Bajo mi piel Siete #2
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Siete #2

La niña se puso a tararear de nuevo.

—Ella está bajo mi responsabilidad —dijo Alex, a punto de terminar la trenza izquierda—. Y es algo que me tomo muy en serio.

—No eres su padre, ¿verdad?

Él levantó los ojos y los clavó en Nate, que se quedó inmóvil, esperando a que Alex encontrara lo que quiera que buscase. Al fin, este sacudió la cabeza con suavidad.

—Soy su guardaespaldas.

—Mi protector —dijo la cría, estirando una goma y soltándola contra sus dedos—. Alex, mi valiente grandullón.

—¿De qué la proteges?

Tras dar el toque final a la primera trenza, Alex chasqueó los dedos junto a la oreja de Art, que le pasó una goma de color verde azulado por encima del hombro. El hombre la enrolló en torno a la punta de la trenza con un giro experto del índice y el pulgar.

—Ella es importante.

Era como arrancar muelas, una por una.

—¿Para quién?

—Para mí. Y para otros.

—Una respuesta convenientemente vaga. Qué sorpresa.

Su comentario no le hizo gracia a Alex.

—Te he dicho que no puedo explicártelo todo.

—No me has explicado nada que no pudiera deducir por mí mismo.

—Antes has mencionado a la mafia —dijo Art—. Ahí has patinado pero bien.

—Era una hipótesis.

—Una hipótesis. A lo mejor soy una princesa espacial.

Nate soltó un quejido.

— La guerra de las galaxias .

La chiquilla le dedicó una sonrisa luminosa.

—Me encantan esas pelis.

—Entonces ¿por qué te haces llamar Artemisa Darth Vader y no princesa Leia?

—Anda. Eso ha sido cruel... Uf. ¡Te has pasado tres pueblos!

Alex la miró con mala cara.

—A lo mejor deberías dejar de hablar.

—Y a lo mejor tú deberías... Ah. Ya lo pillo. Es hora de volver al polvo del camino, forastero. Te estabas yendo un poco por los cerros.

—A ver —dijo Alex—. Lo único que necesitas saber es que intento por todos los medios protegerla de unas personas que quieren hacerle daño, y punto. No la he secuestrado. No la estoy maltratando...

—Yo nunca he dicho...

Alex levantó la vista con brusquedad.

—Pero lo has pensado. Lo sé.

Nate no podía negarlo.

—Y no te lo reprocho —prosiguió Alex—. Sé qué impresión da esto. Sé lo que... lo que te estarás imaginando. Un tipo como yo con una niña... como ella. Pero tienes que comprenderlo. Tienes que creerme cuando te digo que prefiero morir a que le pase algo. Hago todo lo posible por ayudarla. Todo.

—No vas a morir —dijo Art con expresión ceñuda—. No me gusta cuando hablas así. No vuelvas a decir esas cosas.

—¿Cuánto hace? —le preguntó Nate a Alex.

—¿Cuánto hace qué?

—Que la conoces.

—Mucho tiempo —respondió el otro, a punto de finalizar la segunda trenza—. Más de lo que parece.

—¿Y sus padres?

A Alex le tembló ligeramente el párpado inferior.

—Es... a ellos a quienes intentamos encontrar. Para que recuperen a su hija.

Un pensamiento asaltó a Nate. Un pensamiento terrible.

—No la secuestraste tú. Ya la habían raptado otros.

—Sí —dijo Alex, con expresión de alivio—. Es exactamente eso.

La mente de Nate ya estaba en marcha, intentando atar cabos.

—¿Fue una red...? —Mierda, qué atrocidad—. ¿De comercio de esclavos...?

La confusión asomó al rostro de Alex por unos instantes, hasta que de pronto abrió los ojos como platos.

—No, no. No se trata de eso, para nada. Fue...

Art puso cara de exasperación.

—Ya sé a qué te refieres. No, Nate, no me esclavizaron.

Él se quedó mirándola.

—¿Cuántos años tienes?

—Diez —respondió ella—. Año más, año menos.

—Y eres una fugitiva que intenta esconderse. Aquí, en mi cabaña.

—Era la que estaba más apartada —murmuró Alex—. Parecía que llevaba mucho tiempo sin usarse. —Chasqueó los dedos de nuevo, y ella le pasó la otra goma.

—Es casi como el destino —dijo Art en serio—. Nate, ¿crees que es cosa del destino que se juntaran nuestros caminos? —Arrugó la naricilla—. Me ha salido un pareado. No me gustan mucho los pareados.

—Pues, la verdad... no. No creo en el destino.

—¿Y en Kismet, o en los hados? ¿No?

—No.

—Vaya. —Lo miró entrecerrando los ojos—. Entonces ¿en qué crees?

—No lo sé.

—¿En fantasmas? —Dio una palmada—. Me gustan los fantasmas. ¿Has visto alguno?

—No.

—Yo tampoco —dijo ella, con un extraño aire de desencanto.

—Ya está —anunció Alex, y extendió las trenzas a los lados—. Ha quedado un poco desigual.

Art levantó las manos y deslizó los dedos desde la coronilla hasta la punta de las trenzas.

—Aun así, sigues mejorando. ¿Te acuerdas de la primera vez que lo intentaste? Me gruñías todo el rato, y al terminar parecía que me había atacado un búho.

Nate soltó una carcajada. Sonó un poco histérica, pero no fue capaz de contenerse. Tanto Art como Alex se mostraron sorprendidos.

—Me estáis... ¿Cómo esperáis que me crea nada de lo que decís? Me estáis pidiendo que dé por buena vuestra palabra. Que me fíe de vosotros. ¿Cómo queréis que haga eso, si vosotros no os fiais de mí?

—Eso cambiará —aseguró Art, guardando los coleteros que quedaban en la bolsita de plástico—. No me cabe duda. Pero llevará su tiempo, como todo.

Alex se quedó mirándola con expresión indescifrable.

—¿Cuánto tiempo pensáis quedaros aquí? —preguntó Nate en voz baja.

Alex se rascó la nuca.

—No lo sé. Es... complicado.

—Aún no ha llegado el momento de partir —dijo Art, bajándose de la silla de un salto, con las trenzas rebotando en la parte de atrás de la cabeza. Aunque Nate no entendía de eso, le pareció que le quedaban muy bien. Estaba bonita a más no poder—. Cuando llegue, lo sabré.

—¿Cómo...?

Ella se le acercó y se detuvo, con la punta de los calcetines contra la punta de las Chuck Taylor de Nate. Le indicó con un gesto que se agachase. Él miró a Alex, que seguía observando a Art con cara rara.

Nate hizo lo único que podía hacer.

Se inclinó hasta que sus ojos quedaron a la altura de los de ella.

Ella lo estudió, ladeando la cabeza, con un brillo de astucia en los ojos. Él no se estremeció cuando la muchacha alzó las manos para sujetarle el rostro entre ellas. Su tacto era cálido.

—A veces simplemente hay que tener fe —dijo por lo bajo—. Aunque creas que la has perdido, te aseguro que no es así. Ninguno de vosotros la ha perdido. Me parece que es más fácil seguir perdido, pero cuando te encuentras, cuando abres los ojos, por fin ves la realidad tal como es.

Él no entendía lo que le estaba diciendo. No tenía pies ni cabeza. Sin embargo, se le había formado un nudo en la garganta que le dificultaba tragar.

Ella se inclinó hacia él y le estampó un sonoro beso en la nariz.

Él se quedó a cuadros.

—Me alegro de que nos hayas encontrado —susurró la niña, echándole el aliento en la cara—. Creo que es lo que necesitábamos.

Y entonces sonrió.

Lo soltó, y Nate se quedó sin palabras. En cuanto la cría se apartó de él, ya estaba exigiéndole a Alex que le consiguiera un espejo para que pudiera ver lo bonitas que le habían quedado las trenzas.

Cuando el hombre miró a Nate, casi apareció una grieta en su máscara estoica, un extraño atisbo de vulnerabilidad, pero se desvaneció al cabo de unos instantes.

Art lo tomó de la mano y lo guio por el pasillo hasta el segundo baño.

Nate oyó que la muchacha daba chillidos de alegría antes de decirle a Alex que su técnica estaba mejorando un montón y que, al cabo de una semana, sería perfecta. ¿Estaba guapa? ¿Era la Artemisa Darth Vader más hermosa del mundo entero?

Aunque no oyó la respuesta de Alex, se la imaginó perfectamente.

Seguía agachado, parpadeando despacio, cuando regresaron del baño.

—Va siendo hora de almorzar, ¿no? —dijo ella—. Creo que deberíamos comer más beicon, solo para asegurarnos de que lo de esta mañana no fue un golpe de suerte.

Art estaba de pie cerca de la terraza trasera, contemplando el cielo.

Alex y Nate la observaban. Este se había pasado las últimas dos horas intentando poner en orden sus pensamientos, encontrar un sentido a todo aquello.

Le faltaban piezas importantes del puzle que seguramente nunca llegaría a conocer, al menos tal como iban las cosas.

No se arrepentía de haber telefoneado a Ruth, pero tampoco pensaba contárselo a Alex.

Si este no mentía y si lo que decía Art era posible, entonces tenía que haber un rastro, alguna pista, sobre quiénes eran sus padres, quién era Alex y quién era ella.

—En realidad no te apellidas Delgado, ¿verdad? —masculló, sin mirar al hombre que tenía a solo unos pasos de distancia.

—No.

—¿Por lo menos te llamas Alex?

El hombre titubeó unos instantes.

—Sí —dijo al cabo—. Y su nombre auténtico no es Artemisa Darth Vader, por si te quedaba alguna duda.

Nate se volvió lentamente hacia él, boquiabierto.

—¿Acabas de hacer otra broma?

—Claro que no.

—Pues... casi ha sonado como una broma.

—Ya te he dicho que yo no bromeo.

—Solo se pone gracioso a veces —terció Art—. Y por lo general ni siquiera lo hace aposta.

—¿Ves? Eso sí que me lo creo.

Alex puso cara de pocos amigos, una visión que le resultaba cada vez más familiar a Nate.

Lo cual no estaba bien. Nada de eso debía resultarle familiar. Era peligroso. Se trataba de una situación temporal. Todo aquello era temporal.

El día anterior a esas horas, se encontraba a las afueras de Roseland, preguntándose si la gasolinera de Big Eddie aún estaba ahí.

Conducía en dirección a las montañas, con la intención de retirarse a lamer sus heridas y reflexionar sobre todas las decisiones que lo habían llevado hasta ese momento.

Iba a beber hasta sumirse en un sopor etílico y compadecerse un poco de sí mismo durante unos días.

Y, cuando terminara, se recompondría y recogería las piezas de su vida para intentar volver a encajarlas.

Lidiar con esas personas, ese hombre y esa niña, no entraba en sus planes.