Seis #3
—Te explico cómo va a ir esto —dijo ella, y Nate alcanzó a oír de fondo el furioso tableteo de su máquina de escribir—.
Voy a hacerte unas preguntas. Tú vas a responderlas.
Si en algún momento me huelo que tus respuestas a dichas preguntas no son sinceras, encontraré el modo de sacarte las tripas por el ojete. ¿Nos vamos entendiendo?
Nate se dio cuenta de lo mucho que la echaba de menos.
—Sí.
—Bien. Veamos. Primera pregunta: ¿por qué Oregón?
—Mis padres tenían una cabaña aquí. Me la dejaron en herencia.
—¿Y cuándo te enteraste?
—Hace un par de semanas.
—¿En qué parte de Oregón?
—En los alrededores de Roseland. Cerca del lago Herschel.
—Suena muy bucólico y absolutamente espantoso. Estoy tomando nota de todo. Mi memoria ya no es lo que era. No quiero olvidarlo, por si tengo que embarcar mi gordo culo en un avión para ir a darte caza.
Nate, prudentemente, no dijo nada.
—El lago... Herschel. Bueno, como no tengo ni puta idea de cómo es Oregón, me imagino que estarás en medio de la nada, rodeado de árboles, naturaleza, pajarillos y toda esa mierda.
—Pues... no vas desencaminada. —Porque, en efecto, estaba en medio de la nada y rodeado de árboles en ese preciso instante.
—¿Te estás volviendo hippy ? ¿Quieres entrar en comunión con la naturaleza? ¿Trabajas en alguna plantación de maría mientras intentas encontrarte a ti mismo porque estás perdido?
Esto le arrancó una sonrisa, a su pesar.
—No, Ruth.
—Ya sabes lo que opino de los hippies que cultivan maría.
—Sí, lo sé.
—Son unos insumisos de mierda.
—Eso me has dicho. —Muchas veces. Incluso sin venir a cuento.
—¿Estás a salvo?
Era una pregunta rarísima teniendo en cuenta el contexto general. Aun así, titubeó antes de responder.
—Sí.
Como no podía ser de otra manera, ella percibió su vacilación.
—¿Estás seguro?
—Creo... creo que sí. Es complicado.
—Simplifícalo.
—Necesito que averigües lo que puedas sobre una persona.
—No me digas.
—Sí.
—Dime.
—Alex Delgado. Tiene... cuarenta años. Marine. Tal vez retirado. Aunque ya sabes lo que dicen: cuando has sido marine...
—Nunca dejas de serlo —convino ella—. Por favor, dime que no me estás pidiendo que investigue a alguien a quien te quieres tirar.
—Madre mía.
Ruth hizo caso omiso del comentario.
—Porque, si estoy en lo cierto, debo reconocer que aprovechar así tus recursos es una decisión inteligente. Tal vez un poco censurable, pero toda precaución es poca.
—¡No me jodas, Ruth!
—Tenía que preguntártelo. ¿O sea que no te lo quieres tirar?
—¡No!
—Hmm. Lo dejaré correr. Por el momento. ¿Por qué quieres que investigue a ese hombre?
—Porque... está aquí. En una de las cabañas. Y es... distinto. Hay algo en él que no me cuadra, pero no tengo claro qué es. Lo acompaña una niña. Creo que es su hija, pero...
—¿Pero...?
—¡Yo qué sé! —exclamó él, exasperado—. Los dos me descolocan un montón, y eso me cabrea.
—Así que, en vez de intentar aclararlo con ellos, actúas a sus espaldas y acudes a mí para que investigue por ti.
—Sí. Exacto. Eso es.
—Y me parece bien —dijo ella—, pero si crees que la cría está en peligro, deberías llamar a la pasma. Más vale hacer lo correcto, aunque te equivoques. Siempre puedes pedir perdón más tarde. Cuando se trata de niños, no hay que jugársela.
«Es mi Alex. No quiero estar con ninguna otra persona del mundo».
—No creo que sea el caso —reconoció Nate—. Pero si ocurre algo que me haga pensar lo contrario, haré lo que pueda. Te lo prometo.
—Bueno. Esto me llevará unos días. No puedo dejarlo todo solo porque al fin hayas decidido devolverme las llamadas.
—Tienes razón. Lo siento. Pero es que... tenía que salir de ahí. Tenía que irme.
—¿Es...? —Ruth suspiró—. Corren rumores, ¿sabes?
—Lo sé.
—¿Son ciertos?
—Depende de lo que digan, supongo.
—Sobre unos baños públicos —dijo ella, seca como el polvo—. Un senador júnior casado al que sonsacabas información mientras mojabas el churro.
—Pues entonces los rumores son ciertos.
Ella soltó un silbido.
—¡Míralo, qué pillín!
—No estoy orgulloso de eso.
—No, ya me imagino que no. La esposa consiguió fotos, ¿verdad?
—Un detective privado. Yo no sabía que nos seguían.
—¿Cuánto duró la historia?
Claro, era de esperar que preguntara eso.
—Tres meses.
—La madre de Dios, Nate.
—Ya lo sé.
—Yo también te habría echado a la puta calle.
—Después de pegarme una somanta de hostias.
—Y tanto. Tienes suerte de que no haya dado contigo antes de que te largaras de Washington. ¿Qué vas a hacer ahora?
Nate se encogió de hombros, aunque ella no podía verlo.
—No lo sé. Para eso he venido a Oregón. Para aclararme las ideas.
—Y ahora me llamas para que te consiga información sobre un marine malote y cachas de nombre Alex Delgado.
—No es eso.
—Claro, chaval. Lo que tú digas.
—De verdad que no.
—Me importa una mierda que te engañes a ti mismo, pero a mí no intentes engañarme. Es lo único que te advierto. No te voy a presionar, pero no me merezco que me mientas, Nathaniel.
Él exhaló un bufido.
—Vale.
—Ya te llamaré cuando pueda.
—Si no te contesto, es porque la cobertura aquí en las montañas es malísima. Déjame un mensaje y me pondré en contacto contigo.
—Tal como hiciste después de oír los últimos ocho mensajes que te dejé, ¿no?
—Sabes que eres la única chica para mí, Ruth.
Ella se rio por la nariz.
—A mí no intentes engatusarme con tu encanto, Nate. Guárdate eso para tus senadores casados. —Tras una pausa reflexiva, añadió—: O tus marines.
—Que te digo que no es mi...
—En cuanto averigüe algo te llamo. Pero recuerda que, si esa niñita necesita ayuda, tienes que dársela sin dejar que nada te detenga. Los niños son lo más valioso que hay en este mundo. Necesitan que otros luchemos por ellos cuando ellos no pueden luchar por sí mismos. ¿Queda claro?
El bosque que lo rodeaba estaba lleno de vida.
—Sí, señora.
—Así me gusta. —Suavizó el tono—. Cuídate, ¿vale?
A Nate le ardieron un poco los ojos. La echaba muchísimo de menos.
—Gracias, Ruth. Tú también.
Permaneció veinte minutos más sentado en su camioneta, en el arcén de la carretera, hasta que tomó una decisión. Arrancó, dio media vuelta y enfiló montaña arriba.