Seis #2
Alex estaba en el pasillo, con el pecho desnudo goteando y sujetando con las manos una toalla que apenas alcanzaba a ceñirle la cintura.
Ahora el tatuaje se distinguía con claridad: el KA-BAR, el águila, las siglas USMC, una cinta con las palabras ANTES LA MUERTE QUE EL DESHONOR enrollada en torno al ave y el cuchillo.
El oscuro vello de su pecho y abdomen estaba mojado y apelmazado.
El hematoma de su vientre, que el día anterior era de un azul y un morado intensos, ahora estaba moteado de verde y mucho más descolorido.
—Nate acaba de preguntarme si estamos huyendo de la mafia —respondió Art, muy animada—. ¿A que es gracioso?
—Me parto —dijo Alex, clavando la vista en Nate.
Pero Nate no iba a dejarse intimidar, ni por una niña ni por un hombre empapado y casi desnudo.
—En fin —dijo—. O sea, que no os persigue la mafia. Pero ella sí que ha dicho que eran hombres armados.
—¿Ah, sí?
—Pues claro —dijo Art, pasando otra página del libro—. Ay, Ned Bannon. Ella es demasiado buena para ti. Tú solo piensas en vengarte. Oye, Alex, ¿sabes que Nate ha visto La guerra de las galaxias ?
—No me digas —respondió Alex en un tono que a Nate le pareció que venía a decir «soy la muerte, el destructor de mundos».
—Sí. Me ha preguntado si me habías secuestrado.
—Traidora —masculló Nate.
—¿Y qué le has contestado tú?
Ella lo miró.
—Estás chorreando sobre el suelo. ¿Por qué no llevas ropa? ¿Estás luciendo palmito o qué? —Le lanzó una mirada fugaz a Nate antes de posarla de nuevo en Alex—. Pues diría que está funcionando.
Nate desvió la vista, sonrojado.
—Art, cierra el pico —le advirtió Alex—. En cuanto a ti...
Nate tragó en seco.
—Ya verás... —Soltó un bufido de exasperación antes de girar sobre los talones y alejarse por el pasillo con paso furioso. Unos instantes después se oyó un portazo.
Art volvió hacia Nate unos ojos como platos.
—Ahora sí que te la vas a cargar —susurró.
La sonrisa que se dibujó en sus labios no le gustó un pelo a Nate.
Nate Cartwright no era tonto.
Ni mucho menos.
Tenía un instinto de supervivencia muy desarrollado.
Por eso había agarrado de inmediato las llaves y el teléfono y había emprendido la bajada por la ladera a toda la velocidad que le permitía la prudencia.
Iba mirando por el retrovisor, convencido de que vería a Alex corriendo tras él, semidesnudo (¿por qué tenía que añadir ese pequeño detalle?), apuntándole con la pistola, dispuesto a volarle la cabeza.
Pero no veía más que el polvo que levantaba la camioneta y la cabaña, cada vez más pequeña a su espalda.
Hasta que enfiló la carretera principal no echó un vistazo a su teléfono.
Tenía rayas de cobertura. Parpadeaban, pero ahí estaban.
Se detuvo en el arcén.
Dejó el motor en marcha.
Marcó el número de la policía.
Se quedó mirando el móvil, con el pulgar sobre el botón de llamada.
El corazón le latía a mil por hora.
En vez de pulsar el botón, lo que hizo fue borrar el número de la policía.
Abrió la lista de contactos, seleccionó el que buscaba y llamó.
Sonó tres veces hasta que...
—¿Sí?
—¿Big Eddie?
—¡Nate! —exclamó el vozarrón de Big Eddie—. No esperaba saber de ti tan pronto. ¿Va todo bien?
—Sí. No. No lo sé.
—¿Te ocurre algo?
—No. El caso es que... —¿Qué? ¿Cuál era el caso?—. ¿Has...? ¿Ha salido algo... en las noticias?
—Salen muchas cosas en las noticias —dijo Big Eddie pausadamente—. No tienes televisor en la cabaña, ¿verdad?
—Así es. Mi madre decía que... era demasiado caro. Además, no quería que nos pasáramos el verano viendo la tele.
—Normal. Te noto... No sé cómo te noto. ¿Qué pasa?
—Una muchacha. Un hombre.
—¿Qué muchacha? ¿Qué hombre?
—¿No han dicho nada en las noticias sobre... personas desaparecidas o algo por el estilo?
—No —dijo Big Eddie—. Que yo haya oído, no. No he... Espera un segundo. Abe. ¡Oye, Abe!
Se oyó una voz apagada.
—¿Has oído algo sobre una muchacha desaparecida? Pues... no lo sé. Una muchacha desaparecida. ¿Es pequeña, Nate?
—Sí.
—Sí. Vale. Ya. Ya. Enseguida estoy contigo, carcamal. —Big Eddie suspiró—. No sabe nada de eso, Nate. ¿Por qué lo preguntas? ¿Has visto algo?
Nate pensó rápido.
—No..., solo un hombre y una niña cerca del lago. Me han dado una impresión rara, ¿sabes?
Big Eddie emitió un sonido de asentimiento.
—Ya, claro. Uno no puede hacer oídos sordos a su instinto, ¿verdad? Y menos tú, que seguro que lo tienes mejor entrenado que nadie. Pero ¿no serán personas que se están alojando en uno de los bungalós? Aunque sea temporada baja, algunos se alquilan.
—Lo sé, pero...
—¿O es que has visto algo? —dijo Big Eddie bajando la voz—. Puedo llamar al sheriff , si quieres. Creo que Griggs está de guardia, si necesitas que le...
—No —se apresuró a decir Nate—. No, el sheriff no. Seguramente me estoy imaginando cosas que no son. Por el cansancio, ¿sabes?
—Claro, normal —dijo Big Eddie—. Además, como es la primera vez que subes allí desde lo que pasó, seguro que te invaden recuerdos de todo tipo. Es duro. Lo sé.
—No es nada —dijo Nate, cerrando los ojos.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Has conseguido que te activen el suministro de agua?
Nate suspiró.
—Sí. El tío ha venido a primera hora de la mañana.
Big Eddie soltó una carcajada.
—A primera hora de la mañana Jimmy duerme como un tronco.
—No, no era Jimmy. El tipo se llamaba Randy.
—Ah, pues con razón. Y yo que creía que los conocía a todos. Pues menos mal. Bueno, tú termina de instalarte, ¿vale, Nate? Y si surge alguna otra cosa, no dudes en llamarme. Tal vez no sea nada, pero...
—Vale, así lo haré. Gracias, Big Eddie. Y disculpa la molestia.
—No ha sido ninguna molestia. Cuídate, colega.
—Hasta otra.
Acto seguido, sonó el pitido que indicaba la finalización de la llamada.
Nate se dio unos golpecitos en la frente con el móvil.
Roseland era una población pequeña. Allí todos se enteraban de los asuntos de los demás.
Era un rasgo inevitable de la vida rural.
Pero eso no significaba que fueran vecinos de Roseland.
Podían haber llegado de cualquier otro lado.
Debería haberle dado un nombre a Big Eddie.
No el de Artemisa Darth Vader. No, ese era falso seguro.
En cambio, el de Alex Delgado bien podía...
De pronto le vino a la mente una idea.
Con fuerza.
Abrió de nuevo la lista de contactos.
Consultó su reloj.
Solo eran las diez de la mañana.
Lo cual quería decir que en la costa Este sería la una.
Dio con el nombre que buscaba.
Pulsó el botón.
El tono de llamada sonó una vez.
—Davis al habla —contestó una voz.
—Ruth, soy yo.
Se produjo una pausa.
—¿¿Nate?? —dijo entonces la voz con incredulidad.
—Sí.
—Hostia santa. ¿Tienes idea de cuántos mensajes te he dejado?
Desgraciado hijo de puta... Espera un momento.
Te juro por Dios que, como me cuelgues, te arranco la cabeza.
—Ruth Davis debió de tapar el auricular con la mano, porque Nate solo oía unos sonidos casi imperceptibles al otro lado de la línea.
Cerró los ojos y la imaginó sentada en la sala de redacción, rodeada de personas que iban y venían a toda prisa por el suelo repleto de papeles, entre las filas de mesas colmadas de archivadores y voluminosos monitores de ordenador.
Sintió una aguda punzada en el pecho al recordar esas oficinas.
Se había quedado con los ojos como platos la primera vez que entró ahí con el fin de presentarse a una entrevista para un puesto de becario en el que no le pagarían ni un centavo pero que deseaba más que nada en el mundo.
Ruth estaba ahí, ya entonces.
Llevaba décadas ahí. Era una veterana incombustible que seguía usando una máquina de escribir y añoraba los viejos tiempos en que podía fumar como una carretera sentada a su mesa en vez de tener que coger el puto ascensor para bajar al patio.
Nadie habría sabido decir cuál era el nombre exacto del cargo de Ruth, pero hacía un poco de todo y estaba más que dispuesta a ayudar a cualquier persona que se lo pidiera...
, siempre y cuando esa persona le cayera bien.
De hecho, no hacía falta tanto: si Ruth Davis toleraba tu existencia, tenías buenas posibilidades de llegar a algo en la vida.
Si le caías mal, lo más seguro era que acabaras trabajando en otro sitio al cabo de seis meses.
Con Ruth no se jugaba. Un tío había intentado quejarse de ella ante sus superiores.
Lo habían echado a la calle tres días después.
Por alguna razón, Nate le caía bien. Ella no solo lo toleraba, sino que lo apreciaba. Lo había puesto de vuelta y media en numerosas ocasiones, claro, pero gracias a eso él llegó a ser bueno en lo suyo. Ella lo trataba con dureza, pero solo porque le tenía cariño. Al menos, eso decía.
Era una mujer menuda, negra, con un cabello crespo y canoso peinado a lo afro, que llevaba en todos los dedos un anillo distinto cada día del mes. Nate se preguntaba a menudo cuántas joyas tendría, pero no se atrevía a preguntárselo a ella por temor a desatar su ira.
La adoraba.
No se había despedido de ella al marcharse, escoltado por los de seguridad, con sus escasas pertenencias en una caja, un hormigueo en la piel y el pánico cociéndose aún a fuego lento en su interior porque aquello no podía estar pasando, no podía ser real...
En fin. Ya se imaginaba lo que estaba a punto de suceder. No había hablado con ella en las semanas siguientes.
—Nate —dijo ella cuando se puso de nuevo al teléfono. Su voz era un gruñido, más o menos como la de Alex, de hecho. Por supuesto, Nate nunca le comentaría este detalle a ninguno de los dos. Uno de ellos tenía un arma. La otra llevaba una táser—. ¿Dónde coño estás?
Él se planteó la posibilidad de mentir.
—En Oregón —dijo en cambio.
—En Oregón —escupió ella—. Oregón. ¿Te refieres al estado?
—No sabía que hubiera otros Ore...
—¿Te estás pasando de listo, chaval?
—No, señora.