Bajo mi piel Siete
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Siete

Se arrepintió casi de inmediato.

Alex estaba en el porche, esperando a que regresara la camioneta.

Se había vestido. Volvía a llevar vaqueros y una camisa de franela, lo que...

Menos mal. Nate no necesitaba más distracciones.

Sí, Alex era... atractivo. Pero Nate no quería pensar en eso, sobre todo porque había muchas cosas de él que ignoraba.

Todas, en realidad. Y a eso había que añadir el hecho de que era más probable que Alex lo asesinara a que dejase de verlo como un incordio.

Los tiempos estaban cambiando, desde luego, pero Nate había sido objeto de varios insultos homófobos por parte de tipos que tenían la misma pinta que Alex.

Se plantaban delante de los bares gais de Washington para gritar improperios a los maricas que les lanzaban besos con aire desafiante.

Eran agresivos, y los increpados sabían que no debían salir del bar solos.

Todo el mundo tenía un colega, una táctica y un espray de pimienta.

Querían vivir la vida que sus predecesores habían luchado por conseguir, pero debían proceder con cuidado.

Ahí fuera había personas empeñadas en destruir aquello que no entendían.

Nunca había recibido golpes o agresiones, al menos físicas, pero el año anterior había participado en el desfile del Orgullo junto con miles de personas más.

Había acudido al festival callejero que se celebraba en la plaza de la Libertad.

Había visto hombres y mujeres con una biblia en las manos y el rostro congestionado, gritando cosas sobre Sodoma y Gomorra, sobre el apocalipsis que iban a provocar los desviados y las tortilleras con sus actos, que el mismísimo Dios consideraba pecado, una blasfemia contra la naturaleza.

Había visto a los policías de uniforme haciendo la vista gorda.

Había visto a hombres con ropa militar que los miraban con desprecio, pese a que había hermanos suyos desfilando, aun sabiendo que podían acabar expulsados del ejército debido a la recién aprobada ley de «Prohibido preguntar, prohibido decir», que teóricamente debía protegerlos.

No conocía a Alex, pero sí a los tíos como él.

O tal vez era la clase de tío capaz de acostarse con alguien para darle una alegría al cuerpo y luego escupirle si se cruzaba con él por la calle. Nate también conocía a ese tipo de gente. Eran peores. Tenían más rabia dentro.

Pero qué importaba.

No iba a pensar en ello. En nada de eso.

Apagó el motor de la camioneta y abrió la puerta.

Nadie iba a intimidarlo. Ese era su hogar.

Alex no dijo una palabra mientras Nate se encaminaba hacia la cabaña. A Art no se la veía por ninguna parte. Seguramente estaba dentro. Nate dudaba que Alex la dejara vagar sola por los alrededores.

—¿Dónde has estado? —preguntó Alex antes de que pusiera el pie en el primer escalón del porche.

—Por ahí.

Al parecer, no era la respuesta correcta.

—¿Dónde?

—He ido a dar una vuelta en la camioneta, tío —dijo Nate con voz tranquila—. No tengo que darte explicaciones. Puedo hacer lo que me dé la gana. —No sabía muy bien de dónde había salido su bravuconería, pero desde luego no pensaba reprimirla.

—Te has llevado tu teléfono.

—Pues sí. Porque es mío.

—¿A quién has llamado?

No era tonto. Nate tenía que recordárselo a sí mismo una y otra vez.

—Aunque hubiera llamado a alguien, no sería asunto tuyo.

—¿Has llamado a la poli?

—No —dijo. Y no era mentira.

—¿Tenemos que huir?

La pregunta sobresaltó a Nate. Era demasiado... descarnada.

—¿Por qué tendríais que huir?

Alex permaneció más impasible que nunca. Se le daba bien.

—Por si has enviado a alguien a perseguirnos.

A Nate se le escapó una carcajada un poco enloquecida.

—¿Y a quién narices podría enviar yo?

—Eres reportero. Seguro que tienes tus contactos.

—Soy periodista —le espetó Nate, nervioso por la proximidad de Alex—. Y trabajaba para un periódico de la otra punta del país. Del que me despidieron, por cierto. ¿De verdad crees que alguien de ahí estaría dispuesto a ayudarme?

—¿Por qué te despidieron?

Nate frunció el ceño.

—No te debo una mierda. No he llamado a la poli. Nadie vendrá a perseguiros. Al menos, nadie que yo haya enviado. Obviamente, si se trata de algún conocido tuyo, de eso ya no respondo...

Alex asintió con rigidez.

—Tenemos que hablar.

Esto no se lo esperaba.

—¿Vas a romper conmigo? —preguntó Nate, incapaz de contenerse. Torció el gesto en una mueca de vergüenza—. Em... Haz como si no hubieras oído eso.

—No sé si podré.

Nate se quedó boquiabierto.

—¿Acabas de... hacer una broma?

—Yo no bromeo —repuso Alex—. Si vamos a quedarnos aquí, más vale que sepas algunas cosas.

—¿Cómo que «si vais a quedaros aquí»? Oye, no te vayas cuando te hablo... Joder.

Suspiró antes de subir los escalones y entrar en la cabaña detrás de Alex.

Art no estaba tirada en el sofá. Había arrastrado una silla de la cocina hasta el salón. Sentada en ella, balanceaba las piernas. Ya no llevaba las gafas de sol ni la toalla. Tenía el cabello seco y un poco esponjoso. Desplegó una gran sonrisa al ver a Nate.

—¡Hombre!

—Hola —dijo Nate—. Buenas.

—Ya te he dicho que volvería —señaló, alzando la vista hacia Alex, que pasaba por su lado.

El hombre respondió con un gruñido mientras se alejaba por el pasillo.

Ella puso los ojos en blanco con un gesto afectuoso.

Nate no tenía muy claro si se suponía que debía seguirlo. Alex había dicho que quería hablar, pero Nate se sentiría incómodo metido en un dormitorio con él. Quería poder salir por piernas si Alex sacaba de nuevo la pistola.

—Volverá enseguida —dijo Art—. Ha ido a buscar los coleteros.

—¿Los... coleteros?

—Sip.

Una vez más, Nate no supo cómo interpretar sus palabras.

—Ha dicho que teníamos que hablar.

Ella exhaló un suspiro.

—¿Por qué? ¿Quiere romper contigo?

—¡Es justo lo que le he dicho yo!

—Lo sé. He oído lo que decíais. La puerta estaba abierta.

—Ay, Señor.

—Te refieres a Jesucristo, ¿verdad? Lo nombras todo el rato.

¿Sabías que andaba por ahí con mendigos y rameras?

—Arrugó el entrecejo—. Aunque llamar «ramera» a alguien está feo.

En fin. Es raro, ¿no? Tenía un montón de amigos con los que se suponía que alguien como él no debía juntarse, pero él lo hacía de todos modos.

Aun así, la mayoría de la gente no habla de eso cuando le reza.

Se centran sobre todo en su muerte, los muy morbosos.

Nate sentía que el mundo se había vuelto del revés.

—No tengo idea de qué me estás diciendo.

Ella le restó importancia con un gesto.

—Da igual. Simplemente creo que a veces es importante que nos recuerden por qué hemos vivido, más que por qué morimos.

Las tablas del suelo crujieron cuando Alex salió de nuevo al pasillo. Nate se percató de que tenía que agachar un poco la cabeza para no golpearse con el dintel. Hasta sus hombros parecían a punto de rozar las paredes que lo flanqueaban.

Nate soltó un quejido para sus adentros. No era el momento. No era el momento. No era...

—¿Has traído los coleteros? —exigió Art.

—Sí —dijo Alex. Y era verdad. Llevaba en la mano una bolsita transparente llena de bandas de colores vivos. Había unas delgadas como gomas elásticas y otras más gruesas, con un estampado de topos. Ella abrió y cerró las manos con avidez, y Alex le pasó la bolsa.

Tarareando una cancioncilla, Art hurgó en su interior hasta sacar un par de gomas pequeñas, de color verde azulado.

—¿Una o dos? —le preguntó Alex, de pie detrás de la silla.

—Dos, por favor. ¡Ja! Coletas, que rima con panceta, porque todo es mejor con beicon. Ahora lo pillo.

Nate se preguntó una vez más si no estaría atrapado en un sueño.

Alex asintió y entonces hizo algo de lo más extraordinario.

Bajó hacia ella sus grandes y callosas manos, y, con decisión, comenzó a pasarle los gruesos dedos por el cabello, separándolo por el medio. Mientras tanto, Art seguía canturreando por lo bajo.

Nate los observó, incapaz de hacer otra cosa. No podía apartar la mirada.

Alex, el intimidante y aterrador Alex, empezó a trenzarle el pelo a la chiquilla.

—Cuido de ella —dijo, sin alzar la vista hacia Nate.

A Nate le costó recuperar la voz, hipnotizado por aquella visión.

—Eso... eso me ha dicho ella.

—No puedo explicártelo todo —prosiguió Alex, moviendo los dedos con destreza—. No porque desconfíe de ti, sino porque...

—No es verdad. Me refiero a que desconfías de mí.

—No puedo —dijo Alex sin vacilar—. No te conozco. Ella... Si existe una posibilidad, por remota que sea, de que te vayas de la lengua, de que se te escape algo delante de alguien, la cosa podría acabar... mal.

—¿Para quién?

El otro se encogió de hombros.

—Para nosotros. Para ti. Podrías acabar brutalmente asesinado o...

Art soltó una tos significativa.

Él le pegó un tirón más fuerte de lo necesario.

La niña echó lentamente la cabeza hacia atrás para fulminarlo con la mirada.

Con un suspiro, Alex le empujó de nuevo la cabeza hacia delante.

—Has sido... amable.

—Caray —dijo Nate—. Parece como si te hubiera dolido decirlo. Enhorabuena por haber sido capaz de quitarte ese peso de encima tú solo.

—Es que le ha dolido —dijo Art—. Exteriorizar sus sentimientos siempre le resulta doloroso.

—No estoy exteriorizando sentimientos —replicó Alex—. Tú me has pedido que se lo dijera.

—Pues sí, pero no te he pedido que le dijeras que ha sido amable —dijo, y se volvió hacia Nate—, sino hospitalario. No es lo mismo. Amable, lo que se dice amable, no has sido.

—Pues... ¿gracias?

Ella le dedicó una sonrisa radiante.

—De nada. —Intentó mirar de nuevo a Alex—. ¿Ves qué fácil?

Él volvió a empujarle la cabeza hacia delante.

—Es un sinónimo.

—Vaya excusa más cutre. Búscate una mejor.

El hombre apretó los labios.

—Has sido hospitalario, aunque no hacía falta.

—Me apuntaste con una pistola —le recordó Nate—. Varias veces. Creo que no me quedaba otro remedio. La hospitalidad forzada no es hospitalidad. Es una toma de rehenes.

—Te has ido —señaló Art—. Podrías haberte ido para siempre, pero has regresado.

Lo cual era cierto, sí. Y no tenía la menor idea de por qué había vuelto.