía en absoluto a ninguna otra niña de diez años que hubiese conocido.

A lo mejor era mayor de lo que decía. Tal vez era la prometida adolescente de Alex, y estaban huyendo de sus padres furiosos, que...

—¿Cómo recibiste el disparo? —barbotó.

La arruga en el entrecejo se hizo más profunda.

—Fue un error.

—¿Cómo recibe uno un disparo por error? ¿Te pegaste un tiro sin querer?

Alex se volvió despacio hacia él.

—Ya —se apresuró a decir Nate—. Qué pregunta tan estúpida. Claro que no te pegaste un tiro. Te he visto manejar una pistola.

Alex dirigió la mirada hacia Art, que seguía recogiendo piedras del suelo.

—Bueno, supongo que no vamos a responder a esa pregunta, ¿no? —dijo Nate.

—Ya te lo he dicho. Fue un error.

—Sí que lo has dicho, aunque en realidad no es decir gran cosa. Lo que está claro es que pasó hace tiempo.

—¿Por qué?

—Porque la herida ha sanado.

—Era una bala de goma.

Nate parpadeó.

—Ah. Ya. Supongo que... Así que te dispararon por error mientras rescatabas a Art de las personas que quieren recuperarla, y que portaban armas con balas de goma en vez de balas de verdad porque...

Alex no mordió el anzuelo.

—Eso debió de doler.

Alex soltó un gruñido.

—¿Te han dicho alguna vez que eres insoportable?

—No —respondió Alex—. Nadie. Nunca. —Acto seguido, bajó los escalones de la terraza.

Nate lo siguió con la vista.

—¿Eso ha sido otra broma? Porque, si es así, tienes un sentido del humor nefasto.

Alex no le hizo caso, lo que a Nate le pareció una desconsideración. Observó cómo se encaminaba hacia Art. Aunque ella no alzó la vista, a Nate le dio la impresión de que sabía que se acercaba.

—¿Cuáles? —preguntó la muchacha—. Unas son mejores que otras. Me gusta esta porque es bonita.

Él extendió el brazo para señalar.

—Esta. Y esta otra.

—¿La bonita no?

—No. No rebotaría bien.

—Ah. Porque no es lo bastante plana.

—Sí.

—O sea que me la puedo guardar.

Alex suspiró.

—¿Cuántas piedras te has guardado ya?

—¿Hoy o desde que llegamos aquí?

—Art...

Contrajo las facciones.

—Diecisiete.

—No puedes llevártelas todas.

—Diecisiete no son todas las piedras, Alex.

—Ya me entiendes. Si tenemos que irnos, no podemos llevárnoslo todo. Tendremos que dejar algunas cosas.

Art se volvió hacia Nate, a quien se le erizó la nuca.

—Puede ser. Pero eso no ha pasado. De momento.

—De momento —dijo Alex por lo bajo.

—Vale, ahora enséñame. Me lo prometiste.

—¿Ah, sí?

—¡Alex! No seas borde.

—Yo nunca —dijo, y, por alguna razón, Nate le creyó.

Se acercaron al agua. La orilla estaba sembrada de rocas entre las que asomaban matas de hierba.

Art avanzó con cuidado por encima de ellas mientras Alex la seguía de cerca, con las manos preparadas para agarrarla si resbalaba.

No hizo falta. La retuvo antes de que llegara al borde del agua, diciéndole que no quería que se mojara los zapatos.

—Porque, si me los mojara, se acabaría el mundo, ¿no? —le preguntó ella.

—¿Quieres que te enseñe o no?

—Sí.

Cogió una de las piedras que ella sostenía en la mano.

—¿Ves cómo la sujeto? Tiene que quedar apoyada entre el pulgar y el índice.

—¿Así?

—Casi. —Le cambió la posición de los dedos—. Eso es. Así mejor.

—Me da una sensación extraña.

—¿Ah, sí?

—Sí. Las piedras son raras.